Lejos de las cortesanas habladurías, Pablo pasaba una vida casi feliz,
una vida de ensueño. Había cobrado verdadera afición a sus huéspedes.
Respetaba las virtudes un tanto agresivas de fray Anselmo, aprobaba la
gravedad de don Fernando y doña Brianda, reía de las ocurrencias de Guy,
enamorábase de las gracias de doña Inés... Y también se sentía entre
ellos, que una tarde llegó hasta disgustarse seriamente con una broma
del vizconde...
--Creo que ya debemos volver a nuestros cuadros, por San Luis rey de
Francia--había exclamado Guy, metiéndose, sin más ni más, en el que le
correspondía...
--Vamos, dejaos de chanzas, Guy...--díjole Pablo.
--Pero el gascón se hacía el muerto, o, mejor dicho, se hacía el
retrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lo
pintara.
--Bajad de una vez...--suplicaba Pablo.
Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche memorable, el
vizconde de la Ferronière se estaba quieto y silencioso, «sage comme une
image».
--No seáis terco, abuelito--intervino doña Inés.--Ved que inquietáis a
Pablo.
--Dios podría castigaros--manifestole doña Brianda--dejándoos allí otra
vez para siempre.
El hecho es que no sólo Pablo, sino que todos estaban alarmados,
temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de su último
sueño de vida humana...
--Siempre con bromas de mal gusto, vizconde--refunfuñó don Fernando.
Haciendo oídos sordos, el porfiado gascón permanecía impávido, sin
fruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doña Inés soltó una
carcajada cristalina:
--¡Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la pierna derecha, que
es la que se le había dormido, como estaba antes, ha cruzado la
izquierda... ¡Si lo sabré yo, que lo he tenido tantos años ante mis
ojos... ¡En la pierna izquierda es donde le dará ahora no más un
calambre!
Así fue; le dio tan fuerte y repentino calambre en la pierna derecha al
pobre vizconde, que tuvo que saltar del cuadro... Y con tanta torpeza lo
hizo, que con todo su peso le pisó un pie a doña Brianda...
--¡Grosero!--exclamó ésta, sin poder contener su dolor.
Para tranquilizarla, dobló Guy la rodilla en tierra y le suplicó:
--«Pardón, madame!»
Fray Anselmo, que musitando sus oraciones había vislumbrado la escena
desde los corredores, vociferó:
--¡Esto es intolerable, ya!--Y dirigiéndose a Pablo:--¿No sabéis cuándo
habrá recepción en Palacio?
--No...
Como era hora de cenar, pasaron al comedor. Después del «Benedicite», el
dominico preguntó al dueño de casa:
--¿Quién se sienta ahora en el trono de España?
--Felipe II--repuso doña Brianda.
--Carlos IV--afirmó doña Inés.
Fray Anselmo impuso silencio, con su mirada de águila, a tanta ligereza
femenina...
--Alfonso XIII--respondió entonces Pablo.
--¿De la casa de Austria todavía?
--No... de la casa de Borbón... rama de la antigua casa de Francia...
--¡Luego la España de hoy pertenece a Francia, como la Navarra!--exclamó
alegremente el vizconde.--¡Ya lo había previsto el rey Francisco!
--¡Bah!--interrumpió despreciativamente don Fernando.
--¡Después de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, la casa de Austria se
extinguió sin sucesión en Carlos II el Hechizado...--aclaró Pablo.
--Justo--confirmó doña Inés.--Y después vinieron los Borbones, pero
Borbones españoles, con Felipe V, Carlos III y nuestro buen rey Carlos
IV.
--Desde Carlos IV hasta ahora--terminó Pablo--se han sucedido muchos
gobiernos... Hoy reina Alfonso XIII de Borbón.
--¿Estos gobiernos fueron siempre católicos?--interrumpió fray Anselmo.
--Naturalmente, padre...
--¿Alfonso XIII es joven?
--Muy joven; pero tiene la prudencia y la ilustración de un viejo.
--¿Es casado?
--Hace meses.
