Habíamos llegado al Estrecho de Magallanes, y el _Orcana_ se atrevía,
lento, sobre las aguas misteriosas...
Al penetrar entre el cabo de las Vírgenes y la punta del Espíritu
Santo, las tierras son cándidas, verdes, sin árboles ni rocas; y
contrastando con esta mansedumbre, el mar inquieto, movido, oculta
bajo la ondulante marea el agudo puñal del arrecife. Luego el paisaje
se ensoberbece: medran las montañas hasta las nubes y ruedan hasta
el mar peñas y cerros formando canales y lagos. Aquí el agua es
calmosa, estática, profunda: surgen de ella negros cantiles, adustos
y violentos; escarpados montes con la toca de nieve y la falda
selvosa; islas y valles de original belleza; archipiélagos; istmos;
penínsulas, que dilatan la vertiente occidental de los Andes en un
fiordo gigantesco y magnífico, para cortar la punta del continente
sudamericano. Las praderas y los glaciares, el granito y el musgo, la
nieve y la flor, el roble y el tremedal, cuanto hay en la Naturaleza
más diverso y contrario, más distante y enemigo, se une con terrible
hermosura en esta maravilla del mundo que Magallanes descubrió para
España un día pretérito y glorioso.
Pasión de la raza y amor de la tierra me poseyeron en la ruta escabrosa
y admirable, donde el misterio y el peligro navegaban a nuestro lado.
Yo sabía que en la dulcedumbre de la corriente y el encanto de los
hocinos acechaban el escollo y el temporal, siempre ocultos en aquella
intrincada estrechez, y pensaba, con asombro entrañable, con altísimo
orgullo, en los exploradores hispanos, los primogénitos de la Humanidad
en el antiguo _Mar de las Tinieblas_, que lucharon a veces hasta
«noventa días» en las desconocidas angosturas del Estrecho, con leves
naos inseguras, audaces las velas latinas, el aparejo de cruz y la cruz
en el trinquete...
Yo también iba de exploraciones por el gran fiordo andino: niña y
triste, a miles de leguas de mi patria, el mar, el cielo y el monte
me producían una desgarradora impresión de soledad. Por primera vez
adiestraba mi vida para la lucha torva y callada frente al destino,
y la fecunda semilla del sufrimiento henchía dolorosamente la pobre
tierra virgen de mi corazón.
Quiso un designio providencial que durmiesen los temporales en las
hoces y nos siguiera desde Europa el viento amoroso de la bonanza.
Y después de cien millas de apacible navegación por el Estrecho, entre
mansa ribera, cuando ya los montes se levantaban y el glaciar y el
cantil aparecían, un largo anochecer decembrino nos llevó al refugio de
una ensenada, donde era menester pasar la noche. Hallamos buen tenedero
bajo el agua transparente y muda, tan cerca de la margen vecina, que el
capitán del buque, adornado de una cortesía británica muy complaciente,
nos permitió desembarcar a unos cuantos pasajeros curiosos.
Ya se abría en el cielo la divina rosa de un pálido plenilunio, cuando
volvimos de nuestra visita a la solitaria tierra patagona. Habíamos
hurtado a su secreto raras piedras, tímidas flores y peludas arañas de
color de rosa, inofensivas y cobardes: todos seres humildes, llenos de
alma.
La quietud de la marea parecía el cristal de unos ojos muertos donde
soñara el paisaje milagroso bajo el hechizo del silencio y de la luna.
Un inefable resplandor austral exaltaba en el cielo el vaivén luminoso
de los astros, y en la sublime escritura de las constelaciones la Cruz
del Sur decía su leyenda polar, clavada como señuelo en el profundo
corazón de la noche...