XLII

Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de

Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.

Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor

de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.

Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la

mayor tranquilidad.

Entonces llamó a Rafaela y le dijo:

--Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido.

Esta noche recibiré al señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no

faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y

dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni

acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de

parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el señor

Andrés. ¿Me has comprendido?

--Te he comprendido, y haré como lo dices--contestó Rafaela.

En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con doña Inés, según tenía

por costumbre.

Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y

rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.

Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el

monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a

que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de

su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado

que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente

aquellas palabras del santo rey David, que dicen: «Oye, hija, e inclina

tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aquí ponía doña Inés

madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciará el

rey tu hermosura.» Claro está que este rey era Cristo con quien quería

doña Inés que Juanita se desposase.

En extremo alabó y ponderó doña Inés los elevados pensamientos de

Juanita; pero añadió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían

brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros

debía defenderse.

El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal

vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para

probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces

ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree

punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha

con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre

del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le

alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a

liviandades y torpezas. En vista de lo cual doña Inés aconsejó a Juanita

que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y

segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el

camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían

estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que

intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta

joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante

cuidado.

Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro,

porque quien ama el peligro en él perece.

Como doña Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a

variadas amplificaciones, el discurso de doña Inés, interrumpido a

trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta

después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.

Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró

indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.

--He oído con la debida atención--dijo la muchacha--todo lo que acabas

de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.

--¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?

--Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo

todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El

engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar

acaso mortalmente.

--¿Y cómo es eso?--interrumpió doña Inés, sorprendida y sobresaltada.

--Te diré la verdad--contestó Juanita--. Yo no he querido huir del

peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido

siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y

constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para

acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al

enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y

provocaciones.

--No te entiendo, explícate bien. ¿De qué bravatas hablas? ¿Quién es el

enemigo que te provoca?

--Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual

entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se

resista.

Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del

caballero su enemigo; pero doña Inés supuso que la elevación y la poesía

eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de

las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a

su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por

Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de

pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella

creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.

Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:

--Pero ¿qué cita es esa a que aludes? ¿A qué duelo, a qué singular

combate te preparas?

--Haré un esfuerzo--replicó la muchacha--; todo, todo lo sabrás, aunque

me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he

hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en

tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera

deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que

él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado

y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desengañar a ese

hombre y le desengañaré con el más duro desengaño. Por sí mismo y por

medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi

casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que

desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me

trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que

venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.

--¡Animas benditas!--exclamó doña Inés, poniéndose las manos en la

cabeza--. Tú no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque

sepas resistir, aunque no caigas en la tentación ni peques, ¿no ves que

te expones a echar tu reputación por los suelos y a que ese malvado

seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrándote y

suponiendo que logró lo que deseaba? ¿No adviertes cuan indecoroso es

para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de

quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará él pensando de ti

desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le

envíes a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá lugar.

Juanita conoció que el momento era llegado en que tenía que echar a

rodar su humildad y obediencia, declarándose independiente de su maestra

y amiga y manifestando lo enérgico e indómito de su voluntad, que a nada

ni a nadie se doblegaba.

Puesta en pie y yendo hacia doña Inés, le dijo:

--Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que

creyese el tal señor que yo había tenido un momento de debilidad y que

luego me había arrepentido. ¿No adviertes que de ese modo me confesaba

yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy débil. Tú te has

empeñado en creerme cordera, y soy leona. Por el extraño afecto que me

has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparándome a la Sulamita

y llamándome suave y graciosa como Jerusalén. Ya verás tú que también

soy terrible como un escuadrón de Caballería que carga a galope sobre el

enemigo.

Juanita, cerca de doña Inés, la fascinaba mirándola con ojos felinos,

cuya luz roja parecía mezcla de fuego y de sangre.

Luego prosiguió:

--¿Y qué decoro es ese al que me recomiendas que no falte? ¿Quién

reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer

que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me

menosprecian, me tratan mal y piensan peor de mí. Hasta ahora lo he

sufrido; pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser atroz si es

necesario. En los mismos libros que tú me has hecho leer no se ensalza

sólo la servil mansedumbre de Rut, sino más, si cabe, la ferocidad de

Judit, que degüella al capitán de los asirios, y la espantosa hazaña de

Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.

Notando Juanita que doña Inés se asustaba un poco al verla y al oírla

tan bárbaramente bíblica, prosiguió sonriendo:

--Pero no te apures ni te sobrecojas. No será menester tocar en tales

extremos; no llegará la sangre al río. Aunque será severa la lección que

yo dé, no pasará a ser tragedia, y quedará en sainete.

--Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué frenesí es el tuyo?--preguntó

doña Inés, muy conmovida y cariñosa.

--Ya lo verás, si quieres--contestó Juanita--. Todo lo tengo pensado;

mas no has de saberlo como no lo veas.

--¿Y cómo? ¿Y dónde?

--Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue la

hora de la cita. Con tu presencia me infundirás valor.

--Eso ya es otra cosa--respondió doña Inés.

Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener

contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudiría muy ufano a la cita

y se encontraría en ella a su austera consorte.

En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.

Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver el

sainete y aun de hacer en él uno de los principales papeles.

--Está bien, Juanita--dijo--. Iré en tu compañía y te prestaré mi

auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te daré con esto, porque yo

también puedo comprometerme.

--Entendámonos--repuso Juanita--. Yo no quiero tu auxilio. ¿Qué mérito

tendría entonces mi victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarás

escondida y nadie sabrá que has estado en mi casa. Y tampoco te

expondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.

--Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....

--Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte

explicaciones, ni tú las necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón,

échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada

con la procesión, que probablemente termina en este momento, y no

reparará ni en ti ni en mí.

Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo puso

a doña Inés en la cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y la

hizo andar.

Dominada doña Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar por

ella.

Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que

entraba en su casa acompañada de otra persona, abrió la puerta con la

llave que tenía en el bolsillo.

Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.

Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.

La alcoba en que dormía Juanita no tenía más luz que la que entraba por

un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba

salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no había espacio

bastante, se lavaba, se peinaba y se vestía Juanita todas las mañanas.

En la alcoba apenas había más muebles que la cama, una mesita de noche,

un armario para vestidos y tres sillas.

Juanita llevó a doña Inés a la alcoba.

--Tú, subida en una silla, verás por ese ventanuco todo lo que pase.

Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte.

Dicho esto, salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a doña Inés como

presa, cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave.

--¿Qué haces?--exclamó doña Inés--. ¿Qué necedad es la tuya? ¿Por qué me

encierras?

Juanita contestó riendo:

--Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por

aliada, sino por testigo. Cállate y mira.

Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía:

--Abreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti? ¿Qué burlas

son estas?

--Perdóname, perdóname--dijo Juanita con voz suplicante y dulce--. Tú

eres mí madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No

dudes que conviene lo que hago. Cállate, por Dios. Ten paciencia. Mira y

observa sin hablar. Cállate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en

casa. Ya sube por la escalera. ¡Chitón! Si él sospecha que hay alguien

aquí, darás un escándalo y harás una tontería.

Doña Inés se resignó y se calló.

Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala.

Juanita La Larga · 第 46 / 50 题