--¿Con una princesa de cuál casa?
--De la casa... de Inglaterra--contestó Pablo, algo confuso.
Fray Anselmo se puso de pie, como si se le apareciera el demonio...
--¿De la herética casa de Enrique VIII y de Isabel?
--Sí, padre. Pero la princesa se ha convertido... se ha convertido
previamente, según los cánones...
--Se ha convertido. ¡Sí... si!... ¿Pero se la ha exorcizado?
--...En su religión protestante llamábase Ena de Battenberg. En su nueva
religión de los Reyes Católicos se llama Victoria... ¡Es una bella y
virtuosa reina!
Nada más quiso oír el gran inquisidor de Felipe II; agarrándose la
cabeza gritó:
--¡Una hereje en el trono de Carlos V! ¡Una hechicera, llamada Ena,
usurpando la corona de Isabel de Castilla! ¡Oh Dios mío, apiádate de tu
desgraciada España, apiádate de tu desgraciada ahora y otrora tan fiel y
gloriosa España!--Y se retiró a su aposento con lágrimas en los ojos y
fuego en los labios.
En un silencio de tumba sintiose como un soplo de destrucción y
profecía...
--«Sacrement de Dieu!»--interrumpió el gascón, después de una
pausa.--«Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltation
hugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.»
--Más os valiera no hablar de ello, si no lo comprendéis--observole don
Fernando.--Y agregó, dirigiéndose a toda la compañía:--Buenas noches.
--Buenas noches--respondieron uno a uno, levantándose todos antes de
concluir la comida, no sin empinarse el gascón dos o tres copas más de
vino tinto.
Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose cada cual a su
aposento, a hacer sólo las oraciones, que las demás noches hicieran
juntos, bajo la dirección del dominico, en la polvorosa capilla.
Al siguiente día, después de oír, como de costumbre, la misa que fray
Anselmo dijera a las seis, Pablo anunció:
--Esta noche hay una gran recepción en Palacio. Acabo de recibir la
invitación...
--Pues todos iremos a Palacio, como corresponde a nuestras
dignidades--decidió el inquisidor con voz de trueno.--¡Dios lo manda!
La proposición fue acogida con júbilo general. Don Fernando, doña
Brianda y Pablo tuvieron como un presentimiento de que prestarían un
inapreciable servicio a la dinastía. Guy y doña Inés vieron al fin
llegado el momento de salir de la casa solariega, echar un vistazo por
el mundo, a ver si habían cambiado mucho las cosas y los hombres... No
se atrevió el vizconde a exteriorizar su gusto, por temor de que lo
dejaran en casa; mas doña Inés, riendo como una loca, no pudo
contenerse:
--¡Qué suerte!... ¡Luciré todavía ante ese Alfonso XIII o XIV mi
precioso vestido blanco con encajes de Inglaterra!--Y dio unos saltitos,
aunque con moderación, para no desarreglarse el moño del peinado, y
golpeó el hombro del gascón con su abanico de nácar, si bien
cuidadosamente, para no descuajaringarlo, pues como era viejo estaba
algo estropeado y pegoteado.
Esperando impaciente que llegase la hora de presentarse en Palacio, cada
cual se retiró a su habitación. Pablo pasó el día entero poniendo en
orden sus papeles, como si se despidiera del mundo; fray Anselmo,
postrado en oración; don Fernando y doña Brianda, platicando sobre el
poderío del primer Carlos y el segundo Felipe, que imponían al mundo su
ley... El vizconde de la Ferronière se atusaba el bigote y ensayaba
pasos y sobrepasos, danzas y contradanzas... Doña Inés se sonreía ante
el espejo...
Sentáronse a la mesa en la hora de la cena; pero nadie probó bocado,
absorbidos, quiénes en altas y graves ideas, quiénes en pensamientos
frívolos y galantes... Y a las once en punto de la noche, presentábanse
todos ante la escalinata de Palacio. Centinelas y guardias dejáronles
pasar, deslumbrados por sus brillantes uniformes; los alabarderos
golpearon el suelo con sus lanzas, pues que los seis de la comitiva eran
cinco grandes de España y un embajador... Y anunciados por los ujieres,
corrieron sus nombres produciendo general estupefacción:
--¡Fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II!...
