«Catalina de Aragón», así como suena, nada menos que «Catalina de
Aragón» se firmaba y se hacía llamar Felipa Danou, francesa de
Montmatre. Y con ese nombre histórico, presumiendo de noble y española,
se inscribía en los programas de los circos y teatros donde se la
contrataba como «domadora de vampiros».
Hay que reconocer que los vampiros eran más verdaderos que su nombre.
Habíalos comprado en Argelia a un cazador marroquí, y se exhibía en
público con ellos, en una gran jaula de fieras, pretendiendo haberlos
domesticado y educado...
Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy lejos de poseer la
dócil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes «sabios». Apenas
si reconocían a Catalina, su cuidadora, cuando los llamaba por sus
pintorescos apodos: «¡Sanguijuela!... ¡Borracho!... ¡Lucifer!...» El
éxito de la domadora, harto dudoso por cierto, extribaba más bien en una
danza serpentina que bailaba dentro de la jaula, envuelta en negros
crespones. Mientras torrentes de luz roja y azul le daban matices
fantasmagóricos, revoloteaban a su alrededor, electrizados por su voz
aguda y dominante, los enormes murciélagos hambrientos, ávidos de
sorberle la sangre bajo su piel pintada y sudorosa.
Pronto se cansó el público parisiense de Catalina y sus vampiros. Se
hacía necesario inventar cuanto antes otra cosa, porque los empresarios
no se arriesgaban ya a contratar un espectáculo tan gastado, y ella no
se decidía a abandonar su querido París...
Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet, era quien no le
permitía abandonar a París. Este Raguet era un parisiense incurable. No
concebía la vida sino vagando por los bulevares, teatro de sus fáciles
conquistas...
Como lo fuera con muchas otras, Raguet era un tirano para Catalina.
Siempre insaciable de dinero amenazábala y pegábale brutalmente cuando
ella no se lo proporcionaba. Por eso Catalina, al notar el creciente
descrédito de sus vampiros, se veía obligada a resolver un dilema
insoluble: o contratarse en barracones de tercero y cuarto orden, donde
se pagaba poco a las «artistas», y exponerse por consiguiente a las
diarias sobas de Raguet, o bien abandonarlo y marcharse con sus
animalejos en jira por las provincias y el extranjero...
Esto último hacíasele imposible. Los golpes y las caricias de Raguet le
eran tan indispensables como el aire. Prefería morir insultándolo
martirizada por sus manos implacables, a obtener lejos de él éxitos y
contratas...
Felizmente vino a socorrerla una casualidad propicia. Sucedió que una
norteamericana millonaria y extravagante le ofreció comprarle sus
vampiros... Pidió ella un precio disparatado, justo el que le pidieran
por un joven y gigantesco mono chimpancé que deseaba domesticar... Y la
norteamericana, encaprichada con los vampiros, después de regatear en
vano, acabó por pagarle a Catalina el precio que fijara.
Adquirido el mono, liquidó Catalina su última contrata, y se retiró con
él a una casita de los alrededores de París, dispuesta a amansarlo y
enseñarlo. Con la idea de las ganancias que pudiera proporcionarle su
adquisición, Raguet le disculpó este alejamiento del centro de la
ciudad. Con frecuencia iría a visitarla, siquiera en las noches que no
contase con ningún otro refugio.
«Cónsul», tal era el clásico nombre del mono, prometía los mejores
aplausos y considerable provecho, si llegaba a presentarse amaestrado en
la escena. Era un bello ejemplar de su raza, alto, membrudo, fuerte, de
mirada inteligente y viva, de suave y aterciopelado pelaje. Lo malo era
su humor hosco, impulsivo y variable. En su boca bestial se sucedían
rápidamente salvajes contracciones de cólera y perrunas sonrisas. En los
días de «spleen» mordía y quebraba cuanto hallase a su alcance. Muy
prudentemente, Catalina lo tenía pues encerrado en una sólida jaula de
hierro, al menos hasta que se mostrase más tranquilo y sociable.
Todos los medios conocidos empleó la domadora para domesticar a Cónsul:
el hambre, los golpes, el fuego, la electricidad, los gritos, las
caricias... Pero sólo consiguió que el antiguo gigante de los bosques,
la conociese, respetase y siguiera. Con los extraños, Cónsul se mantenía
siempre en su antigua ferocidad, y tanto, que no se le podía sacar de su
jaula...
Una vez lo intentó Catalina, para enseñarle a comer en su mesa. Mientras
estaba en _tête-à-tête_ con ella sola, la lección no marchó del todo
mal. El mono obedecíale como podía; al equivocarse, le pedía perdón con
sus ojos húmedos como los de un enamorado... Mirándola, solía distraerse
y desobedecer sus órdenes. Entonces ella lo reprendía y castigaba
severamente con una varita de metal...
Conforme adelantaba la lección de comer, y menudeaban las reprimendas y
castigos, Cónsul se ponía más huraño y nervioso, gruñendo sordamente con
los dientes apretados. En otros momentos gemía y se mordía las uñas,
conteniendo su furor... Catalina, como se diese cuenta, con su instinto
de mujer, que el mono nunca se atrevía a atacarla, continuaba el
amaestramiento impávida y decidida... En un momento en que, después de
varias equivocaciones del discípulo y de los consiguientes golpes de la
maestra, Cónsul se clavaba las garras en los muslos para desahogar su
furia, entró el sirviente con un plato en las manos... No bien lo vio,
abalanzose el enfurecido animal sobre él como dispuesto a matarlo... Un
grito a tiempo de Catalina lo contuvo, y el criado pudo retirarse bien
librado, a costa de unos pocos rasguños.
A Raguet era a quien profesaba Cónsul su odio más terrible. Hasta
olfateábalo desde lejos. Pues, en cuanto pisaba la casa, de día o de
noche, aunque para nada se acercase a la habitación donde se hallaba la
jaula, Cónsul se ponía como fuera de sí. Gruñía, daba grandes manotones
al aire, se sacudía contra los barrotes de hierro... Muchas veces, antes
de que Catalina viera a Raguet, conocía su aproximación por las
demostraciones del mono, quien ni escuchaba entonces sus voces...
--Tiene celos de ti--decía después a Raguet.
Y Raguet le contestaba, meneando la cabeza y como si él hubiera
contribuido en la compra:
--Me temo que hayamos hecho un mal negocio con el animalucho. ¿Por qué
no lo vendemos?
Catalina sabía que venderlo era dejar la suma casi íntegra en las manos
de ese disipado de Raguet; además, ella no desesperaba de amaestrar a
Cónsul, y hasta le tenía algún afecto... Por eso respondía:
--Tengamos paciencia. Es muy inteligente. Parece un hombre. No le falta
más que hablar... Con el tiempo ha de aprenderlo todo. Dejará lejos a
Pichón, el elefante de Niní de Montecristo. ¿Y sabes cuánto le pagan a
Niní en el Olimpia?... ¡Mil francos por noche!
Ante el convincente argumento del caso de Niní, Raguet se callaba, no
sin rezongarle antes a Catalina:
--Si es así, debes apurarte en amaestrar a tu Cónsul. ¡Van ya para tres
meses que estás de haragana, sin hacer nada!
Raguet iba para treinta años, justo su edad, que vivía de haragán, sin
hacer nada más que gastar lo que pidiere o trampeare... No obstante de
saberlo muy bien Catalina, se limitaba a pedirle perdón:
--¡No te enojes, Raguet! Cada uno hace lo que puede... La gente ya
estaba cansada de los vampiros...
Sin contestar a la domadora domada, Raguet, con un hambre de diez o doce
horas de vagabundeo, replicaba con voz tonante:
--¡Basta de Cónsul! Dame pronto lo que tengas de comida...
