--¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?
--¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la <i>Soberanía de
la Nación</i>.
--Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...
--Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha
dicho.
--Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste
juramento.
--Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con
decirlo, sobraba lo demás.
--Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.
--Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito.
¿Cómo se llama?...
--D. Diego Muñoz Torrero.
--Parece que vuelve a hablar.
En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus
proposiciones.
--Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa--dijo la de
Cisniega--. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable
lo que ha dicho?
--Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.
--De modo, que según la <i>Soberanía de la Nación</i>, el gobierno del reino
está dentro de este teatro.
--Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos
dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?
--Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer
acto.
--Ahora habla Argüelles.
--¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen
con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual
nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención
del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y
el oído?
--¡Cosa incomparable es esta!--expresó con entusiasmo doña Flora--. Diga
usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad.
Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y
el número de los tunantes tendrá que ser menor.
--Sospecho que esto va a ser más brillante que útil--repuso la
condesa--. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien;
¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?
Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz
Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo
de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las
dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en
sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a
pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la
imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día
memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los
escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto
pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los
de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más
severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus
palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día!
¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas
veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación
tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo!
Procura que sea lo mismo el último.
Ya avanzada la noche, corrió un rumor por las tribunas. Los regentes
iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer
golpe de orgullo de la recién nacida soberanía, anhelosa de que se le
hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los
palcos unos decían: «Los regentes no juran»: y otros: «Vaya si jurarán».
--Yo creo que unos jurarán y otros no--dijo Amaranta--. Ellos han
intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado
simpatías en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarán a
las Cortes a paseo. Los débiles se arrastrarán en ese escenario, donde
me parece que resuena todavía la voz del gracioso Querol y de la
Carambilla, y besarán el escabel donde se sienta ese vejete verde, que
es, si no me engaño, don Ramón Lázaro de Dou.
--¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. Parece que hay tumulto abajo.
--Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendo
representar el sainete de Castillo <i>La casa de vecindad</i>, y quiere tomar
parte en la función. ¿No es verdad, Araceli?
--Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dará
disgustos a las Cortes.
--El pueblo quiere que juren--dijo Flora.
--Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue
de las bambalinas.
--Y fuera también hay marejadita.
--Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.
--Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra?
--Detrás vienen Escaño y Lardizábal.
--¡Cómo!--exclamó la condesa con asombro--. ¿También jura Lardizábal?
Ese es el más orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendo
a todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo.
--Pues parece que jura.
--Ya no hay vergüenza en España... Pero no veo al obispo de Orense.
--El obispo de Orense no jura--murmuraron las tribunas en rumoroso coro.
Y en efecto, el obispo de Orense no juró. Hiciéronlo humildemente los
otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinión pública en general
estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesión, y salimos
todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del público sobre el suceso
que había puesto fin al solemne día. Casi todos decían:
--¡Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con
sangre entra.
--Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamará de 24 de
Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma.
--Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandaría
prender, y después...
--Si esos señores no quieren más que gobierno absoluto...
En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban así:
--¡Magnífico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compañeros!
Humillar el poder real ante cuatro charlatanes...
--Veremos quién puede más--decían unos.
--Veremos quién más puede--respondían los otros.
Los dos bandos que habían nacido años antes y crecían lentamente, aunque
todavía débiles, torpes y sin brío, iban sacudiendo los andadores,
soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca,
sintiendo que les nacían los dientes.
X
Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al día
siguiente, como en efecto lo hice. En un café de Cádiz juntóseme D.
Diego, quien al punto renovó sus promesas de llevarme a la casa materna,
en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el próximo día la visita.
También hice una a lord Gray, al cual hallé sin variación alguna, y como
le dijese que yo pensaba ir a casa de doña María, se sorprendió,
asegurándome después que él iba todas las noches.
Cuando llegó el anochecer del día indicado, fuimos Rumblar y yo, previa
repetición de las advertencias que el caso requería.
--Ten mucho cuidado--me dijo--de fingirte mojigato, si no quieres que te
echen a la calle. Mis hermanas, a quien dije que estabas aquí, desean
que vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado con
aludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi señora
mamá. A los señores que veas allí, trátales cual si fueran lumbreras de
la patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confío en tu buen
sentido.
Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era de
hermosa apariencia. Vivía en el piso alto la de Leiva y en el principal
la de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta,
ejercía el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda la
extensión propia de su carácter. Al entrar y subir detúvonos un lejano y
solemne rumor de rezos, y D. Diego dijo:
--Aguardemos aquí; que están rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro y
D. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aquí
todas las noches.
Mientras aguardábamos observé la casa, que era alegre y bonita como
todas las de Cádiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por el
patio, y en las paredes no se veía un palmo de superficie desocupado de
cuadros al óleo, representando asuntos diversos, y confundidos los
religiosos con los profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor de
entrar en la sala, donde estaba doña María con sus dos niñas, D. Paco y
tres caballeros más que yo no conocía. Recibiome la de Rumblar con
cierta cortesanía ceremoniosa y un tanto finchada, pero afablemente y
mostrándome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa y
compasiva. Las niñas, observando el ritual a que estaban acostumbradas,
me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tan
pedante en Cádiz como en Bailén, hízome grandilocuentes cumplidos y los
demás personajes miráronme con recelosa prevención, sin mostrarme
urbanidad más que con algunas rígidas inclinaciones de cabeza.
--Has llegado tarde al rosario--dijo doña María a D. Diego después que
me indicó un asiento.
--¿Pero no dije a usted--respondió el joven--que lo rezaba esta tarde en
el Carmen Calzado? De allí vengo ahora, junto con Gabriel, que volvía de
confesarse con el padre Pedro Advíncula.
--¡Qué excelente sujeto es el padre Pedro Advíncula!--me dijo en tono
sumamente ponderativo doña María.
--No existe otro en toda la redondez de Cádiz--respondí--con especialidad
para lo tocante al confesonario. ¿Pues y en el púlpito? ¿Y quién le
echará la zancadilla a cantar una epístola?
--Es verdad.
--A mí me cautiva oírle cantar la epístola--repitió D. Diego.
--Yo celebro mucho--me dijo doña María--los grandes adelantamientos que
ha hecho usted en su carrera.
Me incliné ante la matrona con el mayor respeto.
--Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de
la religión y del rey--continuó--no puede menos de encontrar premio a su
trabajo. Yo sentí mucho que mi hijo no siguiese en el ejército algún
tiempo más...
--Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar--dijo D.
Diego--. Verdaderamente, señora madre, si no es por nosotros... Ello fue
que hicimos un movimiento con nuestro escuadrón en tales términos que...
¿te acuerdas, Gabriel? Francamente, si no es por nosotros...
--Calla, vanidoso--dijo doña María--. Más ha hecho el señor que tú y no
se alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personas
bien nacidas. ¿Estará mucho en Cádiz el Sr. D. Gabriel?
--Hasta que concluya el sitio, señora. Después pienso dejar las armas y
seguir en mi ardiente vocación, que me impele a la carrera de la
Iglesia.
--Alabo mucho su resolución, y esclarecidos santos tiene el cielo, que
primero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, San
Sebastián, San Fernando, San Luis y otros.
--¿Ha estudiado usted teología?--me preguntó un señor de los presentes.
--Mi maleta de campaña no contiene más que libros de teología, y desde
que tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leer
una materia que es para mí más grata que las mejores novelas. Las
tristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mis
meditaciones.
--Asunción, Presentación--dijo doña María con entusiasmo--, aquí tenéis
un ejemplo que debe sorprenderos y admiraros.
Asunción y Presentación, al oír que yo era una especie de santo, me
contemplaron con admiradas. Yo las miré también. Estaban tan bonitas,
más bonitas que en Bailén; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbre
de la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza.
Sin que su madre lo advirtiera, dijéronse algunas palabras por lo bajo.
--¿Y qué nuevas nos trae usted de la Isla?--me preguntó doña María.
--Señora, ayer se inauguró esa jaula de locos. Ya sabrá usted que el
señor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurar
ante las Cortes.
--Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan
loca... Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden
ellos por la soberanía de la nación, y nos hemos horripilado. ¿Verdad,
niñas?
--¡Dios nos tenga en su mano!--exclamé yo--. Y ahora se susurra que nos
van a dar lo que llaman <i>libertad de la imprenta</i>, que consiste en
permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera.
--Y luego hablan de vencer al francés.
--Los excesos de nuestros políticos--dijo Ostolaza--excederán con mucho
a los de la revolución francesa. Acuérdese usted de lo que le digo.
