INSOMNIO

En largas horas no hubiéramos podido, aun queriendo, abandonar a la

muerta ni calmar el hambre de su hijo.

El temporal, monstruoso, nos apresó junto al cadáver, en la fétida

hondura del sollado, hasta cerca de la madrugada, y todos los humanos

quejidos tuvieron encima de nosotros un eco y una indecible expresión.

Gemía el pequeñuelo, y su vocecilla, feble y aguda, rodaba entre

los huracanes como una gota de agua en un torrente. Con estallidos

impetuosos se debatía, forzudo el barco; bramaba la nube, vociferaban

las olas, y el P. Fanjul, Inés y yo enhebrábamos el hilo de nuestras

plegarias en los fatales rumores de la tragedia.

Por la alta ventanuca, cuando el balance no la hundía en el mar,

veíamos cómo los relámpagos raían la sombra y cómo hervían las espumas

en la mareta rugiente.

Y aparte las visiones definidas y los determinados sonidos, nos

estremecían a cada momento unos soplos mudos y fuyentes como ráfagas

misteriosas de frío y de pavor, y unos lampos de luz en las pupilas

de la muerta, en los flavos ojos inmóviles y abiertos, que parecían

asomarse a lo infinito cuajados de inquietud...

Ya casi vencida la tormenta tiene el recién nacido donde aplacar su

sed de vivir. Y por acuerdo de los pocos españoles que viajamos en el

_Orcana_ tendrá Luisa un pobre ataúd donde esconder su hermoso cuerpo

a las primeras caricias del mar; ya que nos faltan aún tres días para

llegar a Talcahuano, primer puerto de la costa chilena, y no es posible

conservar hasta entonces el cadáver a bordo.

Incapaz de dormir, estoy en el alcázar desde el amanecer, buscando aire

y perspectivas como un desquite a la espantosa esclavitud de anoche.

Todavía lloran el viento y el mar en trémulas quejumbres que acompañan

a mis pensamientos atónitos. Siento el cansancio y la tristeza con

pesadez confusa que me inmoviliza envuelta en el abrigo, absorta en los

mirajes, lleno de lágrimas el corazón. Y necesito hacer un esfuerzo

para enterarme de los destrozos causados al _Orcana_ por la tempestad.

Han desaparecido la toldilla y el portalón; faltan pedazos de la

arboladura, tojinos y escalas, dos brazolas, un serení.

Vuelvo a sentarme, después de averiguar estas noticias con escaso

interés, y veo ensimismada, cómo huye la tierra patagona, solitaria

y bravía, toda florecida de expresivos nombres hispanos; desde su

costa atlántica hasta la salida del fiordo americano en el Pacífico,

el maternal lenguaje español la riega de membranzas plenas de un

significado heroico y ferviente: islas Tristes, punta de las Niñas,

ensenada del Engaño, bahía de los Desvelos, cabo Dañoso, golfo de las

Penas...

Y ya en la ruta abierta al viejo mundo por Magallanes, desde la bahía

Posesión hasta el cabo Deseado, siguen las palabras evocadoras y

rotundas, bendiciendo el señorío y la fortaleza de España.

Ni las altaneras cimas que parecen cosa del cielo, ni las restingas y

los veriles dejan de hablarnos en elocuente romance, y así el estuario

que más se interna adueñándose de la costa se dice el Seno de la Última

Esperanza...

No tardaremos en remontar la isla de la Desolación para salir al

Pacífico por el cabo de los Pilares, al filo de la media noche, en la

hora terrible de sepultar a Luisa bajo las aguas.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 17 / 72 题