Una mañana el maestro llamó con gran urgencia á Cotoner, y éste se
presentó, mostrándose alarmado por los términos del aviso.
--No es nada grave--dijo Renovales.--Necesito que me digas dónde fué
enterrada Josefina. Quiero verla.
Era un deseo que se había formado lentamente en su pensamiento durante
varias noches; un capricho de las interminables horas de insomnio que
arrastraba en la obscuridad.
Hacía más de una semana que se había trasladado al dormitorio grande,
escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que asombró á la
servidumbre, las sábanas más usadas, las que evocaban con sus bordados
los antiguos recuerdos. No encontró en estos lienzos aquel perfume de
los armarios que tanto le perturbaba; pero algo había en ellos, la
ilusión, la certeza de que su tejido había rozado muchas veces la carne
querida.
Renovales, después de exponer su deseo á Cotoner, sobriamente y con
gesto duro, creyó necesario excusarse. Era vergonzoso que él no supiese
dónde estaba Josefina; que no hubiera ido aún á visitarla. El dolor de
su muerte le había dejado sin voluntad... después, ¡el largo viaje!...
--Tú corriste con todo, Pepe; tú arreglaste el entierro. Dime dónde
está; llévame á verla.
No se había preocupado hasta entonces de los restos de la muerta.
Recordaba el día del entierro, su dolor teatral, que le había hecho
permanecer en un rincón del estudio, con la cara oculta entre las manos.
Los amigos íntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro,
vestidos de negro y con tristeza fúnebre, le cogían una mano apretándola
con efusión. «¡Valor, Mariano! ¡Ánimo, maestro!» Y fuera del hotel un
patear incesante de caballos; la verja negra de apretada muchedumbre;
los carruajes en doble fila hasta perderse de vista; los _reporters_
yendo de un grupo á otro, inscribiendo nombres.
Todo Madrid estaba allí... Y se la habían llevado al lento paso de unos
caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la muerte, con blancas
pelucas y doradas cachiporras; y él no se había acordado más de ella, no
había sentido la curiosidad de conocer el rincón fúnebre, donde se
ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la
tierra, bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearían sobre
sus pobres huesos. ¡Ah, malvado! ¡Ah, miserable, por el más afrentoso de
los olvidos!...
--Dime dónde está, Pepe... Llévame; quiero verla.
Suplicaba con la vehemencia del remordimiento: quería verla en seguida,
cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide á gritos la
absolución.
Cotoner accedió á este viaje inmediato. Estaba en el cementerio de la
Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Sólo iban á él los
que tenían tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo. Cotoner
había querido enterrar á la pobre Josefina cerca de su madre, en el
mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al
«malogrado genio de la diplomacia». Quiso que descansase entre los
suyos.
En el camino, Renovales sintió cierta angustia. Veía pasar con ojos de
sonámbulo, al través de los vidrios del carruaje, las calles de la
población: después bajaban una rápida cuesta; jardines mal cuidados, en
los cuales, junto á los árboles, dormitaban vagabundos ó se peinaban
mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios míseros con casuchas
de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de
cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmóreos, ángeles
extendiendo las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces,
flameros montados sobre trípodes, y un cielo límpido, de intenso azul,
que parecía reir con indiferencia sobrehumana de la emoción de aquella
hormiga que se apellidaba Renovales.
Iba á verla; á poner sus plantas en la misma tierra, última sábana de
su cuerpo; á aspirar un aire en el que subsistía tal vez algo de aquel
calor, que era como la respiración del alma de la muerta. ¿Qué la
diría?...
Al entrar en el camposanto miró al guardián, un hombre feo, lúgubre, con
una palidez amarillenta y grasosa de blandón. ¡Aquel hombre vivía á
todas horas cerca de Josefina!... Sintió un impulso de generosidad, de
agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su acompañante, para no
entregarle todo el dinero que llevaba encima.
Sus pasos resonaron en el profundo silencio. Sintiéronse rodeados de la
rumorosa calma de un jardín abandonado, en el que eran más los kioscos y
las estatuas que los árboles. Anduvieron bajo ruinosas columnatas que
repercutían sus pasos con extraño eco; sobre losas que devolvían la
sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos
y obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento
de vida.
