I
_Madrid, 11 de Noviembre._
Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la
condición _sine qua non_ de mi compromiso epistolar, y es que esto no
ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos
ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de
estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al
escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te
ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más
íntimo.
Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves
recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las
murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de
estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro
forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás
personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya
confusión y bullicio tanto te agradan, como buen _gato_ madrileño; y
la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima,
variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin
galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo.
Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo
perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá,
y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi
destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas,
arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando
con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños
astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y
trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de
teta á los héroes más templados de la antigüedad.
Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo
de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo
cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos
lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el
mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre,
gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me
agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición
independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda
cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede
corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te
aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin
de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria.
Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un
modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas
pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril
ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones
que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las
personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera,
desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y
nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que
resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que
hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas
personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas.
Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca
como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable
sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de
Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé
que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta,
como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra
raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás
exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu
amigo como lo es mío.
Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid,
trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda
llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas
en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que
admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando
asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se
levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados,
con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la
persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor,
cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero
tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido
para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se me
han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de este
sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila bautismal.
No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él
desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo
tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos
en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento,
esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando
te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve
había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos,
que son muchos, y entre los cuales hay algunos que no se me quedarán
en el tintero. Me convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome
el increíble honor de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme
sus deliciosas teorías políticas y sociales.
La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media noche,
y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. La
alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de un
niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de mi
madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para él
como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los
Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda
nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria
le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más
saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor
no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre,
allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no
se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los
tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad
corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina
Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y
á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado
para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas,
de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas
y se amaban tiernamente. Cisneros también tiene lejano parentesco con
los Infantes, y por eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones
genealógicas para no volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias
dejaron de tratarse con intimidad y frecuencia hace unos quince años,
por residir mi padre casi constantemente en país extranjero.
De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta prolija
á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le hablé de
tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus obras,
pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído.
Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel maldito
colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el Havre y
después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes de mi
familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que tuviera
yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la muerte
de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el derecho
y la razón en el caos de mi herencia.
¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella
labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos
y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo
con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así
como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el
pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que
le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho,
y en la política con cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los
ruidosos incidentes electorales y la guerra sañuda que me hizo en la
Comisión de actas el candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu
noticia las infamias de cierto periódico, diciendo que yo era deudor
al Tesoro de gruesas sumas, por atraso en la contribución de la mina
_Esperanza_. Para defenderme, publiqué una carta que reprodujo la
semana pasada toda la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica
dignidad y por las insinuaciones maliciosas que, en justo desquite,
supe encajar en ella. Te la mando para que te rías un poco.
Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy bastante
desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas esferas,
donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco que impera
en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los azares de la
aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; el desconocimiento
de los convencionalismos de forma y de lenguaje imperantes en cada
sociedad; el no saber encontrar la justa medida que aquí existe entre
la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer un tanto desairado
y cohibido en el salón de mi prima (por rutina sigo dando este
nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente comprenderás que
mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que voy soltando
la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan notorios
progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el arte
exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza
social y de la momentánea celebridad que adquirí cuando me discutieron
el acta, han sacado el dicharacho. Me llaman _el payo de la carta_.
Díjomelo ayer mi prima en casa de su padre, celebrando con risas la
ocurrencia; y al ver que yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino
que aplaudía el chiste, añadió que esta broma inocente no disminuye
la estimación que me tienen sus amigos. Convenimos todos en reir la
gracia, y por mi parte aseguro que no siento molestia alguna. Sin duda
te ríes al leerme, como yo me río al escribirte.
Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de esta
larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño que
vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la
continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino,
más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que
Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli _ajosa_,
_urbs augusta_, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de
nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá,
bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo