XXI

Pasaron días y San Lorenzo de Puntales me vio ocupado en su defensa

durante un mes, en compañía de los valientes canarios de Alburquerque.

Allí ni un instante de reposo, allí ni siquiera noticias de Cádiz, allí

ni la compañía de lord Gray, ni cartas de Amaranta, ni mimos de doña

Flora, ni amenazas de D. Pedro del Congosto.

Dentro de Cádiz, el sitio era una broma y los gaditanos se reían de las

bombas. La alegre ciudad, cuyo aspecto es el de una perpetua sonrisa,

miraba desde sus murallas el vuelo de aquellos mosquitos, y aunque

picaran, los recibía con coplas donosas, como los bilbaínos de la

presente época. Cuando el bombardeo hizo verdaderos estragos, los

llantos y lágrimas perdiéronse en el bullicioso rumor de aquel hervidero

de chistes. Pero eran contadas las desgracias. Una bomba mató a un

inglés, y estuvo a punto de ser víctima de otra en los mismos brazos de

su nodriza D. Dionisio Alcalá Galiano, hijo de D. Antonio. Fuera de

estos casos y otros que no recuerdo, los efectos de la artillería

enemiga eran risibles. Un proyectil penetró en cierta iglesia,

arrancando las narices a un ángel de madera que sostenía la lámpara;

otro destrozó el lecho de un fraile de San Juan de Dios que

afortunadamente se hallaba fuera en el instante crítico.

Cuando, después de ausencia tan larga, fui a visitar a Amaranta, la

encontré desesperada, porque el aislamiento de Inés en la casa de la

calle de la Amargura, había tomado el carácter de una esclavitud

horrorosa. Cerrada la puerta a los extraños con rigor inquisitorial, era

locura aspirar ya a burlar vigilancias, y engañar suspicacias y menos a

romper la fatal clausura. La desgraciada condesa me expresó con estas

palabras sus pensamientos:

--Gabriel, no puedo vivir más tiempo en esta triste soledad. La ausencia

de lo que más amo en el mundo, y más que su ausencia, la consideración

de su desgracia, me causan un dolor inmenso. Estoy decidida a intentar,

por cualquier medio, una entrevista con mi hija, en la cual, revelándole

lo que ignora, espero conseguir que ella misma rompa espontáneamente los

hierros de su esclavitud y se decida a vivir, a huir conmigo. No me

queda ya más recurso que el de la violencia. Yo esperé que tú me

sirvieras en este negocio; pero con la necedad de tus celos no has hecho

nada. ¿No sabes cuál es mi proyecto ahora? Confiarme a lord Gray,

revelarle todo, suplicándole que me facilite lo que tanto deseo. Ese

inglés tiene una audacia sin límites, en nada repara y será capaz de

traerme aquí la casa entera con doña María dentro, cual una cotorra en

su jaula. ¿No le crees tú capaz de eso?

--De eso y de mucho más.

--Pero lord Gray no parece. Nadie sabe su paradero. Fue a la expedición

del Condado, y aunque se cree que regresó a Cádiz, no se le ve por

ninguna parte. Búscamele por Dios, Gabriel, tráemele aquí o dile de mi

parte que me interesa hablar con él de un asunto que es de vida o muerte

para mí.

Efectivamente, nadie sabía el paradero del noble inglés, aunque se

suponía que estuviese en Cádiz. Había tomado parte en la expedición que

fue al condado de Niebla con objeto de hostilizar a los franceses por su

ala derecha, y que, si menos célebre, no fue menos lastimosa que la de

Chiclana, con su célebre batallón del <i>Cerro de la cabeza del Puerco</i>.

Acaeció en la jornada del Condado un suceso digno de pasar a la

historia, y fue que en ella descalabraron del modo más lamentable a

nuestro heroico y por tantos títulos famoso D. Pedro del Congosto, quien

en lo más recio de un combate que cerca de San Juan del Puerto trabaron

con los nuestros los franceses, metiose denodadamente, llevando en pos a

sus cruzados de rojo y amarillo, con lo cual dicen hubo gran risa en el

campo francés. Trajéronlo todo molido y quebrantado a Cádiz, donde decía

que por haber perdido una herradura su caballo no se ganó la batalla,

pues cuando el maldito jaco tropezó, ya empezaban a huir cual bandadas

de conejos los batallones franceses; y fija esta idea en su acalorada

mente, no cesaba de repetir: «¡Si no me hubiese faltado la

herradura!...».

Lord Gray también fue al Condado, y se contaban de él maravillas; pero a

su regreso desapareció su persona de todos los sitios públicos, y aun

hubo quien le creyese muerto. Fui a su casa y el criado me dijo:

--Milord está vivo y sano, aunque no del juicio. Estuvo encerrado quince

días sin querer ver a nadie. Después me mandó que reuniese a todos los

mendigos de Cádiz, y cuando lo hice, juntolos en el comedor, y allí les

obsequió con un banquete como para reyes. Dioles a beber los mejores

vinos; los pobres, se reían unos y lloraban otros; pero todos se

emborracharon. Luego fue preciso echarles a puntapiés de la casa, y

trabajamos tres días para limpiarla, porque dejaron por fanegas las

pulgas y otra cosa peor.