Los muertos que dormían allí estaban bien muertos, sin la leve
resurrección del recuerdo, en completo abandono, consumiéndose en la
podredumbre universal, anónimos, separados por siempre de la vida, sin
que de la inmediata colmena de gentes viniese nadie á reanimar con
llantos y ofrendas la efímera personalidad que tuvieron, el nombre que
les rotuló por un instante.
Las coronas pendían de las cruces, negras, deshilachadas, con un
hervidero de insectos en sus briznas. La vegetación exuberante y
monótona, libre del martirio de los pasos, se extendía por todas partes,
desuniendo con sus raíces las piedras de las tumbas, haciendo saltar los
peldaños de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su lenta
filtración, producían desplomes del terreno. Algunas losas se
cuarteaban, dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor
de tierra mojada y estiércol cocido.
Había que andar con cierta precaución, temiendo que el terreno sonoro y
hueco se abriese de pronto: había que evitar repentinas depresiones, en
las cuales, junto á una lápida hundida de canto, con letras de pálido
oro y nobiliarios escudos, asomaba un cráneo pequeño, de débil osamenta;
el armazón de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro
portal de sus órbitas un rosario de hormigas.
El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de una decepción
inmensa, dudando de sus más grandes entusiasmos. ¡Y esto era la vida!...
¡Y así acababa la humana belleza! ¡Para esto serviría el receptáculo de
hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y allí iría á parar
con toda su soberbia!...
--Aquí es--dijo Cotoner.
Se habían metido entre unas filas de tumbas apretadas, rozando, al
pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y caían á su
contacto.
Era una sepultura sencilla, una especie de féretro de blanco mármol,
que se elevaba unos dos palmos sobre el suelo, llevando en su parte
superior un alto remate, semejante á la cabecera de una cama, y
terminado por una cruz.
Renovales permaneció frío. ¡Allí estaba Josefina!... Leyó varias veces
la inscripción, como si no pudiera convencerse. Era ella; las letras
reproducían su nombre, con una breve lamentación del marido
inconsolable, que á él le pareció falta de sentido, artificial,
vergonzosa.
Había venido pensando, con estremecimientos de inquietud, en el terrible
momento de descubrir el último lecho de su Josefina. ¡Sentirse cerca de
ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo! No podría
resistir este trance; lloraría como un niño, caería de rodillas,
sollozando con angustia de muerte...
Y bien; ya estaba allí: tenía la tumba ante sus ojos, y sin embargo,
permanecían secos, miraban en torno, fríamente, con extrañeza.
¡Allí estaba!... Lo creía por la afirmación de su amigo, por aquel
rótulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le avisaba la
presencia de la muerta. Permanecía insensible, mirando con curiosidad á
las inmediatas sepulturas, sintiéndose en su interior un monstruoso
deseo de burla, no viendo en la muerte más que su mueca sardónica de
bufón de la última hora.
Á un lado, un señor que descansaba bajo el interminable catálogo de sus
títulos y condecoraciones; una especie de conde de Alberca, que se
había dormido en la solemnidad de su grandeza, esperando el trompetazo
del ángel para comparecer ante el Señor con todos sus pergaminos y
cruces. Al otro, un general que se pudría bajo un mármol grabado de
cañones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto á la
muerte. ¡En qué burlesca promiscuidad había venido á acostarse Josefina,
para dormir su último sueño! Al través de la tierra mezclábanse los
jugos de todos aquellos cuerpos, se unían y amalgamaban, con el
definitivo beso de la nada, sin haberse conocido durante la vida. Ellos
eran los últimos dueños de su cuerpo, los eternos y definitivos amantes;
se la arrebataban en su presencia y para siempre, indiferentes á las
preocupaciones efímeras de los vivos. ¡Ay la muerte! ¡Que burlona atroz!
¡Qué cinismo frío el de la tierra!...
