IV

Lejos de las cortesanas habladurías, Pablo pasaba una vida casi feliz,

una vida de ensueño. Había cobrado verdadera afición a sus huéspedes.

Respetaba las virtudes un tanto agresivas de fray Anselmo, aprobaba la

gravedad de don Fernando y doña Brianda, reía de las ocurrencias de Guy,

enamorábase de las gracias de doña Inés... Y también se sentía entre

ellos, que una tarde llegó hasta disgustarse seriamente con una broma

del vizconde...

--Creo que ya debemos volver a nuestros cuadros, por San Luis rey de

Francia--había exclamado Guy, metiéndose, sin más ni más, en el que le

correspondía...

--Vamos, dejaos de chanzas, Guy...--díjole Pablo.

--Pero el gascón se hacía el muerto, o, mejor dicho, se hacía el

retrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lo

pintara.

--Bajad de una vez...--suplicaba Pablo.

Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche memorable, el

vizconde de la Ferronière se estaba quieto y silencioso, «sage comme une

image».

--No seáis terco, abuelito--intervino doña Inés.--Ved que inquietáis a

Pablo.

--Dios podría castigaros--manifestole doña Brianda--dejándoos allí otra

vez para siempre.

El hecho es que no sólo Pablo, sino que todos estaban alarmados,

temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de su último

sueño de vida humana...

--Siempre con bromas de mal gusto, vizconde--refunfuñó don Fernando.

Haciendo oídos sordos, el porfiado gascón permanecía impávido, sin

fruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doña Inés soltó una

carcajada cristalina:

--¡Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la pierna derecha, que

es la que se le había dormido, como estaba antes, ha cruzado la

izquierda... ¡Si lo sabré yo, que lo he tenido tantos años ante mis

ojos... ¡En la pierna izquierda es donde le dará ahora no más un

calambre!

Así fue; le dio tan fuerte y repentino calambre en la pierna derecha al

pobre vizconde, que tuvo que saltar del cuadro... Y con tanta torpeza lo

hizo, que con todo su peso le pisó un pie a doña Brianda...

--¡Grosero!--exclamó ésta, sin poder contener su dolor.

Para tranquilizarla, dobló Guy la rodilla en tierra y le suplicó:

--«Pardón, madame!»

Fray Anselmo, que musitando sus oraciones había vislumbrado la escena

desde los corredores, vociferó:

--¡Esto es intolerable, ya!--Y dirigiéndose a Pablo:--¿No sabéis cuándo

habrá recepción en Palacio?

--No...

Como era hora de cenar, pasaron al comedor. Después del «Benedicite», el

dominico preguntó al dueño de casa:

--¿Quién se sienta ahora en el trono de España?

--Felipe II--repuso doña Brianda.

--Carlos IV--afirmó doña Inés.

Fray Anselmo impuso silencio, con su mirada de águila, a tanta ligereza

femenina...

--Alfonso XIII--respondió entonces Pablo.

--¿De la casa de Austria todavía?

--No... de la casa de Borbón... rama de la antigua casa de Francia...

--¡Luego la España de hoy pertenece a Francia, como la Navarra!--exclamó

alegremente el vizconde.--¡Ya lo había previsto el rey Francisco!

--¡Bah!--interrumpió despreciativamente don Fernando.

--¡Después de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, la casa de Austria se

extinguió sin sucesión en Carlos II el Hechizado...--aclaró Pablo.

--Justo--confirmó doña Inés.--Y después vinieron los Borbones, pero

Borbones españoles, con Felipe V, Carlos III y nuestro buen rey Carlos

IV.

--Desde Carlos IV hasta ahora--terminó Pablo--se han sucedido muchos

gobiernos... Hoy reina Alfonso XIII de Borbón.

--¿Estos gobiernos fueron siempre católicos?--interrumpió fray Anselmo.

--Naturalmente, padre...

--¿Alfonso XIII es joven?

--Muy joven; pero tiene la prudencia y la ilustración de un viejo.

--¿Es casado?

--Hace meses.