--Pero ¿dónde está en este momento milord?

--Debe andar ahora allá por el Carmen.

Dirigime hacia el Carmen Calzado, cuyo gran pórtico frontero a la

Alameda, llama la atención del forastero. No es una obra maestra de los

buenos tiempos de nuestra arquitectura aquella fachada, pero los mil

accidentes con que lujosamente la adornó la imaginación del artista, le

dan cierta belleza que el mar allí cercano parece que fantasea a su

antojo. No sé por qué se me ha parecido siempre dicho frontispicio a las

popas de los grandes navíos antiguos; hasta parece que se mece

gallardamente impulsado por el viento y las olas. Los santos que lo

adornan semejan farolones gigantescos; las hornacinas troneras, los

barandajes, los nichos, las mórbidas roscas de las columnas salomónicas,

todo se me antoja como perteneciente al dominio de la antigua

arquitectura naval.

Caía la tarde. Entraban mansamente los buenos frailes, como ovejas que

vuelven al aprisco; los pobres árboles de la Alameda apenas sombreaban

el espacio que media entre el edificio y la muralla, y el sol iluminaba

el frontis, dorándolo completamente. En línea recta se extendía la

pequeña pared del convento; y en su extremo una puertecilla estrecha,

que servía de ingreso al claustro, estaba completamente obstruida por un

regular gentío que hormigueaba allí en formas oscuras y movedizas,

acompañadas de un rumor sordo o gruñido chillón, como de plebe menuda

que se impacienta. Eran los pobres que esperaban la sopa boba.

En Cádiz no han abundado tanto como en otros lugares los mendigos

haraposos y medio desnudos, esos escuadrones de gente llagada, sarnosa e

inválida que aún hoy nos sale al encuentro en ciudades de Aragón y

Castilla. Pueblo comercial de gran riqueza y cultura, Cádiz carecía de

esa lastimosa hez; pero en aquellos tiempos de guerra muchos pedigüeños

que pululaban en los caminos de Andalucía, refugiáronse en la

improvisada corte. Para que nada faltase y fuese Cádiz en tales días

compendio de la nacionalidad española, puso allí sus reales hasta la

hermandad de <i>pan y piojos</i>, que tanto ha figurado en nuestra historia

social, y tanto, tantísimo ha dado que hablar a propios y extranjeros.

Acerqueme a los infelices y los vi de todas clases; unos mutilados,

otros entecos, demacrados y andrajosos los más, y todos chillones,

desenfadados, resueltos, como si la mendicidad, más que la desgracia,

fuese en ellos un oficio y gozasen a falta de rentas, del fuero

inalienable y sagrado de pedir al resto del humano linaje. Salió el lego

con el calderón de bazofia, y allí era de ver cómo se empujaban y

revolvían unos contra otros, disputándose la vez, y con qué bríos y con

qué altivo lenguaje alargaban el cazuelillo. Repartía el cogulla a

diestro y siniestro golpes de cuchara, y ellos se aporreaban para

quitarse la ración, y entre manotadas y coces iban logrando la parte

correspondiente, para retirarse después a un rincón, donde pacíficamente

se lo comían.

Yo les miraba con lástima, cuando divisé en el hueco de una puerta una

figura que me hizo quedar perplejo y aturdido. No creyendo a mis ojos la

miré y remiré, sin convencerme de que era realidad lo que ante mí tenía.

El mendigo que así llamaba mi atención (pues mendigo era) vestía con los

andrajos más desgarrados, más rotos, más desordenados y extravagantes

que puede darse. Aquel vestido no era vestido, sino una informe hilacha

que se deshacía al compás de los movimientos del individuo. La capa no

era capa sino un mosaico de diversas y descoloridas telas; pero tan mal

hilvanadas que el aire se entraba por las mil puertas, ventanas y rejas,

obra de la tosca aguja. Su sombrero no era sombrero, sino un mueble

indefinido, una cosa entre plato y fuelle, entre forro y cojín vacío; y

por este estilo las demás prendas de su cuerpo anunciaban el último

grado de la miseria y abandono, cual si todas hubiesen sido recogidas

entre aquello que la misma mendicidad arroja de sí, materias que se

devuelven a la masa general de lo inorgánico, para que de nuevo tomen

forma en las revoluciones del universo.

También me causó sorpresa ver el garbo con que el hi de mala mujer se

terciaba la capita y echaba sobre la ceja el sombrerete y guiñaba el ojo

a los compañeros, y decía donaires al buen lego. Pero ¡ay!, lo que más

que traje y sombrero me asombró, dejándome lelo delante de tan

esclarecido concurso, fue la cara del mendigo, sí señores, su cara;

porque sepan ustedes que era la del mismísimo lord Gray.

Cádiz · 第 25 / 40 题