IV

Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con

el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras

hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de

ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el

prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del

apodo de _Bonito en escabeche_.

El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y

deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se

enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria

conquistada por su padre.

La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro,

elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta

personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio.

Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron

convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de

objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas

de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla

con palidez de envidia.

La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como

si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor

Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había

visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su

amistad con el maestro.

La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus

estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy

satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la

Iglesia.

Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase,

hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de

antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los

objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y

limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su

importancia religiosa.

Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre

maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á

Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los

marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban

formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se

balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada,

excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de

la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza,

que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en

aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los

criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos

en fundas charoladas.

De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre

la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes,

cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las

insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba

con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su

amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían

más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de

que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de

Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos

mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno,

pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas

que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los

teatros estaban cerrados...

Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el

Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un _barbián_, todavía joven,

al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro

palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á

los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas,

satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón,

disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.

En un estudio los músicos y las mesas para el _lunch_. Las otras naves

para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el

altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y

relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin

devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían

las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos

cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el

ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El

suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas.

Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de

más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones

blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras

griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías

de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de

antigüedades.

De pronto Cotoner dió un paso atrás, como escandalizado. ¡Qué

distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!... En el fondo

del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera,

y recibiendo directamente la luz de ésta, destacábase una mujer enorme,

blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el

saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza soberbia de mármol

que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza parecía

desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros

objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos

artistas, habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su

desnudez, que parecía más insolente y triunfadora al convertirse el

estudio en oratorio.

Cotoner rompió á reir.

--¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen dicho las señoras! Mi

amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta intención, pues

te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar á

esta dama.

Encontraron, después de mucho buscar en el desorden de los estudios, una

tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la

extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los pies, y

allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.

Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la verja, sonaba el piafar

de los caballos y el estrépito de las portezuelas al cerrarse. Lejos

rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el vestíbulo

sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de

un lado á otro recogiendo los abrigos y poniéndoles números como en los

teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa.

Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó luengas patillas,

vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía,

encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que

llegaban con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los

hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.

El maestro sentíase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta

ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos, como una

música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos

al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían por

su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser

vistos que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de

gran gala. Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran

_lunch_ que parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre

impreso al día siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún

periódico de _monos_. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.

Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadiéndolo

todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus

máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que guardaban cierto

resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les había

costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su

rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran señor... Y Renovales

iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo cortesías, hablando

con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante un momento

que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol,

cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la

multitud admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las

esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad

del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada

fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios!

¡Y cómo había subido!... Sentía agradecimiento hacia aquella gente rica

y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzábase por que nada la

faltase y abrumaba á Cotoner con sus recomendaciones. Éste se revolvía

contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto

estaba dentro, cerca de los invitados. Debía dejarle á él, que sabía sus

obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano, daba órdenes á los

criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole una mirada

para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»

Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un pasillo de la

servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los

invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con

retraso las últimas remesas del _lunch_, y avanzaban entre la

concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes

cestos de mimbres.

Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de

felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida: después una sotana de

seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras dos, negras y

modestas.

--_¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene? ¿Va bene?_

Le besó la mano, arqueándose con una gran reverencia, y después de

enterarse de su salud con ansioso interés, como si no le hubiese visto

el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los salones llenos

de gente.

--¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!

Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar

las potestades, cesaban de reir, de hablar con las señoras, y se

inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y pálida,

una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo.

Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un

prelado distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la

vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo

negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.

Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la

apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban ávidas en su

mano, mientras él contemplaba con ojos enigmáticos la fila de nucas

adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía avanzando, abriéndole

paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infundía su

ilustre amigo el _barbián_. ¡Qué gran cosa la religión!...

Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto donde se desnudaban y

vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera, discretamente; pero á

cada instante salía en su busca uno ú otro de los familiares,

jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que

consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje.

Llamaban al _signore_ Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar

ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio,

para evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las

modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.

En los salones se arremolinó la concurrencia; cesaron las conversaciones

y una avalancha de gente, después de agolparse ante una puerta, se abrió

dejando paso.

Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un imponente señor, que era el

padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el

velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro color vivo que

el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios.

Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la

fiesta y de ser ella su principal objeto. Después pasaba el novio, dando

el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más pequeña que nunca,

encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande, aturdida por

este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.

¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa entrada: estaba

ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un extremo del

salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido

tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca

llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el

aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba

también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su

vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.

--Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le van á llamar abuelo.

Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras

compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar á la condesa, se

sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios estaban en el

altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permanecía

vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada

distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio,

rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarrolló

una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de

habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas

ajadas.

Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas, comenzó á entonar

una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas.

Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los

invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á

Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella

muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer

romano sabía ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita

tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo

de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía

la misma emoción que si se le casase una hija; ¡él, que no había tenido

ninguna!

Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de

las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en él,

con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la masa

de señores que llenaba la puerta.

Hubo un momento en que el pintor atendió á la ceremonia. ¡Cuán larga

era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al altar, avanzaba

algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si

fuese á hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano

comenzó á sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante,

vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con otras de su idioma.

Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta animación

oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante de

las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya

conocía sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama

universal: de un artista.

Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecíase, como si elogiase su

propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida

transcurrida entre las espléndidas decoraciones semipaganas del

Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras esta

afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de

muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de

sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad

cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á

las puertas de la vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la

muerte. El pintor bajó la cabeza, temiendo encontrar las miradas

burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la

cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner creyó del caso apoyar

con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.

Después la orquesta tocó ruidosamente la _Marcha nupcial_, de

Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás, abalanzáronse

las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas á

gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién llegaría

antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal.

Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió

con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre

los grupos. La novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos

femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caían sobre ella con

interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. ¿Ya

no quedaba más? ¿Realmente estaba casada?...

Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con cierta impaciencia

entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de

sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un peligro.

--Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á respirar. Esto está

imposible.

Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró entre las gentes que

se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, á

la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo que él creía;

buscaba á la otra.

--¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda de Milita!...

Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga,

corrió á ella. «¡Querida! ¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y

la besó ruidosamente, con grandes transportes de efusión. La mujercita

sólo tuvo un intento de resistencia; pero se entregó, desalentada,

sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educación.

Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No odiaba

á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible,

la verdadera, estaba dentro de él.

Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo fatigados por la

vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo

seguidos de los acordes de la marcha triunfal.

Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas cubiertas de botellas,

fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los criados, no

sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco, que

agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar

cruzados sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero

que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los

codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados

por el hambre.

Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se

esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No había

criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de

Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á las señoras. Con

discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los domésticos

apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides de

emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los

taponazos sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.

Renovales corría como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde

las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban sentadas

algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir y

venir con incesantes peticiones.

En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el amado discípulo. No le

había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se consolaba mirándose

el chaleco; una novedad que había dado _golpe_ entre la gente joven; de

terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.

El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre muchacho! Por primera vez

le dió á entender que «estaba en el secreto».

--Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser. ¡Á trabajar,

Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la

pintura.

Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al lado de la condesa.

Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su mujer volvieron á

presentarse en traje de viaje: él con un abrigo de piel de zorro, á

pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo

impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos

espesos, como una odalisca fugitiva.

Á la puerta les esperaba la última adquisición del novio: un vehículo de

ochenta caballos que había comprado para su viaje de boda. Pasarían la

noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de Castilla la

Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había visitado.

Boda _modernista_, como decía Cotoner; la intimidad amorosa en plena

carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del _chauffeur_.

Al día siguiente pensaban salir á correr Europa. Llegarían hasta Berlín;

tal vez fuesen más lejos.

López de Sosa repartió vigorosos apretones de manos, con la arrogancia

de un explorador, y salió para revisar su automóvil antes de partir.

Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos las lágrimas

de la madre.

--¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...

Y se acabó la boda.

Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareció

agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban

con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su

silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á

ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan

juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que

confundir los más bajos menesteres de la vida.

Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento que les infundía

miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El hotel era

grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce

tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus

cocheras, de su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo

del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas

de toros y trajes ensangrentados de matadores célebres, que era la

admiración de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos

extranjeros?...

Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció que en un mes habían

envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme, más desierto,

con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales

quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó con

cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa;

eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía

prescindir del trato con sus numerosas amistades.

Bien entrado el verano, el maestro indujo á su mujer á realizar el mismo

viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco conocida; un

pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado muchos de

sus cuadros. Se aburría en Madrid. La condesa de Alberca estaba en

Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se había marchado también,

arrastrado por ella.

Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes. Apenas si el maestro

pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al llegar á la

playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más alegre;

permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con una

impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con

ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un

semicírculo de gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía

algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar;

pero de pronto había caído sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo

se sintió paralizado otra vez por la debilidad. Cobró aversión á la

playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de

ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las

profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí

estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más

segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba

ver á su hija. Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido

bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.

Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco después se unieron á

ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y más satisfechos

aún de verse en tierra conocida. López de Sosa había sufrido conociendo

gentes más poderosas que él, que le humillaban con el lujo de sus

trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen

su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de aquellos países donde

nadie se preocupaba de ella.

Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba

muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en

aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á

su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital,

corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que,

en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa

de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el

_confort_ moderno de que vivía rodeada.

El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era

imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los

intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la

compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad

castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los

honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y

asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.

La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por

su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los

días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la

costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida,

interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya

con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada

sobre una verdadera historia.

