IV

Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvió á su casa

después del almuerzo con el húngaro.

Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vió á dos

mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro,

parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se

arrojó á su cuello con los brazos abiertos.

--Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de las dos. ¿Has

almorzado bien?...

Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa

en las barbas canas del maestro.

Renovales sonreía bondadosamente bajo este chaparrón de caricias. ¡Ah,

su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda triste y ostentosa

como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio

agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su

hija, adoptando un cómico aire de galán!

--Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy. Es usted un

verdadero Rubens, señorita; un Rubens en moreno. ¿Y adónde vamos á

lucir el garbo?...

Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y

sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con cierta

delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo

profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de

una mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía

con cierta elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata

y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus

movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacón, con la soltura

violenta de sus piernas, que al marchar abrían las faldas como un

compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte que á la gracia del

paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué magnífico

ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de

haber nacido hembra, sería semejante á su Milita.

Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre,

fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro líquido.

Iba á su paseo diario con _Miss_; una marcha de dos horas por la

Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante,

dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo entonces volvió

Renovales la vista para saludar á _Miss_, una mujer obesa, con la cara

roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tenía el brillo

amarillento de las fichas de un dominó. En el estudio, Renovales y sus

amigos reían muchas veces del aspecto de _Miss_ y de sus manías; de su

peluca roja puesta sobre el cráneo con el mismo descuido que un

sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que

fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caían en sus

manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con cerveza,

teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas

reverencias.

Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada por la proximidad de

este paseo, que era su tormento diario, esforzándose dolorosamente por

seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la miraba,

púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias.

--¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!...

Y no le llamó lord, porque el maestro, después de saludarla con un

movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar con su hija.

Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. ¿Conque

había bebido _Chiantti_? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto que le gustaba á

ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba

Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar

solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de

aquellos platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista.

Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida

al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y

cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta

habilidad.

Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las gracias de Cotoner,

que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó Soldevilla,

el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal,

desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho

angustiado por los sollozos.

--Estará arriba--dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya á

estas crisis.--Adiós, papaíto; un beso. En el estudio tienes á Cotoner y

á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.

Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del

maestro, la joven salió seguida de _Miss_, que bufaba prematuramente

pensando en el fatigoso paseo.

Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de

cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba á

su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la pasión

vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las

hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración

que ha de inspirarles después el hombre amado.

Pensó un momento en buscar á Josefina para consolarla, pero tras corta

reflexión desistió de este propósito. No sería nada; su hija estaba

tranquila; un _arrechucho_, como los de costumbre. Subiendo se exponía á

una escena terrible que le amargase la tarde, quitándole los deseos de

trabajar, desvaneciendo aquella alegría juvenil que llevaba en el alma

después de su almuerzo con Tekli.

Se dirigió al último estudio, el único que merecía este nombre, pues era

donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón conventual, con

el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos

apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en

libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara

roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su

digestión en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa.

Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la cabeza calva, pero su

cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la

placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la

somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.

Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas

vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos al cromo del

Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo y los

pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes

que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad para

burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de

Mariano allá en la _tierra_ había tirado de él, decidiéndole á

trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en

Madrid tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún

esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad

de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le

impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo.

Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua

admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanías de

Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que aquel

señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas

condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los

grandes pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había

alcanzado dos menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta

victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se

tendió en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la

misión de su existencia.

La vida en Madrid no se le presentaba más difícil que en Roma. Dormía en

casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia, acompañándolo en

sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán, que estaba

empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el hospedar

al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y

creyéndole en correspondencia con el mismo Papa.

Habían convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clérigo no

mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro para unas

monjas de las que era confesor.

La comida ofrecía aún menos dificultades para Cotoner. Tenía repartidos

los días de la semana entre varias familias ricas, de ferviente

religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes

peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao;

propietarios agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho

en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un

tono severo con la pátina de la devoción.

