FIESTA DE NIÑOS Y FLORES

En uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La

entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería

de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo

colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una

balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando,

cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de

copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente

suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del

ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los

musgos, se rompen, se atan, se desmenuzan, pintorescamente matizadas

por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola

de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos.

Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde

está prodigiosamente diáfana.

En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de

espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa

urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él

desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más

lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no;

aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques

rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas

de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las

colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave

declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de

azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve.

Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y sentimos en los ojos

humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón.

* * * * *

Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y

volver, por lo mismo, la cara a la montaña.

Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en

trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida

barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que,

frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones

montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con

flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el

símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan

afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las

vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros

balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral

religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de

cantar.

El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las

chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan

detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los

que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la

montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en

flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas

las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a

acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos.

A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones

maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia

de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los

grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y

la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para

cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende

y se unifica mejor el ideal colectivo.

Y tras los orfeones viene el baile regional: la Sardana. Suena en la

orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste

marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos--el violín, el

clarín, el contrabajo--sirven para empastar y colorear los sonidos.

Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de

bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta

actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la

altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en

el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia,

adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse,

sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que

sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile

primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de

voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de

veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la

inocencia que siente la alegría de vivir...

La tarde, contagiada de candor, entrecierra los ojos con una melancolía

bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan

envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando,

desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que

se cansara de jugar.

Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio

apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que

esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando

cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de

los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del

tahur.

La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente

una enfermedad de la piel...

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 22 / 45 题