II

Hallábase una noche después de cenar, solo como de costumbre, hojeando

distraídamente periódicos y revistas, en la habitación que eligiera para

gabinete de trabajo. Era ésta una amplia sala, decorada con cinco

antiguos retratos de familia, los mejores de la colección, verdaderas

piezas de museo, obras de grandes maestros. Terminada la lectura, dejó

caer al suelo la última revista y absorviose en la contemplación del

cuadro, firmado por el Tiziano, que tenía frente a su poltrona.

Representaba él a don Fernando, el primer duque de Sandoval, fundador de

la grandeza de su casa, en traje de gran maestre de la orden de

Calatrava... Y, por súbita y peregrina ocurrencia, Pablo dirigió

mentalmente a don Fernando, esta breve, pero sentida alocución:

--Ya ves. Llevo por ti, ¡oh mi glorioso abuelo! una vida lánguida y

aburrida, una verdadera vida de sacrificio. Sólo espero que tú, ya que

eres el dios tutelar de nuestra casa, me apruebes y bendigas.

Pareciole entonces ver al joven duque que su abuelo don Fernando,

soltando la preciosa empuñadura de su espada, le tendía, en la tela del

Tiziano, ambas manos, como para bendecirle y protegerle...

--Esto es ilusión de mis ojos--se dijo.--El viento que penetra por la

ventana entreabierta la ha producido, sacudiendo la luz de las bujías.

Y se levantó bruscamente, para cerrar la ventana, volviendo a

arrellanarse después en su asiento. Pero, realmente, don Fernando

parecía haber cambiado de postura y estar poco dispuesto a tomar de

nuevo la que le diera el pintor...

--Me siento mal--se repitió su último heredero.--No, no puede ser así.

Es tarde... Acaso estoy soñando ya. Debo irme a acostar... Mañana

desaparecerá la alucinación.

Efectivamente, era ya entrada la noche, pues en una habitación vecina el

reloj dio la una. Hizo entonces el joven un esfuerzo para levantarse,

aunque sin conseguirlo, saludando al retrato, entre burlón y respetuoso:

--De todos modos, don Fernando, os agradezco en el fondo de mi alma

vuestra bendición. Y me despido hasta mañana, porque ya es tarde y me

voy a dormir. ¡Buenas noches... o buenos días!

Los labios de don Fernando parecieron desplegarse en el retrato,

mientras en la misma habitación decía vagamente una voz engolillada:

--Dios te ayude, hijo mío.

Al oír esta voz, estremeciose Pablo, alarmado.

--Debo de tener fiebre--pensó.--Decididamente, esta vida que llevo es

antihigiénica para cualquiera, y más para mí, que pertenezco a una

familia de guerreros y de ascetas, es decir, de nerviosos. Estoy

fatigado por las preocupaciones y el trabajo. Me siento medio

neurasténico... Es preciso que mañana mismo haga mis maletas y me dé una

vuelta por Roma o por París, para reponerme.

Quiso levantarse otra vez, y le faltaron fuerzas. Quedó así clavado,

siempre en su sillón, agitándolo extraños e indefinibles

presentimientos...

De las tres bujías que alumbraban la estancia, apagose una, ya

consumida... Al disminuir la luz, Pablo dirigió una mirada a los

retratos que colgaban en los muros, y vio que todos, hombres y mujeres,

lo miraban y sonreían cariñosamente, como saludándolo. El único que no

le hiciera manifestación alguna de simpatía era la efigie de un

dominico, fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II. La adusta

rigidez de este fraile, que permanecía tal cual fuera pintado hacía

siglos, infundió a Pablo todavía mayor temor que las sonrisas y los

movimientos de las demás figuras...

Junto al fraile estaba el retrato de su hermana doña Brianda, la esposa

de don Fernando, en un traje de terciopelo negro de severidad casi

monástica. Y destacábase enfrente, atribuida al pincel del Tintoretto,

la arrogante imagen del joven caballero gascón vizconde Guy de la

Ferronière, que cayó prisionero del emperador en la batalla de Pavía.

