A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de
humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho
de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.
Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:
--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay
entrada.
--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa.
Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo
que la mujer de la taquilla.
La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban
pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de
entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la
noche anterior...pero ¡por si acaso era!...
Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los
espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin
obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados.
«Es una loca», parecían decir con sus ojos.
Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á
molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza
para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su
aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad.
El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo
blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego
aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de
espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro.
--¡Alberto!... ¡Alberto!...
La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía
este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la
idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le
arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado.
El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en
lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz
que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían
contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo.
--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?...
Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches!
En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el
hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese
de la casa.
--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?...
Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle
mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la
taquilla.
Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca,
verdaderamente loca.»
La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su
conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de
su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más
que su abuela.
A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse
de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los
compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un
paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo,
tristes como prisiones, en las que vivían los obreros.
Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la
escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica.
Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el
paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los
talleres, porque en ellos se torneaban obuses.
Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos
á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las
evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo
que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una
especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules,
abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero,
para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto.
Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para
almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y
sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y
dolorosas.
Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches
en un cinema, después de haber muerto hacía un año.
--¿Cómo puede ser eso?...
Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos
inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las
explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la
otra.
--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os
espero esta noche.
Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la
puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran
ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que
perder.
La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito
negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado
como un paje.
Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso.
--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa.
Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego
estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo
enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes.
--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor.
Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua
conocida.
--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo,
dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.
Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada,
juzgándolas mejores que las otras.
Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia
de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto,
temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á
su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas
pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los
aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos
lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.
El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se
oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía
él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué
no volvía?...
--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.
Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente
en la obscuridad para que permaneciese quieto.
A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja
tomó su aire imperativo:
--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.
La viuda pareció extrañarse de tal invitación.
--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar
temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la
escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará,
y este espectáculo me mata.
La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño
titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco
corazón.
--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo.
Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se
encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero
filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin
preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja
camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era
otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba
tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego
al público con mayor baratura que los demás.
--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital.
Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso
ofrecerle la vieja.
A las ocho, ésta se mostró impaciente.
--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi
nieto; ya sabes que trabaja en el cinema.
--¡Pero si á tu nieto lo mataron!...
--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema.
El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y
protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo.
Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se
les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos
extraordinarios de nuestra vida.