Dos horas después, lord Gray estaba en el salón de su casa, vestido como
de costumbre, después de haber borrado con abundantes abluciones la
huella de sus barrabasadas picarescas.
Vestido al fin con la elegancia y el lujo que le eran comunes, mandó que
pusiesen la cena, y en tanto que venían dos personas a quienes dirigió
verbal invitación por conducto de sus criados, paseábase muy agitado en
la larga estancia. A ratos me dirigía algunas palabras, preguntas
incongruentes y sin sentido; a ratos se sentaba junto a mí como
intentando hablarme, pero sin decir nada.
Como el oro improvisa maravillas en la casa del rico, la mesa (sólo
había en ella cuatro cubiertos) ofrecía esplendidez portentosa.
Centenares de luces brillaban en dorados candelabros, reflejándose en
mil chispas de varios colores sobre los vasos tallados y los vistosos
jarros llenos de flores y frutas. El mismo desorden que allí había, como
en todo lo perteneciente a lord Gray, hacía más deslumbradora la extraña
perspectiva del preparado festín.
Al fin, mostrando impaciencia, dijo el inglés:
--Ya no pueden tardar.
--¿Los amigos?
--Son amigas. Dos muchachas.
--¿Las que dan quehacer a la señora Alacrana?
--Araceli--dijo con inquietud--¿usted oyó el coloquio que conmigo tuvo
aquella mujer?... Es una indiscreción. Los buenos amigos cierran los
oídos al susurro de lo que no les importa.
--Yo estaba tan cerca, y la señora Alacrana se cuidaba tan poco de la
presencia de un extraño, que no pude cerrar los oídos. Milord, lo oí
todo.
--Pues muy mal, muy mal--exclamó con acritud--. Todo aquel que se jacte
de conocer lo que yo quiero ocultar hasta de Dios, es mi enemigo. ¿No he
dicho lo mismo otra vez?
--Entonces reñiremos, lord Gray.
--Reñiremos.
--¿Por tan poca cosa?--dije afectando buen humor, pues no me convenía
chocar con él en ocasión tan inoportuna--. Yo soy el más discreto y
prudente de los hombres. Usted mismo me ha puesto al corriente de sus
aventuras. Vamos, amigo mío, seamos francos. ¿No me dijo usted mismo que
pensaba llevársela a Malta?
Lord Gray sonrió.
--Yo no he dicho eso--exclamó vacilando.
--Usted... usted mismo. Y yo prometí ayudarle en la empresa, a cambio de
su auxilio para matar a mi aborrecido rival Currito Báez.
--Es verdad--dijo riendo--. Bien, amigo mío. Mataremos a Currito y
robaremos a la muchacha. En caso de que necesite ayuda ¿puedo contar con
usted?
--Sin duda. Sólo me falta saber para cuándo se dispone el gran golpe.
--¿Qué golpe?
--El del rapto.
Lord Gray meditó largo rato. Sin duda vacilaba en fiarse de mí.
--Para el rapto no necesito de nadie--dijo al fin--. Necesitaré sí para
huir de Cádiz, lo cual no es cosa fácil.
--Yo sacaré a usted del apuro. Sepamos cuándo...
--¿Cuándo?
--Para ayudar a usted necesito pedir licencia con anticipación.
--Es verdad. Pues bien. Antes me arrancaré la lengua que revelarle a
usted todavía el lugar y la persona...
--Ni yo quiero saberlo: lo que me importa es la hora...
--Es cierto... Bien; repito que ni lugar ni persona los sabrá usted.
Diré únicamente...
Sacó un papel que reconocí como el mismo que le entregara la Alacrana, y
añadió:
--Este papel fija día y hora. Será mañana por la noche.
--Basta. Es todo lo que necesito saber. Mañana por la noche.
--Lo demás no lo diré ni a mi sombra. Temo traiciones y emboscadas y
desconfío hasta de mis mejores amigos.
--Ni yo quiero ser indiscreto preguntando... No me importa. Me basta
saber que mañana a la noche tengo que venir a Cádiz para ponerme a
disposición de un amigo a quien estimo mucho.
Yo pensé que lord Gray escondería de mis ojos el papel que tan extraños
avisos traía para él, pero con gran sorpresa mía, me lo mostró. Era una
hoja de un libro, en cuyo margen había algunas rayas con lápiz.
--¿Esta es la carta? A fe que no puedo entender lo que dice, ni es fácil
conocer el carácter de la escritura.
--Yo lo entiendo bien... Estas rayas se refieren a determinadas letras
de los renglones impresos y con un poco de paciencia se descifra. Pero
me parece que sabe usted bastante. Silencio, pues, y no se nombre más
este asunto. Me mortifica, me pone nervioso y colérico el ver que hay
alguien que posee una parte de mi secreto. Ahora no pensemos más que en
Currito Báez. Amigo, siento deseo irresistible, anhelo profundo de matar
a un hombre.
--Yo también.
--¿Cuándo le despachamos?
--Mañana por la noche se lo diré a usted.
--¿Quiere usted que le ejercite un poco en la esgrima?
--Nada más oportuno. Vengan los floretes. Espero adquirir de aquí a
mañana tanta destreza como mi maestro.
Empezamos a tirar.
--¡Oh, qué fuerte está usted, amigo!--dijo al recibir una estocada
medianilla.
--No estoy mal, no.
--¡Pobre Currito Báez!
--Sí. ¡Pobre Currito Báez! Mañana veremos.
Sonó en la escalera gran estrépito, suspendimos al punto el juego,
permaneciendo con los floretes en la mano en actitud observadora, y he
aquí que entran metiendo ruido y cual brazos de mar que todo lo arrollan
e inundan delante de sí, dos mozas de lo mejor que puede criar
Andalucía. ¿Las conocéis? Eran María Encarnación llamada la Churriana y
Pepilla la Poenca, a quien nombraban así por ser sobrina del Sr. Poenco.
--¡Endinote!--exclamó una corriendo ligerísima hacia mi amigo--. ¿Cómo
tanto tiempo sin verte? ¿No sabías que esta probe se estaba muriendo?
--Miloro está encalabrinao por aquí dentro, y ya no quiere nada con la
gente de la Viña.
--Amable canalla--dijo el inglés--, sentaos. Sentaos y cenemos.
Los cuatro tomamos asiento y no pasó después nada digno de contarse, por
lo cual me abstengo de quitar espacio y atención a asuntos de mayor
importancia.