El pintor sentíase bien agarrado á este pequeño mundo, grave, religioso

y que comía bien. Era para todos el «buen Cotoner». Las señoras sonreían

agradecidas cuando las obsequiaba con algún rosario ú otro objeto de

devoción traído de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna dispensa

del Vaticano, las ofrecía escribir á «su amigo el cardenal». Los

maridos, contentos de tener un artista en casa á tan poca costa, le

consultaban el plano de una capilla nueva, el diseño de un altar, y en

sus fiestas onomásticas recibían con gesto protector algún regalo de

Cotoner; una _manchita_, un paisaje sobre tabla, que exigía muchas veces

explicaciones previas para conocer su significación. En las comidas era

la alegría de esta gente de sanos principios y mesuradas palabras,

relatando originalidades de los «monseñores» y «eminencias» que había

conocido en Roma. Estos chistes los aceptaban con cierta unción, por

escabrosos que fuesen, viniendo de tan respetables personajes.

Cuando por enfermedad ó viaje se rompía el orden de las invitaciones y

Cotoner carecía de convite, se quedaba á comer en casa de Renovales, sin

previa invitación. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero él no

aceptó. Amaba mucho á toda la familia: Milita jugaba con él como si

fuese un perro viejo; Josefina le tenía cierto afecto, porque le

recordaba con su presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, á

pesar de esto, mostraba cierto miedo, adivinando las tormentas que

ennegrecían la vida del maestro. Prefería su existencia libre, á la que

se adaptaba con una ductilidad de parásito. Al final de las comidas

escuchaba, con movimientos de aprobación, las graves pláticas de

sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una hora después

bromeaba impíamente en cualquier café con pintores, cómicos y

periodistas. Conocía á todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un

artista, para tutearle y jurar que le quería y admiraba con toda su

alma. Al entrar Renovales en el estudio, sacudió su torpeza digestiva y

estiró las cortas piernas para tocar el suelo y salir del sillón.

--¿Te han contado, Mariano?... ¡Un plato magnifico! Les he hecho un

gazpacho de pastor... ¡Se han chupado los dedos!

Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como si concentrase en esta

habilidad todos sus méritos. Después, mientras Renovales entregaba el

sombrero y el gabán al criado que le seguía, Cotoner, con una curiosidad

de amigo íntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la existencia

de su ídolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.

Renovales se tendió en un diván, profundo como un nicho, entre dos

bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar de Tekli,

recordaron á sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades,

que veinte años antes marchaban con la frente alta, siguiendo como

hipnotizados la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de

luchador, incapaz de hipocritas modestias, declaraba que él era el único

que había llegado. El pobre Tekli era un profesor: su copia de Velázquez

resultaba un trabajo paciente de bestia artística.

--¿Tú lo crees?--preguntó Cotoner con gesto de duda.--¿Tan mal lo

hace?...

Procuraba por egoísmo no hablar contra nadie; dudaba del mal; creía

ciegamente en el elogio, conservando de este modo su reputación de

bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida. La

imagen del húngaro estaba fija en su memoria, haciéndole pensar en una

serie de almuerzos, antes de que aquél abandonase Madrid.

--Buenas tardes, maestro.

Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el faldón de la

americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de terciopelo

granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura del

cuello rígido y nítido, salía de detrás de un biombo. Su delgadez y lo

exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes

rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si

quisieran confundirse con los bandós de su peinado, lacios y desmayados

sobre la frente. Este Soldevilla era el discípulo favorito de Renovales,

«su debilidad», según decía Cotoner. El maestro había reñido grandes

batallas por alcanzarle la pensión en Roma; después le había premiado en

varias exposiciones.

Le miraba como si fuese su hijo, atraído tal vez por el contraste entre

su rudeza y la debilidad de aquel _dandy_ de la pintura, siempre

correcto, siempre amable, que consultaba para todo á su maestro, aunque

después no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba mal de los

compañeros de arte, lo hacía con una suavidad venenosa, con una finura

mujeril. Renovales reía de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le

hacía coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en él

la más leve mota de polvo; debía dormir en una rinconera. ¡Ah, los

pintores del día! Los dos artistas viejos recordaban el desarreglo de

su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes

sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los

demás mortales, formando un mundo aparte. Sentíanse malhumorados, como

en presencia de una abdicación, ante los pintores de la última hornada,

correctos, prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de

los ociosos, con un aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que

manejaban el pincel.

Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al maestro con un

desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de

Alberca.

--Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que

está á medio hacer.

Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para apartar de un empujón

el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran lienzo, hasta

colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de cristales.

Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la belleza habituada á

la admiración, una dama vestida de blanco. El _esprit_ de plumas y

brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el

pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las

blondas del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo,

sostenían una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso

color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á

caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de

carbón sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía

mirar á los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de

una falsa frialdad, delatando, detrás de su pupila, apasionamientos

ocultos, un volcán muerto que resucitaba á sus horas.

Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que

parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la

higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus

ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.

Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto,

comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á cubierto de toda

tentación.

--Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... ¡Ha sido una gran

mujer!

Renovales pareció ofendido por este comentario.

--Lo es--dijo con cierta hostilidad.--Lo es todavía.

Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se apresuró á

rectificarse:

--Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy elegante. Dicen también

que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á los que la adoran.

¡Poquito se habrá divertido esta señora!...

Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen estas palabras.

--¡Bah! mentiras, calumnias--dijo con voz fosca:--invenciones de ciertos

señoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.

Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no sabía nada: lo había

oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal de la de

Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el

silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la

conversación, se encaró con Soldevilla.

--¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la hora de trabajar.

Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba

ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía la necesidad

de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.

Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella época, la

mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en otro estudio

menos lujoso que éste.

--¿Y Milita? ¿la has visto?--prosiguió Renovales con sonrisa bonachona,

en la que había una punta de malicia.--¿No te ha tomado hoy el pelo por

esa nueva corbata que quita la vista?

Soldevilla también sonrió. Había estado en el comedor con doña Josefina

y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre. Pero era sin

malicia: ya sabía el maestro que Milita y él se trataban como hermanos.

Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un chicuelo, la había

servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando á la espalda

aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus

manecitas.

--Es muy mona--interrumpió Cotoner.--Es la muchacha más graciosa y más

buena que conozco.

--¿Y el simpar López de Sosa?--preguntó el maestro otra vez con tono de

malicia.--¿No ha venido hoy ese _chauffeur_ que nos vuelve locos con sus

automóviles?

Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido y brillaron sus ojos

con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero. Según decían las

señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil que se le

había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo

de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas

alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían

aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios

al retrato de la condesa.

Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en

la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su diván,

contemplaba el retrato.

--¿Ha de venir hoy?--preguntó Cotoner señalando al lienzo.

Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro día; con esta mujer era

imposible un trabajo serio.

La esperaba aquella tarde, pero no le causaría extrañeza que faltase á

la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos días seguidos.

Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la enseñanza y la

emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una

actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la

hacía querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para

marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De

pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de

entusiasmo.

--¡Qué mujer, Pepe!--exclamó.--¡Qué mujer para pintarla!...

Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se erguía en el lienzo con

toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar el misterio de

aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas

formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á

esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque

de los amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el

filo del escote, separados por una línea de suave penumbra.

--Eso mismo le he dicho á tu mujer--afirmó el bohemio con sencillez.--Si

tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se

te ocurra ver en ellas más que una modelo.

--¡Ah! ¡Conque mi mujer te ha hablado de esto!...

Cotoner se apresuró á tranquilizarle, temiendo ver turbada su digestión.

Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su enfermedad, todo lo

veía negro.

Había aludido durante el almuerzo á la de Alberca y su retrato. No

parecía quererla, á pesar de ser su compañera de colegio. Le ocurría lo

que á las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba

miedo. Pero él la había tranquilizado, acabando por arrancarla una risa

débil. No había que hablar más de esto.

Pero Renovales no participaba del optimismo de su amigo. Adivinaba el

estado de ánimo de su mujer; comprendía ahora el motivo que la había

hecho huir de la mesa, refugiándose arriba para llorar y desearse la

muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su

estudio... Pero esta impresión triste no fué muy duradera en el pintor;

estaba habituado á las susceptibilidades de su esposa. Además, se

tranquilizó pensando en su fidelidad conyugal. Tenía limpia la

conciencia, y Josefina podía creer lo que quisiera. Sería una injusticia

más, y él estaba resignado á sufrir su esclavitud sin quejarse.

Para distraerse comenzó á hablar de pintura. Le animaba el recuerdo de

su conversación con Tekli, el cual venía de correr Europa, y estaba

enterado de lo que pensaban y pintaban los más famosos maestros.

--Yo me hago viejo, Cotoner. ¿Crees que no lo conozco? No, no protestes;

ya sé que no soy viejo: cuarenta y tres años. Quiero decir que me he

encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada nuevo;

siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi

fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.

