HORAS DE ANGUSTIA.--LAZO DE DOLOR.--LA VOZ DE LA SANGRE.

Cuando Andrés llega a su casa, medio enloquecido, ya las vecinas le han

arrebatado a Serafín para alimentarle y vestirle antes de que su madre

le vea derrotado y hambriento, con el terror hundido en los ojos y la

angustia pintada en el semblante...

Todo el pueblo se agita al conocer la tragedia del soto de la Cruz.

Las mujeres lloran:--¡Pobrecito jayón, pobre inocente, señalado como

una víctima desde la cuna!... El párroco dice que el zagal supo elegir

el único camino libre y hermoso: ¡el camino del cielo! Y se apresuran

los hombres cerca de Andrés para ofrecerle compañía y auxilio.

Todos quieren subir a la montaña para rescatar el cadáver; todos se

compadecen del amigo que fué siempre generoso con los demás, valiente y

útil en la lucha común por la vida. Nadie ignora, tampoco, que el buen

camarada pierde un hijo en el niño _jayón_, y las frases de condolencia

adquieren rumores de secreto, matices de aventura pasional que rondan a

Marcela, sordamente, antes de que arribe su esposo.

No le aguarda sola; allí está Irene, que no se ha movido del banco

donde por la noche se encogió, muda y trémula, agobiada de un dolor

humilde, sin palabras ni suspiros, llena de vergüenza y timidez. Una

zozobra obscura, más fuerte que su orgullo, la empujó hacia el hogar

siempre envidiado, y allí se queda, esclava de la inquietud, quizá

temiendo que la echen; quizá sin fuerzas para huir.

A Marcela no se le ha ocurrido evitar la compañía de aquella mujer:

al contrario, la necesita y la estimula. Toda la noche trató a Irene

como a una compañera de infortunio; la invitó a calentarse y rezar; se

estrechó contra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones de abrazarla

y pedirla perdón.

Alumbradas desde fuera por la claridad de la nieve, contaron las

horas en vigilia constante, y cuando el alba inició las primeras

luces, sintieron en torno suyo una turbia sensación de opacidad, una

vaga certeza de vivir... Ecos del drama que las reúne en misterioso

lazo, posan ya junto a las dos madres. Algunos vecinos que preceden,

solícitos, a Andrés, para tranquilizar a la esposa, no saben cómo

hablar delante de Irene, y ellas, notando la turbación de los

semblantes, padecen crecidas todas sus incertidumbres y nada quieren

oir.

Es aquel un minuto horrible de ansiedad, hasta que el hombre, tan

dolorosamente esperado, entra y se mira, atónito, entre las dos mujeres.

--¿Y los niños?... ¿Dónde están los niños?--le preguntan desoladas,

olvidando que huían de saber.

Él paga a Marcela en tal instante su larga deuda de gratitud,

respondiendo con heroica generosidad:

--He salvado el tuyo.

--¿Al mío?--Nadie adivina el pánico de esta voz que repite:--¿Al mío?

Ronco y aciago el acento, Andrés confirma:

--¡A Serafín!

Y no comprende por qué Marcela da un grito desesperado y hondo, como la

pobre madre del _jayón_...

X

EL DÍA DEL PERDÓN.--LOS PEREGRINOS.--ENTRE DOS ORILLAS.--ALMAS QUE SE

BUSCAN.--REVELACIONES.--SOLA EN EL MUNDO.--SUEÑO DE ETERNIDAD.

La primavera vuelve, celosa, pujante, con todo el ciego impulso de la

vida, y alumbra unas bellas horas apacibles, unas horas que a media

tarde se pueblan de rumores de campanas, y ven llegar, por los hondos

caminos de la vega, grupos de gente grave y silenciosa.

Muchos de estos viajeros, los que vienen del lado ponentino, se

detienen a la orilla del Saja, junto a un plantel de _alisas_ y el

tramo de un puente roto. Entonces una barca, plana y tosca, que se

mece sobre el murmullo glorioso de las aguas, llega con el empuje del

barquero al lado de los caminantes. Y el ancho brazo del río, cadoso

y transparente, se deja cruzar una y otra vez por la nave servicial

y deja que en su espejo se miren, entre medrosos y complacidos, los

romeros que forman la mística expedición.

En medio de la breve llanura, una iglesia, blanca y pobre, va

recibiendo a todos los peregrinos hasta donde le es posible

albergarlos, y los menos diligentes en acudir a las voces de la

torrecilla humilde se agrupan a la entrada, abierta de par en par,

frente al púlpito vestido de viejo brocatel.

La voz llena y clara del predicador se desborda del templo, y rueda,

sonora, por los campos en reposo. Dice el carmelita unas palabras

sencillas y emocionantes; cosas buenas y dulces a propósito de la

debilidad de las mujeres; de la inocencia de los niños; del olvido

de las injurias; de la misericordia; de la caridad. ¡Es «el día del

perdón»!

En las tardes pasadas ha desarrollado el misionero todos los temas

piadosos que deben traer como consecuencia este sublime final: ¡el

perdón! ¡Hay que perdonar las envidias, los agravios, las traiciones!...

Muchos fieles se miran con afán a los ojos como si quisieran verse

el alma; otros bajan la frente, otros suspiran con angustia. Y en el

atrio, sobre una viga del tejaroz, dos golondrinas recién llegadas de

lueñes tierras, coloquian misterios de su nido, sin desconfianzas ni

temores. Su manso arrullo besa en el aire las palabras del apóstol:

¡Paz y amor! Un hálito vernal las empuja por el campo, hasta el río

donde la corriente solloza y la barca se mece, como un símbolo, entre

las orillas, bajo el tembloroso andarivel...

* * * * *

Sola va quedando la iglesia blanca en el fondo de la llanura.

La tarde se duerme con placidez, echada sobre las flores de la campiña,

y los devotos se extienden por la vega en demanda de sus pueblecillos.

Con la última volada de las aves y los últimos fulgores de la luz,

parece que flotan en el viento misteriosas endechas de amor y de paz,

como un himno entonado al «día del perdón».

Dentro del piadoso recinto dos corazones, maduros por las penas, velan

y sufren; dos mujeres rezan y lloran. No están juntas, pero se vigilan,

y cuando Irene se levanta la sigue Marcela de la mano de Serafín.

Casi a un tiempo llegan al portal, se santiguan de cara al templo

solitario, donde laten unas luces pálidas, y se miran, dolientes, bajo

la penumbra del anochecer, cobijadas por un cielo sin nubes, florecido

de estrellas.

--Irene, ¿me perdonas?--dice una voz opaca.

--¿De qué?--responde la infeliz que siente en la misma boca el raudo

golpe de su corazón.

--De que te robé la felicidad... el hombre que tú querías... el hijo

que tú alumbraste...

--¿El hombre?... Él se marchó... ¿El hijo?... Yo te le di... ¡Más

tienes que perdonarme tú!

--¡No; que no sabes lo que hice!... El niño... te le cambié--balbuce

Marcela. Vibran las frases en sus labios como una llama, y empuja a

Serafín confesando:

--Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; aquí le tienes: toma... Este

es Jesús, el jayón... ¡no llores más por él!

Un grito que se clava en el aire como un puñal, recibe a la criatura,

mientras los pensamientos de la madre se dibujan absortos sobre una

obscuridad infinita. Torpe, ávida, prorrumpe:

--¡Mi hijo!... ¡Es mi hijo!... ¿No me engañas?

Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el temor de verse entre dos

locas.

--No te engaño--asegura Marcela, y su voz parece que recorre un espacio

sombrío antes de hacerse oir--. Este niño es «el vuestro», el saludable

y dulce, el de los ojos verdes, que embrujan como los tuyos...

¡fíjate!... Cuando Andrés le mira es igual que si te mirase a ti...

Tómale: te le doy y me quedo sola en el mundo como estabas tú...

--Yo no pienso en Andrés--murmura Irene con un doloroso balbuceo de

ideas, tendiendo siempre hacia Jesús las codiciosas manos.

--La que se lleva el hijo, se lleva el hombre--ruge Marcela, mirando

ante sí con ojos sin mirada, y echando al niño en brazos de «la

otra»--. Y añade:

--Quiero morir en paz: yo haré esta confesión donde sea menester, daré

todas las pruebas necesarias, expiaré mi delito según la justicia del

mundo... ¡Dios, bastante me ha castigado!...

--¡Madre!--llora el rapaz, buscándola.

--¡Esa es tu madre!--responde, brusca y firme, tornándole al regazo de

Irene.

Y allí de cerca, vida contra vida, el niño entre los agitados

corazones, vuelve a decir a su rival:--¿Me perdonas?

--Con toda mi alma... ¿Y tú a mí?

Un fulgor obscuro luce en los ojos agarenos mientras Marcela pronuncia:

--¡También!... Hoy es el día del perdón...

De repente abraza al muchacho que la mira ansioso, y echa a correr

fuera del portal. La sigue un acento infantil y desgarrador:

--¡Madre!... ¡Madre!...

Pero ella desaparece muda y ligera, como una sombra atormentada. Un

ancho camino de argomal la conduce a la margen del río que susurra bajo

el leve cejo de la niebla.

La mujer, cansada, acorta el paso y se refugia en la soledad con un

amargo deleite de hurañía y abandono. Se considera ya sola en el mundo,

purificada y redimida por el flagelo de la expiación, digna de unirse

al hijo mártir en una gloria que no se acabe nunca.

En la cumbre del soto de la Cruz una fogata pastoril arde, al parecer,

junto a las estrellas, y en el cielo enjoyado, se recorta el perfil

virginal de la montaña.

Aún palpita el crepúsculo como un gran corazón agonizante caído en el

remanso de la noche; sobre el movible cristal del río tiembla y huye la

plata de la luna...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 47 / 72 题