--Aquí vive--me dije inmediatamente.
Y traté de pararme. Pero el impulso que llevaba de tanto correr, me hizo
seguir, por la ley de la inercia, varias leguas más allá de la puerta de
Tucker. Así un automóvil a toda velocidad no puede detenerse de repente,
aunque el «chauffeur» descubra en el camino un obispo de mitra y gran
capa pluvial, seguido de una veintena de monaguillos con rojas
sobrepellices.
Después de desandar lentamente en diez o doce horas las leguas que
rodara sin poder pararme, me volví a encontrar ante la casa de Tucker.
Justo en la puerta me detuve esta vez. ¡Para ello había vuelto paso a
paso!...
En el tiempo de mi vuelta, la casa había cambiado bastante. Ahora
parecía una ruina y una cueva. Pero no había cómo equivocarse por la
chapa de cobre, que siempre decía: