II

Dijo por esto en su casa que tenía que irse a la estancia de su padrino,

en Pehuajó, a hacer importantes estudios. Asintieron inmediatamente a

ello su padre, su madre, su tía y su abuelita, y su padrino le dio una

carta para don José, el mayordomo, ordenando que pusiese a sus órdenes

cuanto necesitase y pidiese.

En la estancia de Pehuajó, Juanillo se pasó días enteros observando las

dos parejas de domésticos cisnes que poblaban, con varios gansos, un

diminuto estanque bordeado de llorones sauces. Como siempre les llevaba

migas de pan en el bolsillo, los cisnes, y hasta los gansos, llegaron a

conocerlo y a seguirlo.

Allí, a la sombra de los árboles, en las horas muertas de la meditación,

recordó la hermosa leyenda del canto del cisne. El cisne, esa ave

armoniosa y blanca, siempre en la mudez del misterio, canta sólo al

morir, una canción de celeste belleza... Esta leyenda le sugirió a

Juanillo un interesante argumento para su cuento-poema. Podía presentar

al cisne como la imagen del Poeta, que cantando rinde su alma al

infinito. Cierto que los poetas escriben generalmente sus mejores

composiciones en la juventud, y que muchas veces mueren viejos, con la

lira destemplada o enmudecida... Pero, ¿qué le importaba eso a Juanillo

si el símbolo era bello?

Resolviéndose a escribir su cuento bajo el epígrafe de «El Canto del

Cisne», pensó que sería conveniente «experimentar» la muerte de un cisne

verdadero, pues él nunca vio morir ninguno. Bien sabía, naturalmente,

que los cisnes no cantan al morir; pero pensaba, con mucha razón, que

toda leyenda responde a sus causas... El cisne, aunque no cantase, podía

tener su agonía especial, su estertor, sus actitudes plásticas... Todo

ello, visto y analizado personalmente, iba a sugerirle interesantes

ideas poéticas. Además, su sentimiento al ver morir tan nobles animales,

¿no era ya una sensación digna de cantarse en primorosa prosa?

Pidió pues prestada al mayordomo su escopeta, encaminose al estanque, y,

con el corazón sangrando, a una vara de distancia, ¡pam! asesinó el

primer cisne que saliera a recibirlo, esperando la consabida migaja de

pan... ¡Inútil sacrificio! El humo de la pólvora y la emoción del primer

disparo le impidieron observar la muerte instantánea de la víctima...

Apuntó de nuevo, ¡pam! y cayó otra víctima... Acercose a mirarla, ¡y

ella resultó un ganso viejo!... Otro tiro, ¡pam!... Esta vez cayó un

cisne, que, como conservaba vida, fue a morirse en la maleza, escapando

así a la mirada del cazador... Otro tiro, ¡pam!... Un nuevo cisne

muerto, muerto como una gallina, sin un graznido, sin un ronquido

siquiera... ¡Debía ser un cisne hembra! Y como convenía observar más

bien el sexo generalmente cantor de las aves, otro tiro, ¡pam! y

fulminó el último cisne, un cisne macho, sin duda, pero cuya muerte no

lo ilustró más que las otras... ¡Ya no le quedaba ningún otro por matar!

A los disparos acudió gente: el mayordomo, su mujer, sus nueve hijos, el

capataz, la cocinera, varios peones... Todos contemplaban consternados

los cinco cadáveres inocentes...

--¡Pero, don Juan!--exclamó el mayordomo sin poderse contener.--¡Ha

matado usted todos los cisnes!...

--Y un ganso viejo--apuntó la cocinera.

--¿No sabe usted que la señora vive mirándose en ellos?--continuó

quejumbrosamente el mayordomo.--¿Qué le vamos a decir cuando venga? ¡Y

cisnes domésticos no hay en venta en Pehuajó ni en ninguna parte por

aquí! Estos fueron traídos de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero,

¿para qué los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? ¿para qué?...

Juanillo guardó prudente silencio. ¿Cómo iba a explicar a aquella

ignorante y pobre gente la intención estética que tuviera? ¿cómo?...

Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la mayordoma comenzó las

suyas:

--¡Dios mío! ¡matar esos cisnes tan lindos que eran como los hijos de la

señora!... ¿Y qué nos dirá la señora? ¿Y qué le diremos a la señora?...

--¡Si los cisnes no se comen, don Juan, no se comen--agregó el

mayordomo.--En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta quisiera:

patos, martinetas, perdices...

Para Juanillo, que estaba como anonadado por su obra, esta última

observación fue un rayo de luz...

--¿Dice usted que no se comen los cisnes, don José?--preguntó

triunfalmente.--¡Pues sí que se comen, y muy ricos que son! ¿Para qué

los hubiera matado sino para comerlos?

En la estupefacción general, observó la voz agria de la mayordoma:

--Usted dirá los pichones de ganso; pero los cisnes, los cisnes...

