_3 de Febrero._
Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si
entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras.
La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado
la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que
siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por
los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo
para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en
las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de
que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el
horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me
despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido
y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras
que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera
asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé
dónde!... Levántate.»
Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí
que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba
echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví
estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por
quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La
justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de
balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida,
sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá!
«Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no
conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo
su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo.
El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no
lo sabe. Vamos.»
Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á
saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber.
Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón
estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos
allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico
forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría
olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi
ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no
acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es
para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y
horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré
todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que
convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido
pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible.
Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de
la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto
al tremendo suceso. Adiós.