I
Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido _sportman_», según
le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de
Renovales.
Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última
adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme,
charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del
_chauffeur_, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.
Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra
de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un
marino ó de un explorador.
--Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.
Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su
cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el
largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo,
pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía
abrumarla con su salud y su gallardía.
Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las
piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un
sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr
inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos
lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de
su casa.
--Divertirse mucho--decía el pintor con cierta alegría al quedar solo,
completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la
hostilidad conyugal.--Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras,
¿eh?
Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que
alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.
--¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más
que al Pardo.
El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que
era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el
espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada
por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería
contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva
del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo;
iba para viejo, y estas novedades estupendas no _le iban_.
--Adiós, papá.
Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales,
mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el
otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre,
sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar
todo contacto intimo.
Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con
cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con
una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la
sangre.
Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un
muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos,
complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras
naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con
impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había
aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le
hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.
Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para
su país con su copia de _Las Meninas_, después de llevarse las manos de
Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos,
llamándole _maestrone_. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba
en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de
la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.
Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se
alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el
maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo
tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su
viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto
parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de
exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que
apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos
fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba
siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas
pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de
esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba
sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas
siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á
los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de
cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa.
Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían
alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando
pichones, dándose patadas ó manejando hierros.
Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de
emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.
--Don Mariano, ya tengo un _Mercedes_. Me avisan su envío.
El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era aquel sujeto que
llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con lástima.
--La mejor marca; _Mercedes_, superior á _Panard_; eso todo el mundo lo
sabe. Fabricación alemana; unos sesenta mil francos. No habrá otro en
Madrid.
--Pues que sea en hora buena.
Y el artista, después de encogerse de hombros, siguió pintando.
López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le
había dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso
jamás), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales
superfluidades), sin otro placer que los _sports_, que fortalecen el
cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los carruajes de
tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una satisfacción
de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de caballos,
pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos, y
tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas
glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran corrida de
toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras sensacionales,
alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y
cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y
la riqueza de su dueño.
Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un
amorcillo, dedicada por entero al _sport_ y la ostentación. Sus rentas
eran inferiores á los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage,
los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una
parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en este
principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso
y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada
de su juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por
las noches á la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba
antes sus clásicos (periódicos de _sport_, catálogos de automóviles,
etc.), todos los meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero,
girando miles y miles de francos y lamentándose como un hombre serio de
la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la
torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del país.
Cada automóvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la
frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos progreso y
regeneración!...
Había sido educado por los padres de la Compañía en la Universidad de
Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era devoto. Él era
liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías. Había
dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que
era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber
sido sus maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida
moderna era otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en
su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas
francesas. Adquiría todos los volúmenes que llegaban de París, con una
hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto
de relatar las costumbres griegas, romanas ó egipcias, se encontraban un
sinnúmero de buenas mozas en pelota ó efebos al natural, sin otros
adornos de civilización que las cintas y gorros que cubrían sus cabezas.
Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para
él en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los
primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña, los
viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban
en los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la
canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las
ciudades; repugnante y antipática en los caminos; la que insultaba con
toda la grosería de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando
un chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la
maligna intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una
persona decente, ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los
llamamientos de la bocina, no quería apartarse y se sentía alcanzada...
como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior á las
máquinas que cuestan muchos miles de francos. ¡Qué hacer de un pueblo
tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban algunos miserables de
derechos y revoluciones!...
Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, manteniéndolo
presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á López de Sosa con
cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.
--¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?
Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no
poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo
viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros
automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las
fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de
Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno
más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda
de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía
por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno:
las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las
horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro
mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que
representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que
vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y
representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.
Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger
las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total,
que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con
sencillez á los dos artistas:
--¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...
López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de
haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus
trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban
títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran
mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en
escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas
que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el
«Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad
de Renovales fué para él un motivo de orgullo.
Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para
que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como
cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de
alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el
maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta
llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le
realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración
ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el
relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando
unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano!
¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...
Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia
Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más
sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor
gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le
quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta
fortuna, que había de ser para su hija.
López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes
medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las
tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles.
El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era
poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre
Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía
escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la
señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le
tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente,
como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.
Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo
parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de
su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras
con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al
mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta
recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.
Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é
indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico
con faldas, más varonil que sus dos adoradores.
--La conozco, Pepe--decía á Cotoner.--Hay que dejarla hacer su voluntad.
El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida.
No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de
escaparse con el novio.
El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo
que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus
llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el
estudio, y por toda compañía la antipática _Miss._ Había que dar
gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un
tanto calmada de estas carreras vertiginosas.
Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido
grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo
le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto
nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro
todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de
que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores;
la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que
llenase la historia con resplandores gloriosos.
--Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin,
mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la
juventud.
Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en
algo muy distinto de lo que decía.
Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese
introducido en la familia.
--Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros;
incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona...
pero no es de nuestra promoción.
Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y
con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida,
invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á
una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde
los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de
goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en
endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un
juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos
del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho;
envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres
parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá,
satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos
de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en
otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en
correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar
en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir
la competencia de los _sports_. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre
ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les
dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran
niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con
timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se
escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse
aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente
nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin
amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso
de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua
de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los
ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se
desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los
tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la
mujer, se envilecían imitando sus pasividades.
--Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?--decía Renovales guiñando un
ojo con expresión maliciosa.--De muchachos cuidábamos menos el cuerpo,
pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos
preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos
_ideales_.
Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en
su familia, y se burlaba de su mentalidad.
--Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos
casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio
con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad
volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de
esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.
Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al
modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del
estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.
--Pepe, vamos á dar una vuelta.
Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.
Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando
lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales
volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es
Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con
nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto
malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el
viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.
--Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.
Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse
algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta
vacilación:
--Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que
eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme
explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!