Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de
Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.
Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor
de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.
Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la
mayor tranquilidad.
Entonces llamó a Rafaela y le dijo:
--Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido.
Esta noche recibiré al señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no
faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y
dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni
acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de
parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el señor
Andrés. ¿Me has comprendido?
--Te he comprendido, y haré como lo dices--contestó Rafaela.
En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con doña Inés, según tenía
por costumbre.
Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y
rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.
Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el
monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a
que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de
su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado
que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente
aquellas palabras del santo rey David, que dicen: «Oye, hija, e inclina
tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aquí ponía doña Inés
madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciará el
rey tu hermosura.» Claro está que este rey era Cristo con quien quería
doña Inés que Juanita se desposase.
En extremo alabó y ponderó doña Inés los elevados pensamientos de
Juanita; pero añadió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían
brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros
debía defenderse.
El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal
vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para
probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces
ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree
punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha
con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre
del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le
alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a
liviandades y torpezas. En vista de lo cual doña Inés aconsejó a Juanita
que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y
segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el
camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían
estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que
intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta
joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante
cuidado.
Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro,
porque quien ama el peligro en él perece.
Como doña Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a
variadas amplificaciones, el discurso de doña Inés, interrumpido a
trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta
después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.
Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró
indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.
--He oído con la debida atención--dijo la muchacha--todo lo que acabas
de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.
--¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?
--Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo
todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El
engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar
acaso mortalmente.
--¿Y cómo es eso?--interrumpió doña Inés, sorprendida y sobresaltada.
--Te diré la verdad--contestó Juanita--. Yo no he querido huir del
peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido
siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y
constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para
acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al
enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y
provocaciones.
--No te entiendo, explícate bien. ¿De qué bravatas hablas? ¿Quién es el
enemigo que te provoca?
--Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual
entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se
resista.
Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del
caballero su enemigo; pero doña Inés supuso que la elevación y la poesía
eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de
las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a
su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por
Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de
pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella
creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.
Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:
--Pero ¿qué cita es esa a que aludes? ¿A qué duelo, a qué singular
combate te preparas?
--Haré un esfuerzo--replicó la muchacha--; todo, todo lo sabrás, aunque
me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he
hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en
tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera
deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que
él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado
y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desengañar a ese
hombre y le desengañaré con el más duro desengaño. Por sí mismo y por
medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi
casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que
desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me
trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que
venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.
--¡Animas benditas!--exclamó doña Inés, poniéndose las manos en la
cabeza--. Tú no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque
sepas resistir, aunque no caigas en la tentación ni peques, ¿no ves que
te expones a echar tu reputación por los suelos y a que ese malvado
seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrándote y
suponiendo que logró lo que deseaba? ¿No adviertes cuan indecoroso es
para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de
quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará él pensando de ti
desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le
envíes a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá lugar.
Juanita conoció que el momento era llegado en que tenía que echar a
rodar su humildad y obediencia, declarándose independiente de su maestra
y amiga y manifestando lo enérgico e indómito de su voluntad, que a nada
ni a nadie se doblegaba.
Puesta en pie y yendo hacia doña Inés, le dijo:
--Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que
creyese el tal señor que yo había tenido un momento de debilidad y que
luego me había arrepentido. ¿No adviertes que de ese modo me confesaba
yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy débil. Tú te has
empeñado en creerme cordera, y soy leona. Por el extraño afecto que me
has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparándome a la Sulamita
y llamándome suave y graciosa como Jerusalén. Ya verás tú que también
soy terrible como un escuadrón de Caballería que carga a galope sobre el
enemigo.
Juanita, cerca de doña Inés, la fascinaba mirándola con ojos felinos,
cuya luz roja parecía mezcla de fuego y de sangre.
Luego prosiguió:
--¿Y qué decoro es ese al que me recomiendas que no falte? ¿Quién
reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer
que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me
menosprecian, me tratan mal y piensan peor de mí. Hasta ahora lo he
sufrido; pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser atroz si es
necesario. En los mismos libros que tú me has hecho leer no se ensalza
sólo la servil mansedumbre de Rut, sino más, si cabe, la ferocidad de
Judit, que degüella al capitán de los asirios, y la espantosa hazaña de
Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.
Notando Juanita que doña Inés se asustaba un poco al verla y al oírla
tan bárbaramente bíblica, prosiguió sonriendo:
--Pero no te apures ni te sobrecojas. No será menester tocar en tales
extremos; no llegará la sangre al río. Aunque será severa la lección que
yo dé, no pasará a ser tragedia, y quedará en sainete.
--Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué frenesí es el tuyo?--preguntó
doña Inés, muy conmovida y cariñosa.
--Ya lo verás, si quieres--contestó Juanita--. Todo lo tengo pensado;
mas no has de saberlo como no lo veas.
--¿Y cómo? ¿Y dónde?
--Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue la
hora de la cita. Con tu presencia me infundirás valor.
--Eso ya es otra cosa--respondió doña Inés.
Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener
contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudiría muy ufano a la cita
y se encontraría en ella a su austera consorte.
En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.
Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver el
sainete y aun de hacer en él uno de los principales papeles.
--Está bien, Juanita--dijo--. Iré en tu compañía y te prestaré mi
auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te daré con esto, porque yo
también puedo comprometerme.
--Entendámonos--repuso Juanita--. Yo no quiero tu auxilio. ¿Qué mérito
tendría entonces mi victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarás
escondida y nadie sabrá que has estado en mi casa. Y tampoco te
expondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.
--Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....
--Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte
explicaciones, ni tú las necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón,
échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada
con la procesión, que probablemente termina en este momento, y no
reparará ni en ti ni en mí.
Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo puso
a doña Inés en la cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y la
hizo andar.
Dominada doña Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar por
ella.
Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que
entraba en su casa acompañada de otra persona, abrió la puerta con la
llave que tenía en el bolsillo.
Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.
Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.
La alcoba en que dormía Juanita no tenía más luz que la que entraba por
un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba
salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no había espacio
bastante, se lavaba, se peinaba y se vestía Juanita todas las mañanas.
En la alcoba apenas había más muebles que la cama, una mesita de noche,
un armario para vestidos y tres sillas.
Juanita llevó a doña Inés a la alcoba.
--Tú, subida en una silla, verás por ese ventanuco todo lo que pase.
Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte.
Dicho esto, salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a doña Inés como
presa, cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave.
--¿Qué haces?--exclamó doña Inés--. ¿Qué necedad es la tuya? ¿Por qué me
encierras?
Juanita contestó riendo:
--Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por
aliada, sino por testigo. Cállate y mira.
Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía:
--Abreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti? ¿Qué burlas
son estas?
--Perdóname, perdóname--dijo Juanita con voz suplicante y dulce--. Tú
eres mí madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No
dudes que conviene lo que hago. Cállate, por Dios. Ten paciencia. Mira y
observa sin hablar. Cállate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en
casa. Ya sube por la escalera. ¡Chitón! Si él sospecha que hay alguien
aquí, darás un escándalo y harás una tontería.
Doña Inés se resignó y se calló.
Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala.