XXXI

_7 de Febrero._

¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á

su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á

manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos

la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó

quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo

de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes.

Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la

vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la

realidad andan ó suelen andar á la greña.

No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre

paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien

regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos

la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería

con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar

esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra

enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita

que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos

todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te

presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco

torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras

como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y

manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y

un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en

fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas

en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por

respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta

mañana... _dama de mis pensamientos_.

Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó

una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras,

que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia;

no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman

_broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_

_¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente

_¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea

que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco

por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.

De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda

solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su

querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con

actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día

y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras

ná del cadáver?»

Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me

dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo

esté tan chalaíta por este animal?»

Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos;

pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de

amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No

manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y

creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien

de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron

á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo,

ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo

atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía

que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y

recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y

el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo

te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en

tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro

que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor

se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.

Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible,

creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante

el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me

desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me

parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así.

Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón

suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda

ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus

debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño

resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés;

pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.

Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me

retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión

sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina

del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura.

La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico

había sido muerto por Orozco.

«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las

Charcas...! Me consta.

—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me

ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que

desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa,

con otro chavó. ¿Y esa?»

Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como

intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones

sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que

volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo,

pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me

marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y

callejeras que no habían de faltar.

En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa.

Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado

de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía

de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad

prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que

no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista

y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad

verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso

de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él

su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí,

como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas,

aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación

escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género

de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por

debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta

los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para

obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con

brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta

entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado

y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de

la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas

y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas

hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban

estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras

los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un

fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he

de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto

de mí.

Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba.

Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el

sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión

por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la

confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo

único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y

el más tonto de los planetas.

La Incógnita · 第 34 / 47 题