Sentía disgusto, tristeza, asco, de la insignificancia humana... pero no
lloraba. Sólo tenía ojos para lo externo y lo material; para la forma,
preocupación constante de su pensamiento. Al verse ante la tumba,
apreció únicamente su vulgar humildad, con cierta vergüenza. Era su
mujer: la esposa de un gran artista.
Pensó en los escultores más célebres, todos amigos suyos: hablaría con
ellos; labrarían una sepultura imponente, con estatuas lacrimosas y
originales símbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un
sepulcro digno de la compañera de Renovales... Y nada más; su
pensamiento no iba más allá; su imaginación no podía traspasar la dureza
del mármol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y
vacia: en el ambiente no había nada que hablase al alma del pintor.
Permaneció insensible, sin que le turbase emoción alguna, sin dejar de
ver un solo instante la realidad. El cementerio era un lugar feo,
triste, repugnante, con su atmósfera de pudridero. Renovales creía
percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que
inclinaba el puntiagudo plumero de los cipreses, que movía las viejas
coronas y el ramaje de los rosales.
Miró con cierta hostilidad al silencioso Cotoner. Éste tenía la culpa de
su frialdad. Su presencia le cohibía, impidiendo toda efusión. Aunque
amigo, era un extraño; un obstáculo entre él y la muerta. Se interponía
entre los dos, impidiendo aquel diálogo mudo de amor y perdón con el que
venia soñando. Volvería sin su acompañante. Tal vez el cementerio fuese
distinto en la soledad.
Y volvió: volvió al día siguiente. El guardián le hizo un saludo amable,
adivinando un parroquiano de los que proporcionan ganancias.
El cementerio le pareció más grande, más imponente, en el silencio de
una mañana tranquila y luminosa. No tenía con quién hablar, no oía otro
ruido humano que el de sus propios pasos. Subía escalinatas, atravesaba
galerías, dejando tras él su indiferencia, pensando, con inquietud, que
cada vez se separaba más de los vivos, que la puerta, con su empleado
sórdido, estaba ya lejos, y que él era el único viviente, el único que
pensaba y podía sentir miedo, en aquella ciudad lúgubre de miles y miles
de seres, envueltos en un misterio que les hacía imponentes, entre los
ruidos sordos y extraños de ese más allá que espanta con su negrura de
abismo sin fondo.
Al llegar ante la tumba de Josefina, se quitó el sombrero.
Nadie. Los árboles y los rosales se estremecían bajo el viento, hasta
perderse de vista en las encrucijadas de los panteones. Unos pájaros
piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida, rasgando el
susurro de la solitaria vegetación, esparcía cierta tranquilidad en el
espíritu del pintor, borraba el miedo infantil que había sentido antes
de llegar allí, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.
Permaneció mucho tiempo inmóvil, abstraído en la contemplación de
aquella caja de mármol, partida oblicuamente por la luz del sol; una
parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la
sombra. De pronto se estremeció, coma si despertase oyendo una voz... La
suya. Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar á gritos
su pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio
mortal.
--Josefina, soy yo... ¿Me perdonas?...
Era una ansia infantil de oir la voz del más allá, derramando sobre su
alma un bálsamo de perdón y olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar,
de empequeñecerse, de que ella le escuchase, de que sonriera desde el
fondo de la nada, viendo la gran revolución que se había operado en su
espíritu. Quería decirla--y se lo decía mudamente, con el lenguaje de la
emoción--que la amaba, que había resucitado en su pensamiento, ahora que
la había perdido para siempre, con un amor que no tuvo nunca pura ella
en su existencia terrenal. Sentíase avergonzado de verse ante su tumba;
avergonzado de la desigualdad de su suerte.
Le pedía perdón de vivir, de sentirse vigoroso y joven todavía, de
amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la había dejado partir
indiferente y frío, con el pensamiento en otra mujer, esperando su
muerte con el más criminal de los anhelos. ¡Miserable! ¡Y él estaba en
pie! ¡Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y
deshecha en las entrañas de la eterna insaciable!...