Embajador más tarde ante Carlos V, aunque por unas semanas, en rápida

misión secreta, habíase enamorado y casado con una española, doña

Bárbara de Aldao. De cuyo matrimonio naciera doña Mencía, la que fue

segunda duquesa de Sandoval, por casarse con el primogénito de don

Fernando y doña Brianda. Doña Bárbara, doña Mencía y su esposo y demás

ascendientes de ese tronco no estaban representados en la galería del

salón. En cambio, hechizaban los ojos de demonio de un ángel pintado por

Goya. Este ángel era una mujer descendiente de los nombrados,

tía-tatarabuela de Pablo, llamada doña Inés de Targes y Cabeza de Vaca,

dama admirable que trastornaba los afeminados corazones de los

palaciegos de Carlos IV y María Luisa. Diz que el mismo príncipe de la

Paz se enamorara de ella, y que el rey, a pesar de las insinuaciones de

la reina no llegó nunca ni a fruncir el ceño ante su triunfante belleza.

Al verla, Pablo no pudo menos de sonreír con intensa ternura, lo que tal

vez no le ocurriera desde que profesara su hermana...

Pasándose largas horas, bajo la escasa luz de la última bujía que duraba

encendida, acabó el joven por familiarizarse con el raro caso de

aquellas figuras que se movían y hasta hablaban...

--Vamos, yo os agradezco vuestros saludos--les dijo,--y os invito a que

bajéis de vuestros cuadros, a tomar conmigo una copa de vino Oporto. Lo

tengo bastante bueno, del que olvidara en la bodega mi tío, que en paz

descanse. Esto os reconfortará y servirá de distracción. Pues debéis

sentiros un tanto aburridos de estaros quietos tantos años y hasta

siglos colgados de las paredes...

--Aceptamos--repuso en seguida don Fernando.

--Todo sea a la mayor gloria de Dios--dijo fray Anselmo, el dominico.

--«C'est gentil!»--exclamó el vizconde de la Ferronière.--«J'en meurs

pour le bon vin du Porto, et de Bourgogne aussi.» ¡Gracias, gracias!

--Has tenido una piadosa idea, mi querido nieto, digna de la generosa

hospitalidad de tus abuelos--articuló la voz de doña Brianda.

Y doña Inés nada dijo, pero sonrió con tal encanto a su sobrino-nieto,

que su sonrisa era una flecha de amor...

Recibida con tanto gusto la invitación, Pablito se adelantó hacia su

noble antepasado don Fernando, tendiéndole la mano para que descendiese

el primero. El anciano tomó formas corpóreas, y saltó del cuadro al

suelo con la agilidad de un hombre acostumbrado a los hípicos ejercicios

de combate. Su joven descendiente, con una rodilla en tierra, le besó la

velluda y callosa diestra, que midiera su fuerza alguna vez con el mismo

Francisco I.

Luego ayudó al inquisidor, quien, materializado a su vez, se persignó y

masculló alguna oración en ininteligible latín.

Doña Brianda, tocándole inmediatamente el turno, descendió con

dificultad, por sus años y su respetable peso de matrona española. Hasta

parece que se dislocó un poco el tobillo izquierdo, sin que el dolor le

impidiera acomodarse el zapato con serio y recatado ademán, dando

amablemente las gracias a Pablito.

Al contrario, la bella doña Inés sólo apoyó ligeramente su mano en el

hombro del joven duque, y saltó con tanto salero y coquetería, que el

mismo gran maestre don Fernando hubo de sonreírle.

Por fin, el vizconde de la Ferronière, tocando apenas y como por broma

la cabeza de Pablo, bajó con la elegancia de un gimnasta. Riose

francamente, y exclamó, luego, con marcado acento gascón:

--«Mais, c'est drôle!» Ya se me había dormido la pierna derecha de estar

tanto tiempo en la incómoda postura en que me puso en el lienzo ese

«brigand» de Tintoretto. ¡Si estuviera aquí, ya le calentaría un poco

las orejas!

Altamente turbado, Pablo no sabía cómo hacer los honores de su casa...

El vizconde intervino, muy oportunamente:

--¿Y no nos habías ofrecido buen vino de «Bourgogne»... o de «Porto»?

--Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseáis, caballero...

--¡Eh! Yo no soy español. Puedes tutearme, muchacho. Los franceses,

entre iguales, nos tratamos como iguales.

Dejando instalados a sus extraños huéspedes, todos como en cuerpo y

alma, bajó Pablo a la bodega, y volvió al rato con copas de cristal y

botellas cubiertas de polvo y telaraña. Estaba pálido y tembloroso, pues

en el estado de sobreexcitación en que se hallaba, habíale asustado como

espectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.

--Vamos, tranquilízate, «mon cher»--le dijo el gascón.--¿Te han

aterrorizado las ratas del sótano? En mi tiempo, los jóvenes eran más

animosos. Cuando yo tenía quince años...

--Dejad vuestra historia para otro momento, vizconde, si os place. Ahora

beberemos--interrumpió con serena autoridad don Fernando.

--Tenéis razón, querido consuegro. Bebamos a la salud del último duque

de Sandoval.

Y el mismo gascón descorchó las botellas y sirvió a los presentes con

gallarda alegría. Entonces pudo ver Pablo que las cinco visitas habían

tomado completa posesión de su casa. Encendidas nuevas luces, estaban

diseminadas por la sala, en familiares posturas y cómodos sitiales. El

único que permanecía en un rincón, fosco y como inspirado, era fray

Anselmo.

--Yo me siento aquí tan a «mon aise», como si estuviese «chez

moi»--decía el gascón.--Siempre me encontré bien en España, porque si

los españoles son un poco orgullosos, también son valientes, valientes

como los mismos franceses. ¡Y nunca vi mujeres más lindas que las de

España!--Doña Inés agradeció con su mejor sonrisa, mientras proseguía el

vizconde:--¡Sobre todo, que las mujeres de España cuando tienen también

su poquito de sangre francesa, como mi nieta doña Inés!

--No seáis adulador, vizconde--repuso ésta, irónicamente.--Tal vez si me

vierais bajo mi estatua yacente que está en la catedral de Ávila...

--Estos franceses--murmuró doña Brianda, con la severidad de una

dueña,--más que galantes, parecen deschabetados.

--El hecho es--dijo don Fernando a Pablo, como para cortar la

conversación,--que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremos

algún tiempo de tu castellana hospitalidad.

Aquí se oyó la gruesa voz del fraile, con entonación casi iracunda:

--No es por encontrarnos bien por lo que nos quedaremos un tiempo en

vuestra casa, joven duque, sino para cumplir un designio de Dios. Él nos

dio la vida, Él nos la quitó, Él nos la devuelve hoy. No somos más que

instrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a cumplir

una grande acción en su pueblo predilecto, el reino católico.

--Amén--agregó doña Inés, más devota que burlona.

--Para servir mejor a mi Dios--continuó el fraile,--permitidme que me

retire a mi habitación... No tenéis por qué incomodaros acompañándome,

joven duque; yo conozco el aposento que me destináis y puedo ir solo y

abrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las puertas. Buenas

noches.

--Buenas noches, padre--repuso a coro la compañía.

Y fray Anselmo se retiró, haciendo sonar entre sus magros dedos las

gruesas cuentas negras del rosario que pendía en la cintura de su hábito

blanco.

--Es uno de los más preclaros varones de nuestra casa, un verdadero

santo--exclamó con unción doña Brianda.

--¿Está limpia y ventilada la habitación que se le destina?--preguntó

zumbonamente el gascón.

--Hace algún tiempo que no se abre...--repuso Pablo.

--Algún tiempo... un par de añitos, por lo menos... Pues en tal caso, si

el fraile pasa la noche de rodillas, «saperbleu!», se va a ensuciar su

hábito blanco, y cuando vuelva al retrato, dará asco.

Doña Inés lanzó una alegre carcajada; doña Brianda estiró su labio con

una mueca de desdén y de fastidio...

--Tantas veces os dije, vizconde--observó don Fernando,--que en España

no debéis nunca burlaros o hablar ligeramente de sacerdotes y cosas de

religión...

--Sois insufrible, caballero--aseguró a Guy doña Brianda.

--¿Cuándo aprenderéis a estaros con juicio?--preguntole el primer duque

de Sandoval.

