D. Diego, oído esto, se acercó de muy mal talante a sus hermanas.

--Sr. de Araceli--me dijo doña María--la juventud es así. Comprendo los

celillos de mi hijo. Verdaderamente Inés se alarga demasiado con lord

Gray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempo

conversando con muchachas frívolas, hágame el favor de departir un rato

con mi futura nuera.

Doña María miró a Inés con enojo, y dirigiéndose luego a lord Gray, le

llamó con afectuosa súplica.

Inés quedó sola y acudí hacia ella. Por primera vez durante la tertulia

hallaba ocasión de poderle hablar lejos de los demás, y la aproveché con

presteza. Ella, anticipándose al afán con que yo iba a hablarle, me

dijo:

--¿Mi prima te ha mandado aquí? ¿Me traes algún recado de ella?

--No--respondí--. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerte

recado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y de

saber por mí mismo que me has olvidado.

--Por Dios--me contestó disimulando su emoción--. Repara dónde estás. La

condesa no cesa de observarme. Aquí es preciso fingir a todas horas, y

disimular los pensamientos. ¿Por qué no has venido antes? Pero di: ¿mi

prima no te ha dado ningún recado?

--¿Qué me importa tu prima?--exclamé con enfado--. Tú no sospechabas que

viniera a sorprenderte.

--¿Pero estás loco?, doña María no me quita los ojos.

--Vaya al diantre doña María. Respóndeme, Inés, a lo que te pregunto, o

gritaré y escandalizaré para que nos oigan hasta los sordos.

--Pero si no me has preguntado nada.

--Sí te he preguntado. Pero tú haces que no oyes, y no quieres

responderme.

--No nos entendemos--repuso llena de confusiones, y mortificada por la

observación tenaz de doña María--. ¿Vendrás todas las noches? Aquí es

preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la

señora. Ten prudencia, Gabriel; también D. Diego nos mira. Haz de modo

que doña María y los murciélagos crean que estamos a hablando de

religión, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en

el techo. Aquí es preciso hacerlo todo así. No te expreses con

vehemencia. Ponte risueño y mira a las paredes diciendo: «¡Qué bonitas

láminas! Allí están Dafne y Apolo».

--Pero ¿es preciso ser cómico para entrar aquí?

--Sí; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y

enredando. Esto es muy triste.

--Pues lord Gray no disimula.

--¿Eres amigo de lord Gray?

--Sí, y me lo ha contado todo.

--Te lo ha dicho...--exclamó confusa--. ¡Qué hombre tan indiscreto! Y yo

le había encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, no

pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te

ha contado lord Gray. ¡Qué indiscreción! Hazme el favor de olvidar lo

que te ha dicho. ¿Él te ha traído aquí?

--No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me

amas.

--¿Qué estás diciendo?

--Lo que oyes. Ya lo sabía; pero a mí me hacía falta oírlo de tus

propios labios.

--Pues no lo oirás.

--Ya lo he oído.

--Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: «¡Qué terrible

grieta se ha abierto en el techo!». ¿Con que no te quiero yo? ¿Sabes que

no lo había advertido? Y en tanto tiempo ¿qué has hecho tú? ¿Has estado

en el sitio de Zaragoza? Aquello sería un paraíso; no estaba allí doña

María.

--No he vivido más que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzo

para subir un peldaño en la escala del mundo, hícelo sólo con el deseo

de llegar, si no a valer tanto como tú, al menos a ponerme en condición

tal, que no se rieran de mí cuando te miraba.

--Mentiroso, tú también has aprendido a disimular. Ni una sola vez te

has acordado de mí en tanto tiempo... Pero no te acerques tanto.

Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de los

guantes. Doña María nos observa.

--Yo no sé disimular como tú. Te he querido con toda mi alma, Inesilla,

y con veinte almas más, porque una sola no basta para quererte como te

quiero... Dime con la mano puesta sobre el corazón si lo mereces tú;

dímelo.

--Pues no lo he de merecer--me contestó sonriendo--. Merezco eso y mucho

más, porque me lo tengo ganado y pagado con interés y anticipación.

¿Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel--añadió alzando la voz--qué hendidura

tan grande es esa que hay en el techo?

--Inés, si es verdad lo que me dices, dímelo otra vez, y alza la voz.

Quiero que lo oigan doña María, D. Diego y los murciélagos.

--Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, merecerías... a ver,

¿que merecerías?

--Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que

me han estado mordiendo el corazón, y me lo muerden todavía.

--¡Celos! ¿De quién?

--¿Me lo preguntas tú? De lord Gray.

--Tú has perdido el juicio--dijo con precipitación y atropellándose en

sus labios frases rápidas y confusas--. ¡Él lo dice!... Tal vez... Ese

hombre me causará grandes pesadumbres.

--¿Tú le amas?

--Por Dios, habla bajo, disimula.

--Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como tú, educado en esta escuela

de los fingimientos. Yo no puedo decir más que la verdad.

--¿Has dicho que yo amo a lord Gray? Jamás he pensado en tal cosa.