Lloraba: lloraba, por fin, con esas lágrimas cálidas y sinceras que
atraen el perdón. Era el llanto por tanto tiempo deseado. Ahora sentía
que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que sólo les
separaba una lámina de mármol y alguna tierra. Veía con la imaginación
sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre
epílogo de una vida, y los amaba, los adoraba con una pasión serena, por
encima de las miserias terrenales. Nada de lo que había sido Josefina
podía causarle repugnancia ni horror. ¡Si él pudiera abrir aquella caja
blanca! ¡Si pudiera besar los últimos escombros del cuerpo adorado,
llevárselos con él, para que le acompañasen en su peregrinación, como
las divinidades domésticas délos antiguos!... Ya no veía el cementerio;
no oía los pájaros ni el susurro de las ramas; creía vivir en una nube,
sin contemplar otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la
marmórea caja, último lecho del adorado cuerpecillo...
Ella le perdonaba: su cuerpo surgía ante él, tal como había sido en su
juventud, como había quedado en los lienzos pintada por su mano. Su
mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de amor.
Le parecía oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que reía,
admirando pequeñas insignificancias, en la época feliz. Era una
resurrección; la imagen de la muerta estaba ante él, formada, sin duda,
por moléculas invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por
algo de su esencia vital que aún aleteaba en torno de los restos
materiales, con cierto retardo de dolorosa despedida, antes de emprender
la carrera á las profundidades de lo infinito.
Su llanto incesante seguía derramándose en el silencio, con una
profusión de dulce desahogo: su voz, entrecortada por los suspiros,
hacía callar á los pájaros infundiéndoles momentáneo pavor. «¡Josefina!
¡Josefina!» Y el eco de estos lugares sonoros contestaba con rugidos
sordos y burlones, desde las lisas paredes de los mausoleos, desde el
término invisible de las columnatas.
El artista, con impulso irresistible, pasó una pierna sobre las cadenas
enmohecidas que rodeaban la tumba. ¡Sentirla más cerca! ¡Suprimir la
corta distancia que los separaba! Burlar á la muerte con un beso de amor
resucitado, de intenso agradecimiento por el perdón!...
El cuerpo enorme del maestro cubrió la blanca caja, abarcándola en sus
brazos extendidos, como si quisiera desprenderla del suelo y llevársela
con él. Sus labios buscaron ansiosos la parte más alta de la losa.
Quiso adivinar el sitio que cubría el rostro de la muerta, y entre
rugidos de fiera herida, comenzó á besarlo, moviendo su cabeza, como si
quisiera estrellarla contra el mármol.
Una sensación en los labios de piedra caldeada por el sol; un sabor de
polvo, insípido y repulsivo, se extendió por su boca. Renovales se
incorporó, se puso de pie, como si despertase, como si resurgiese de
pronto el cementerio, hasta entonces invisible. El lejano hedor de carne
chamuscada volvió á herir su olfato.
Ahora veía la tumba, como la había visto el día anterior. Ya no lloraba.
La inmensa decepción secó sus lágrimas, mientras en su interior sentía
acrecentarse el ansia del llanto. ¡Horrible despertar!... Josefina no
estaba allí; en torno de él sólo existía la nada. Era inútil buscar el
pasado en el campo de la muerte. Los recuerdos no podían prender en
esta tierra fría, conmovida en sus entrañas por el pulular del gusano,
por el hervor de la materia en putrefacción. ¡Ay, dónde venía á buscar
sus ilusiones! ¡De qué estercolero hediondo quería hacer resurgir las
rosas de sus recuerdos!...
Veía con la imaginación, tras aquel mármol antipático, el pequeño cráneo
con su mueca burlona, los huesos frágiles envueltos en sus últimos
andrajos de piel, y esta visión le dejaba frío, indiferente. ¿Qué tenía
él que ver con estas miserias? No; Josefina no estaba allí. Había muerto
de veras, y si alguna vez llegaba á verla no sería cerca de su tumba.
Lloraba otra vez, pero sin lágrimas exteriores, con un llanto que se
derramaba hacia adentro: lloraba la amargura de su soledad, el no poder
cambiar con ella un pensamiento. ¡Tantas cosas que tenía que decirla y
que le quemaban el alma!... ¡Cómo la hablaría, si una fuerza misteriosa
se la devolviese por un instante!... Imploraría, su perdón; se arrojaría
á sus pies, lamentando el error de su vida, el doloroso engaño de haber
permanecido junto á ella, indiferente, acariciando falsas ilusiones que
encerraban el vacío, para rugir ahora en el tormento de lo irreparable,
con la sed de un amor loco que adoraba á la muerta después de despreciar
á la viva. La juraría mil veces la verdad de esa adoración póstuma, de
este deseo excitado por la muerte. Y luego, la acostaría otra vez en su
lecho eterno y se alejaría tranquilo, con la conciencia en paz, después
de la delirante confesión.
Pero era imposible. El silencio entre ellos sería para siempre. Habría
de quedar por toda una eternidad con esta confesión en el pensamiento,
sin poder comunicársela, sintiendo su pesadez abrumadora. Ella se había
ido con el rencor y el desprecio en el alma, olvidando los primeros
tiempos de amor, y eternamente ignoraría que éstos habían tenido un
reverdecimiento después de su muerte.
No podía echar una mirada atrás; ella no existía; ya no existiría nunca.
Todo cuanto él hiciese y cuanto pensase, las noches de insomnio
llamándola con súplica cariñosa, las largas contemplaciones ante sus
imágenes, todo lo ignoraría. Y cuando él muriese á su vez, el silencio y
el aislamiento entre ambos aun se haría más grande. Las cosas que no
había podido decirla se extinguirían con él, y los dos se desmenuzarían
en la tierra, extraños el uno al otro, prolongando en la eternidad su
error lamentable, sin poder aproximarse, sin poder verse, sin una
palabra salvadora, condenados á la nada, pavorosa y sin límites, sobre
cuya dureza infinita resbalaban imperceptibles los deseos y los dolores
de las criaturas.
El artista infeliz se revolvió con la rabia de su impotencia. ¿De qué
crueldad vivían rodeados? ¿Qué burla sombría, feroz, implacable, era
aquella que los empujaba, unos hacia otros, para después separarlos por
siempre, ¡por siempre! sin que pudieran cambiar una mirada de perdón,
una palabra que rectificase sus errores y les permitiera reanudar su
eterno sueño, con nueva paz?...
La mentira; siempre el engaño en torno del hombre, como una atmósfera
protectora que le preserva en su marcha, al través del vacío de la vida.
Mentira aquella tumba con sus inscripciones: allí no estaba ella; sólo
encerraba unos despojos, iguales á todos, que nadie podría reconocer, ni
él mismo que tanto los había amado.
Su desesperación le hizo levantar los ojos al espació, de luminosa
limpidez. ¡Ah, el cielo! ¡Mentira también! Aquel azul celestial, con sus
rayos dorados y sus juegos caprichosos de nubes, era una imperceptible
película, una ilusión de los ojos. Más allá de la telaraña engañosa que
envolvía la tierra, estaba el verdadero cielo, el espacio sin fin, y era
negro, de una lobreguez fatídica, con un chisporroteo de lágrimas
ardientes, de infinitos mundos, lamparillas de la eternidad en cuya
llama vivían otros enjambres de invisibles átomos: y el alma glacial,
ciega y cruel de la tenebrosa inmensidad, reía de sus pasiones y sus
anhelos, de las mentiras que fabricaban incesantemente para acorazar su
efímera existencia, queriendo prolongarla con la ilusión de un alma
inmortal.
Todo mentiras que la muerte se encargaba de desenmascarar, cortando la
marcha á los hombres en su dulce camino escalonado de ilusiones,
echándoles fuera de él, con la misma indiferencia que sus pies habían
aplastado y puesto en fuga los rosarios de hormigas que avanzaban entre
la hierba sembrada de huesos.
Renovales sintió la necesidad de huir. ¿Qué hacía allí? ¿Qué le
importaba el desolado vacío de aquel rincón de la tierra? Antes de
alejarse con la firme resolución de no volver más, buscó en torno de la
tumba una flor, unas briznas de hierba, algo que le acompañase como
recuerdo. No; Josefina no estaba allí, bien lo sabia él; pero sintió el
anhelo de los enamorados, ese apasionado respeto por las cosas que tocó
alguna vez la mujer amada.
