Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas
amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un
motivo de orgullo.
--¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las
praderas»!
Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en
esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le
enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única
de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo».
Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor
admirativo.
Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de
la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que
todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel,
que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que
apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en
cualquiera abertura de su traje.
A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin
necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras
iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados
unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en
los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que
luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress
Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía
esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la
primavera. ¡Oh, adorada Mina!
Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el
arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se
debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas»
debía ser para ella únicamente.
La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al
mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además,
¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de
orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza
almacenada en su vigoroso organismo!...
Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el
bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella
había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas
más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de
las praderas». La cinematografía tiene sus _trucs_ y sus misterios, como
todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella
había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y
arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas
abajo....
«Y es que el músculo--pensaba Mina--no lo es todo; vale más la energía
interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel,
indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos
momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le
había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz
de llegar.
--¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado!
Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear
por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del
Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de
la _Odisea_ al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de
Grecia!...
Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En
las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección,
juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é
indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no
conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos.
Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban
sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra
desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres
morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron
con voces roncas de ebrio.
Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar
sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos
vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo.
Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños
poderosos.
Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de
antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de
las praderas» terminaría la pelea en unos segundos.
Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral,
sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente,
como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los
que han vivido una vida de ilusión.
Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo,
mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que
no intentaba huir.
Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del
espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora
no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe
de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa
personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás,
lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo
disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados,
sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros
hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros
balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas
empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido.
--¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado?
Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal
era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir
vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...»,
decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante.
Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo
esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido
resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo
protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós,
amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de
maternal.
Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas
partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos.
Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos.
--Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á
dedicarme á la cinematografía.
Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la
que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la
amargura del remordimiento!...
Ella también pensaba en el divorcio.
--¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro.
Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de
Roosevelt.
Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la
esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las
praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente,
después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra
mujer?...
La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella
noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que
no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á
encontrar malo todo lo de su marido.
Una mañana, á la hora del _breakfast_, por una discusión insignificante,
la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de
Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre.
La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de
una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño
abandonado é implorante.
--¡Oh, mi rey!--gritó ella, refugiándose en sus brazos--. ¡Pobrecito
mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca.
Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las
mujeres.
Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas
alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban
con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz
reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico,
siendo protagonista de varios _films_, cuyos argumentos se hacía relatar
ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo
luminoso realizando hazañas nunca vistas.
Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en
presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del
héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario.
Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre.
Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por
orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar.
Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las
praderas», y con esto quedaba dicho todo.
Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas».