Hallábase una noche después de cenar, solo como de costumbre, hojeando
distraídamente periódicos y revistas, en la habitación que eligiera para
gabinete de trabajo. Era ésta una amplia sala, decorada con cinco
antiguos retratos de familia, los mejores de la colección, verdaderas
piezas de museo, obras de grandes maestros. Terminada la lectura, dejó
caer al suelo la última revista y absorviose en la contemplación del
cuadro, firmado por el Tiziano, que tenía frente a su poltrona.
Representaba él a don Fernando, el primer duque de Sandoval, fundador de
la grandeza de su casa, en traje de gran maestre de la orden de
Calatrava... Y, por súbita y peregrina ocurrencia, Pablo dirigió
mentalmente a don Fernando, esta breve, pero sentida alocución:
--Ya ves. Llevo por ti, ¡oh mi glorioso abuelo! una vida lánguida y
aburrida, una verdadera vida de sacrificio. Sólo espero que tú, ya que
eres el dios tutelar de nuestra casa, me apruebes y bendigas.
Pareciole entonces ver al joven duque que su abuelo don Fernando,
soltando la preciosa empuñadura de su espada, le tendía, en la tela del
Tiziano, ambas manos, como para bendecirle y protegerle...
--Esto es ilusión de mis ojos--se dijo.--El viento que penetra por la
ventana entreabierta la ha producido, sacudiendo la luz de las bujías.
Y se levantó bruscamente, para cerrar la ventana, volviendo a
arrellanarse después en su asiento. Pero, realmente, don Fernando
parecía haber cambiado de postura y estar poco dispuesto a tomar de
nuevo la que le diera el pintor...
--Me siento mal--se repitió su último heredero.--No, no puede ser así.
Es tarde... Acaso estoy soñando ya. Debo irme a acostar... Mañana
desaparecerá la alucinación.
Efectivamente, era ya entrada la noche, pues en una habitación vecina el
reloj dio la una. Hizo entonces el joven un esfuerzo para levantarse,
aunque sin conseguirlo, saludando al retrato, entre burlón y respetuoso:
--De todos modos, don Fernando, os agradezco en el fondo de mi alma
vuestra bendición. Y me despido hasta mañana, porque ya es tarde y me
voy a dormir. ¡Buenas noches... o buenos días!
Los labios de don Fernando parecieron desplegarse en el retrato,
mientras en la misma habitación decía vagamente una voz engolillada:
--Dios te ayude, hijo mío.
Al oír esta voz, estremeciose Pablo, alarmado.
--Debo de tener fiebre--pensó.--Decididamente, esta vida que llevo es
antihigiénica para cualquiera, y más para mí, que pertenezco a una
familia de guerreros y de ascetas, es decir, de nerviosos. Estoy
fatigado por las preocupaciones y el trabajo. Me siento medio
neurasténico... Es preciso que mañana mismo haga mis maletas y me dé una
vuelta por Roma o por París, para reponerme.
Quiso levantarse otra vez, y le faltaron fuerzas. Quedó así clavado,
siempre en su sillón, agitándolo extraños e indefinibles
presentimientos...
De las tres bujías que alumbraban la estancia, apagose una, ya
consumida... Al disminuir la luz, Pablo dirigió una mirada a los
retratos que colgaban en los muros, y vio que todos, hombres y mujeres,
lo miraban y sonreían cariñosamente, como saludándolo. El único que no
le hiciera manifestación alguna de simpatía era la efigie de un
dominico, fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II. La adusta
rigidez de este fraile, que permanecía tal cual fuera pintado hacía
siglos, infundió a Pablo todavía mayor temor que las sonrisas y los
movimientos de las demás figuras...
Junto al fraile estaba el retrato de su hermana doña Brianda, la esposa
de don Fernando, en un traje de terciopelo negro de severidad casi
monástica. Y destacábase enfrente, atribuida al pincel del Tintoretto,
la arrogante imagen del joven caballero gascón vizconde Guy de la
Ferronière, que cayó prisionero del emperador en la batalla de Pavía.
Embajador más tarde ante Carlos V, aunque por unas semanas, en rápida
misión secreta, habíase enamorado y casado con una española, doña
Bárbara de Aldao. De cuyo matrimonio naciera doña Mencía, la que fue
segunda duquesa de Sandoval, por casarse con el primogénito de don
Fernando y doña Brianda. Doña Bárbara, doña Mencía y su esposo y demás
ascendientes de ese tronco no estaban representados en la galería del
salón. En cambio, hechizaban los ojos de demonio de un ángel pintado por
Goya. Este ángel era una mujer descendiente de los nombrados,
tía-tatarabuela de Pablo, llamada doña Inés de Targes y Cabeza de Vaca,
dama admirable que trastornaba los afeminados corazones de los
palaciegos de Carlos IV y María Luisa. Diz que el mismo príncipe de la
Paz se enamorara de ella, y que el rey, a pesar de las insinuaciones de
la reina no llegó nunca ni a fruncir el ceño ante su triunfante belleza.
Al verla, Pablo no pudo menos de sonreír con intensa ternura, lo que tal
vez no le ocurriera desde que profesara su hermana...
Pasándose largas horas, bajo la escasa luz de la última bujía que duraba
encendida, acabó el joven por familiarizarse con el raro caso de
aquellas figuras que se movían y hasta hablaban...
--Vamos, yo os agradezco vuestros saludos--les dijo,--y os invito a que
bajéis de vuestros cuadros, a tomar conmigo una copa de vino Oporto. Lo
tengo bastante bueno, del que olvidara en la bodega mi tío, que en paz
descanse. Esto os reconfortará y servirá de distracción. Pues debéis
sentiros un tanto aburridos de estaros quietos tantos años y hasta
siglos colgados de las paredes...
--Aceptamos--repuso en seguida don Fernando.
--Todo sea a la mayor gloria de Dios--dijo fray Anselmo, el dominico.
--«C'est gentil!»--exclamó el vizconde de la Ferronière.--«J'en meurs
pour le bon vin du Porto, et de Bourgogne aussi.» ¡Gracias, gracias!
--Has tenido una piadosa idea, mi querido nieto, digna de la generosa
hospitalidad de tus abuelos--articuló la voz de doña Brianda.
Y doña Inés nada dijo, pero sonrió con tal encanto a su sobrino-nieto,
que su sonrisa era una flecha de amor...
Recibida con tanto gusto la invitación, Pablito se adelantó hacia su
noble antepasado don Fernando, tendiéndole la mano para que descendiese
el primero. El anciano tomó formas corpóreas, y saltó del cuadro al
suelo con la agilidad de un hombre acostumbrado a los hípicos ejercicios
de combate. Su joven descendiente, con una rodilla en tierra, le besó la
velluda y callosa diestra, que midiera su fuerza alguna vez con el mismo
Francisco I.
Luego ayudó al inquisidor, quien, materializado a su vez, se persignó y
masculló alguna oración en ininteligible latín.
Doña Brianda, tocándole inmediatamente el turno, descendió con
dificultad, por sus años y su respetable peso de matrona española. Hasta
parece que se dislocó un poco el tobillo izquierdo, sin que el dolor le
impidiera acomodarse el zapato con serio y recatado ademán, dando
amablemente las gracias a Pablito.
Al contrario, la bella doña Inés sólo apoyó ligeramente su mano en el
hombro del joven duque, y saltó con tanto salero y coquetería, que el
mismo gran maestre don Fernando hubo de sonreírle.
Por fin, el vizconde de la Ferronière, tocando apenas y como por broma
la cabeza de Pablo, bajó con la elegancia de un gimnasta. Riose
francamente, y exclamó, luego, con marcado acento gascón:
--«Mais, c'est drôle!» Ya se me había dormido la pierna derecha de estar
tanto tiempo en la incómoda postura en que me puso en el lienzo ese
«brigand» de Tintoretto. ¡Si estuviera aquí, ya le calentaría un poco
las orejas!
Altamente turbado, Pablo no sabía cómo hacer los honores de su casa...
El vizconde intervino, muy oportunamente:
--¿Y no nos habías ofrecido buen vino de «Bourgogne»... o de «Porto»?
--Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseáis, caballero...
--¡Eh! Yo no soy español. Puedes tutearme, muchacho. Los franceses,
entre iguales, nos tratamos como iguales.