--¿Cuándo? ¿Y todavía me lo preguntáis? ¿No me he pasado tres siglos

quieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin moverme, sin

pediros en préstamo ni un maravedí, mi querido consuegro, sin haceros

una guiñada, «sage comme une image»? ¡Bien sabéis que muchas veces me

ha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni a

escondidas he desprendido la mano de la cintura para rascarme!

--Lo cierto es que mi abuelito el vizconde--intervino graciosamente doña

Inés--debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro, habiendo llevado

antes una vida tan divertida en Gascuña, en París y hasta en Toledo. ¿Os

distraíais recordando vuestras aventuras?

--A veces, cuando no flechaba el corazón de la respetable matrona que

tenía en frente--repuso Guy, aludiendo a doña Brianda.

--Estáis faltando a una dama... ¡y a una dama de vuestra familia!--clamó

indignada la aludida.

--Pensad más bien en vuestros pecados, vizconde--dijo gravemente don

Fernando,--para que Dios os perdone en el día del juicio final.

--Felizmente, don Fernando, todavía llevo la espada al cinto para pelear

al Demonio si se atreve conmigo--repuso gallardamente el gascón,

desnudando su toledano estoque y acometiendo con él a un enemigo

invisible... Cuando lo volvió a envainar, agregó, decidor:--Pero es

ridículo que no aprovechemos estas cortas vacaciones y que, mientras

pudiéramos divertirnos, nos quedemos aburriéndonos aquí, con las

solemnes caras de tontos que teníamos en los retratos... ¡Bebamos por

mis pecados!

--¡Por vuestros pecados!--exclamó indignada doña Brianda.

--No, por el perdón de los pecados de abuelito el vizconde--intercedió

seductoramente doña Inés.

--Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre consuegra, por el amor de

nuestros hijos--solicitó galantemente Guy de la Ferronière a doña

Brianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendió la mano para que

la besara.--Bastante reñimos ya en el siglo XVI, para que volvamos a las

andadas. La cosa no nos divertiría ahora, porque ya no tiene novedad.

¿No es cierto?

Suspiró doña Brianda dignamente, por única respuesta. Y todos bebieron

después; todos menos uno, el anfitrión, pues no le alcanzaron las copas,

habiendo él roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para que sirviera el

vizconde...

--No os apuréis por eso, amado sobrino--díjole doña Inés, tendiéndole su

propia copa, después de haber sorbido en ella dos o tres traguitos.

Bebiose el joven el resto, y sintió mirando a su bella tía, que un fuego

interno le abrasaba, como si el añejo Oporto fuera un filtro de amor.

--Parece que nuestro querido sobrino no pierde el tiempo--observó

maliciosamente el vizconde, refiriéndose a doña Inés y al joven

duque.--Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimos

nuestros músculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron los

pintores. Para desentumecernos nos vendría muy bien danzar un poco. ¿No

tienes por acá un laúd?

--¡Bailar! ¡Excelente idea!--interrumpió palmoteando doña Inés.--Ahí no

sé por qué capricho, pues yo nunca amé la música ni supe tocar una nota,

me ha puesto Goya un laúd sobre una consola, en el fondo de mi cuadro.

¡Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!

Guy tomó en efecto el indicado laúd, sentose sobre una mesa y preludió

unos bonitos acordes. Se formaron en seguida dos parejas, una de don

Fernando y doña Brianda y la otra de doña Inés y Pablo, y pusiéronse a

bailar pausada y alegremente. Sin saber por qué, Pablo pensó de pronto

en la sorpresa que sufriría su hermana si pudiese verlo en tan curiosa

compañía, ¡y en las caras que pondrían, si lo vieran, su confesor, y sus

primos, y sus acreedores, y sus arrendatarios! Este pensamiento le causó

tal alborozo, que se puso a reír como si le hicieran cosquillas.

--Estáis alegre, sobrino--le observó doña Inés.

--¿Cómo podría yo estar a vuestro lado, mi tía, sino contento con la

felicidad de veros?

El gascón, que había oído muy bien, intervino:

--¿Qué decís?... ¡Más despacio, jovenzuelos! Hace apenas media hora que

os tratáis... Esperad siquiera a estar solos, que faltáis al respeto a

vuestros mayores.

