Algo entrada la mañana salgo al pasillo. Los vidrios de las ventanas
están opacos á causa del frio exterior. Por los regueros que traza el
vaho al licuarse se ven montañas altísimas y blancas, bosques de hayas
encaperuzadas de algodón, caseríos que tienen gruesos planos nos de
nieve sobre las vertientes de sus tejados. Estamos atravesando la Saboya
francesa; subimos, con bruscas alternativas de lobreguez de túnel y
picante luz de nieve, las laderas de los Alpes. Nos aproximamos á
Italia.
El viejo habla con la dama de compañía, que parece humanizada por la
emoción. Tiene aún en la mano la carta mugrienta y trágica, que acaba de
leer una vez más.
Cuando vuelvo de tomar el desayuno en el vagón-restorán, le encuentro
solo. Me habla de la gran dama, que ocupa todo un departamento, y de su
acompañante, que viaja con tanto desahogo como la señora. ¡El dinero
que debe tener esta duquesa!... Y sin embargo, sufre lo mismo que él:
más aún tal vez. Él tiene su hija, los hijos de su hija, y los tres
niños que ha dejado el héroe obscuro cuya carta lee á todos. La gran
señora no tiene á nadie en la tierra. Su nieto era el único heredero de
su nombre y su fortuna. Las pairías, los millones, van á pasar á lejanos
parientes.
Me señala una gran caja de cartón que ocupa derecha todo el espacio
entre dos puertas. La ha entreabierto poco antes la dama de compañía.
Contiene una corona que cubrirá en Brindis el féretro del aviador al ser
descendido á tierra.
--¡Una maravilla!--dice--. La ha comprado en Londres esa señora alta y
enjuta. Hay en ella palmas y flores, muchas flores, que parecen de
verdad. Se podría adornar con ellas un centenar de sombreros de precio.
El antiguo obrero «consciente» reaparece á través de esta admiración.
--¡Ah, el dinero!... Hasta en la muerte nos separa. ¡Y pensar que cuando
yo visito á mi pobrecito hijo sólo puedo llevarle ramos de violetas de á
diez céntimos!...
Veo á la duquesa al pasar ante la puerta de su camarote. Está erguida en
su asiento, con la capota blanca y negra, de la que pende un largo velo,
enguantada, rígida, lo mismo que la vi en la noche anterior, como si no
hubiese dormido. Contempla el nevado paisaje que pasa veloz por las
ventanillas; pero su pensamiento se halla lejos.
Me entrego á la lectura, y de pronto me distrae un rumor de voces en el
departamento inmediato. Es el empleado que habla y la duquesa que habla
igualmente. Adivino fragmentos de la carta del pobre muerto: «Confianza,
papá. Aún quedan para nosotros días felices....» La curiosidad me hace
transitar por el pasillo. El viejo está de pie, con la gorra puesta,
como corresponde á un hombre que viste uniforme. La gran señora ha
perdido el arrebol de su fresca vejez; amarillea, se lleva á los ojos
las puntas de un guante. Tal vez es ella la que ha llamado al hombre, al
conocer su historia por el relato de su acompañante; tal vez el viejo se
ha introducido en su camarote, con el atrevimiento del dolor.
Vuelvo á oír desde mi asiento el rumor de sus voces. Ahora es la duquesa
la que lee, lentamente, con las vacilaciones que acompañan á una
traducción. Tiene en las manos la última carta de su nieto; y el
empleado, que no puede llorar, lanza ronquidos de pena cuando la voz de
la duquesa hace una pausa. Su entusiasmo y su dolor ignoran la manera
correcta de manifestarse: «¡Nombre de Dios, qué mozo!... Y pensar que
estos son los que mueren, y quedamos nosotros, señora, que no servimos
para nada.»
Vuelvo á pasar ante la puerta abierta. El viejo se ha sentado junto á la
gran dama, que llora en silencio. Sus manazas toman instintivamente, sin
saber lo que hacen, la diestra enguantada y fina, oprimiéndola
cariñosamente.
--¡Ah, señora duquesa!...
La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son
confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre
llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la
guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son
ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de
las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el
chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores
alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la
estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un
esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para
devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas
gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la
cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés
supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere
ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples
coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la
guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de
la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos
del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una
carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le
estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante.
Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La
duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los
pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!...
El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja
del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza.
--¡Ah, no, señora duquesa!
Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena
educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero;
somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no
aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha
chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos
el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes
de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de
alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en
inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla
una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo.
--Para su hijo, para la tumba del héroe.
Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén
como si fuese una galería de la corte.
El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja,
sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan
hasta el duro bigote.
--¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa!