_12 de Febrero._
Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el _solar del
polvorista_, que así, según supe después, se llama el sitio donde
apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía
popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las
variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos,
algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida
autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no
por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la
Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel
viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el
que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no
debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y
por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de
las del paseo de Santa Engracia, próxima al _solar del polvorista_. Del
portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice
mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas
pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me
puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar
ningún dato á las diligencias judiciales.
Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire
usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si
se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar
á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia
ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas
cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la
dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los
ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una
autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto
entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las
comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar
entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este
dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré
á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial
hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y
celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra,
están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera.
No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre
todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es
suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la
solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el
camino derecho produciría mayores males, por aquello de _summum jus
summa injuria_.»
Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus
argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de
consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de
fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo:
«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde
podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche
del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era
imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me
dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad
cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso
vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí,
Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al
infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del
costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado
por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo
balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»
El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo,
lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por
grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de
costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder
de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el
mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de
pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos
puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones
sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa,
los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre
por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se
contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable,
y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida
ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la
posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella.
Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: _no veo_, no
puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello
podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á
figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto
ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos,
que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo
que no hay histrionismo en grado tal de perfección.
En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino
como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este
esperó á Federico cuando salía, y _pim_, _pam_. El principal sostenedor
de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de
la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre
de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador
pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede
ser, aunque yo no _siento_ el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo
ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo
de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es
capaz de eso.
Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la
que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es
de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal,
y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y
el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el
bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero
no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago
comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio
por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni
aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están
vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos
cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados
aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de
chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un
almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como
almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido
con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el
centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo
del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles
de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó
el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole
con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su
altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de
tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar
que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.
Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este
problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el
vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo
que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.
Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los
acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices.
Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar
á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.