Ruidosos aplausos de abajo, y aplausos, patadas y gritos de arriba,
ahogaron las últimas palabras del orador. Presentación me miró, y sus
mejillas estaban inundadas de lágrimas.
--¡Oh, Sr. de Araceli!--me dijo--. Ese hombre me ha hecho llorar. ¡Qué
hermoso es lo que ha dicho!
--Señora doña Presentacioncita, ¿no repara usted que ni su hermana, ni
Inés, ni lord Gray parecen por ningún lado?
--Ya parecerán. D. Paco ha ido a buscarlas y dará con ellas... Ahora
está hablando otro, y dice que aquel no tiene razón. ¿Cómo entendemos
esto?
Otro orador usó de la palabra, pero por poco tiempo.
--Parece que ahora tratan de otro asunto--dijo la muchacha, observando
siempre--. Y allí se ha levantado uno que saca un papel y lo lee.
--Se me figura que ese es D. Joaquín Lorenzo Villanueva, el diputado por
Valencia.
--Es clérigo. Parece que lee un papel impreso.
--Es sin duda un periódico de los que ponen como chupa de dómine a las
Cortes. Aquí acostumbran leer las picardías que los papeles públicos
dicen de los diputados, y las contestaciones que estos se sirven
dirigirles.
En efecto: Villanueva, furioso porque <i>El Conciso</i> se reía de sus
proyectos de ley, lo denunciaba al Congreso Nacional, y luego nos
regalaba la contestación. Era esta una de las anomalías y rarezas de
aquella nuestra primera Asamblea, bastante inocente para detenerse en
disputar con los periódicos, dictando luego severas penas que
contradecían la libertad de la imprenta.
--Parece que va a haber tumulto--me dijo Presentación--. ¡Cielos
divinos! Se levanta a hablar otro predicador... Pero si es Ostolaza...
¿no le ve usted?, el mismo Ostolaza. ¿No ve usted su cara redonda y
encarnada?... Si su voz parece una matraca... y ¡qué gestos, qué
miradas!...
Ostolaza empezó a hablar, y con su discurso las risas y burlas, arriba y
abajo, sin que el presidente pudiera acallarlas, ni el orador hacerse
oír con claridad. Volviose a las tribunas y con el gesto desenfadado las
despreció, y crecieron tumultos y voces, sobre todo en nuestro balcón,
donde varios individuos de sombrero gacho y marsellés no podían
convencerse de que estaban en lugar muy distinto de la plaza de toros.
--Dice que nos desprecia--exclamó Presentación en voz muy baja--. Se ha
puesto rojo como un tomate. Amenaza a las tribunas porque nos reímos de
su facha. Sí, Sr. Ostolaza, nos reímos de usted... Miren el mamarracho,
espantajo. ¿Por qué no le retiran las licencias? Si es un predicador de
aldea... Insulta a los demás. ¿Usted qué sabe, so bruto? ¿Porque en casa
le oímos con la boca abierta cuando nos sermonea, cree que le van a
tolerar aquí?...
Un individuo de las tribunas gritó:
--¡Afuera el apaga-candelas!
Y el barullo y vocerío tomaron proporciones tales que los porteros nos
amenazaron con echarnos a todos a la calle.
--Sr. de Araceli--me dijo Presentación, encendida y agitada por el
entusiasmo--tendría un grandísimo placer... ¿en qué creerá usted? Me
regocijaría muchísimo... ¿de qué pensará usted? De que ahora se
levantara de su asiento el señor presidente y le diera dos palos a
Ostolaza.
--Aquí no es costumbre que el presidente apalee a los diputados.
--¿No?--exclamó con extrañeza--. Pues debiera hacerlo. Me estaría riendo
hasta mañana: dos palos, sí señor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco
a ese hombre con todo mi corazón. Él es quien aconseja a mamá que no nos
deje salir, ni hablar, ni reír, ni pestañear. Asunción dice que es un
zopenco. ¿No cree usted lo mismo?
--¡Que le den morcilla!--gritó una voz becerril en el fondo de la
galería.
--Comparito--dijo otra voz dirigiéndose al orador--¿todo ese enfao es
verdá o conversasión?
--Señores--exclamó volviéndose a todos lados, un diarista almibarado,
peli-crecido y amarillento--estos escándalos no son propios de un
pueblo culto. Aquí se viene a oír y no a gritar.
--Camaraíta--preguntole con sorna un viejo chusco que allí cerca
había--eso que osté ha dicho ¿es jabla o rebuzno?
--Sóplenme ese ojo--gritó otro.
--Señores, que el presidente nos va a echar a la calle y perderemos lo
mejor de la sesión.
--Señora doña Presentacioncita--dije yo a la muchacha--bueno será que
nos marchemos. La tribuna se alborota y no es prudente seguir aquí.
Además los extraviados no parecen y debemos buscarlos fuera.
--Esperemos aún... En suma, Sr. D. Gabriel--me dijo con encantadora
inocencia--¿todos esos hombres para qué están aquí, para qué hablan,
para qué gritan?
Le contesté lo que me parecía y no me entendió.
--Ostolaza sigue hablando. Sus brazos parecen aspas de molino... Todos
se ríen de él. Veo que las Cortes, como los teatros, tienen su gracioso.
--Así es en efecto.
--Y el gracioso es Ostolaza... Pues me parece que junto a él está el Sr.
Teneyro... ¡Qué par! Si querrá también hablar... Dígame usted otra cosa,
¿quién es ese señor <i>Preopinante</i> de quien todos hablan tan mal?
