Desde que Julia introdujo a su hermano en la salita de la inválida, no
ha transcurrido más de un mes.
Fué una tarde abrileña y moribunda cuando el mozo se rindió, influído
por las vehementes ponderaciones.
--Te aseguro que es una muchacha original, muy lista, muy mona; tiene
una voz que penetra en la carne, una voz como no he oído ninguna...
Está deseando conocerte: sube.
Y la novia le presentó en la buhardilla con pretexto de enseñarle el
equipo.
No suponía el aviador que su hermana hubiese logrado tan feliz
descubrimiento. En aquel marco de gracia y honradez, vigilada por las
crueles muletas, le pareció un arcángel herido la niña de Cintul.
Ella le trataba con embelesadora turbación; hablándole parecía que sus
labios tuviesen un nuevo perfume de bondad y temblaba en sus ojos la
luz como una llama en el viento.
Llega Rafael cansado de fuertes emociones: la guerra, la aviación, la
vida como nunca inquietante de París, le han producido una laxitud
que le inclina a las cosas apacibles y dulces con verdadera sed. En
el claro refugio de _Talín_ halla un remanso de paz donde la belleza
y el martirio se ofrecen al divino goce del sentimiento en el rostro
de la humana flor. Y allí se queda todas las horas que puede, seducido
por la niña con lástimas y ternuras sutiles, que ella traduce al mudo
lenguaje de sus ilusiones.
Clotilde se alarma un poco de la asiduidad del señorito: ni los recados
que de su hermana lleva y trae, ni el invento frecuente de los dibujos,
le autorizan para acompañar tanto a la costurera. Aunque la madre
no viene a casa más que a comer y a dormir, conoce en el semblante
de su hija, abierto y revelador, las visitas del caballero. Todos
los indicios se lo aseguran: la muchacha abandona la lumbre y otros
domésticos cuidados; cose menos; se compone más; está inapetente;
necesita otra vez dormitivos como en el período agudo de sus males.
Después de algunas vacilaciones Clotilde se encara con ella y en un
tono inusitado por lo brusco, le pregunta:
--¿Se puede saber a qué viene aquí el señorito del principal?
--¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déjale venir!
--¿Tanto te importa?
La niña responde, entre lágrimas:
--¡No sé... no sé!...
Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para
continuar:
--Tienes diez y ocho años... Todo lo que tú haces me parece bien...
pero ese joven no se ha de casar contigo...
--¡No, imposible... imposible!--murmura la enamorada. De repente
añade:--Yo no me curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: me quedaré
así, deforme, toda la vida.
--La esperanza es lo último que se pierde... Otras cosas más difíciles
se han visto... Dios puede hacer un milagro...
--¡No tengo remedio!--balbucía la moza con desolación mientras
Clotilde, evocando a la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba,
llena de amargura:
--¡Yo no tuve fe!
Y un inmenso pesar se desarrolla en el alma sencilla y fuerte de esta
criatura que ha sido madre por el espíritu, en sublime concepción de
piedades y amores. Permanece atónita ante el nuevo quebranto de su
hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido
para la mujer, que le siente gemir en sus propias entrañas y no le
comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasión y sacrificio,
con dádivas y renunciamientos, sin una dulce ilusión para sí misma.
Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y
se consume de pena junto a la irremediable desventura del más querido
sér. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan a _Talín_
del doble yugo del dolor...
Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata
como a la cosa más frágil y sensible del mundo; teme que de un día a
otro se le muera igual que un pájaro, se le marchite lo mismo que una
flor. Anda a su lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo;
la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene
apenas los temblores de la voz.
Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos
mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre añorante de su
vida de labrador, abierta al señorío de los campos, libre y ancha en su
misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller,
y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos
días vuelve de sus tareas un poco más tiznado que otras veces, más
sombrío, menos conforme.
Por su parte Rafael comienza a tener reparos cerca de _Talín_. No es
un seductor de oficio ni lleva un mal propósito a la salita blanca
de la bordadora, y se conmueve al sentir dilatarse en su alma los
pensamientos de la joven con inefable expansión. Buen conocedor de
mujeres, descubre en aquella, sin dificultad, la creciente pasión, con
todas sus fases, distintas como las mudanzas de la luna. Y se duele
de contribuir al mayor suplicio de la niña enferma, cuando gozaría
en rescatarla de la adversidad. La está mirando él también, como una
existencia quebradiza y expirante, que en un momento se puede deshacer
lo mismo que la espuma, volar como un aroma.
Sin embargo, cuando sube a verla, se engríe al persuadirse de que es
una criatura singular aquella que le ama. Encuentra siempre un nuevo
encanto en sus ojos espléndidos y graves, donde la luz pone a cada
hora un diverso matiz, y en su voz empañada y caliente, sobre la cual
los sentimientos, al amoldarse a la palabra, rozan los sonidos con
musicales vibraciones.
Todo en la niña de Cintul parece diáfano, transparente, infantil; no
obstante, el hombre que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe que
hay un arcano, un enigma bajo el amor y el dolor de toda mujer...