El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la

estuviese presenciando. Le hablaba de _Darwin_, ocultando bajo este

nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de

aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay,

maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal,

optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas

su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas

audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se

lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si

fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción

ante estas confidencias.

En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba

en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión

diplomática. Aunque no era de la _carrera_, le habían escogido como

representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón

á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre

señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á

otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la

condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con

_Darwin_, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida

marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...

Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él

una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de

confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que

se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo

único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno

de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La

distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la

lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me

importarán á mí sus secretos?...»

Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los

periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba

en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble

cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía

maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la

condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...

De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado.

Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por

los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid

desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de

rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor

hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro

renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el

exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga

usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió,

aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería

algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.

La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el

ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra

servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos,

como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba,

los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de

tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo

una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los

salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos

de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.

En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y

olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.

Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada,

vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única

habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol

poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón,

con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado

por la luz moribunda.

Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió

los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.

--¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...

Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de

sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir

de sus ojos cayendo gota á gota.

Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo

volver al sillón.

--¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... _¿Darwin?_

Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo

doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo

pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena

dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una

libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba

aún--según decía en una carta,--pero deseaba verse libre para continuar

sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para

ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en

mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al

desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El

miserable se había escapado con una _cocotte_, tras la cual se le iban

los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que

debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado.

¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse

ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho

diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había

hecho todo lo posible?...

--¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es amor; ya no le

quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á ese

mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por

él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!

Al verse abandonada no había sentado más que un deseo: correr en busca

del buen amigo, del consejero, del _hermano_; ir á Madrid para ver á

Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su necesidad de

confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo

la hacía enrojecer.

No tenía en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie á

excepción del maestro: y con la misma precipitación que si se viera

abandonada en medio del desierto y de la noche, había corrido hacia él,

pidiendo calor y amparo.

Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en presencia del pintor.

Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de su cuello,

gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de

peligros.

--Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es mi vida! ¿No me

abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...

Renovales, aturdido por la precipitación de esta escena, por el impulso

de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora de pronto se

pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello,

intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.

Después de la primera sorpresa persistía en él cierta frialdad. Sentíase

molestado por esta desesperación orgullosa, que era obra del otro.

La deseada, la hembra del ensueño, venia á él, parecía abrirse con

histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo

que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero él

se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la acción,

dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no

voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.

Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la protección de su

cuerpo vigoroso.

--¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted es bueno!...

Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello,

elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se

veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los

objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que

les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.

De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro,

refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos

ávidas.

--¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por

siempre!

Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de

víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor,

perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero

primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las

abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.

Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle

entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.

El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de

una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba

cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño

después de una mala acción.

Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su

voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero

abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del

sacrificio.

Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre

el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía

avergonzado en la sombra.

--Al fin... había de ser--dijo con firmeza.--Era un juego peligroso, y

no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras

tú el único á quien yo puedo querer.

Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta

única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo,

como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.

Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la

frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó

dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves

palabras.

--Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava...

No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á

quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis

entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.

V

Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta

inquietud.

El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de

restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre,

con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía

Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus

abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba

y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían

exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada

nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes

que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de

Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de

los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don

José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los

cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.

Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del

almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de

sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su

cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se

fijaba en ella?...

Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la

diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería

curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus

nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo

triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando

ante ella, sin ver nada.

Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de

Renovales.

--Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres

otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan

semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el

estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas;

adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos

divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero,

hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de

caridad.

Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el

maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de

las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una

mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de

recuerdos que traía en su memoria.

El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de

Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir

en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita

tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y

bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.

--Debían verla los médicos otra vez.

--¡Los médicos!--exclamaba Renovales.--¿Y para qué? Toda una facultad ha

pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez

por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la

conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que

tú, más que yo.

En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente

uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los

gratos recuerdos que traía de fuera.

La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo

suyo.

Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella

se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y

en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención,

que consideraba una hipocresía.

Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio,

quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso,

como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era

fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una

reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo

de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra

vida.

Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en

pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los

hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir

algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó

al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se

fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y

desaliento.

--¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones

inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...

Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo

á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no

le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita,

el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del

lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este

alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.

--¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?

Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de

hostilidad.

--Nada.

Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á

su espalda con gesto despectivo.

El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era

su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no

le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si

dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se

echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la

enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.

Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos

con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del

viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.

--Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.

--¿Mucho?--preguntó Concha.

Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo

conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad

de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.

--No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.

Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la

enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la

inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera,

fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.

--No es nada--decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá,

venía á pasar con ella todas las noches.--Un constipado; ronquera de

invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.

Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno

esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna,

que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una

voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se

muere y tú lo sabes.»

Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno

tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al

principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía

aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos.

Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos

que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este

cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de

la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos,

no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía

liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas

horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la

débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la

erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo

dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y

caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero

la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su

lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle

las entrañas.

Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por

creer que la enfermedad no iría más lejos.

--No se muere, Pepe--decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse

con el que se opusiera á esta afirmación.--No se muere, doctor. ¿No lo

cree usted así?

El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez...

Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen

interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la

hija y el marido.

Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes

de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña

particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las

estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve

almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había

tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus

serpenteados de intenso azul.

Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de

estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que

esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado

por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para

hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.

--La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena

para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez

asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no

conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.

¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca

hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después

de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que

acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas

palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en

estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir

aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad

le inspiraba miedo?...

De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:

--¡Se muere! ¡Se muere!

Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de

dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.

Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar:

quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un

deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento,

esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus

ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su

pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen

dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que

palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible,

como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida

indiferencia.

Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que

obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de

su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la

habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio

silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y

el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y

generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.

Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su

casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con

este retorno inesperado á su existencia de soltero.

Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner,

paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas;

rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su

lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en

un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las

ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un

niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón,

fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza

de la somnolencia.

Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su

crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus

remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha

á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico

abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de

sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos

ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y

escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin

poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.

Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho.

Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que

si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima,

insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba

de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada

como la hoja de un cuchillo.

Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.

--¡No queda nada de ella!--decía al alejarse.--¡Nadie la conocería!

Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su

boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las

comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz

extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos

ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...

Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le

había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían

sus pensamientos.

Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un

sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de

hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella,

casi á sus pies.

Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de

la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir

las lágrimas á sus ojos.

Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre

gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le

quedaban muchos años de existencia feliz.

Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban

más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que

rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable

solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se

exterioriza por vez postrera.

--Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo

deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.

¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían

ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la

misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con

rudo tirón.

--Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!

Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero

rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni

delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa

conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río

de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las

riberas de eterna sombra, de eterna paz.

--No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas...

no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez

te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus

pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre

nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos,

durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu

interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de

amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al

hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para

envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara

tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos;

casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento

irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre

Mariano... Fué un error el casarnos.

Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo,

pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba

á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una

existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo

del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus

raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba

para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía

haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella,

sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor

la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos

fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la

marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta

jornada superior á sus fuerzas.

Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.

--¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre,

Josefina; te quiero...

Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó

por sus pupilas.

--Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el

estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por

una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo

guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti

cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...

Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba

bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas,

cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su

instinto adivinatorio.

--¡Mentira!--gritó enérgicamente para ocultar su turbación.--¡Nada de

amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura

amistad; cartas de una amiga que está algo loca.

La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que

esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba

jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un

adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de

que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en

plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo

extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus

previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.

--No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné

al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si

saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas

por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y

que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me

bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado,

que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que

todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te

denuncia... Aun parece que lo percibo.

Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los

ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en

ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no

poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo

delirios!...

--No, Mariano--murmuró la enferma.--Ella está dentro de ti; te llena la

cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías

disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que

eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho

carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo

para mí.

Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el

recuerdo de los primeros años de vida común.

--Nadie te ha querido como yo, Mariano--dijo con nostálgica dulzura.--Te

miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin

embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con

mayor apasionamiento!

--Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te

acuerdas?

Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la

falsedad.

--No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni

queda en mí nada de lo que fué...

En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada

de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final

para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía

un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían

al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por

encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra

vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las

ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.

--¡Quién sabe!--murmuró la enferma con los ojos cerrados.--Tal vez,

después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y

me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo

que se pierde es lo que se desea...

Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor

fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de

esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su

mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus

amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los

recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra

en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante

noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida

para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos.

¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola

perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!

Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la

casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio;

quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía

bajo el mismo techo.

Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y

preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir

adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza

con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto,

continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto

su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus

habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para

convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su

hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras

oquedades de sus huesos.

Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía

haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos

encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese

liquidándose el mísero esqueleto.

Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las

lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que

proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en

un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores...

¡nada de pintores!

Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba

descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir,

¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos

los de la casa!...

Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un

diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada.

¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber

estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan

penosa esta separación!...

No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión

azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la

presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su

llegada.

Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la

halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un

ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un

momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!

Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que

salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida,

plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando

pingajo. Todo había acabado.

Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha

fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico

momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en

un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación

de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la

condesa.

--Valor, Mariano--decía el pobre Cotoner con voz cargada de

lágrimas.--Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio...

Que no la vea...

El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes

resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no

llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz

interior, la voz de las grandes tentaciones.

Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí

mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el

amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...

Iba á comenzar una segunda existencia.

La maja desnuda · 第 17 / 29 题