--¿Con una princesa de cuál casa?

--De la casa... de Inglaterra--contestó Pablo, algo confuso.

Fray Anselmo se puso de pie, como si se le apareciera el demonio...

--¿De la herética casa de Enrique VIII y de Isabel?

--Sí, padre. Pero la princesa se ha convertido... se ha convertido

previamente, según los cánones...

--Se ha convertido. ¡Sí... si!... ¿Pero se la ha exorcizado?

--...En su religión protestante llamábase Ena de Battenberg. En su nueva

religión de los Reyes Católicos se llama Victoria... ¡Es una bella y

virtuosa reina!

Nada más quiso oír el gran inquisidor de Felipe II; agarrándose la

cabeza gritó:

--¡Una hereje en el trono de Carlos V! ¡Una hechicera, llamada Ena,

usurpando la corona de Isabel de Castilla! ¡Oh Dios mío, apiádate de tu

desgraciada España, apiádate de tu desgraciada ahora y otrora tan fiel y

gloriosa España!--Y se retiró a su aposento con lágrimas en los ojos y

fuego en los labios.

En un silencio de tumba sintiose como un soplo de destrucción y

profecía...

--«Sacrement de Dieu!»--interrumpió el gascón, después de una

pausa.--«Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltation

hugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.»

--Más os valiera no hablar de ello, si no lo comprendéis--observole don

Fernando.--Y agregó, dirigiéndose a toda la compañía:--Buenas noches.

--Buenas noches--respondieron uno a uno, levantándose todos antes de

concluir la comida, no sin empinarse el gascón dos o tres copas más de

vino tinto.

Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose cada cual a su

aposento, a hacer sólo las oraciones, que las demás noches hicieran

juntos, bajo la dirección del dominico, en la polvorosa capilla.

Al siguiente día, después de oír, como de costumbre, la misa que fray

Anselmo dijera a las seis, Pablo anunció:

--Esta noche hay una gran recepción en Palacio. Acabo de recibir la

invitación...

--Pues todos iremos a Palacio, como corresponde a nuestras

dignidades--decidió el inquisidor con voz de trueno.--¡Dios lo manda!

La proposición fue acogida con júbilo general. Don Fernando, doña

Brianda y Pablo tuvieron como un presentimiento de que prestarían un

inapreciable servicio a la dinastía. Guy y doña Inés vieron al fin

llegado el momento de salir de la casa solariega, echar un vistazo por

el mundo, a ver si habían cambiado mucho las cosas y los hombres... No

se atrevió el vizconde a exteriorizar su gusto, por temor de que lo

dejaran en casa; mas doña Inés, riendo como una loca, no pudo

contenerse:

--¡Qué suerte!... ¡Luciré todavía ante ese Alfonso XIII o XIV mi

precioso vestido blanco con encajes de Inglaterra!--Y dio unos saltitos,

aunque con moderación, para no desarreglarse el moño del peinado, y

golpeó el hombro del gascón con su abanico de nácar, si bien

cuidadosamente, para no descuajaringarlo, pues como era viejo estaba

algo estropeado y pegoteado.

Esperando impaciente que llegase la hora de presentarse en Palacio, cada

cual se retiró a su habitación. Pablo pasó el día entero poniendo en

orden sus papeles, como si se despidiera del mundo; fray Anselmo,

postrado en oración; don Fernando y doña Brianda, platicando sobre el

poderío del primer Carlos y el segundo Felipe, que imponían al mundo su

ley... El vizconde de la Ferronière se atusaba el bigote y ensayaba

pasos y sobrepasos, danzas y contradanzas... Doña Inés se sonreía ante

el espejo...

Sentáronse a la mesa en la hora de la cena; pero nadie probó bocado,

absorbidos, quiénes en altas y graves ideas, quiénes en pensamientos

frívolos y galantes... Y a las once en punto de la noche, presentábanse

todos ante la escalinata de Palacio. Centinelas y guardias dejáronles

pasar, deslumbrados por sus brillantes uniformes; los alabarderos

golpearon el suelo con sus lanzas, pues que los seis de la comitiva eran

cinco grandes de España y un embajador... Y anunciados por los ujieres,

corrieron sus nombres produciendo general estupefacción:

--¡Fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II!...