Y Catalina corría a la cocina, de donde volvía triunfante a la media
hora, con alguna cazuelilla improvisada. Servíale a su hombre, con el
mejor vino que encontraba, y lo miraba mientras él comía disimulando su
apetito con nuevas quejas:
--¡Esto es una porquería!... Apenas si puede probarse... ¡Es estúpido
que no tengas nada mejor, cuando Niní convida con champaña y gallina a
Sansón, el hombre de las pesas falsas y de los músculos postizos!
Catalina lo tranquilizaba entonces, como diciéndole con su mirada
cariñosa:
--Espérate a que eduque a Cónsul, para convidarte con champaña y
gallina, como Niní a Sansón, el hombre de las pesas falsas y de los
músculos postizos...
Una noche estuvo Raguet más exigente que de costumbre. Necesitaba en ese
mismo instante trescientos francos...
--¿De dónde quieres que los saque?...--gemía la infeliz Catalina.--Ya no
me quedan diez céntimos de lo último que cobré... Debo un mes de
alquiler... Ayer pedí prestados quinientos francos a Blondeau el
empresario, y ese gordo tacaño no me quiso prestar más que ciento
cincuenta... ¡Alhajas no tengo, ni crédito, ni trabajo!... ¡Perdóname,
Raguet, ten lástima de mí!...
--¡Mientes!--vociferó Raguet.--Debes tener más dinero guardado... ¿Con
qué comes, pues?...
--Te juro que no tengo más, ¡te lo juro por las cenizas de mi madre,
Raguet!... Yo no puedo volverme monedas...
--Dame entonces esos ciento cincuenta francos que te prestó el imbécil
de Blondeau...
--¡No los tengo ya! ¡no los tengo!... He pagado con ellos al panadero,
al mercado, al sirviente, que se fue hoy y me ha dejado sola...
El lindo Raguet, frenético de impaciencia, apostrofó a Catalina con sus
peores injurias, ¡y tenía un buen repertorio de ellas! Y cuando se cansó
de insultarla, le asestó feroces bofetones y puntapiés, practicando su
máxima favorita: «Las mujeres son como las aceitunas. Hay que batirlas
duro para que den aceite, y cuanto más se las bate, más aceite dan».
Esta máxima, repetida a los compañeros del vermut ante la mesa del café,
en el preciso momento de escupir el hueso pelado de una aceituna a dos
varas de distancia, tenía siempre un éxito loco. También lo tenía
aplicada en las nalgas enrojecidas y en las mejillas ensangrentadas de
Catalina de Aragón, la domadora de vampiros...
Como realmente esa noche la pobre mujer no podía proporcionarse dinero,
los golpes fueron más recios que de costumbre. Y ella gritaba y gemía
como si la desollasen viva...
De pronto se sintió en el silencio y en las sombras de la desolada
casita, ruido de hierros y maderas que crujían... unos pasos pesados y
torpes que se acercaban... un formidable golpe contra la puerta...
Raguet y Catalina se miraron pálidos de terror; la puerta se abrió...
Ante la vacilante luz de la bujía vieron un demonio inmenso que se
adelantaba lentamente sobre sus dos patazas, con los ojos fosforescentes
de cólera... Era Cónsul, el mono chimpancé. Al apercibir los gritos de
Catalina había sacudido con tal fuerza la puerta de su jaula, que había
cedido... ¡Venía a socorrer a su ama!
De un golpe derribó a Raguet... Tomó a Catalina en sus brazos...
Lamiole con su lengua rugosa las heridas... Y llevola cargada como una
criatura a su jaula...
Al volver en sí, Raguet recordó que en la casa no había nadie a quien
pedir auxilio. Tomó su sombrero y huyó cobardemente, sintiendo siempre
detrás de sí los pasos vengadores de Cónsul...
A la mañana siguiente, requerida por un vecino que oyera durante la
noche extraños gritos, la policía entró en la casa desierta...
Registrándola, sólo halló al mono gigantesco en su jaula, sentado sobre
la paja, arrullando tiernamente en sus brazos a una mujer pálida,
muerta, ¡muerta de terror!