Hay en Cantabria un pájaro montés, chiquito y verdoso, liviano y
artista, un canario silvestre que anida en los argomales, vive en la
soledad y canta en lo más espeso del bosque y de la mies. Como no tiene
nombre conocido, le distinguen con el remedo de su aguda canción,
llamándole Talín.
Una niña, tan agreste como el tal pajarillo, tan cantarina y bella como
él, vivía, hace pocos años, en Cintul, un pueblo de aquella comarca, de
los más empinados en los alcores, camino de la hoz, frente al Escudo
de Cabuérniga. La niña era pobre y no tenía madre: sin embargo, parecía
muy feliz. Su padre, un buen labrador, la cuidaba con singular desvelo
y entre las vecinas del barrio, afables y piadosas por lo común,
había una, la más trabajadora, lista y servicial, que demostraba a la
huérfana especialísimo interés. El peinado, el vestido, la merienda
y el postre de la niña, corrían siempre de cuenta de Clotilde, y
servirla, asearla, prever sus caprichos y sus travesuras, era para la
moza como una obligación. La chiquilla se dejaba mimar, abusando todo
lo posible del encanto que ejercía sobre aquella mujer, del cariño
del padre, de la compasión de la maestra, de la solicitud del cura,
de cuantas devociones, en fin, supo conquistar con su gracia y su
picardía, nada cortas ni vulgares. Sin ser una hermosura ni un modelo
de docilidad, conocía el dulce hechizo de hacerse querer. Alegre,
inquieta, reidora, aparecía como envuelta en una ráfaga de candor, y
tan infatigables eran sus aptitudes para correr y cantar, que olvidando
su nombre, dieron en llamarla _Talín_, lo mismo que al avecilla montés.
Cierto que a la niña para semejarse a los pájaros no le faltaban más
que las alas; tenía, como ellos, la frescura del aire donde habitan
y la serenidad del sol a quien adoran; llevaba en los ojos un brillo
dorado y caliente, lleno de luz, y parecía conocer los caminos trazados
por la bruma y el viento: de tal manera trasponía el monte por los
más inaccesibles lugares, y en frecuentes escapatorias, sin miedo a
los castigos ni a las alimañas, ligera y menuda, igual que el canario
silvestre.
Ya contaba diez años _Talín_ y hacía tres que Clotilde le servía de
madre, sacrificada por aquel cariño con verdadera abnegación. Hasta
que las gentes, poco habituadas, también en las alturas de Cintul, a
procederes demasiado finos, acabaron por decir que la moza, soltera y
madura, fraguaba su casamiento con Ambrosio, el padre de la niña.
No parecía muy asequible el galán, un cuarentón de carácter
independiente y retraído, atento sólo a su trabajo y al celo de la
nena; hombre tan avaricioso de palabras que hasta para agradecer los
favores se diría que contaba las sílabas. Pero en las obras era muy
discreto y cumplidor: gozó fama de excelente esposo, y sus virtudes
paternales servían de ejemplo y alabanza en el lugar. Estaba bien
conservado todavía. Alto, fuerte, moreno y adusto, mostraba una
repentina dulzura al sonreir a su hija, una dulzura que le hacía
sonrojarse, y que Clotilde había sorprendido con turbado corazón,
imaginando que Ambrosio podía ser muy bueno sin descubrir nunca en los
labios una vislumbre de alegría ni en la voz una gota de miel. Cuando
le halló una tarde con _Talín_ en los brazos, absorto en besarla y
divertirla, quedóse tan confusa como él, que huyó sin volver la cabeza,
murmurando algunas frases impacientes, mientras la niña explicaba
maliciosa:
--Le da vergüenza que le vean dar besos...
Desde entonces Clotilde sintió delante de aquel hombre una obscura
ansiedad que se fué convirtiendo en rara timidez. Ella, tan
despreocupada y resuelta para acudir junto a su protegida a cualquier
hora, sin reparo ninguno, comenzó a evitar los encuentros con Ambrosio
y a poner en sus visitas una mesura llena de precauciones y melindres,
cabalmente cuando los vecinos decían que procuraba su boda con el
viudo, seduciendo a la nena.
La cual, por aquel tiempo, corría a más y mejor aprovechando las tardes
benignas del otoño, todavía colmadas de flores y de aromas. Eran las
últimas delicias del año, y las más codiciadas por eso, aquellas de
esconderse entre los maíces crecidos y maduros, bañarse en el remanso
azul del ansar, despedir en el campo _sirueño_ a las golondrinas que
huyen a invernar bajo las alas del sol, y subir al monte para aprender
romances de los pastores antes de que bajen con sus ganados a la
derrota de la mies.
Y en el disfrute de estos arriesgados placeres demostraba _Talín_ una
admirable experiencia. No había chiquillo de su edad, en Cintul, que la
ganase a descubrir atajos en las cumbres, vados en el río y escondites
en el bosque. Igual saltaba la cárcaba de un huerto, que subía al
gromo de los árboles. Volaban sus cabellos gozosamente en las alocadas
carreras, y volaban sus pies sobre el camino, siempre dispuestos a
las aventuras peligrosas y a los parajes lejanos. Nunca se caía ni se
lastimaba: volvía de sus excursiones con el vestido roto y la cara
sucia, llorando, a veces, para que no la riñeran, y prometiendo no
escaparse más.
Pero la misma gracia y prontitud que demostraba para desobedecer y
hacerse luego perdonar, le servía de estímulo en la escuela para leer
y escribir como ningún otro arrapiezo y tramar un bordado y un encaje
con relativo primor. Nadie como _Talín_ para ofrecer en la parroquia
las flores a la Virgen, muy peripuesta la chiquilla de vestido blanco y
banda azul, con un velo pomposo sobre la frente y los bracitos por el
aire, acompañando con un movimiento ritual el recitado de los versos
alusivos.
Todo lo cual quiere decir que esta niña no era un marimacho ni mucho
menos, sino una criatura ágil y traviesa, inteligente y audaz. Debemos
añadir que tenía un carácter generoso, muy propenso a los éxtasis y a
las meditaciones, muy dado a soñar y compadecer, y tan propicio a las
cosas peregrinas y sentimentales, que lo mismo le inducía a vagar en la
sierra, por los riscos más duros, como las aves hurañas, que a salir
delante de la Custodia en las procesiones, llena de beatitud, ceñida de
tules, con alas de plumas, emulando a los ángeles, los pajarillos de
Dios...