LA MADRE

Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor llegó a Cintul

en un periquete, con la niña lisiada entre los brazos. Era amigo

de Ambrosio y conocía bien las travesuras de la pequeña, su vida y

sus costumbres; así que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde

gritando:

--¡Eh, muchacha! Aquí traigo a _Talín_ con una patuca rota.

Y era verdad.

El pajarillo perniquebrado se rebullía gimiente dentro del vestido

rojo.

Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se quedó mirando

de hito en hito al hombre y a la niña, demandantes y humildes a plena

luz, bajo la masa ardiente del cielo.

La moza no dió gritos ni se entretuvo en inútiles preguntas. Abrió su

cama y acostó con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se

quejaba de agudísimos dolores en la rodilla. No tenía más daño que

aquél: una mancha grande y obscura y un principio de inflamación.

--Llamaré al médico--dijo Clotilde a su madre y a su hermana que allí

detenían al pastor con mil comentarios sobre el percance.

--No le toca venir hasta pasado mañana--le respondieron.

--Pero yo haré que venga.

La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:

--Hoy hará la visita en los pueblos del Concejón, y ni él ni su

caballo están para más trotes.

--Sólo en trance de muerte vendría--añadió la hermana.

Se miraron absortos, añorantes de un médico y un caballo más propicios,

y el pastor, que ya se despedía, le propuso a Clotilde:

--Yo lo que tú llamaba a la saludadora.

--¡Es una bruja!--respondió la muchacha con desdeño.

--¡Qué ha de ser!

--¡Claro que no!--adujo la madre en son de protesta--. Curaciones como

las suyas no las hace el mismo Don Julián.

--Y para las caídas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me

curó a mí un vello despeñado, en un santiamén.

Clotilde se encogió de hombros mientras la otra joven decía:

--¿Pero comparas a un cristiano con un animal?

--Para el caso es lo mismo--aseguró el buen hombre, acabando de

despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaña que había confiado

a los _serrojanes_...

Quedó prendido en el silencio el llanto de la niña, más quejosa cada

vez, más postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres

mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó Ambrosio con la testa

greñuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija

y nombrando entre dientes a la saludadora.

Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato con una mujer que no era

vieja ni sórdida como las clásicas brujas; al contrario, mostraba un

porte agradable y majestuoso, muy influído por la alta categoría de su

providencial ministerio. Como no había oficiado nunca en aquella casa,

se creyó en el deber de advertir:

--Soy la séptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la

lengua una cruz con privilegio para curar.

Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes,

descubrió a la enferma, la examinó cuidadosamente, y no hallándole otro

daño que el de la rodilla, puso allí su atención con mucha mezcla de

signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplicó un

vendaje encima del golpe y dijo:

--«Esto» sanará si tenéis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.

Puesta así a buen recaudo su responsabilidad, se fué sin admitir unas

monedas que Ambrosio le ofrecía.

La nena siguió gimiendo. Le creció la calentura y empezó a delirar.

Pretendía huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa,

y había que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y

ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormecía

en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para

repetir:--¡Madre!... ¡Madre!...--tendiéndole los brazos a Clotilde.

--¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy contigo--respondía la moza,

impregnada la voz de un vaho sentimental.

Y la dulcísima palabra se volvía a encender en los ansiosos labios de

_Talín_ como un cirio en la sombra del recuerdo:--¡Madre!... ¡Madre!...

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la niña. Él,

taciturno y aprensivo, no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus

tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un hondo significado de

ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y

silenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le hacía beber el agua de

las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.

A la mañana siguiente no estaba la enferma tranquila ni libre de

dolores, pero había decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis

cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un

empeño mimoso y dulce.

Cuando la quisieron disuadir de su equivocación, la interesada dijo:

--Que me llame como quiera; no la disgustéis...

Por la noche el padre se fué a su casa y se acostó, vestido y

desvelado, frente a la cama vacía de _Talín_. Pasó el sueño volando

por sus ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de los pájaros, que

es la música del cielo, hacía la ronda de los horizontes en cálida

sinfonía primaveral.

Salió Ambrosio al huerto y escuchó asombrado el nuevo lenguaje que

hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas

parecían estremecerse: era aquél, sin duda, el tiempo de la vida,

el renacer de la tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el

resurgir de todos los amores y las esperanzas... ¡Por eso _Talín_ había

encontrado una madre!

Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qué hacer, se puso a partir

leña en el corral, con inesperado furor...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 53 / 72 题