--¡Oh! ¿Qué haré para creerlo? Bajo la autoridad de doña María has

aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan

a mis ojos, tan acostumbrados, no sólo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha

desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te hacía doblemente

hermosa ante mí. Ya no hablas aquella palabra divina que ningún mortal,

y menos yo, podía poner en duda. Ahora, Inés, me asegurarás una cosa, me

la jurarás, y... ¿qué quieres tú?, no lo creeré. ¡Maldita sea mil veces

doña María que te ha enseñado a disimular!

--Si te alteras de ese modo, no podremos hablar--repuso con agitación en

voz baja; y luego, en voz alta, añadió--: Sr. D. Gabriel, estas estampas

de Dafne y Apolo, de Júpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargado

a Sevilla una colección de santos para sustituirlas. Pero ¿qué has dicho

de lord Gray?--prosiguió quedamente--. ¿Que le amo yo? ¡Oh, ese hombre

me traerá alguna desgracia! No repara en nada. ¡Qué loca he sido! ¡Me

encuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te haya

dicho lord Gray. Olvídalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso.

Tú reconocerás que está lleno de seducciones y que no es extraño que su

fantasía acalore y agite el alma de una... Pero no hables de eso. Calla,

por favor.

--¿De veras no le amas?

--No.

--¿Ama a alguna otra de esta casa?

--No sé... calla... no, a nadie de esta casa--respondió turbada--. Pero

¿no merezco que me creas?

--No, casi no.

--¿Me has conocido mentirosa?

--No sé qué tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que en

esta morada del disimulo y la mentira, ninguna cosa es como aparece.

Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí viven, y hasta yo he

necesitado mentir para que me admitieran. Esta atmósfera está formada de

falsedad y engaño. Los corazones, oprimidos por una autoridad

insoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Esta

casa, esta familia, a quien preside desde su sillón doña María, como el

genio de la tristeza, no es para mí. Me ahogo, y deseo huir de este

sitio. Veo aquí mil misterios, y sobre todos mis sentimientos domina

uno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza.

El corazón se me oprime cuando considero que tú, Inesilla, tú me dices

una cosa, me la juras y yo no la puedo creer.

--Ten calma. Doña María no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo me

muero de pena... Pero, por Dios, Sr. D. Gabriel--añadió en voz alta--.

Un hombre que va a tomar el hábito cuando acabe la guerra, no debe

entusiasmarse tanto al hablar de una batalla.

Doña María, desde su trono, me interpeló pomposísimamente de esta

manera:

--Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que está usted

contando con tanta vehemencia, con tanto ardor.

--Me contaba--dijo Inés con una naturalidad que me asombró--que en cierta

ocasión, estando él en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses

abrieron una mina, pusieron no sé cuántos barriles de pólvora, ¿no fue

así?, y luego pegaron fuego.

--¿Y luego, Sr. D. Gabriel?

--Y luego volamos todos hasta el quinto cielo--repuse--. Siento que

usted no hubiera estado allí... pues... para que lo hubiera visto.

--Gracias.

Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cómo fue

aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Inés

junto al sillón de doña María, llamado por esta; y yo con disimulo

(también aprendía) presté atención a lo que dijeron.

--Ha sido demasiado larga tu conversación con el militarcito--le dijo

con desabrimiento la señora--. ¡Veinte minutos! ¡Has estado en coloquio

con él veinte minutos!

--Señora madre--repuso Inés--si se empeñó en contarme sus hazañas... Yo

buscaba ocasión de poner punto; pero él, dale que dale. Me refirió siete

sitios, cinco batallas y no sé cuántas escaramuzas.

--¡Cómo finge, cómo miente, cómo engaña!--exclamé para mí ciego de

rabia--. ¡La ahogaría!

Lord Gray se juntó después con Inés y hablaron largamente. Mi rabia,

motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas podía disimularla,

hablando pestes de las Cortes ante doña María, Ostolaza y Valiente.

Avanzaba la hora y doña María indicó con majestuosa gravedad el fin de

la tertulia. Despedime de Inés, que a hurtadillas me dijo:

--Cuidado con lo que te he encargado.

Y luego tardó en despedirse de lord Gray más de diez minutos. Por mi

parte anhelaba salir para no volver más a aquella casa, y saludando a la

condesa, echeme fuera, juntándose conmigo en la escalera lord Gray, que

salió un poco después.

--Amigo--le dije cuando estábamos en la calle--en todas partes es usted

el favorecido de las damas.

No se dignó contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceño y

mudo como una estatua. Repetidas veces me esforcé por hacerle hablar;

pero sus labios no articularon una sílaba, y sólo en la calle Ancha, al

despedirse de mí, me dijo sombríamente:

--El amigo que sorprende un secreto mío y usa de él sin mi licencia, no

es mi amigo. ¿Usted me conoce?

--Un poco.

--Pues suelo reñir con los amigos.

--Antes de reñir nosotros, ¿quiere usted acabar de perfeccionarme en la

esgrima?

--Con mucho gusto. Adiós.

--Adiós.

Cádiz · 第 14 / 40 题