Por no fijarse en las coqueterías y devaneos de su mujer, el pobre
Marcos Ruiz tenía fama de zonzo. Pero más zonza era ella, Currita, pues
que, siendo en realidad una buena muchacha, hacía lo posible para no
parecerlo. Y aún más zonzo que ella era Paco del Val, que malgastaba
miserablemente su tiempo siguiéndola como su sombra, mientras ella se
reía de él con todo el mundo, incluso con su propio marido.
Apercibido de la triple y creciente zoncera que pesaba como una
fatalidad sobre esas tres vidas, desquiciando y esterilizándolas, Jacobo
Téllez resolvió desfacer el entuerto. Porque Jacobo Téllez estaba muy
vinculado a los esposos Ruiz y a del Val, y era un excelente sugeto,
lleno de justicia y caridad cristiana...
Dirigiose pues a casa de su amigo Marcos, y, hallándolo sólo en su
escritorio, le dijo solemnemente:
--Bien sabes, Marcos, la amistad que nos profesamos desde la infancia.
En nombre de esa amistad vengo a prestarte algo que reputo un positivo
servicio... Quiero ponerte en guardia contra cuentos y calumnias que
circulan en sociedad, harto injustamente, respecto de tu mujer...
Currita es toda una señora, lo sé; pero no siempre lo parece... Es
preciso que cortes los abusos de su libertad, ¡pues que te pone en
ridículo!
Esa misma tarde, Jacobo se encontró con Paco, y le observó, sin
subterfugios ni preámbulos:
--Paquito querido, no hay en ti miga para un don Juan. No te hagas
inútiles ilusiones. Es hora ya de que busques una buena niña y te cases,
dejando de correr detrás de Curra. Curra se ha burlado siempre de ti, ¡y
se burlará mientras viva! En todas partes se habla de tu impermeabilidad
y loca obstinación. Eres el hazmerreír de círculos y clubs... En cambio,
aunque calumniosamente, se supone a otros más afortunados que tú con la
dama de tus pensamientos y desvelos.
A los pocos días, hallándose en _tête-à-tête_ con Curra, Jacobo se
permitió aconsejarla a ella también:
--Curra--le dijo,--usted no ignora que soy el más respetuoso de sus
amigos. La aprecio a usted y soy íntimo de su marido. Por eso me creo en
el deber de advertirla que corren acerca de usted historietas perversas.
Siendo usted una señora intachable, pienso que poco le costaría
evitarlas...
Jacobo hizo una pausa, algo cortado; y Curra, con su voz más dulce, le
preguntó:
--¿Cómo?
--Alentado por la blandura de Curra, Jacobo precisó sus consejos:
--Tal vez convendría que usted evitara ciertos afeites y tinturas... Sus
trajes son quizás demasiado elegantes... Entre sus amigas hay un grupo
de damas con quienes no debiera juntarse tan a menudo...
¡Y ese tontuelo de Paco! Sería prudente evitar sus comprometedoras
asiduidades... Disculpe usted mi franqueza, Currita. Ya sabe que sólo
hablo por servirla... ¡Y si estoy equivocado, perdóneme también!
Las advertencias de Jacobo no fueron recibidas como debieran... Marcos
le intimó que no debía meterse en lo que no le importaba... Paco lo
mandó sencillamente a paseo... Y Curra, esa admirable y bondadosa Curra,
aunque escuchara sus palabras con gracia y simpatía, conocedora de sus
admoniciones a su marido y su amigo, insinuoles que Jacobo hablaba de
despecho. ¡Él se le había declarado, ella le había puesto en su lugar,
pero muy en su lugar!...
--Y cavilando sobre el resultado de sus gestiones, Jacobo pensaba:
--No cabe duda. Ellos son unos zonzos, los tres, ¡pero yo soy el más
zonzo de todos!