Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin
levantar los ojos de su labor, dice:
--Adelante.
Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La inválida
se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.
--No se apure, por Dios.--Luego explica:--Vivo en el principal y he
subido para encargarle unas labores.
--Muchas gracias.
--Me han dicho que hace usted preciosidades.
--No tanto...
Se sienta la señorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con
mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitación, una
salita minúscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto
interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas
y otro con flores; en las paredes fotografías de paisajes; en una
papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y
una jaula con un malvís.
La dueña de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos
solos caprichos, que no la empeñan: leer y mirar al mar. Ha hecho del
trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devoción, y esconde el
fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con
celosa dignidad, sin que nadie le haya enseñado a padecer ni a sentir.
El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un
exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de
corindón oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca,
copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el
talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia
de honor.
--¿Cómo se llama usted?--pregunta de repente la señorita del principal.
--_Talín_, para servirla.
--_¡Talín!_... ¡Qué nombre tan raro y tan bonito!--responde, sin
ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.
--Es el nombre de un pájaro, allá arriba, donde yo nací.
--¿Es usted montañesa?--vuelve a preguntar la curiosa.
--¡Ya lo creo!--dice, con cierto empaque, la niña de Cintul.
Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de
corrido muy alegre:
--Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. Mi padre tiene un destino aquí
hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas
amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy
haciendo el equipo, ¿sabe?, pues dije: Voy a subir para que me enseñe
modelos y ver si no me cobra muy caro...
--¡Ah! ¿Se casa usted?--interrumpió la bordadora con nostalgia.
--Sí; con un chico también madrileño, bastante buena proporción, guapo
él, de una gran familia, abogado...
La charla de Julia, gozosa y ligera por demás, quedóse truncada de
súbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la
dulce brisa de aquella mañana suave.
--¡Un aeroplano!--dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron
a mirar al cielo sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el aparato
milagroso como un ave colosal.
--Yo tengo un hermano aviador--murmuró Julia con repentina tristeza.
--¿Y está en Santander?
--No: pero llegará un día de estos; viene de París. Allí le han dado
el título de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy
valiente, muy sereno... ¡más buen mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima
de hombre!
--¿Por qué?
--Porque se romperá la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le
dejaban de ningún modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un empeño tan
firme!... ¡Ya se conoce que es aragonés!
-¿Sí?
--Nació en Zaragoza, estando allí empleado papá.
--¿Y cómo se llama?
--Rafael: es tipo muy interesante.
--Se parecerá a su hermana--dice _Talín_, seducida y halagadora.
Julia sonríe con gratitud y responde:
--Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy grandón, y yo, ya ve usted
qué menudita y frágil.
Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el
vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita
pelinegra, insinuante, graciosa.
--No me parezco nada a mi hermano--asegura la joven. Y añade:--Le voy a
subir a usted algún retrato suyo.
Luego, cambiando de sitio y de expresión, con suma volubilidad, trata
de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios,
regatea y consigue cuanto se le antoja. _Talín_ ha sido conquistada por
la señorita del principal...
Pocos días después el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras,
confiado, con plenos poderes, a la inválida; pero la novia no cesa de
subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de
memoria la vida y milagros de _Talín_, los motivos de su dolencia, sus
gustos y costumbres.
--Aquí tiene usted novelas de Julio Verne--dice, registrando los
rincones de la sala.
--Sí; casi toda la colección.
--¿Es su autor favorito?
--Apenas conozco autores. Ese me gusta mucho.
--Yo le daré a conocer algunos modernos.
Y la refitolera deja los libros por un lado para revolver otra cosa.
Quiere aprender calados y puntos, y asegura que no tiene tiempo.
Clotilde, que suele encontrarla allí, se asombra y exclama:
--¡Jesús!... ¡Si parece hecha con rabos de lagartijas!
--Pero tiene buen corazón--arguye con dulzura _Talín_.
Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte
simpatía hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los
aires a escuchar la música de los astros y sorprender los secretos
de la vida alada. La incitante devoción yace muda y sin forma en la
conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una
sombra fugaz.
Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseñando la
anunciada fotografía.
--Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de recibir su retrato, hecho
después del último vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?...
La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil,
un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia
mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los élitros enormes
de la monstruosa libélula, y el aviador sonríe a _Talín_, mirándola,
mirándola de un modo extraño y luminoso, inolvidable. Ella sacude con
dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada
de inquietud:
--¡Me gusta!...
Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en forma de aeroplano a la
humilde ventana de _Talín_: era el Cupido moderno por excelencia,
con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y
potentes, señoras de las más altas nubes; por flecha, un tren de
aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso
latido de un motor.