Y el pintor, con el egoísmo de los grandes artistas, que siempre se

creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria, lamentábase de la

servidumbre que le imponía su buena suerte. ¡Ganar dinero! ¡Qué terrible

cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido común, los

artistas de talento estarían mantenidos por el Estado, el cual proveería

generosamente á todas sus necesidades y caprichos. No habría que

preocuparse de la vida. «Pinte usted lo que quiera y como le dé la

gana.» Entonces se harían grandes cosas y adelantaría el arte con pasos

de gigante, no teniendo que envilecerse en una adulación á la vulgaridad

pública y á la ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor

célebre, había que ganar mucho dinero, y éste sólo se conseguía con los

retratos, abriendo tienda, pintando al primero que se presenta, sin

derecho á escoger. ¡Maldita pintura! En el escritor era mérito la

pobreza; representaba virtud é integridad. Pero el pintor había de ser

rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre de sus

cuadros iba unido á la idea de miles de duros. Al hablar de su trabajo

se decía siempre «gana tanto», y para sostener esta riqueza, compañera

indispensable de la gloria, había que pintar á destajo, halagando á la

vulgaridad que paga.

Renovales se movía con nerviosa excitación en torno del retrato. Algunas

veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era tolerable al pintar

mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por el interno

resplandor de la inteligencia. ¿Pero y los políticos vulgares; los ricos

con aspecto de mozos de cordel; las señoras hinchadas y de cara muerta

que había tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor á la

verdad y copiaba el modelo tal como lo veía, proporcionábase un enemigo

más, que pagaba refunfuñando é iba por todas partes diciendo que

Renovales no era tan grande como le creían. Para evitar esto pintaba

mintiendo, valiéndose de los procedimientos empleados por otros artistas

mediocres, y esta bajeza atormentaba su conciencia como un despojo que

hacía sufrir á sus inferiores, dignos de respeto por lo mismo que

estaban menos dotados que él para la producción artística.

--Además, esto no es la pintura, toda la pintura. Nos creemos artistas

porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es más que una parte

del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado. Hablamos de él

con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de adoración,

pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es

talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes. Hay que envolver bien

el cuerpo, del que huimos como de un peligro...

Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el retrato, fijando en él

su mirada.

--Figúrate, Pepe--dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia

la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su esposa en estos

entusiasmos artísticos.--Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo

pudiera pintarla tal como es seguramente...

Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile malicioso.

--Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la

certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo hecho

delante de más de uno.

Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta.

--¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad!

En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto

que el de mantener á los pintores y al resto de la humanidad que debía

servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible.

¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas modelos de

los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por

el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y

diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado para siempre tras

los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy

por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables galanes

algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían

recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no

vacilaban en someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios,

la castidad del desnudo.

Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su penumbra habló

confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia

la puerta como si temiese ser oído.

Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La tenía completa en su

imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala, cerrando los ojos,

tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era Friné, la

famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos

aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia

marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la

intervención divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros

retorcidos, leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos;

pálidas mujeres con las entrañas roídas por las enfermedades del sexo;

ancianos trémulos; jóvenes desfigurados por las anomalías de un

nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contraídas por muecas

horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas

informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada,

los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla

á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los

peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo,

que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus columnatas de

mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor, quiere

alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y

belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su

desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del

vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del

mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los

hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envían

estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la

nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y

brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana

desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor

del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la

admiración, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la

Belleza y la eterna Salud salen á su encuentro.

Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á Cotoner al describir su

futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente, impresionado por el

relato.

--¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!

Pero el maestro volvía á caer en el desaliento después de esta ráfaga de

entusiasmo.

Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á instalarse en la orilla

del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó Cataluña; tendría

que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua muere en la

arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres, cien

si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y

del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.

--Muy difícil--murmuraba Renovales.--Te digo que es muy difícil. ¡Hay

tantos inconvenientes con que luchar!...

Cotoner inclinó su cabeza con expresión confidencial.

--Y además, está la maestra--dijo en voz queda, mirando á la puerta con

cierto miedo.--Me parece que Josefina no aceptará con mucho gusto ese

cuadro y su gran baraja de modelos.

