PROCURADOR

--Aquí está enterrado--nos dijimos en silencio mi mujer y yo.

Yo sentí una opresión de agonía, un ansia de llorar que era como ansia

de morirme... ¡Y no podía llorar, y no podía morirme!

Por no poder llorar ni morirme me sentí sonámbulo. Y di un puntapié con

toda mi fuerza a la puerta del sepulcro, una encantadora capillita

gótica. Aunque era de hierro, la puerta voló en astillas y pavesas.

Adentro del sepulcro había un ataúd cerrado con llave. Como yo llevaba

la llave en mi llavero, lo abrí y levanté la tapa. Las bisagras debían

estar muy enmohecidas, pues al abrirse gimieron y silbaron. Adentro del

ataúd había un hombre...

Había un hombre vivo, enteramente vivo, hasta sano y de buen color. Se

le conocía el oficio en su afeitado rostro de curial y en sus grandes

anteojos azules. Su negra y raída levita estaba arrugada por la incómoda

postura que tuviera en el féretro. Era Tucker. Al reconocerlo me reí un

buen rato de la sorpresa... ¿No había temido que ese hombre fuera ya

putrefacto cadáver?... Nanela (de este modo continuaba llamándose ahora

mi mujer, acaso _ab eternam_), Nanela se reía también. Reíase y aplaudía

de todo corazón...

Esperaba yo que Tucker, una vez sentado en el féretro, bostezara y se

desperezase... ¡Pues nada de eso!... Una vez sentado en el féretro, me

dio un abrazo y me besó paternalmente, diciendo:

--¡Oh mi querido sobrino! ¡Oh mi querido hijo!

Sus labios de carne de víbora, al posarse en mi frente, me dieron tanto

asco y tanta risa, que no me atreví a increpar a Tucker por sus

infamias. Además, yo no podía recordar sus infamias... Al agarrarlas con

los dedos del recuerdo, ellas se deslizaban bajo mis manos como

anguilas... La misma Nanela, en vez de enfadarse, seguía riéndose,

riéndose... ¡La verdad es que era chusco ver a un hombre vivo metido en

su ataúd a modo de un saltaperico de elástico resorte en su cajita de

madera!

Quiso Tucker aprovechar la distracción de nuestra hilaridad para

escaparse del ataúd e irse. Muy a tiempo nos percatamos de su pérfido

intento mi mujer y yo. Y lo tendimos en el cajón, a la fuerza... Y nos

sentamos arriba de la tapa para que no pudiera levantarla...

Nanela gritó:

--¡Sepulturero, sepulturero, aquí hay un muerto que quiere escaparse!...

Yo gritó también:

--¡Socorro, que un muerto quiere escaparse, socorro!...

Pero Nanela y yo, como no pesábamos mucho, teníamos miedo de que,

forcejeando con la rodilla, Tucker pudiera abrir la tapa del cajón... Yo

no podía volver a echarle llave, por haber perdido el llavero...

A nuestros gritos acudieron los guardianes y acudió mucha gente

emparentada con los muertos de aquel cementerio. Entre todos claveteamos

sólidamente el cajón de Tucker. Uno pudo echarle llave con la llave de

su reloj... (¿Sería un ataúd su reloj?... ¿Qué reloj no es un ataúd de

esperanzas e ilusiones?...)

Después, Nanela y yo nos persignamos y nos fuimos. Pero la Fatalidad nos

perseguía, una Fatalidad indescriptible... Debíamos seguir... Y cada

paso era una brazada menos del hilo de nuestras vidas, ¡una brazada

menos!...

Tan corto nos quedaba ya el hilo, que me parecía tener atados mis dos

pies a una soga... ¡Y la Fatalidad tiraba de la soga para atrás!... Ya

no veía sino un mar de luz... Y oía la luz... Y sentía mi cabeza llena

de una luz que pesaba como plomo derretido...

Aunque Nanela me exhortara:--¡Adelante! ¡Adelante!--la Fatalidad tiraba

para atrás del hilo de mi vida, cada vez con más fuerza... Y yo avanzaba

cada vez con menos fuerza... Tanto me pesaban las piernas que creía

echar raíces en el océano de luz que me rodeaba, que me asfixiaba, que

me devoraba como a una gota líquida más... Dejé de sentir mis pies...

mis manos... mis brazos... mi cuerpo... Ya era sólo una cabeza flotante

en aquel océano de luz, ¡una miserable cabeza que se disolvía como un

terrón de azúcar!... Perdí el pensamiento, la vista, el tacto...

Lo último que debí perder eran los tímpanos... Porque todavía alcancé a

escuchar la furibunda voz con que clamaba Nanela:

--¡Tucker, el demonio de Tucker tiene la culpa!

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 32 / 47 题