--El <i>Preopinante</i> es el que ha hablado antes.
--Dígame usted. Y cuando tengamos rey, ¿Su Majestad vendrá también a
predicar aquí?
--No lo creo.
--¿Y en qué consiste eso que dicen de que con Cortes hay libertad?
--Es una cosa difícil de explicar en pocas palabras.
--Pues yo lo entiendo de este modo... Pongo por caso... las Cortes
dirán: ordeno y mando, que todos los españoles salgan a paseo por las
tardes, y vayan una vez al mes al teatro, y se asomen al balcón después
de haber hecho sus obligaciones... Prohíbo que las familias recen más de
un rosario completo al día... Prohíbo que se case a nadie contra su
voluntad y que se descase a quien quiere hacerlo... Todo el mundo puede
estar alegre siempre que no ofenda al decoro...
--Las Cortes harán eso y mucho más.
--¡Oh, Sr. Araceli, yo estoy muy alegre!
--¿Por qué?
--No sé por qué. Siento deseos de reír a carcajadas. Siempre que salgo
de casa, y voy a alguna parte donde puedo estar con alguna libertad, me
parece que el alma quiere salírseme del cuerpo y volar bailando y
saltando por el mundo; me embriaga la atmósfera y la luz me embelesa.
Todo cuanto veo me parece hermoso, cuanto oigo elocuente (menos lo de
Ostolaza), todos los hombres justos y buenos, todas las mujeres guapas,
y me parece que las casas, la calle, el cielo, las Cortes con su
presidente y su preopinante me saludan sonriendo. ¡Oh, qué bien estoy
aquí! Inés y Asunción no parecen, D. Paco tampoco. Cuanto más tarde
vengan mejor. Otra cosa..., ¿por qué no ha seguido usted yendo a casa
por las noches? Nosotras nos hemos reído de usted.
--¿De mí?--pregunté con turbación.
--Sí, porque se la echaba usted de devoto para agradar a mamá. ¡Qué bien
hacía usted su papel! Lo mismo, lo mismito hacemos nosotras.
Me asombré de la frescura con que la infeliz niña decía claramente que
engañaba a su mamá.
--Vaya usted a casa. A nosotras no nos dejaban hablar con usted, pero
nos entretuvimos mirándole.
--¡Mirándome!
--Sí, sí; a todo el que va a casa le examinamos y le medimos las
facciones línea por línea. Después, cuando nos quedamos solas, decimos
cómo tiene el pelo, los ojos, la boca, los dientes, las orejas, y
disputamos sobre cuál de las tres se acuerda mejor.
--Bonita ocupación.
--Las tres estamos siempre juntas. La señora marquesa de Leiva está muy
enferma, y como mamá dice que quiere tener a Inés bajo su vigilancia, ha
mandado que viva en casa. Las tres dormimos en una misma alcoba y
charlamos bajito por las noches. ¡Ah! ¿Sabe usted lo que me ha dicho
Inés? Que usted está enamorado.
--¡Qué bromazo! Tal cosa no es verdad.
--Sí, nos lo dijo, y aunque no me lo dijera... Eso se conoce.
--¿Lo conoce usted?
--Al instante. En cuanto veo a una persona.
--¿Dónde ha aprendido usted eso? ¿Lee usted novelas?
--Jamás. No las leo; pero las invento.
--Eso es peor.
--Todas las noches saco de mi cabeza una distinta.
--Las novelas inventadas son peores que las leídas, señora doña
Presentacioncita.
--Vuelva usted a casa por las noches.
--Volveré. Lord Gray las entretiene a ustedes bastante.
--Lord Gray no va tampoco--dijo con pena.
--¿Y si supiera doña María que usted ha venido aquí?
--Creo que nos mataría. Pero no lo sabrá. Inventaremos algo muy gordo.
Diremos que venimos del Carmen, donde fray Pedro Advíncula nos entretuvo
contándonos vidas de santos. Otras veces le hemos dicho esto, y luego
fray Pedro Advíncula no nos ha desmentido. Es un santo varón y yo le
quiero mucho. Tiene las manos blancas y finas, los ojos dulces, la voz
suave, el habla graciosa; sabe tocar el ole en un organito muy mono, y
cuando no está mamá delante, habla de cosas mundanas con tanta gracia
como decencia.
--¿Y fray Pedro Advíncula, va a casa de usted?
--Sí... es amigo de lord Gray. Es el que hace la preparación espiritual
de Inés para el matrimonio, y de Asunción para el monjío... Se me figura
(y esto es reservado) que él llevó la papeleta de la tribuna.
--Y a usted ¿no la prepara para algo?
--A mí--contestó la muchacha con profundo desconsuelo--a mí, para nada.
Yo estaba absorto, pasmado y lelo, contemplando la seductora ignorancia,
la infantil malicia, la franqueza sin freno de aquella alma, a quien la
falta de toda educación mundana presentaba en la desnudez de su
inocencia. Como era linda de rostro, y había tal viveza en su hablar
espontáneo y armonioso, me encantaba verla y oírla, y como vulgarmente
se dice con respecto a los niños, me la hubiera comido. No hallo otra
frase mejor para expresar la admiración que aquel raudal de gracia y
travesura, de sentimiento y de dulce ingenuidad me producía. Nombré
antes a los niños, y aquí repito, aunque Presentacioncita había dejado
de serlo, a mí me hacía el efecto de uno de esos chiquillos
sentenciosos, que con sus verdades como puños nos causan asombro y risa.
Verdad es que la de Rumblar, aun haciéndome reír, me causaba al mismo
tiempo tristeza.