Dijo por esto en su casa que tenía que irse a la estancia de su padrino,
en Pehuajó, a hacer importantes estudios. Asintieron inmediatamente a
ello su padre, su madre, su tía y su abuelita, y su padrino le dio una
carta para don José, el mayordomo, ordenando que pusiese a sus órdenes
cuanto necesitase y pidiese.
En la estancia de Pehuajó, Juanillo se pasó días enteros observando las
dos parejas de domésticos cisnes que poblaban, con varios gansos, un
diminuto estanque bordeado de llorones sauces. Como siempre les llevaba
migas de pan en el bolsillo, los cisnes, y hasta los gansos, llegaron a
conocerlo y a seguirlo.
Allí, a la sombra de los árboles, en las horas muertas de la meditación,
recordó la hermosa leyenda del canto del cisne. El cisne, esa ave
armoniosa y blanca, siempre en la mudez del misterio, canta sólo al
morir, una canción de celeste belleza... Esta leyenda le sugirió a
Juanillo un interesante argumento para su cuento-poema. Podía presentar
al cisne como la imagen del Poeta, que cantando rinde su alma al
infinito. Cierto que los poetas escriben generalmente sus mejores
composiciones en la juventud, y que muchas veces mueren viejos, con la
lira destemplada o enmudecida... Pero, ¿qué le importaba eso a Juanillo
si el símbolo era bello?
Resolviéndose a escribir su cuento bajo el epígrafe de «El Canto del
Cisne», pensó que sería conveniente «experimentar» la muerte de un cisne
verdadero, pues él nunca vio morir ninguno. Bien sabía, naturalmente,
que los cisnes no cantan al morir; pero pensaba, con mucha razón, que
toda leyenda responde a sus causas... El cisne, aunque no cantase, podía
tener su agonía especial, su estertor, sus actitudes plásticas... Todo
ello, visto y analizado personalmente, iba a sugerirle interesantes
ideas poéticas. Además, su sentimiento al ver morir tan nobles animales,
¿no era ya una sensación digna de cantarse en primorosa prosa?
Pidió pues prestada al mayordomo su escopeta, encaminose al estanque, y,
con el corazón sangrando, a una vara de distancia, ¡pam! asesinó el
primer cisne que saliera a recibirlo, esperando la consabida migaja de
pan... ¡Inútil sacrificio! El humo de la pólvora y la emoción del primer
disparo le impidieron observar la muerte instantánea de la víctima...
Apuntó de nuevo, ¡pam! y cayó otra víctima... Acercose a mirarla, ¡y
ella resultó un ganso viejo!... Otro tiro, ¡pam!... Esta vez cayó un
cisne, que, como conservaba vida, fue a morirse en la maleza, escapando
así a la mirada del cazador... Otro tiro, ¡pam!... Un nuevo cisne
muerto, muerto como una gallina, sin un graznido, sin un ronquido
siquiera... ¡Debía ser un cisne hembra! Y como convenía observar más
bien el sexo generalmente cantor de las aves, otro tiro, ¡pam! y
fulminó el último cisne, un cisne macho, sin duda, pero cuya muerte no
lo ilustró más que las otras... ¡Ya no le quedaba ningún otro por matar!
A los disparos acudió gente: el mayordomo, su mujer, sus nueve hijos, el
capataz, la cocinera, varios peones... Todos contemplaban consternados
los cinco cadáveres inocentes...
--¡Pero, don Juan!--exclamó el mayordomo sin poderse contener.--¡Ha
matado usted todos los cisnes!...
--Y un ganso viejo--apuntó la cocinera.
--¿No sabe usted que la señora vive mirándose en ellos?--continuó
quejumbrosamente el mayordomo.--¿Qué le vamos a decir cuando venga? ¡Y
cisnes domésticos no hay en venta en Pehuajó ni en ninguna parte por
aquí! Estos fueron traídos de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero,
¿para qué los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? ¿para qué?...
Juanillo guardó prudente silencio. ¿Cómo iba a explicar a aquella
ignorante y pobre gente la intención estética que tuviera? ¿cómo?...
Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la mayordoma comenzó las
suyas:
--¡Dios mío! ¡matar esos cisnes tan lindos que eran como los hijos de la
señora!... ¿Y qué nos dirá la señora? ¿Y qué le diremos a la señora?...
--¡Si los cisnes no se comen, don Juan, no se comen--agregó el
mayordomo.--En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta quisiera:
patos, martinetas, perdices...
Para Juanillo, que estaba como anonadado por su obra, esta última
observación fue un rayo de luz...
--¿Dice usted que no se comen los cisnes, don José?--preguntó
triunfalmente.--¡Pues sí que se comen, y muy ricos que son! ¿Para qué
los hubiera matado sino para comerlos?
En la estupefacción general, observó la voz agria de la mayordoma:
--Usted dirá los pichones de ganso; pero los cisnes, los cisnes...
