II

LA HUELGA, LA GUERRA

Y EL PUEBLO ESPAÑOL

Cierta mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa

curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos

civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al

lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que

declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.

A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la

gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el

enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba,

por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados,

tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la

cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos

excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos

caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de

voz militar: «Ordeno y mando.»

De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos

en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa;

quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso

de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la

inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la

autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio

absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.

¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan

inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del

mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los

pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta

obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca

paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda

España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la

huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende,

era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que

las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de

jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.

Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se

dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó

que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen,

íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones;

encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros

los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre

éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el

servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los

militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó

bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.

* * * * *

La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las

reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias,

comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación,

los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y

paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas

historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y

soldados, de muertos...

Las conversaciones _sotto voce_, en estos casos, revisten un carácter

alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca

en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de

realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo

incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado,

con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y

divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés

general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y

siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva

frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una

impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia

palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo

extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.

Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa

en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés

colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la

fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática

caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas

sombrías, pintan los telones de la vida.

En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica

de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone,

además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las

más imprevistas conclusiones.

Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de

corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con

una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus

virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.

Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este

«voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor

propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo

nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el

castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que,

medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el

instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este

brusco procedimiento.

El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la

raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas

direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una

secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el

aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la

necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso

sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la

metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes

en la línea de marcha.

Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a

nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir

con él la ruta.

Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del

«último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este

apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la

masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos

de transformación.

De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio

escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en

cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de

actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el

pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.

* * * * *

Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de

la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de

ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras

planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el

restablecimiento de la normalidad.

Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero

todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y

hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue

con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura

vigila, línea a línea, los periódicos.

No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en

blanco, en _El Liberal_, en _El Imparcial_, en _La Epoca_, en _La

Correspondencia_. Hace pocos números se suprimió en _El Imparcial_ un

artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario _España_ fué

mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un

serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente

pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y

demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.

Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a

saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos

puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para

trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía,

según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.

Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El

mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La

Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los

acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las

circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo

que, por tímido, parece poco sincero.

Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se

atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la

prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la

publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud

conciliatoria.

Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las

dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de

Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha,

tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de

acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado

con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.

Y no obstante...

* * * * *

No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las

puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora

la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.

Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras

de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a

España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte

de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio

español; que...

El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados

dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en

una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay

en toda mentira un alma verdad».

Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta

despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría

que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la

«ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en

algunas partes, se señala con un latido más enérgico.

¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el

incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una

palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia

interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este

sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la

vida?

Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta

hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en

el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre

la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».

Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y

monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva,

siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de

la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de

los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del

día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo

puede estar viejo, menos el pueblo.

El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido,

degenerado o enfermo.

Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del

sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su

juventud.

Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor

al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la

plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el

instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.

Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas

veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas

abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina

aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las

fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que

quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su

ideal.

¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una

transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba

representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el

ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 24 / 45 题