BARCELONA LA VIEJA

I

Lo sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia

complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y

no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había

adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que

se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos

hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver,

se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban

vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una

lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto,

la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas

esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente,

dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y

relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista

de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete,

como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó

una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se

alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus

ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces

comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del

Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la

tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides

de la oda de Mosén Jacinto:

que perguardar sa filla del serd costat nascuda

en serra transformantse s’hagués quedat aquí.

A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía

su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el

término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López», se

halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los

muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos,

tenían a flor de labio la misma pregunta:

--¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea?

Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia

en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye

en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la

sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos

los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América

sajona. Hay también un enigma allí.

* * * * *

Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después,

caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá,

torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede,

abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la

maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja

ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan

irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y

trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de

casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas

horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas

estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de

abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente

arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y

de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas

ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez

un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A

ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de

estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la

solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la

catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada

Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles

angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la

indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la

fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el

vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los

hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente,

ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño

repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una

estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto;

arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano

enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así

debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel

contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo

por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de

puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de

las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece

con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol,

acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado

todo con su aliento salino.

Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora

visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno

pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo

en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza

como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y

robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño

albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía

extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza

en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con

seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.

Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo

laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven

tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos,

de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de

iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento

de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel

viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente

rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de

bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las

manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad

nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua,

valetudinaria, apretada y sombría.

Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin

querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado

una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de

Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura

del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas

«Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 14 / 45 题