51. EL PERAL

Recuerdo que a la salida de mi pueblo había un hermosísimo peral que

daba gusto verle, particularmente a la entrada de la primavera. No lejos

hallábase situada la casa del dueño, y allá vivía Dolores, novia mía.

Tenía mi novia apenas diez y nueve años, y era una niña muy hermosa. Sus

mejillas se parecían a las flores del peral. En la primavera y allí,

bajo aquel árbol, fué donde yo le dije a ella:

--Dolores mía, ¿cuándo celebraremos nuestras bodas?

Todo en ella sonreía: sus hermosos cabellos con los cuales jugaba el

viento, el talle de diosa, el desnudo pie aprisionado en pequeños

zapatos, las lindas manecitas que atraían hacia sí la colgante rama para

aspirar las flores, la pura frente, los blancos dientes que asomaban

entre sus labios rojos,--todo en ella era bello. ¡Ah, cuánto la amaba! A

mi pregunta contestó con un rubor que la hacía mas encantadora todavía:

--Cuando empieza la próxima cosecha nos casaremos, si es que no te toca

ir al servicio del rey.

[Illustration]

Llegó la época de las quintas. Llegó mi turno y saqué el número más

alto. Pero Vicente, mi mejor amigo, tuvo la mala suerte de salir de

soldado. Le hallé llorando y diciendo:

--¡Madre mía, mi pobre madre!

--Consuélate, Vicente, yo soy huérfano, y tu madre te necesita. En tu

lugar me marcharé yo.

Cuando fuí a buscar a Dolores bajo el peral, encontréla con los ojos

humedecidos de lágrimas. Nunca la había visto llorar, y aquellas

lágrimas me parecieron mucho más bellas que su adorable sonrisa. Ella me

dijo:

--Has hecho muy bien; tienes un corazón de oro. Véte, Jaime de mi alma;

yo esperaré tu regreso.

--¡Paso redoblado! ¡Marchen!

Y de un tirón nos metimos casi en las narices del enemigo.

--¡Jaime, manténte firme y no seas cobarde!

Entre las densas nubes de humo negro que oprimían mi pecho descubrí

las relucientes bocas de los cañones enemigos, que clamaban a la vez,

produciendo grandes destrozos en nuestras filas. Por dondequiera que

pasaba, se deslizaban mis pies en sangre aún caliente. Tuve miedo y miré

atrás.

Detrás estaba mi patria, el pueblo y el peral cuyas flores se habían

convertido en sabrosas frutas. Cerré los ojos y vi a Dolores que rogaba

a Dios por mí. No tuve ya miedo. ¡Héme aquí hecho un valiente!

--¡Adelante!... ¡fuego!... ¡a la bayoneta!

--¡Bravo, valiente soldado! ¿Cómo te llamas?

--Mi general, me llamo Jaime, para servir a vuestra señoría.

--Jaime, desde este momento eres capitán.

¡Dolores! Dolores querida, vas a estar orgullosa de mí. Habiendo

terminado la campaña victoriosa para nosotros, pedí mi licencia.

Henchido el pecho de gratas ilusiones emprendí mi viaje. Y aunque la

distancia era larga mi esperanza la hizo corta. Ya casi he llegado. Allá

abajo, trás de ese monte, está mi país natal. Al pensar que pronto las

campanas repicarán por nuestra boda empiezo a correr. Ya descubro el

campanario de la iglesia, y me parece oír el repicar de las campanas.

En efecto, no me engaño. Ya estoy en el pueblo, pero no veo el peral.

Me fijo mejor, y noto que ha sido cortado, según parece, recientemente,

pues en el suelo y en el sitio donde antes estaba aparecen algunas ramas

y flores esparcidas aquí y allá. ¡Qué lástima! ¡Tenía tan hermosas

flores! ¡He pasado momentos tan felices cobijado en su sombra!

--¿Por quién tocas, Mateo?

--Por una boda, señor capitán.

Mateo ya no me conocía, sin duda.

¿Una boda? Decía verdad. Los novios entran en este momento en la

iglesia. La prometida es--Dolores, mi Dolores querida, más risueña y

encantadora que nunca. Vicente, mi mejor amigo, aquél por quien me

sacrifiqué, es el esposo afortunado. A mi alrededor oía decir:

--Serán felices, porque se aman.

--Pero ¿y Jaime?--preguntaba yo.

--¿Qué Jaime?--contestaban. Todos me habían olvidado.

Entré en la iglesia, me arrodillé en el sitio más oscuro y apartado, y

rogué a Dios me diera fuerzas para no olvidarme de que era cristiano.

Hasta pude orar por ellos. Terminada la misa me levanté, y dirigiéndome

al lugar donde había estado el peral, recogí una de las flores que en el

suelo hallé,--flor ya marchita. Entonces emprendí mi camino sin volver

la cabeza atrás.

--Ellos se aman. ¡Que sean muy dichosos!--pude aún decir.

--¿Ya estás de vuelta, Jaime?

--Sí, mi general.

--Oye, Jaime. Tú tienes veinticinco años y eres capitán. Si quieres, te

casaré con una condesa.

Saco de mi pecho la marchita flor del peral, y contesto:

--Mi general, mi corazón está como esta flor. Lo único que deseo es un

puesto en el sitio de más peligro para morir como soldado cristiano.

Se me concede lo que solicito.

A la salida del pueblo se levanta la tumba de un coronel muerto a los

veinticinco años en un día de batalla.

A First Spanish Reader · 第 66 / 140 题