Despreció una mata de flores silvestres que crecía abundosa en la parte
inferior de la tumba. Las quería de cerca de la cabeza, y cogió unos
pequeños botones blancos, inmediatos á la cruz, pensando que sus raíces
habrían tocado tal vez el rostro de la muerta, que conservarían en los
pétalos algo de sus ojos, algo de su boca.
Volvió á casa desalentado, triste, con el vacío en el pensamiento y la
muerte en el alma.
Pero en la atmósfera cálida de su vivienda, la amada muerta salió á su
encuentro; la vió junto á él, sonriéndole desde el fondo de los marcos,
irguiéndose en los grandes lienzos. Renovales sintió en torno de su cara
un aliento cálido, como si aquellas imágenes respirasen á la vez,
llenando la casa con la esencia de recuerdos que parecía flotar en el
ambiente. Todo le hablaba de ella; todo lo llenaba este indefinible
perfume del pasado. Allá arriba, en la fúnebre loma, había quedado la
mísera envoltura, la corteza perecedera. No volvería más. ¿Para qué? La
sentía á su alrededor: lo que de ella restaba en el mundo, conservábase
encerrado en la casa, como queda la fuerte esencia en el pomo roto y
abandonado... En la casa, no. La muerta estaba en él, la llevaba dentro,
la percibía en su interior, como esas almas errantes de las leyendas que
se refugian en un cuerpo ajeno, pugnando por compartir la morada con el
alma señora de la envoltura. No en vano habían vivido tantos años de
existencia común, unidos primero por el amor, luego por la costumbre.
Sus cuerpos habían dormido en íntimo contacto durante media vida,
tocándose de la frente á los pies, abandonándose á la inconsciencia del
sueño, mezclando sus sudores, cambiando por los abiertos poros ese calor
de las horas intimas que es como la respiración del alma. La muerta se
había llevado una parte de la vida del artista. En sus restos, que se
desmenuzaban en la soledad del cementerio, había una parte del marido, y
éste, á su vez, sentía algo extraño y misterioso que le encadenaba al
recuerdo, que le hacía experimentar á todas horas el deseo de aquel
cuerpo, complemento del suyo, que se había desvanecido ya en la nada.
Renovales se encerró en su hotel, con aire taciturno y gesto hosco, que
infundieron miedo al criado. Si se presentaba el señor Cotoner, debía
decirle que había salido. Si llegaban cartas de la condesa, podía
dejarlas en un cacharro antiguo de la antesala, donde se amontonaban las
tarjetas inútiles. Si era ella la que se presentaba, debía cerrarle la
puerta. No quería ver á nadie: deseaba pintar sin ningún género de
distracción. La comida se la serviría en el mismo estudio.
Y trabajó solo, sin modelo, con una tenacidad que le hacía permanecer
derecho ante el lienzo, hasta que se desvanecía la luz. Algunas veces su
criado, al entrar al anochecer en el estudio, encontraba intacto el
almuerzo sobre una mesa. Por la noche, en la soledad del comedor, eran
los atracones mudos, el devorar silencioso y taciturno, por la imperiosa
necesidad animal, sin ver lo que comía, con los ojos perdidos en una
contemplación lejana.
Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria que le impedía el
acceso al estudio, presentábase por la noche y en vano intentaba
animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del maestro
una luz anormal, un estrabismo de locura.
--¿Cómo va esa obra?...
Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la vería... más adelante.
Su gesto de indiferencia repetíase al oir que le hablaba de la condesa
de Alberca. Cotoner describía la alarma de aquella señora, su asombro
por la conducta del maestro. Le había llamado para tener noticias de
Mariano, para lamentarse, con los ojos húmedos, de esta ausencia. Había
estado dos veces en la puerta del hotel, sin poder entrar; se quejaba
del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que le escribiera, que
contestase á sus cartas, repletas de lamentos y ternuras, que ella no
sospechaba cerradas aún y en profundo olvido, entre una nube de
amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento
de hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano.
