Don Paco, después de vagar en la soledad por espacio de dos días y
después de tantas penas, emociones y lances, anheló para desahogo
confiarse por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que con el
maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y
desinteresado amigo, primero de Juanita y de él más tarde?
La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don
Paco.
Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo. No le dio ninguna comisión
ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benévola usurpación
de atribuciones y de empleo, se declaró él mismo y se nombró embajador,
se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar y
le refirió con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus
celos, su desesperación, sus propósitos de suicidio o de extrañamiento
perpetuo, y, por último, el combate de la casilla, el delito de
Antoñuelo, los golpes que éste había recibido, así como su vuelta y la
de don Paco a Villalegre.
Contó también que el tendero murciano y su mujer, con más impaciente
furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Antoñuelo y sin
enviarle a presidio, si no se les devolvían en el término de tres días
los ocho mil reales que no habían recobrado y que el cómplice de
Antoñuelo se había llevado consigo.
Según informes adquiridos y comunicados por don Paco, Antoñuelo por nada
del mundo diría el nombre y la condición del forastero que había
cometido con él el delito.
Por otra parte, aunque Antoñuelo le delatase, de nada valdría esto para
recobrar los ocho mil reales por medio de la Justicia, sin envolver en
el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle.
El afecto profundo y extraño, como de madre o como de hermana, que
Juanita había sentido por Antoñuelo toda su vida, renació entonces con
vehemencia en su corazón, olvidándose de los groseros agravios con que
la había ofendido aquel mozo.
Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto y
evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuera menester
buscar los ocho mil reales en el mismo infierno.
A esta penosa agitación de Juanita se contraponía en su alma otra
agitación dulcísima, otro sentir, en vez de aflictivo, delicioso y
beatificante, que aumentaba y enardecía su amor al saberlo tan bien
pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto
que la conducta criminal de Antoñuelo y sus consecuencias le causaban,
Juanita se juzgó venturosa, y sin duda lo era.
Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante de espera, el desengañar
a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente, y el convencerle de
que ella le amaba.
Ya don Pascual, en su largo coloquio con don Paco, había hecho esfuerzos
para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que
él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella y cuan virtuosa y
honrada había sido siempre en medio de la completa libertad en que había
vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado.
Su madre había tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar,
dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada
tenían. Juanita, además, sin que nadie la acompañase ni mirase por ella,
había pasado de la niñez a la mocedad en medio de las calles y en trato
y conversación con toda clase de personas.
Nadie, sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía hacerse
respetar, y ni las personas maldicientes habían formulado nunca contra
ella una acusación fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su
decoro.
Lo que don Paco había visto, lo que había causado su enojo y su
desesperación no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino
inmotivado atrevimiento de don Andrés, quien, si algo logró por
sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.
Don Pascual sostenía, además, que Juanita no había provocado la audaz
acometida de don Andrés, a la que daba por única causa el engreimiento
del cacique y su convicción de que todo había de rendirse a su voluntad
y ser propicio a su deseo.
No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de
escuela, procuró que terminase la visita y que éste se fuera.
Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tomó el
pañolón, se lo echó de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de
don Paco, escapada.