IX

_6 de Diciembre._

He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu

que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en

las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy

muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos

amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He

pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las

cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica

deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que

esté hoy inaguantable.

Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar.

Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela.

Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena

figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida,

vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con

la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío.

Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones

correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil,

la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura

italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos

santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio

me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero

afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y

calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en

efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas

cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré

dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el _Proyecto de ley

de rectificación de listas electorales_. Ahora, relatemos.

Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi

padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir.

Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía

de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el

administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es

una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa

el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas

destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde

el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de

ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero

con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán,

empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un

Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo

palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de

mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes

partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien

un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente

á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón

pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme

ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas

cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con

furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su

archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre

investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de

los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando,

fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una

tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que

se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y

asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa

el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo,

y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas

de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo

castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un

Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que

existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales.

Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les

permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán,

es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y

por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni

desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.»

La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de

mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá

nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por

capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la

mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces

por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía

con calor el partido de Cisneros ó _massaccista_, y ella se declaraba

franca y resueltamente _pinturrichista_.

Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel

punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos

como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente

una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro

todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso

al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante,

incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos

graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando

misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara

la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso

diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer

que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido

doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas,

al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á

recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió

también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz

opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas

de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas

de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo

Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.

Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de

cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una

las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica

alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales,

blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco,

rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la

crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero,

sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido

es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en

cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras

en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros.

Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con

alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para

buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en

cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez

elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío

un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario

citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se

tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo

con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que

cae mal herido en el combate.

Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los

criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su

ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino

el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al

lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por

habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente.

Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría

con la familiaridad más revolucionaria.

Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin

sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé

solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo:

«Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de

poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se

fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que

no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla

es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol?

Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que

no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.»

Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa

de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas

personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que

decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva,

regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y

terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da

la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello

la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero;

historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos

cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas

que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío

me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las

cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas

desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este

consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres

de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por

cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso

valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más

respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te

quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y

vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como

fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse

en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese _coram vobis_

que nos debemos todos ante el mundo.»

Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué

detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su

amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas,

tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra

el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de

particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué

podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza

que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un

ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla

públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían

mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado

después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella

tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que

me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo

que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una

camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de

los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la

idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas

cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.

X

_13 de Diciembre._

He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he serenado

en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, como retiran

y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en el fuego de la

discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo haría, ¡oh Equis

de mis pecados! porque hallándome en aquellos días bajo la influencia

de una exaltación insana, casi no soy responsable de las bobadas que

pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la política, digo otra vez,

ese arte supremo de la vida colectiva; benditos sean Sagasta, Cánovas,

Castelar y demás sacerdotes de esta religión consoladora, cuyo culto

produce en nuestro ánimo el efecto de las friegas en el organismo,

llamando á la epidermis la irritación interior! Has de saber que la

jarana parlamentaria de estos días, el temor de que el Gabinete se

derrumbara y la situación con él, las alarmas, el disputar, el choque

terrible de las ambiciones que se defienden con las ambiciones que

embisten, han producido en mí un mareo reparador, una embriaguez que

me ha hecho mucho bien. Si te digo que estos azarosos días lo han sido

para mí de entretenimiento, no expreso la verdad, pues también he

llegado á apasionarme y á tomar con calor un asunto que nunca llegué

á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad activa,

un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, y corremos

ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones se lanzan á

la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, querido amigo,

estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: «bien venida

sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas intermitencias,

temerás que salte mañana otra vez con la murria y el lloriqueo.

Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he de

presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora no

te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si puedes,

que de fijo no podrás.

Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que

me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome

contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras

descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones

democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al

siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas

de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas

de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe

todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad,

y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa más

ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene sin duda

de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de la rapidez

con que se suceden hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra

sociedad está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación

geológica. Las masas del planeta político están en parte blandas, en

parte enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua,

por allí demasiado fuego.

Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó

noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y

agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone

el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las

locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos

la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana

es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar

el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea

de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber

anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.

Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó

descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes.

Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral

tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de

los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras

veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor

las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer;

que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una

sociedad.

Pues en el orden afectivo, aquella impresionabilidad que tantas

censuras y chanzas me ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez

de corregirse. No olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad

mía para prendarme locamente de una mujer cualquiera, apenas vista

y tratada. Cierto que la exaltación dura poco; pero reconozco que

es peligrosísima. El caso se ha repetido en esta época, no sólo con

respecto á mi prima (aquí la cosa es algo más seria), sino con personal

de menor cuantía. Omito la relación de mis _súbitos incendios_ para

evitar tus burlas.

Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente la

erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta

insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad

y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy

ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo

artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo

imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando

papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que

revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias

vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces

mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien

trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las

nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué

engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.

Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante

con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad

suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué...

estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella

pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas

que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la

voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que

Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener

cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió:

«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de

él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»

Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me

consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi

alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas

que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión

propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera

proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa

y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle:

«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo;

pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque

sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto

de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy

satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido,

infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado

traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me

contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló

de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales

elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas,

que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal.

Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor

intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina

inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya

ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de

carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la

fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se

lo merece.»

Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La

impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija

de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con

la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más

que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella

tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz

del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron

vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda,

rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura

en uno de esos blandos muebles que llaman _puff_, torcido el cuerpo

de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las

rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en

el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la

muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que

esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó

dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que,

como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos,

ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en

términos que resulta airosa por todo extremo.

El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo

lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos

diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta.

¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya

de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para

no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes,

que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la

_Rectificación de listas electorales_. ¡Dichosa enmienda, y quién me

habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...

La Incógnita · 第 13 / 47 题