El maestro bajó la cabeza.

--¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...

--Lo sé todo--se apresuró á decir Cotoner.--Mejor dicho, lo adivino. No

me cuentes nada.

Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo,

había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su plácida calma con

dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.

Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el

artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de indeciso

carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la

familia.

Recordaba con fruición los primeros meses de su matrimonio; pero éste le

había pesado después como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba

para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con intermitencias,

sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como él debían

ser libres; estaba seguro de ello.

--¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú, dueño de mi tiempo y

de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi gente al verme

pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!

El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió la puerta del

estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes

mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el

aire de un mandadero de monjas.

--La señora condesa.

Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos modelos no gustaban de ver

gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?... Renovales le ayudó á buscar

su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado con su habitual

abandono en diversos rincones del estudio.

El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al

quedar solo, corrió á colocarse ante un viejo espejo veneciano,

contemplándose un instante en su luna azulada y profunda, alisándose con

los dedos la crespa y encanecida cabellera.

V

Entró con gran estrépito de blondas y sedas, acompañado su menudo paso

por el _fru-fru_ de las ropas interiores, esparciendo un perfume de

variadas esencias, semejante á la respiración de exótico jardín.

--Buenas tardes, _mon cher maître_.

Mirándole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de

oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través de los vidrios, una

fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y burla al mismo

tiempo.

Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atención,

pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que había hecho

después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de

la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro de obras

(unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de

levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras

abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor

algo verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con aires de galán

rococo, besándole la mano como en un minueto.

--Hemos perdido la tarde, ¿verdad, _maître_? Apenas queda sol para

trabajar. Además, no he traído la doncella para que me ayude.

Señalaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que servía de

tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba el traje de

_soirée_ y el manto de color de fuego con que la retrataba.

Renovales, después de mirar furtivamente á la entrada del estudio, tomó

un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como en los tiempos de

su juventud romana, libre y ruidosa.

--Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le serviré de

doncella.

La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando el busto atrás,

mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de

alegría.

--¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el maestro!... Usted no

entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar: no tiene

práctica...

Y en su acento finamente irónico, había algo de compasión para el

artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos

conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran

brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era

preciso que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba

trabajando en su cabeza.

Concha se quitó el sombrero, y después, ante el mismo espejo veneciano

en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el peinado. Sus

brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales

contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente

su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el

pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la

distrajese de esta operación importante.

Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El pintor estaba seguro

de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso. También iban teñidas

de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.

La condesa se sentó en un sillón á corta distancia del caballete.

Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no tendría

la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran

sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros.

Bien estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se

limitaría á trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando

adonde quisiera.

El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de trabajar. Le

perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico de la

condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de

hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y

muchos de los cuales, según la pública murmuración, eran sus amantes.

¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella, en

su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo

desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil

superioridad.

De todas las señoras que llevaba retratadas, ninguna había turbado como

ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su gracia loca, por su

ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono

compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarísimo,

que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar bien.

Renovales la devolvía este desprecio insultándola en su pensamiento. Era

cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón hablaban de ella.

Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada,

venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos que

rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.

Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicándole las

tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas confianzas, como si

la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el maestro

cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á

vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre

ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser la compañera de

un hombre superior, de un artista.

Renovales conocía su historia; se envanecía de las confidencias

amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran señor,

jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más

retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo

colegio que Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un

vivo recuerdo de su bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa,

Conchita Salazar; era un demonio.» Así oyó su nombre Renovales por

primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á Madrid el artista y su

mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido por el de condesa

de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.

Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las

obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los

reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de

Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de

bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales

Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con

altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en

su corto muslo un casco de blancos plumajes.

Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y

su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los

ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato

de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea.

Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura

literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya

difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en

las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á

la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al

casarse con un viejo.

En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido

figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se

presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero

ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la

había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas

alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que

estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían

todos los hombres de lo que llamaban las _cosas_ de la de Alberca.

Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos

salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la

atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual»,

tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en

esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las

mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para

emprender los viajes que le recomendaban los médicos.

La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando

dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos.

¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á

ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor

Renovales: el famoso maestro.»

En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su

gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.

--Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en

todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha

dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo.

Píntela usted bien... que quede contenta...

Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del

gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:

--Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo

aguardo el _Gran Crisantemo_ del Japón. En Estado me dicen que llegarán

los títulos un día de estos.

Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por

culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus

ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban

las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio,

mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y

relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos

misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus

enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con

gesto pudoroso y entonación irónica:

--¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen

marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...

Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo

consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la

pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez

brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:

--Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco

gratas para el conde.

Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en

el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se

prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar.

Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no

comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar

todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una

terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el

deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona

de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.

--Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de

alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?

¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con

ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole

con una mano.

--Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se

lo cuento todo.

Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre

inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él

comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con

sus aleteos burlones.

Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus

primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.

Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído,

contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la

dulce calma de la inmovilidad.

Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco

á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del

pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas

el conventual silencio del estudio.

El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga

Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa

empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán

de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus

colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras

amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de

pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían

colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su

suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos

palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para

halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la

divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y

propósitos.

--Sí; ya sé lo que es eso--dijo Renovales rompiendo su largo

mutismo.--Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que

odian.

La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus

acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura

femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin

caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los

trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la

reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...

--¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?--continuaba ella.--¡La

mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y

las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas!

¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días

de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.

No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero

aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la

hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en

inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.

--Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta...

¿por qué he de negarlo?

--Lo sé, Concha; lo sé--dijo el pintor con aviesa intención.

--¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí,

porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.

Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres

de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde

ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba

en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su

bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el

corazón... el amor.

Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho

sonreir á otro que no fuese Renovales.

--En esta situación--decía con voz lenta y la mirada perdida,--no es

extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo

soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado

nunca.

¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la

compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad.

Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes

que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era

ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba

mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que

pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre

con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una

realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.

Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz

del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo

invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas

mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un

estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de

una vitrina.

Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera

de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.

Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de

buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su

vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha

un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.

Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á

su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al

sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce

reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven

para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más,

y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con

los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le

comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.

Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las

penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un

engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad

juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un

alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y

le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones

burguesas á las exigencias del arte.

Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban

al recibir de frente la luz del ventanal.

Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo

tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista,

que lentamente se inclinaba hacia ella.

--¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me

suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar

con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al

momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice

que soy su ideal... que me adora.

Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad,

sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:

--¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...

Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono

que parecía arañar el pecho del artista.

--¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera

que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que

de amor?...

Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el

lugar donde lo había dejado.

--Me voy, _cher maître_. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más

pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el

momento de las grandes tonterías.

El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía

esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no

hablarla, ya que esto la disgustaba.

La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos

pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado

cerca del ventanal.

--Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted,

Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen

chico...

Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el

_Largo religioso_, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió

dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta

ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado

susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano

tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora

misteriosa del anochecer.

Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la

superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por

sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía

esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.

De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor

estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su

respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas

crueles, pero no pudo.

--Mariano--murmuró,--á su asiento: á ser buen muchacho y obediente.

¡Mire usted que me enfado!

Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su

taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el

teclado.

Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie,

contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la

creciente penumbra.

La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del

jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la

profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa

respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la

sombra.

Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la

muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un

ensueño vago y dulce.

Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.

--Mariano, aléjese usted--dijo con voz lenta, como si le costase un gran

esfuerzo.--Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño...

un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien.

Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.

Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una

mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la

suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la

mordiese.

La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.

--Es una niñería, Mariano. Es un abuso.

Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la

confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.

--Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada.

Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que

consideraba su beso como una toma de posesión.

La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla

irritada:

--¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el

tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos

eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los

marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los

muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

--Buenas noches--dijo del lado de la puerta una voz melosa.

--¡Josefina!...

La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus

mejillas rojizas y descarnadas.

--¡Qué á obscuras estabais!--prosiguió Josefina con una sonrisa que

conocía bien Renovales.

Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro

se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista!

Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la

llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un

poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:

--¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la

puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el

eco lejano del armónium.

La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de

cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su

casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á

través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.

--Adiós, _ma chere_. Adiós, _mignone_. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay,

cuán felices éramos allí!... Adiós, _maître_.

Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de

víctima que desea ser compadecida:

--Te envidio, _cherie_. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un

marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se

ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.

La maja desnuda · 第 12 / 29 题