--¡No digo los pichones de ganso, digo los cisnes, señora!--afirmó

Juanillo dignamente.

--En todo caso--observó la mayordoma,--no necesitaba usted haber muerto

a todos los cisnes; con uno le bastaba, porque son bien grandes...

--Claro...

--Claro...

--Claro...--fueron repitiendo en coro, uno por uno, los nueve vástagos

del mayordomo...

--¡Pues no!--concluyó fieramente Juanillo.--Me gustan mucho y quiero

comérmelos todos, esta misma noche. ¿Ha oído? ¡Todos!...

La cocinera, una criolla vieja, clamó, santiguándose espeluznada:

--¡Avemaría purísima!

--¡Avemaría!...

--¡Avemaría!...

--¡Avemaría!...--exclamaron otra vez, uno por uno, los hijos del

mayordomo.

Y, temiendo que Juanillo fuera el ogro de los cuentos y los devorase

también a ellos, escondiéronse los menores detrás de los mayores.

Formaron así una larga hilera, como cuando jugaban al Martín Pescador...

Cortando la escena de temores y aspavientos, Juanillo ordenó

terminantemente:

--¡Esta noche quiero que me sirvan, muy bien asados, los cuatro cisnes y

el ganso! ¿Comprenden? ¡No admitiré disculpas!

Y se retiró majestuosamente, ante un público boquiabierto y

aterrorizado...

En la vida monótona de aquellas pampas la tremenda noticia circuló bien

pronto. ¡El ahijado del patrón se comería esa noche, como quien se bebe

un vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Había que ir a verlo

comer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.

Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a sentarse, como de costumbre,

solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y puertas del comedor

pululaban en enjambre cabezas ávidas de curiosidad... Los chicos

lloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujaban

y codeaban a la par de los hombres...

Juanillo desplegó la servilleta con toda tranquilidad; estaba solamente

un poco pálido. Y la cocinera sirvió la sopa, como siempre... Mientras

Juanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se comunicaban sus

impresiones:

--¡Quién lo diría, al verlo tan flacuchín!...

--¡Y la sopa no estaba en el programa!...

--¡Ya tendría preparada una droga para evitar la indigestión!...

Terminó Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la cocinera, seguida de

muchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco enormes fuentes

con sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo también

tres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga y

escarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos.

Inmediatamente cundió por el comedor el olor fétido de la carne de

cisne... Los curiosos se llevaron los pañuelos a las narices, al menos,

aquellos que tenían pañuelos... Juanillo ensayó cortar un alón con el

trinchante, inútilmente: la negra carne parecía madera... El capataz se

adelantó entonces ofreciéndole su facón, que, recién afilado, cortaba

como navaja de afeitar... Con él, a costa de penosos esfuerzos,

consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el plato...

Anhelantes, todas las bocas exclamaron:

--¡Ah!...

Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya por

la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y gritó a la

concurrencia:

--¿Qué les importa a ustedes que yo coma o no coma? ¡Mándense mudar

ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!

Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos saliéndose de sus

órbitas y el facón en la mano... Los chicos, las mujeres y hasta los

hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál no

serían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedando

solo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, las

ventanas y los postigos... Lo que así oculto hizo para hacer

desaparecer, como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor

es no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetes

reservados.

...Su hazaña, que se dio por hecha, extendió pronto su nombre de ogro en

veinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del «círco de lona»

de Pehuajó soñó con contratar al «ogro de los cisnes», en reemplazo de

«la mujer que come vidrio, espadas y fuego», pues el público ya estaba

cansado de esta mujer. Lo contuvo la posición social de Juanillo, y la

consideración de la dificultad que había en proporcionarle todas las

noches tanta alimaña para que la comiera en público. Las piezas, una vez

comidas, no podían repetirse, como ocurría con el vidrio, las espadas y

hasta el fuego de la mujer tragona...

Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien, Juanillo escribió su

«Canto del Cisne». Volviose con él a la capital y se lo leyó con su

quejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco López...

--Mejor, mejor, va mejor, muchacho--afirmó del Laurel.--Pero todavía ni

sueñes en publicarlo. No está escrito, no.

El juicio de Aristarco fue más severo:

--Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con franqueza,

Juanillo--dijo a Simplón.--Tu cuento-poema se define en una sola

palabra: es un mamarracho. Déjate de simplezas; reconoce que no tienes

talento, como tenemos yo y del Laurel; y ocúpate de derecho y política,

en los cuales no se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, más

fácil simularla. ¡Considera tu «Canto del Cisne» como el verdadero canto

del cisne de tus ambiciones literarias!

Juanillo miró a del Laurel, ansioso de que contradijera a Aristarco;

pero del Laurel estaba en ese momento bastante ocupado en acariciarse la

melena... Desalentado, con la muerte en el alma, Juanillo se retiró

entonces a su casa. Por el camino compró seis cajas de fósforos,

resuelto a desleír el veneno en algún vinillo dulce, para que no

resultase el mortal brebaje demasiado feo...

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 39 / 47 题