Observé entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figuró después en la
camarilla del rey, durante la segunda época constitucional, y puedo
decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar
provocativo, hablar chillón y ademanes desembarazados y casi siempre
descompuestos. Junto a él estaba el llamado Teneyro, diputado también,
cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque
más que a la agudeza de los conceptos, debía esta al ceceo con que
hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo
furibundo, como absolutista rabioso; sin instrucción, sin principios ni
más conocimientos que los del toque del órgano, cuyo arte medianamente
poseía. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridículo, ni en el trato
ordinario se distinguía por cosa alguna chocante, en maneras o en
lenguaje.
Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento más grave que me era
posible:
--¡El cielo se apiade de nuestra infortunada nación, y nos traiga pronto
a nuestro amado monarca D. Fernando el VII!
El nombre del soberano lo acompañé de una reverencia tan exagerada que
casi hube de besarme las rodillas.
--Pues se dice por ahí--indicó Teneyro--que van a procesar al obispo de
Orense.
--No se atreverán a ello--repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y
ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes.
--¿A qué no se atreverá, señores... señores, a qué no se atreverá esta
desalmada grey de filósofos y ateístas?--exclamé yo mirando al techo.
--Señor oficial--me dijo doña María--, es indudable que ustedes los
militares tienen la culpa de que los <i>cortesanos</i>... así los llamo yo...
estén tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tanteó a la tropa para
dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte.
--La tropa--dijo Ostolaza--ha cometido la falta de inclinarse al
populacho.
--Lo que no se ha hecho, señores--dije yo con profético tono--se hará.
Y repetí varias veces, mirando a todos lados, el enérgico «se hará».
--Si todos fueran como tú, Gabriel--me dijo don Diego--pronto acabarían
las picardías que estamos viendo.
--¿Durarán las Cortes hasta el mes que viene, señor de
Valiente?--preguntó la de Rumblar.
--Durarán algo más, señora. A no ser que los franceses envalentonados
con nuestras discordias, entren en Cádiz, y hagan con todos los que aquí
estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberanía de la nación por un
lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de
horrorosos proyectiles que nos harán más daño que los que ha inventado
Villantroys.
--Caballero--dije yo afeminadamente--, esa comparacioncita es exacta y
procuraré retenerla en la memoria.
--Deploro tantos errores--dijo la dueña de la casa--. Pero aquí, Sr. D.
Gabriel, no tomamos a pecho la política, y los que en casa se reúnen no
hacen más que departir discretamente sobre el mal gobierno y los
filosofastros. Yo no me ocupo más que del matrimonio de mi querido hijo,
que se efectuará en breve, y de completar la educación religiosa de mi
hija--señaló a Asunción--que debe entrar muy pronto en un convento de
Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinación.
Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las
que me consagro con el mayor celo.
Asunción había bajado los ojos, y Presentación me miraba, queriendo leer
en mi cara el efecto que me producían las palabras de su mamá.
--¿Enviasteis recado a Inés?--preguntó doña María--. Diego, tu futura
esposa estará sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento y
desaplicación. Necesario es que varíes de conducta. Ahora, cuando baje,
puedes manifestarle con palabras tiernas tu propósito de no ofenderla
más, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora que
tengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fábula bonita o
poesía instructiva. Yo, señor D. Gabriel--y se dirigió a mí de nuevo--,
no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso ser
tolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, y
sé muy bien que los tiempos presentes exigen algo más de holgura que los
pasados en los lazos que atan a los jóvenes con sus familias.
»Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia y
platique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porque
una muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como la
suya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan bien
sienta en la que sólo ha de vivir en su casa, bien reducida a un
decoroso celibato, bien instruyéndose para servir a Dios en el mejor y
más perfecto de los estados. Mis dos niñas viven aquí gozosas sin
apetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de que
se diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano,
haciéndolas rezar y aburriéndolas con un excesivo manoseo de las cosas
santas, no. También aquí se habla de cosas mundanas, siempre con el
debido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando que
cesen las controversias sobre teología, porque lord Gray, que viene aquí
muy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados.
--Como que anoche--dijo D. Paco inoportunísimamente--dio en afirmar que
no comprendía el misterio de la Encarnación, para que la señorita
Asunción se lo explicara.