--¡Don Fernando y doña Brianda, primeros duques de Sandoval!...

--¡El vizconde Guy de la Ferronière, embajador de S. M. el rey Francisco

I ante S. M. el emperador Carlos V!...

--¡Doña Inés, condesa de Targes y Cabeza de Vaca!...

--¡El duque de Sandoval y de Araya!...

Bastaba mirar a los nombrados para comprender que no se trataba de una

broma irreverente; nadie se atrevió ni a pensarlo... El misterio de lo

sobrenatural y lo inexplicable se cernía, como una grande ave negra,

sobre las frentes, pálidas y sudorosas... Los mismos reyes se pusieron

de pie... Y fray Anselmo dobló una rodilla en tierra, besó la mano del

monarca, levantose, y habló... Sus palabras eran como sombras de

palabras. Comprendiose que se referían a la reina, hacia quien tendía

sus manos escuálidas, entre amenazadoras y suplicantes... ¡Lo mandaban

las augustas reliquias del Escorial, para que exorcizara a la princesa

que antes fuera hereje!

Pasó algo indefinible... Todos se sintieron como aletargados... La reina

Victoria se arrodilló ante el fraile; el fraile la tendió como un

cadáver a los pies del trono; rezó las oraciones del exorcismo... Y

dijo:

--«Exi, Wycliffe!»

Y surgió, revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la sombra,

un murciélago... Era el espíritu de Wycliffe.

El fraile dijo:

--«Exi, Calvine!»

Y surgió, también revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la

sombra, otro murciélago... Era el espíritu de Calvino.

El fraile dijo:

--«Exi, Luthere!»

Y un tercero y último murciélago surgió, revoloteando en amplia

elipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espíritu de Lutero.

Entonces la reina se arrodilló otra vez, volviendo en sí. El fraile la

bendijo y colocó sobre su cabeza una como diadema de estrellas.

--Ya estás purificada, Ena de Battenberg. Ahora puedes ser reina de

España, reina Victoria. En nombre del monje imperial de San Yuste y de

Felipe, su hijo, yo os bendigo. ¡Que Dios os guarde en su santa gracia

con vuestro digno esposo, Alfonso rey!

Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas confirmaron a coro:

--Amén.

La reina se levantó, y se sentó en el trono, junto al rey,

resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la atmósfera vibró un

coro de invisibles ángeles, mientras se retiraban lentamente el gran

inquisidor de Felipe II y sus demás acompañantes, de vuelta al palacio

de la calle del rey Francisco.

Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos cuadros, sepultando en

un silencio eterno este acontecimiento inaudito. Nadie dirá nunca nada

de él, porque su propio recuerdo se desvaneció milagrosamente de la

memoria de quienes lo presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,

lo desecha como reminiscencia de inoportuna y trágica pesadilla. La

historia lo ignorará siempre, ¡la Historia, la ignorante ineducable, la

incorregible mentirosa! Un solo espíritu hay todavía bastante castizo

para poder comprender y recordar el Hecho. Pero este espíritu vive ya

retirado de los hombres, enfermo de nostalgia y de hipocondría, entre

las cuatro paredes de su gabinete de estudio. En el armorial español se

le registra--después de la reciente muerte de su hermana Eusebia--como

único representante de una de las más gloriosas familias de la nobleza

europea, con el nombre de Pablo Gastón Enrique Francisco Sancho Ignacio

Fernando María, último duque de Sandoval y de Araya, conde-duque de

Alcañices, marqués de la Torre de Villafranca, de Palomares del Río, de

Santa Casilda y de Algeciras, conde de Azcárate, de Targes, de

Santibáñez y de Lope-Cano, vizconde de Valdolado y de Almería, barón de

Camargo, de Miraflores y de Sotalto, tres veces grande de España,

caballero de las órdenes de Alcántara y Calatrava...

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 16 / 47 题