_7 de Febrero._
¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á
su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á
manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos
la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó
quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo
de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes.
Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la
vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la
realidad andan ó suelen andar á la greña.
No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre
paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien
regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos
la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería
con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar
esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra
enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita
que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos
todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te
presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco
torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras
como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y
manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y
un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en
fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas
en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por
respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta
mañana... _dama de mis pensamientos_.
Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó
una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras,
que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia;
no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman
_broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_
_¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente
_¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea
que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco
por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.
De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda
solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su
querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con
actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día
y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras
ná del cadáver?»
Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me
dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo
esté tan chalaíta por este animal?»
Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos;
pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de
amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No
manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y
creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien
de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron
á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo,
ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo
atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía
que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y
recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y
el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo
te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en
tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro
que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor
se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.
Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible,
creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante
el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me
desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me
parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así.
Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón
suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda
ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus
debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño
resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés;
pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.
Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me
retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión
sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina
del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura.
La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico
había sido muerto por Orozco.
«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las
Charcas...! Me consta.
—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me
ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que
desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa,
con otro chavó. ¿Y esa?»
Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como
intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones
sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que
volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo,
pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me
marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y
callejeras que no habían de faltar.
En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa.
Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado
de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía
de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad
prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que
no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista
y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad
verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso
de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él
su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí,
como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas,
aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación
escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género
de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por
debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta
los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para
obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con
brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta
entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado
y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de
la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas
y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas
hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban
estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras
los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un
fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he
de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto
de mí.
Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba.
Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el
sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión
por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la
confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo
único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y
el más tonto de los planetas.