Y sin más ni más, tiró el laúd, levantose, dio dos o tres volteretas, y

besó en las mejillas a doña Brianda y a doña Inés. Doña Brianda se

limpió el beso con el pañuelo de encajes; pero doña Inés miró sonriendo

amablemente a Pablo, como invitándole a que hiciera otro tanto... Todos,

hasta la anciana duquesa, parecían de buen humor, y siguieron luego

danzando y riendo... Mas de pronto, como convidado de piedra, se

apareció en el dintel de la puerta la imponente figura de fray Anselmo.

Y habló:

--Vergüenza me da contemplaros y pensar que sois de mi sangre y de mi

raza, ¡oh humanas criaturas! Tenéis apenas, por divina gracia, horas o

días, de una vida especial, y en vez de aprovecharla en la oración y el

recogimiento, armáis una batahola del infierno, interrumpiendo mis

santas meditaciones. ¿No os dije que Dios nos llama a portentosa obra?

Dejad de revolcaros en el fango de la concupiscencia y de la

imprevisión, y seguidme a la capilla, que Jesús nos espera, con los

brazos abiertos y tendidos.

No sin echar antes una melancólica mirada al fondo desierto de sus

respectivos cuadros, todos siguieron al fraile, como dominados por su

ojo aquilino. Llegaron en solemne y lenta procesión, después de cruzar

varios corredores, a la gótica capilla del palacio, que parecía

aguardarlos con sus mortecinas luces encendidas. Se descubrieron.

Entraron. Persignáronse. Y fray Anselmo subió al púlpito, desde el cual

proclamó, con su calurosa palabra de vidente, la necesidad de extirpar

en España hasta las últimas raíces de herejía, si se deseaba salvar el

reino... Tan extraña y arrebatadora fue su elocuencia, que todos

lloraron. Hasta el vizconde, si bien en su llanto parecía haber un poco

de risa, porque durante el sermón, con un alfiler y una tirilla de papel

que encontrara por casualidad en el suelo, había prendido una pequeña

cola en las abultadas polleras de doña Brianda. Por suerte, nadie

advirtió su impiedad, «nadie--diría fray Anselmo,--¡menos Dios!»

Terminado el sermón, el dominico bajó del púlpito, y se dirigió al

altar... Interrumpiole el vizconde, antes de que se arrodillara:

--Padre, todos nos sentimos un poco fatigados de haber estado nada más

que la friolera de unos doscientos o trescientos años metidos en

nuestros cuadros... ¿No podríamos dejar para mañana nuestras devociones,

e irnos ahora a estirar nuestros cuerpos en las frescas y finas sábanas

de Holanda que nos ha de ofrecer el joven duque?

El fraile ni se dignó responder, prosternándose ante el ara...

--«Ces spagnols catholiques son entêtés comme des huguenots!»--murmuró

entonces el gascón.

Y comenzó el rosario. Fray Anselmo iniciaba las Avemarías, que luego

coreaban sus catecúmenos. Era interminable aquel rosario... Atraído por

las luces y la curiosidad, entró en la capilla un gato negro, familiar

de la casa. Pensó el dominico que el animal fuera una encarnación del

demonio mismo, y se disponía a hisoparlo... Pero como el gato era muy

manso, restregose contra las pantorrillas de Guy, el primero que topara.

Y Guy aprovechó la oportunidad para pisarle la cola y hacerlo mayar, con

gran refocilamiento de doña Inés... Huyó atemorizado el gato, terminó el

dominico su rosario, y Pablo despidió a sus huéspedes, instalándolos en

sus respectivas habitaciones. Tiempo era, pues la aurora se desperazaba

ya en el horizonte, y pronto empezaría el tragín de la mañana.

Satisfecha el alma por el santo cumplimiento de sus devociones, y

satisfecho el cuerpo por los varios tragos de viejo Oporto que se echara

entre pecho y espalda, durmió muy bien el joven duque. No hay para qué

decir si los demás dormirían a gusto en las «finas y frescas sábanas de

Holanda», que dijera Guy. Hasta fray Anselmo las aprovechó, a pesar de

haber anunciado que prefería una tarima y aun el duro suelo... ¡Estaban

todos tan cansados!

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 14 / 47 题