--Estoy hablando yo, Sr. D. Paco--dijo con firmeza y enojo la condesa--.
Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche...
Pues como decía, aquí viene lord Gray, un sujeto respetabilísimo y tan
formal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas se
entretienen oyéndole contar sus aventuras. ¿Conoce usted a lord Gray?
--Sí, señora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios. ¿Pero no saben
ustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo?
--¡Jesús y qué me dice usted!--exclamó con asombro y júbilo doña
María--. Aquí se ha tratado algunas veces este punto, y las niñas y yo
le hemos exhortado a que tome tan saludable determinación.
--Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado--dije yo--he
visto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, que
es el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cádiz.
--Lord Gray no ha de faltar esta noche--dijo doña María--. Y usted, Sr.
D. Gabriel, ¿no nos acompañará algunos ratitos?
--Señora--respondí--de buen grado lo haría; pero mis ocupaciones
militares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo el
capítulo <i>de prescientia</i>, que es el más difícil de todos, me retendrán
en la Isla.
--¿Y qué opina usted de la <i>prescientia</i>?--me preguntó Ostolaza cuando
yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida.
--¿Qué opino yo de la <i>prescientia</i>?--dije tratando de no turbarme para
contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso.
--Opinará lo mismo que San Agustín, <i>secundum Augustinus</i>--indicó
oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudición.
--Ya están las niñas con cada ojo...--dijo doña María observando que sus
hijas atendían a la planteada discusión con demasiado interés--. Niñas,
dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se
sabrán lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las
pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntándome si se me alivia el
dolor del hombro.
--Lo mismo que San Agustín--indicó don Diego--. Opinará como San Agustín
y como yo.
--Según y conforme--dije recapacitando--. ¿Ustedes piensan como San
Agustín?
Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron.
--Nosotros...
--Supongo que conocerán los nuevos tratados...
A este punto llegaba la controversia, cuando entró lord Gray a sacarme
del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasión. Recibiéronle doña María y
sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y él saludó a todos
con afectado encogimiento. Tal vez extrañará alguno de los que me oyen o
me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero
protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio;
pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objeto
de cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nos
daba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo de muchos,
que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían con
buenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que los
partidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio a
nuestros aliados. Lord Gray además con su ingeniosísima labia, su
simpático carácter, y también poniendo en práctica estudiadas artimañas
y mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y querer
vivamente de doña María. Además solía ridiculizar con gran desenfado las
ceremonias protestantes.
Mientras lord Gray respondía a ciertas enfadosas preguntas que le hizo
Ostolaza, doña María llamó a sus hijas y dijo a Asunción, no tan por lo
bajo que yo dejase de oírlo:
--Mira, Asunción, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo el
tema de la religión y sondéale, a ver si es cierto que está dispuesto a
abjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina.
En aquel instante sentí ruido de pasos y entró Inés. ¡Dios mío, qué
guapa estaba, pero qué guapa! No recuerdo si en el libro anterior hablé
a ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosa
proporcionalidad que el completo desarrollo había dado a su bella
figura. Además de esto, encontrábale mayor animación en el rostro, y una
grata expresión de conformidad y satisfacción, no menos simpática que su
antigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia.
Observándola, consideré cuánto había ganado en encantos y atractivos
aquella criatura, añadiendo a sus bellezas naturales, a su discreción e
ingénito saber, la dulce cortesanía y las gracias que infunde el trato
frecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advertí el
extraño realce que da la conciencia del propio mérito, lo cual no es lo
mismo que vanidad.
No parecía haber perdido la hermosa modestia que la hacía tan simpática;
pero sí aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a la
oscuridad, que emanaban del malestar hallado en su repentino cambio de
fortuna. Había adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Córdoba y en
el Pardo, el perfecto conocimiento de su posición y las mil menudencias
personales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de la
mirada con que el individuo da a entender claramente que se halla donde
debe hallarse. Estaba más alta, un poco más gruesa, con el color menos
pálido, la boca más risueña, los ojos no menos seductores y
arrebatadores que los de su madre, célebres en toda la redondez de
España, la voz más segura, sonora y grave, y el conjunto de su persona
respirando firmeza, vida, soltura y nobleza. ¡Oh imagen tan perfecta
vista como soñada! ¿Fue suerte o desgracia haberte conocido?