--Vamos á ver á Milita--decía.--Esta noche no tiene teatro.
En su aislamiento, lo único que le ligaba al mundo exterior, era el
ansia de ver á su hija, de hablarla, como si la amase con nuevo cariño.
Era carne de su Josefina; había vivido en sus entrañas. Tenía la salud y
el vigor de él, nada en su exterior recordaba á la otra; pero su sexo
ligábala estrechamente á la imagen adorada de la madre.
Oía á su Milita en un éxtasis sonriente, agradeciendo el interés que
mostraba por su salud.
--¿Estás enfermo, papaíto? Te encuentro desmejorado. Tienes una mirada
que no me gusta... Trabajas mucho.
Pero él la tranquilizaba moviendo sus fuertes brazos, hinchando su pecho
vigoroso. Nunca se había sentido mejor. Y se enteraba, con una
minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeños disgustos de su
existencia. Su marido pasaba el día con los amigos; ella se aburría en
casa, y sólo encontraba entretenimiento en las visitas ó en las
compras. Y á continuación surgía un lamento, siempre el mismo, que el
padre adivinaba desde las primeras palabras. López de Sosa era un
egoísta, un tacaño para ella. Su vida de despilfarro, sólo alcanzaba á
sus placeres y á su persona, pretendiendo hacer economías sobre los
gastos de su mujer. La quería, á pesar de esto. Milita no osaba negarlo:
ni amantes ni ligeras infidelidades; ¡buena era ella para tolerarlas!
Pero sólo encontraba dinero para sus caballos, para sus automóviles;
hasta sospechaba que iba gustándole el juego, y su pobrecita mujer que
viviese desnuda, que llorase con interminable súplica cada vez que la
presentaban una cuenta, alguna insignificancia de mil ó dos mil pesetas.
El padre tenía para ella generosidades de amante. Sentíase capaz de
derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos años de
trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes
de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de
Josefina, triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos
papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había
penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas
salía siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos
ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegría manoseándolo
irrespetuosamente, como si fuese un niño.
--Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero!
Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompañado de Cotoner,
dijo á éste con cierto misterio:
--Ven por la mañana. Te enseñaré _aquéllo_. Aun está atrasado, pero
quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar mejor.
Después añadió con una satisfacción de artista:
--Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy otro. Me ha costado
mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás.
Y había en su voz la alegría de las dificultades vencidas, la
certidumbre de una grande obra.
Cotoner acudió al día siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad,
y entró en el estudio cerrado para todos.
--¡Mira!--dijo el maestro con ademán soberbio.
El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en un caballete; un
lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y
sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisión
ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha de
colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de
mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.
Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado realmente el gran
artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un pintor
insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la
torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negándose á entrar en
el molde de la forma. Saltaba á la vista la inverosimilitud de los
rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su
grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez
luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una
mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía
traspasar el lienzo.
--Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la
cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una desnudez
divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú!
El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extrañeza al pintor,
asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.
--Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad delante!--continuó el
maestro.--No he tenido más guía que _esos_: pero es el mejor, el
definitivo.
_Esos_ eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes,
colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en
torno del lienzo empezado.
El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir más tiempo, vencido
por la sorpresa:
--¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á Josefina!
Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién
había de ser? ¿Dónde tenía los ojos? Y su mirada iracunda trastornó á
Cotoner.
Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella, con una belleza que
parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese
á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se
hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral.
Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus
rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que venía de dentro y
cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraña.
--¡La reconoces por fin!--dijo el maestro, que seguía ansiosamente la
impresión de su obra en los ojos del amigo.--¿Es ella? Di, ¿no te parece
igual?
Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era ella; por fin la veía
bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina nunca había sido
así.
Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y lástima. ¡Pobre Cotoner!
¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había podido salir de la
muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la del
estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!...
No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor
retrato; el más exacto.
Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba sólo con recogerse
en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los demás la
tenían olvidada. Así la veía... y así había sido.