II

A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de

humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho

de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.

Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:

--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay

entrada.

--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa.

Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo

que la mujer de la taquilla.

La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban

pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de

entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la

noche anterior...pero ¡por si acaso era!...

Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los

espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin

obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados.

«Es una loca», parecían decir con sus ojos.

Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á

molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza

para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su

aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad.

El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo

blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego

aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de

espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro.

--¡Alberto!... ¡Alberto!...

La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía

este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la

idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le

arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado.

El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en

lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz

que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían

contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo.

--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?...

Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches!

En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el

hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese

de la casa.

--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?...

Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle

mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la

taquilla.

Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca,

verdaderamente loca.»

La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su

conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de

su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más

que su abuela.

A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse

de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los

compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un

paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo,

tristes como prisiones, en las que vivían los obreros.

Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la

escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica.

Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el

paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los

talleres, porque en ellos se torneaban obuses.

Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos

á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las

evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo

que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una

especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules,

abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero,

para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto.

Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para

almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y

sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y

dolorosas.

Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches

en un cinema, después de haber muerto hacía un año.

--¿Cómo puede ser eso?...

Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos

inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las

explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la

otra.

--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os

espero esta noche.

Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la

puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran

ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que

perder.

La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito

negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado

como un paje.

Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso.

--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa.

Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego

estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo

enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes.

--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor.

Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua

conocida.

--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo,

dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.

Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada,

juzgándolas mejores que las otras.

Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia

de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto,

temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á

su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas

pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los

aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos

lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.

El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se

oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía

él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué

no volvía?...

--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.

Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente

en la obscuridad para que permaneciese quieto.

A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja

tomó su aire imperativo:

--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.

La viuda pareció extrañarse de tal invitación.

--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar

temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la

escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará,

y este espectáculo me mata.

La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño

titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco

corazón.

--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo.

Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se

encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero

filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin

preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja

camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era

otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba

tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego

al público con mayor baratura que los demás.

--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital.

Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso

ofrecerle la vieja.

A las ocho, ésta se mostró impaciente.

--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi

nieto; ya sabes que trabaja en el cinema.

--¡Pero si á tu nieto lo mataron!...

--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema.

El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y

protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo.

Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se

les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos

extraordinarios de nuestra vida.

El préstamo de la difunta · 第 27 / 50 题