EL TORO GILVO

Trasmontaban los pastores, ya próximo el verano en busca de los altos

puertos, errantes como las tribus primitivas que fincaron la cabaña

y el redil a la paz de los dólmenes y menhires, en atisbo de la

civilización.

Íbanse todavía musitando romances del tiempo medioeval, originados

sabe Dios en la cuna de qué bárbara cosmología, calentados en el ascua

misteriosa del Cristianismo, y entrañados en España por la vena del

«camino francés» que inflamaron los peregrinos extranjeros al son del

_Ultreya_, el cantar salmódico de Santiago el Mayor.

Fiel remanso de las viejas corrientes de la vida, aún repiten los

montes de Cantabria el eco de los más olvidados mitos, y con el remoto

sabor de las primeras canciones del mundo, van posando, también, de

uno en otro repliegue de sus cumbres, una viva membranza del arte

prehistórico: son cayados y abarcas, zapitas y colodras, que reproducen

de un modo inexplicable los dibujos grabados en las astas de reno y en

los arcanos muros de Altamira: son atavismos sigilosos de la caverna:

sagrativas ráfagas de lo pasado; mudos soplos de una humanidad infantil

que traslumbra en los pastores montañeses con perfumes del antiguo

candor.

Y _Talín_, la niña andariega de Cintul, siente un loco deseo de

despedir a los nómadas igual que a las golondrinas, con una alta mirada

llena de admiración para todo lo que huye y tramonta más allá de los

horizontes, al otro lado de las cimas y las nieblas.

Aguijada por su antojo, ha pensado la chiquilla escaparse al invernal

donde los rebaños se reúnen para la partida.

Después de comer, cuando el padre marcha con el carro a buscar leña

camino del soto, la nena se escabulle recatándose de Clotilde que la

vigila desde su casa, huerto con huerto, los corrales en un mismo

lindazo, y por las callejas silenciosas, entre espinos y saúcos en

flor, busca el regazo de la sierra cuya soledad tiene a tales horas un

espléndido manto de luz.

Alborea Junio muy gentil, con todos los alardes de un precoz estío.

El sol, encendido y desnudo, se recuesta sobre el campo nuevo, y las

plantas, abrumadas de flores, aroman el ambiente bajo el sosiego torvo

de la siesta.

Camina _Talín_ a toda velocidad con aire fugitivo. Su paso menudo y

frágil, que parece un vuelo, apenas turba el augusto reposo de la

hora. Va pensando en un _serroján_, tan chiquito como ella, que ya

veranea con el ganado en la punta de los Cabriles, al otro lado de

la montaña, y conoce todas las canales de los puertos vecinos, donde

viven el oso y el jabalí, el milano y el azor. Va pensando, también,

un poco vagamente, que ha corrido la escuela y la reñirán mucho; quizá

la castiguen a estarse de rodillas durante el recreo a la siguiente

mañana; pero eso no le importa si consigue antes de que se marchen los

pastores aprender todo el romance que el _serroján_ le está enseñando:

es una sarta de versos inocentes, donde se cuentan las aventuras de

las cabañas emigrantes y se difunden los méritos de cada puesto, la

historia salvaje de cada risco montés.

Lleva la niña la mirada siempre horizontal, plena de ensueños: el alma

mecida igual que en una cuna; los labios sonrientes a una ilusión sin

formas y sin nombre. Sube a un castro, fuera de la sombra que la

conducía entre nogales y matas de juncia, y repite, ensoñando a media

voz:

«Válgame la Soberana,

válgame la Magdalena,

que perdí la mejor vaca

que tenía en Villanueva...»

Con el mismo rumbo que sigue _Talín_ asoma desde lejos la cabaña de

Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse allí con los demás.

Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la niña la cabeza,

cuando un toro gilvo, muy joven y retozón, corre en amenazadora actitud

al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye

como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el

pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por

milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared

tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por

el instinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro

lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombrío de un renoval.

El toro llega jadeante, la niña salta con los ojos cerrados, y queda

inmóvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la

blancura de la cara.

Un instante después acude el pastor cerca de _Talín_, contristado

y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con

mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido

rojo, caída en incomprensible quietud.

Una alevilla suave pone su cándida nitidez sobre la frente de la nena,

se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos

una cigarra loca de sol...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 51 / 72 题