Dejando instalados a sus extraños huéspedes, todos como en cuerpo y
alma, bajó Pablo a la bodega, y volvió al rato con copas de cristal y
botellas cubiertas de polvo y telaraña. Estaba pálido y tembloroso, pues
en el estado de sobreexcitación en que se hallaba, habíale asustado como
espectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.
--Vamos, tranquilízate, «mon cher»--le dijo el gascón.--¿Te han
aterrorizado las ratas del sótano? En mi tiempo, los jóvenes eran más
animosos. Cuando yo tenía quince años...
--Dejad vuestra historia para otro momento, vizconde, si os place. Ahora
beberemos--interrumpió con serena autoridad don Fernando.
--Tenéis razón, querido consuegro. Bebamos a la salud del último duque
de Sandoval.
Y el mismo gascón descorchó las botellas y sirvió a los presentes con
gallarda alegría. Entonces pudo ver Pablo que las cinco visitas habían
tomado completa posesión de su casa. Encendidas nuevas luces, estaban
diseminadas por la sala, en familiares posturas y cómodos sitiales. El
único que permanecía en un rincón, fosco y como inspirado, era fray
Anselmo.
--Yo me siento aquí tan a «mon aise», como si estuviese «chez
moi»--decía el gascón.--Siempre me encontré bien en España, porque si
los españoles son un poco orgullosos, también son valientes, valientes
como los mismos franceses. ¡Y nunca vi mujeres más lindas que las de
España!--Doña Inés agradeció con su mejor sonrisa, mientras proseguía el
vizconde:--¡Sobre todo, que las mujeres de España cuando tienen también
su poquito de sangre francesa, como mi nieta doña Inés!
--No seáis adulador, vizconde--repuso ésta, irónicamente.--Tal vez si me
vierais bajo mi estatua yacente que está en la catedral de Ávila...
--Estos franceses--murmuró doña Brianda, con la severidad de una
dueña,--más que galantes, parecen deschabetados.
--El hecho es--dijo don Fernando a Pablo, como para cortar la
conversación,--que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremos
algún tiempo de tu castellana hospitalidad.
Aquí se oyó la gruesa voz del fraile, con entonación casi iracunda:
--No es por encontrarnos bien por lo que nos quedaremos un tiempo en
vuestra casa, joven duque, sino para cumplir un designio de Dios. Él nos
dio la vida, Él nos la quitó, Él nos la devuelve hoy. No somos más que
instrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a cumplir
una grande acción en su pueblo predilecto, el reino católico.
--Amén--agregó doña Inés, más devota que burlona.
--Para servir mejor a mi Dios--continuó el fraile,--permitidme que me
retire a mi habitación... No tenéis por qué incomodaros acompañándome,
joven duque; yo conozco el aposento que me destináis y puedo ir solo y
abrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las puertas. Buenas
noches.
--Buenas noches, padre--repuso a coro la compañía.
Y fray Anselmo se retiró, haciendo sonar entre sus magros dedos las
gruesas cuentas negras del rosario que pendía en la cintura de su hábito
blanco.
--Es uno de los más preclaros varones de nuestra casa, un verdadero
santo--exclamó con unción doña Brianda.
--¿Está limpia y ventilada la habitación que se le destina?--preguntó
zumbonamente el gascón.
--Hace algún tiempo que no se abre...--repuso Pablo.
--Algún tiempo... un par de añitos, por lo menos... Pues en tal caso, si
el fraile pasa la noche de rodillas, «saperbleu!», se va a ensuciar su
hábito blanco, y cuando vuelva al retrato, dará asco.
Doña Inés lanzó una alegre carcajada; doña Brianda estiró su labio con
una mueca de desdén y de fastidio...
--Tantas veces os dije, vizconde--observó don Fernando,--que en España
no debéis nunca burlaros o hablar ligeramente de sacerdotes y cosas de
religión...
--Sois insufrible, caballero--aseguró a Guy doña Brianda.
--¿Cuándo aprenderéis a estaros con juicio?--preguntole el primer duque
de Sandoval.