--¡Don Fernando y doña Brianda, primeros duques de Sandoval!...
--¡El vizconde Guy de la Ferronière, embajador de S. M. el rey Francisco
I ante S. M. el emperador Carlos V!...
--¡Doña Inés, condesa de Targes y Cabeza de Vaca!...
--¡El duque de Sandoval y de Araya!...
Bastaba mirar a los nombrados para comprender que no se trataba de una
broma irreverente; nadie se atrevió ni a pensarlo... El misterio de lo
sobrenatural y lo inexplicable se cernía, como una grande ave negra,
sobre las frentes, pálidas y sudorosas... Los mismos reyes se pusieron
de pie... Y fray Anselmo dobló una rodilla en tierra, besó la mano del
monarca, levantose, y habló... Sus palabras eran como sombras de
palabras. Comprendiose que se referían a la reina, hacia quien tendía
sus manos escuálidas, entre amenazadoras y suplicantes... ¡Lo mandaban
las augustas reliquias del Escorial, para que exorcizara a la princesa
que antes fuera hereje!
Pasó algo indefinible... Todos se sintieron como aletargados... La reina
Victoria se arrodilló ante el fraile; el fraile la tendió como un
cadáver a los pies del trono; rezó las oraciones del exorcismo... Y
dijo:
--«Exi, Wycliffe!»
Y surgió, revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la sombra,
un murciélago... Era el espíritu de Wycliffe.
El fraile dijo:
--«Exi, Calvine!»
Y surgió, también revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la
sombra, otro murciélago... Era el espíritu de Calvino.
El fraile dijo:
--«Exi, Luthere!»
Y un tercero y último murciélago surgió, revoloteando en amplia
elipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espíritu de Lutero.
Entonces la reina se arrodilló otra vez, volviendo en sí. El fraile la
bendijo y colocó sobre su cabeza una como diadema de estrellas.
--Ya estás purificada, Ena de Battenberg. Ahora puedes ser reina de
España, reina Victoria. En nombre del monje imperial de San Yuste y de
Felipe, su hijo, yo os bendigo. ¡Que Dios os guarde en su santa gracia
con vuestro digno esposo, Alfonso rey!
Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas confirmaron a coro:
--Amén.
La reina se levantó, y se sentó en el trono, junto al rey,
resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la atmósfera vibró un
coro de invisibles ángeles, mientras se retiraban lentamente el gran
inquisidor de Felipe II y sus demás acompañantes, de vuelta al palacio
de la calle del rey Francisco.
Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos cuadros, sepultando en
un silencio eterno este acontecimiento inaudito. Nadie dirá nunca nada
de él, porque su propio recuerdo se desvaneció milagrosamente de la
memoria de quienes lo presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,
lo desecha como reminiscencia de inoportuna y trágica pesadilla. La
historia lo ignorará siempre, ¡la Historia, la ignorante ineducable, la
incorregible mentirosa! Un solo espíritu hay todavía bastante castizo
para poder comprender y recordar el Hecho. Pero este espíritu vive ya
retirado de los hombres, enfermo de nostalgia y de hipocondría, entre
las cuatro paredes de su gabinete de estudio. En el armorial español se
le registra--después de la reciente muerte de su hermana Eusebia--como
único representante de una de las más gloriosas familias de la nobleza
europea, con el nombre de Pablo Gastón Enrique Francisco Sancho Ignacio
Fernando María, último duque de Sandoval y de Araya, conde-duque de
Alcañices, marqués de la Torre de Villafranca, de Palomares del Río, de
Santa Casilda y de Algeciras, conde de Azcárate, de Targes, de
Santibáñez y de Lope-Cano, vizconde de Valdolado y de Almería, barón de
Camargo, de Miraflores y de Sotalto, tres veces grande de España,
caballero de las órdenes de Alcántara y Calatrava...