En Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática:
Iglesias, el autor de _Los Viejos_, y Guimerá, el poeta de _Tierra Baja_
y _María Rosa_.
Durante una representación de _La Artesiana_, de Daudet, en la Plaza de
las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros--porque se
trataba de una función popular--andaban de aquí para allá por los
pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel,
me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de
larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de
anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que hacía pensar en un Don
Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante,
y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas
españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo;
la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas.
--¿Quién es?--le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi
lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía.
--Es Iglesias--me contestó Araluce--: tiene mucho prestigio, ¿quiere
usted ser presentado con él?
--Ahora, no--respondí--. Ya encontraremos otra oportunidad.
Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.
* * * * *
La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las
gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en
su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y
representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento
un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me
llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni
mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y
periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas
que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para
mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que
en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se
revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la
perspicacia.
Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la
vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los
libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor
conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de
cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le
interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en
América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que
se vende en España misma.
El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se
cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras
españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto
que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas
veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba,
México...
El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día
en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio
que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en
el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los
errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de
América.
Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad;
encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es
así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida
literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria
del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos
Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un
homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una
civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que
darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las
letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de
eso.
Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en
la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y
todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre
ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una
condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los
demás, se engaña a sí mismo.
En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los
miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas
viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la
basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su
bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas
posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este
megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».
Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos
«Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.
* * * * *
Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para
recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía
castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a
todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan
poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la
genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha
clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los
llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el
gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más
extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a
locuras de juventud. Ya peino canas.
Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas,
sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la
obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad,
en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para
producir la impresión y yo para recogerla.
Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las
tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las
ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña,
y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano,
silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente
cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi
solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de
la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el
espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior,
ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico.
Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado.
Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas
de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una,
«Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea;
la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio
resplandeciente.
Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá,
tarde por tarde.