Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la
calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy
delgado y muy alto, vestido con un traje claro:
--Adiós, Felipe--dijo el poeta.
--Adiós, Paco--contestó el otro.
Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:--¿Quieres que te lo
presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti.
--Mira--le indiqué--. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego,
mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo.
Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para
saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan
de denunciar una de sus crónicas de _El Liberal_; lo acusaban de ofensa
a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no
importancia.
A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía
acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente:
Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a
charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de
reanudar la conversación al anochecer siguiente.
Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté
vivamente agitado.
--Chico--me dijo con voz rápida y turbada--, vengo deshecho.
--¿Pues qué te sucede?
--¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza;
una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.
Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es
que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera
inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la
edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de
la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió
que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos
juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad
con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la
Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal.
Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual
propósito que el nuestro.
Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho
sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba
amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos
pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas
diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante,
encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del
cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando
con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que
esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después
de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es
ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que,
por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes.
Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una
doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo
sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro
estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles
silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis
compañeros, me digo, al caminar:--Aquí.--No; aquí. Y no atino con la
casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos
que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en
una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados--no
sabría decirlo--están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan,
e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos.
Entramos. Un jardín y, en el fondo, un _chalet_ muy blanco, de
enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos
ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a
los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco,
nos dejaron libre la entrada. Subimos al _chalet_. Nadie salió a
recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos,
primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que
estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La
violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del
interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a
poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que
hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo
siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y
conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la
pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había
temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato,
los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la
redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas,
la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la
que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía,
con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de
aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz
lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se
calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había
sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la
expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto
suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven
militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:--¡Hermano!
¡Hermano!
Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples
escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.
Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las
habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos
de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos
intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones.
Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como
gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».
La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e
inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome
a Villaespesa, le dije al oído:
--Me voy.
--No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi
amigo hasta ese instante.
--¿Pues dónde está?
--Allí.
Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso
donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el
desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el
mismo sillón donde se había quitado la existencia.
A esa puerta llegaban--yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas--las
hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda
niña. Los hermanos las acompañaban.--¡Yo quiero verlo!--rogaban
ellas--. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar
pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.
Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó
mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y
pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la
vida del célebre novelista:
--Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba
enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía
escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El
era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre
mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad
hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento,
una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus
facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de
pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en
cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y
los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en
general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con
materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el
sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres,
sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura
dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus
novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y
grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta--porque
era un poeta, un soñador incansable--se forjaba la ilusión de las
conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de
las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un
fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de
novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este
literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el
espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido
caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que,
asímismo, las sufrió verdaderas.
En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto
en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro
o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No
se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria,
voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los
cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable.
Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la
edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus
deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: _Jarrapellejos,
El médico rural_...
* * * * *
Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta
escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada
por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los
amigos y camaradas.
Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió,
no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín.
Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el
remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era
espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza.