SOL DE CASTILLA

De codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo

fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura

de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen

una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada

por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa

huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en

inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura

reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada

fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios

diseminados en el monte.

Al pie del peñón abrupto en que se asienta la ciudad, sobre el ocre

rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y

las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus

tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul

ceniciento del horizonte.

Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para

visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan.

Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible

de los _ciceroni_ locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo

para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y

comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la

mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de

estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios

de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del

pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y

alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y

otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho

tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus

cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la

frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de

verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas,

tapias, todo hermosamente <g>ruinoso</g>; todo plácidamente mudo. La

irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de

una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene

los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los

dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de

negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado

triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una

placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las

fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus

puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una

fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres

calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña,

sentada en la escalerilla de un postigo, tatarea. Remotísimamente, un

organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las

casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada

moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus

tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo

está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus

antiguos moradores.

Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque

débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza

un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes

vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento

tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente

marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile.

Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado.

Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de

acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez

y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de

las gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de

encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de

hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras

heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan

sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen

de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de

lujo, sin ostentaciones vanidosas.

Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran

fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos

hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta

sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas

partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello

perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas,

placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y

las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia

rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El

alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las piedras, y tímida y

desmañada se esconde en las carnes...

* * * * *

En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de

ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las

paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se

ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente

escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de

época; es el siglo XVI que se pone delante de mí, en muros severos, de

ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de

monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que

florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto

mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio.

Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón

de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora

este rincón, apacible y huraño.

Los pilares leprosos del corredor, proyectan hacia dentro, y en

oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué

alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del

avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena,

cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas

y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido

estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos

el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu

techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel

Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de

abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli,

descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el

séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en

cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente

al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores

favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro

Fray Juan de Avila.

Toledo entero está lleno de este espíritu enfermo de la divina locura

del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía.

Es su dominio, su feudo, su monumento.

He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las

mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como

el misterio del _más allá_; el alcázar poblado de espectros

esplendentes.

El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de

nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el

mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las

vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños;

los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con

deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el

sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias

del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi

fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado

romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fragua, y

contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega.

Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más

honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe

cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la

elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del

Entierro del Conde de Orgaz.

* * * * *

Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del

formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé

mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé

por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón

pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un

veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero

pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se

hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes

Saavedra.

Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas

más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar

por ahí de _La Ilustre Fregona_?...

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 44 / 45 题