--¿Cuándo? ¿Y todavía me lo preguntáis? ¿No me he pasado tres siglos
quieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin moverme, sin
pediros en préstamo ni un maravedí, mi querido consuegro, sin haceros
una guiñada, «sage comme une image»? ¡Bien sabéis que muchas veces me
ha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni a
escondidas he desprendido la mano de la cintura para rascarme!
--Lo cierto es que mi abuelito el vizconde--intervino graciosamente doña
Inés--debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro, habiendo llevado
antes una vida tan divertida en Gascuña, en París y hasta en Toledo. ¿Os
distraíais recordando vuestras aventuras?
--A veces, cuando no flechaba el corazón de la respetable matrona que
tenía en frente--repuso Guy, aludiendo a doña Brianda.
--Estáis faltando a una dama... ¡y a una dama de vuestra familia!--clamó
indignada la aludida.
--Pensad más bien en vuestros pecados, vizconde--dijo gravemente don
Fernando,--para que Dios os perdone en el día del juicio final.
--Felizmente, don Fernando, todavía llevo la espada al cinto para pelear
al Demonio si se atreve conmigo--repuso gallardamente el gascón,
desnudando su toledano estoque y acometiendo con él a un enemigo
invisible... Cuando lo volvió a envainar, agregó, decidor:--Pero es
ridículo que no aprovechemos estas cortas vacaciones y que, mientras
pudiéramos divertirnos, nos quedemos aburriéndonos aquí, con las
solemnes caras de tontos que teníamos en los retratos... ¡Bebamos por
mis pecados!
--¡Por vuestros pecados!--exclamó indignada doña Brianda.
--No, por el perdón de los pecados de abuelito el vizconde--intercedió
seductoramente doña Inés.
--Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre consuegra, por el amor de
nuestros hijos--solicitó galantemente Guy de la Ferronière a doña
Brianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendió la mano para que
la besara.--Bastante reñimos ya en el siglo XVI, para que volvamos a las
andadas. La cosa no nos divertiría ahora, porque ya no tiene novedad.
¿No es cierto?
Suspiró doña Brianda dignamente, por única respuesta. Y todos bebieron
después; todos menos uno, el anfitrión, pues no le alcanzaron las copas,
habiendo él roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para que sirviera el
vizconde...
--No os apuréis por eso, amado sobrino--díjole doña Inés, tendiéndole su
propia copa, después de haber sorbido en ella dos o tres traguitos.
Bebiose el joven el resto, y sintió mirando a su bella tía, que un fuego
interno le abrasaba, como si el añejo Oporto fuera un filtro de amor.
--Parece que nuestro querido sobrino no pierde el tiempo--observó
maliciosamente el vizconde, refiriéndose a doña Inés y al joven
duque.--Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimos
nuestros músculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron los
pintores. Para desentumecernos nos vendría muy bien danzar un poco. ¿No
tienes por acá un laúd?
--¡Bailar! ¡Excelente idea!--interrumpió palmoteando doña Inés.--Ahí no
sé por qué capricho, pues yo nunca amé la música ni supe tocar una nota,
me ha puesto Goya un laúd sobre una consola, en el fondo de mi cuadro.
¡Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!
Guy tomó en efecto el indicado laúd, sentose sobre una mesa y preludió
unos bonitos acordes. Se formaron en seguida dos parejas, una de don
Fernando y doña Brianda y la otra de doña Inés y Pablo, y pusiéronse a
bailar pausada y alegremente. Sin saber por qué, Pablo pensó de pronto
en la sorpresa que sufriría su hermana si pudiese verlo en tan curiosa
compañía, ¡y en las caras que pondrían, si lo vieran, su confesor, y sus
primos, y sus acreedores, y sus arrendatarios! Este pensamiento le causó
tal alborozo, que se puso a reír como si le hicieran cosquillas.
--Estáis alegre, sobrino--le observó doña Inés.
--¿Cómo podría yo estar a vuestro lado, mi tía, sino contento con la
felicidad de veros?
El gascón, que había oído muy bien, intervino:
--¿Qué decís?... ¡Más despacio, jovenzuelos! Hace apenas media hora que
os tratáis... Esperad siquiera a estar solos, que faltáis al respeto a
vuestros mayores.