--¡No digo los pichones de ganso, digo los cisnes, señora!--afirmó
Juanillo dignamente.
--En todo caso--observó la mayordoma,--no necesitaba usted haber muerto
a todos los cisnes; con uno le bastaba, porque son bien grandes...
--Claro...
--Claro...
--Claro...--fueron repitiendo en coro, uno por uno, los nueve vástagos
del mayordomo...
--¡Pues no!--concluyó fieramente Juanillo.--Me gustan mucho y quiero
comérmelos todos, esta misma noche. ¿Ha oído? ¡Todos!...
La cocinera, una criolla vieja, clamó, santiguándose espeluznada:
--¡Avemaría purísima!
--¡Avemaría!...
--¡Avemaría!...
--¡Avemaría!...--exclamaron otra vez, uno por uno, los hijos del
mayordomo.
Y, temiendo que Juanillo fuera el ogro de los cuentos y los devorase
también a ellos, escondiéronse los menores detrás de los mayores.
Formaron así una larga hilera, como cuando jugaban al Martín Pescador...
Cortando la escena de temores y aspavientos, Juanillo ordenó
terminantemente:
--¡Esta noche quiero que me sirvan, muy bien asados, los cuatro cisnes y
el ganso! ¿Comprenden? ¡No admitiré disculpas!
Y se retiró majestuosamente, ante un público boquiabierto y
aterrorizado...
En la vida monótona de aquellas pampas la tremenda noticia circuló bien
pronto. ¡El ahijado del patrón se comería esa noche, como quien se bebe
un vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Había que ir a verlo
comer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.
Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a sentarse, como de costumbre,
solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y puertas del comedor
pululaban en enjambre cabezas ávidas de curiosidad... Los chicos
lloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujaban
y codeaban a la par de los hombres...
Juanillo desplegó la servilleta con toda tranquilidad; estaba solamente
un poco pálido. Y la cocinera sirvió la sopa, como siempre... Mientras
Juanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se comunicaban sus
impresiones:
--¡Quién lo diría, al verlo tan flacuchín!...
--¡Y la sopa no estaba en el programa!...
--¡Ya tendría preparada una droga para evitar la indigestión!...
Terminó Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la cocinera, seguida de
muchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco enormes fuentes
con sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo también
tres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga y
escarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos.
Inmediatamente cundió por el comedor el olor fétido de la carne de
cisne... Los curiosos se llevaron los pañuelos a las narices, al menos,
aquellos que tenían pañuelos... Juanillo ensayó cortar un alón con el
trinchante, inútilmente: la negra carne parecía madera... El capataz se
adelantó entonces ofreciéndole su facón, que, recién afilado, cortaba
como navaja de afeitar... Con él, a costa de penosos esfuerzos,
consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el plato...
Anhelantes, todas las bocas exclamaron:
--¡Ah!...
Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya por
la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y gritó a la
concurrencia:
--¿Qué les importa a ustedes que yo coma o no coma? ¡Mándense mudar
ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!
Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos saliéndose de sus
órbitas y el facón en la mano... Los chicos, las mujeres y hasta los
hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál no
serían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedando
solo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, las
ventanas y los postigos... Lo que así oculto hizo para hacer
desaparecer, como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor
es no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetes
reservados.
...Su hazaña, que se dio por hecha, extendió pronto su nombre de ogro en
veinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del «círco de lona»
de Pehuajó soñó con contratar al «ogro de los cisnes», en reemplazo de
«la mujer que come vidrio, espadas y fuego», pues el público ya estaba
cansado de esta mujer. Lo contuvo la posición social de Juanillo, y la
consideración de la dificultad que había en proporcionarle todas las
noches tanta alimaña para que la comiera en público. Las piezas, una vez
comidas, no podían repetirse, como ocurría con el vidrio, las espadas y
hasta el fuego de la mujer tragona...
Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien, Juanillo escribió su
«Canto del Cisne». Volviose con él a la capital y se lo leyó con su
quejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco López...
--Mejor, mejor, va mejor, muchacho--afirmó del Laurel.--Pero todavía ni
sueñes en publicarlo. No está escrito, no.
El juicio de Aristarco fue más severo:
--Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con franqueza,
Juanillo--dijo a Simplón.--Tu cuento-poema se define en una sola
palabra: es un mamarracho. Déjate de simplezas; reconoce que no tienes
talento, como tenemos yo y del Laurel; y ocúpate de derecho y política,
en los cuales no se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, más
fácil simularla. ¡Considera tu «Canto del Cisne» como el verdadero canto
del cisne de tus ambiciones literarias!
Juanillo miró a del Laurel, ansioso de que contradijera a Aristarco;
pero del Laurel estaba en ese momento bastante ocupado en acariciarse la
melena... Desalentado, con la muerte en el alma, Juanillo se retiró
entonces a su casa. Por el camino compró seis cajas de fósforos,
resuelto a desleír el veneno en algún vinillo dulce, para que no
resultase el mortal brebaje demasiado feo...