Estábamos a la altura de Cabo Negro. La pizarra y el escarpe subían
con ímpetu bravío desde el mar hasta las cumbres, casi celestes, de la
cordillera. Sobre los bizarros bosques y los tremedales húmedos pasaba
el viento silencioso, como si llevase las alas entumecidas. Las nubes,
ligeras, traspasadas de claridad, seguían rodando en un cielo apacible,
y el frío, hecho nieve en las cimas orgullosas, caía de lo alto con la
luz.
Atravesábamos ya el territorio de colonización que en esta parte del
Estrecho esparce con timidez granjas, haciendas y pastorías entre ambos
lados de la costa, bajo el auxilio de la capital, Punta Arenas, en cuyo
puerto debíamos dormir aquella noche.
Crucé otra vez el barco para buscar a Luisa, y la encontré más serena
que en las primeras horas de la mañana. Sin duda la vecindad de los
colonos fueguinos y patagones era menos triste que la del archipiélago
convertido en osario. Atendía la moza a las novedades del camino y se
maravillaba de ellas con mucho interés, aunque en su rostro quedase
atenuada la sonrisa habitual.
Habían aparecido las aves nuevas para nosotras. Los albatros, blancos
y enormes, con las alas rápidas, negras, finas y agudas, el pico de
alfanje, dorado y voraz, los ojos siniestros, el grito aullador:
perseguían en bando la estela del navío, poniendo en las aguas
translúcidas la rauda sombra de su vuelo gentil. Los aptenodites,
mansos, hambrientos, _pájaros niños_, según los exploradores hispanos
les llamaban por su torpeza y candidez, acudían a millares al ras
de las olas, en humilde actitud. Y por fin, el cóndor, el buitre
colosal de los Andes, llegaba complaciente hasta el pie de la escarpa
inaccesible donde tenía su nido. Era el macho, señero, curioso y
avizor, que nos miraba desde la orilla con los ojos pintados de carmín,
hispido el plumaje negro y azul. Tenía el pico torvo, la cabeza gris;
al cuello un soberbio collar de albísimas plumas. Estuvo un rato
inmóvil en la ribera, después tendió las alas con breves sacudidas,
abiertas las rémiges obscuras en un ancho abanico, y, de pronto, subió
en una serenísima espiral, tensa y firme, sin un estremecimiento,
más allá de la región de las nubes, hacia el glorioso camino de las
estrellas...
Poco más tarde una piragua con indios de la marina se acercó al buque
pidiendo limosna. Voces agrias, como graznidos de aves agoreras,
subieron a gemir desde la navecilla donde aquellos seres humanos,
fornidos y desnudos, salvajes y míseros, acechaban el paso de la
civilización.
Eran los hombres ignotos hasta que España quiso, los habitantes del
_Mar de las Tinieblas_, de la Tierra del Fuego, del Nuevo Mundo: la
pobre niñez de la Humanidad, criaturas nuevas en los ciclos redentores
de la vida, almas infantiles, sin historia ni purificación... Dióles el
_Orcana_ un despojo de las cocinas, como a los _pájaros niños_, y se
alejaron, felices, los pedigüeños, tendidas en los hombros las pieles
de guanaco, adornada la estrecha frente con plumas de ñandú...
A Occidente el paisaje se arrecia cada vez más: grandes masas de
granito, obscuras selvas de robles, hondas marismas, cumbres ingentes:
fluyen los esteros en las hoces, se agachan las nubes en el cielo, y
una lluvia fina y polvorosa comienza a caer.
La prematura noche no se sabe si baja de las cimas o sube de la mar.
Envueltos en el agua turbia y en la luz gris, arribamos a Punta Arenas,
donde el grao pone sobre la mansedumbre de las olas una siniestra
franja de arenal. Se ha roto la cortina de las nubes y tiene la luna un
aciago fulgor...