Y sin más ni más, tiró el laúd, levantose, dio dos o tres volteretas, y
besó en las mejillas a doña Brianda y a doña Inés. Doña Brianda se
limpió el beso con el pañuelo de encajes; pero doña Inés miró sonriendo
amablemente a Pablo, como invitándole a que hiciera otro tanto... Todos,
hasta la anciana duquesa, parecían de buen humor, y siguieron luego
danzando y riendo... Mas de pronto, como convidado de piedra, se
apareció en el dintel de la puerta la imponente figura de fray Anselmo.
Y habló:
--Vergüenza me da contemplaros y pensar que sois de mi sangre y de mi
raza, ¡oh humanas criaturas! Tenéis apenas, por divina gracia, horas o
días, de una vida especial, y en vez de aprovecharla en la oración y el
recogimiento, armáis una batahola del infierno, interrumpiendo mis
santas meditaciones. ¿No os dije que Dios nos llama a portentosa obra?
Dejad de revolcaros en el fango de la concupiscencia y de la
imprevisión, y seguidme a la capilla, que Jesús nos espera, con los
brazos abiertos y tendidos.
No sin echar antes una melancólica mirada al fondo desierto de sus
respectivos cuadros, todos siguieron al fraile, como dominados por su
ojo aquilino. Llegaron en solemne y lenta procesión, después de cruzar
varios corredores, a la gótica capilla del palacio, que parecía
aguardarlos con sus mortecinas luces encendidas. Se descubrieron.
Entraron. Persignáronse. Y fray Anselmo subió al púlpito, desde el cual
proclamó, con su calurosa palabra de vidente, la necesidad de extirpar
en España hasta las últimas raíces de herejía, si se deseaba salvar el
reino... Tan extraña y arrebatadora fue su elocuencia, que todos
lloraron. Hasta el vizconde, si bien en su llanto parecía haber un poco
de risa, porque durante el sermón, con un alfiler y una tirilla de papel
que encontrara por casualidad en el suelo, había prendido una pequeña
cola en las abultadas polleras de doña Brianda. Por suerte, nadie
advirtió su impiedad, «nadie--diría fray Anselmo,--¡menos Dios!»
Terminado el sermón, el dominico bajó del púlpito, y se dirigió al
altar... Interrumpiole el vizconde, antes de que se arrodillara:
--Padre, todos nos sentimos un poco fatigados de haber estado nada más
que la friolera de unos doscientos o trescientos años metidos en
nuestros cuadros... ¿No podríamos dejar para mañana nuestras devociones,
e irnos ahora a estirar nuestros cuerpos en las frescas y finas sábanas
de Holanda que nos ha de ofrecer el joven duque?
El fraile ni se dignó responder, prosternándose ante el ara...
--«Ces spagnols catholiques son entêtés comme des huguenots!»--murmuró
entonces el gascón.
Y comenzó el rosario. Fray Anselmo iniciaba las Avemarías, que luego
coreaban sus catecúmenos. Era interminable aquel rosario... Atraído por
las luces y la curiosidad, entró en la capilla un gato negro, familiar
de la casa. Pensó el dominico que el animal fuera una encarnación del
demonio mismo, y se disponía a hisoparlo... Pero como el gato era muy
manso, restregose contra las pantorrillas de Guy, el primero que topara.
Y Guy aprovechó la oportunidad para pisarle la cola y hacerlo mayar, con
gran refocilamiento de doña Inés... Huyó atemorizado el gato, terminó el
dominico su rosario, y Pablo despidió a sus huéspedes, instalándolos en
sus respectivas habitaciones. Tiempo era, pues la aurora se desperazaba
ya en el horizonte, y pronto empezaría el tragín de la mañana.
Satisfecha el alma por el santo cumplimiento de sus devociones, y
satisfecho el cuerpo por los varios tragos de viejo Oporto que se echara
entre pecho y espalda, durmió muy bien el joven duque. No hay para qué
decir si los demás dormirían a gusto en las «finas y frescas sábanas de
Holanda», que dijera Guy. Hasta fray Anselmo las aprovechó, a pesar de
haber anunciado que prefería una tarima y aun el duro suelo... ¡Estaban
todos tan cansados!