LA HUELGA, LA GUERRA
Y EL PUEBLO ESPAÑOL
Cierta mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa
curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos
civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al
lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que
declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.
A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la
gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el
enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba,
por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados,
tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la
cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos
excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos
caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de
voz militar: «Ordeno y mando.»
De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos
en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa;
quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso
de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la
inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la
autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio
absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.
¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan
inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del
mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los
pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta
obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca
paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda
España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la
huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende,
era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que
las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de
jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.
Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se
dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó
que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen,
íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones;
encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros
los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre
éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el
servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los
militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó
bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.
* * * * *
La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las
reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias,
comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación,
los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y
paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas
historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y
soldados, de muertos...
Las conversaciones _sotto voce_, en estos casos, revisten un carácter
alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca
en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de
realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo
incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado,
con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y
divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés
general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y
siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva
frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una
impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia
palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo
extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.
Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa
en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés
colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la
fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática
caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas
sombrías, pintan los telones de la vida.
En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica
de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone,
además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las
más imprevistas conclusiones.
Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de
corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con
una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus
virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.
Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este
«voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor
propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo
nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el
castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que,
medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el
instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este
brusco procedimiento.
El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la
raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas
direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una
secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el
aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la
necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso
sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la
metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes
en la línea de marcha.
Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a
nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir
con él la ruta.
Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del
«último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este
apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la
masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos
de transformación.
De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio
escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en
cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de
actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el
pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.
* * * * *
Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de
la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de
ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras
planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el
restablecimiento de la normalidad.
Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero
todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y
hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue
con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura
vigila, línea a línea, los periódicos.
No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en
blanco, en _El Liberal_, en _El Imparcial_, en _La Epoca_, en _La
Correspondencia_. Hace pocos números se suprimió en _El Imparcial_ un
artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario _España_ fué
mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un
serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente
pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y
demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.
Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a
saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos
puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para
trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía,
según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.
Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El
mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La
Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los
acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las
circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo
que, por tímido, parece poco sincero.
Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se
atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la
prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la
publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud
conciliatoria.
Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las
dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de
Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha,
tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de
acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado
con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.
Y no obstante...
* * * * *
No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las
puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora
la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.
Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras
de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a
España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte
de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio
español; que...
El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados
dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en
una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay
en toda mentira un alma verdad».
Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta
despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría
que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la
«ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en
algunas partes, se señala con un latido más enérgico.
¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el
incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una
palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia
interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este
sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la
vida?
Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta
hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en
el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre
la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».
Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y
monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva,
siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de
la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de
los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del
día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo
puede estar viejo, menos el pueblo.
El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido,
degenerado o enfermo.
Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del
sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su
juventud.
Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor
al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la
plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el
instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.
Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas
veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas
abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina
aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las
fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que
quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su
ideal.
¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una
transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba
representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el
ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...