_20 de Febrero._
Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó
venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los
barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.
La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, que
sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí también,
sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que podríamos
hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo al cuarto
de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni enfermeras,
ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo con ella y
observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que aquello era
cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. Lo primero
que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle la muñeca,
diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada retiró la mano,
no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien cicatrizada, y me
dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, y no hacer ni decir
tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, esa estúpida sospecha?
¿Acaso te ha cabido en la cabeza que yo me magullé la mano en una
lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la
víctima para...
—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído nunca
que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la muerte
de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.
—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi
confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas
cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no
puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la
desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te
empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»
Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le
otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque
estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y
honesto que me concede, y reconozco no merecer más.
«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir en
mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre espiritual,
con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, voy yo
también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos deslices, y
excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, señor moralista?»
Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería
aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en
quien no pude menos de reconocer la sagacidad castellana de su padre
el zorro de Cisneros? No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la
cuenta de que su objeto era tomar la ofensiva, como papel más airoso
para ella en la lucha que entablado habíamos.
«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay
algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes
suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No
llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia
mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»
Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales
cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos
de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa
mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene
nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os
ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos
de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época!
¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las
calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de
los que...!»
No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que
quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un
odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron
su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el
descuidillo de sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su
rostro diciendo: «¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me
repugna verte en esa degradación.»
Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle,
contesté de este modo:
—Basta que á tí no te agrade _eso_, para que al instante se concluya.
—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.
—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi
directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?
—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»
Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se decidió
por uno, tras breve meditación.
—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus
amistades con esa mujerzuela.»
Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te pasmes,
no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y necesito
explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para tí dar un
puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si te adivino...
creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de averiguar qué
clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre Federico con
ella, porque, como te has metido á juez instructor, naturalmente habías
de buscar datos... del propio cosechero... ¿He adivinado?
—Sí... tal ha sido mi intención.
—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has
descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en
la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos
ver.»
¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de
Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que
Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo
manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que
podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto,
y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los
estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas,
seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella,
y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de
aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y
ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio,
que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y
terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada.
Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su
denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo,
entre suspiros que le salían del fondo del alma.
Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en estos
términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero es
hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, amigo
Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has hecho
amigo de la Peri para indagar por tu cuenta?
—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.
—Cierto, esa es la verdad.
—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de tí
ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo te
ayudaré á completarlo.»
Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de
expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada,
quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no
prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba;
estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí
tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y
hasta mañana ó pasado...»
Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, y
estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran
las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas
de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que
la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me
inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde
se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las
calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á
primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:
«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he preguntado
sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es grave: me lo
vas á decir, y así me probarás que me quieres y eres mi amiga. Nada,
que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú
con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto
lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara
bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por
lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla
claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que
te quiero mucho...?»
Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por mí...
¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»
Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo
muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el
pobre Federico.
—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no tienes
alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan caballero
como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te ha picado
hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á echar las
cartas para saberlo.»
Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba
empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: _lo que esperas_, _lo
que no esperas_, _lo que te ha venir_, _tu suerte_, _lo que se cubre_.
Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo,
y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo
que te pregunto.»
Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: «Mira,
Infantito, que ya me voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo
malas pulgas; mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo
la palmeta, ¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine...
Es la que me sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y
reventativos... Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes
nada.» Con esa condición te admití.
—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á los
hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te
mato, te mato, te ahogo!»
Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño de
mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... No
creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado
de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre
el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi
brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi
tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo
secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y
no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo
ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de
este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que
porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque
también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo
que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par.
Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto lo
que siento. Puedes volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si
me vienes con preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los
burros cuando cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo
de que cuando una quiere ser _particular_, y decente, y callada, lo es.»
Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía
esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda
prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí.
Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa
haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho
menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi
memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis
de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión,
de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el
indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué
noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las
vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de
conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.
Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una
opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia
lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad
ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un
egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo;
pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.