Una tarde del mes de mayo, Juanita se entretuvo en la fuente en larga y
alegre conversación con otras muchachas.
Ya anochecido subía con su cántaro lleno por la cuesta, que en aquel
momento estaba sola.
La tertulia de los poyetes solía, en primavera y en verano, durar hasta
las ánimas, hora en que los tertulianos se retiraban para cenar y
acostarse.
Aquel día don Paco había estado haciendo esfuerzos o, como si dijéramos,
gimnasia con su voluntad para no ir a la tertulia y ver a Juanita. La
lucha entre su voluntad razonable y su inclinación había durado
bastante. Al fin, la voluntad sometida llevó, aunque tarde, a la
tertulia de los poyetes a toda la persona de don Paco.
La pícara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, según
hemos dicho.
Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Las
estrellas, si resplandecían en el éter infinito, vertían muy débil luz
sobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que ambos se
encontraron, algunos frondosos árboles que allí había y el alto vallado
de zarzamoras y de otros arbustos que se extendía a un lado y a otro por
casi todo el camino.
Juanita era muy distraída e iba además pensando en sus travesuras de
muchacha. Don Paco era también distraído. El mismo no sabía en qué
estaba pensando. Era, además, algo corto de vista.
Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestas
direcciones, ni oyeron el ruido de los pasos. Chocaron, pues, y se
dieron un buen empellón.
--Caramba, hombre--dijo Juanita--, mire usted por dónde va y no camine a
ciegas; por poco me tira el cántaro.
Don Paco, que conoció a Juanita por la voz, contestó con mucha dulzura:
--¡Perdona, hija mía! ¿Te he hecho daño? Ella, que también conoció a don
Paco en seguida, replicó riendo:
--¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues qué, ¿soy yo acaso de
alfeñique?
--No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si en algo eres de
alfeñique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.--Entonces seré
turrón de Alicante: dulce, pero duro.
--Y vaya si me ha parecido duro.
--Si advirtió usted dureza, hablará sólo de su dulzura por adivinanza.
--Pues qué, ¿no podría yo probarla?
--Ya está usted viejo, don Paco, y no podría meterle el diente.
--Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tan
cabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra
los daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más blandas y amorosas
demostraciones.
--¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué demostraciones ha de hacer
usted, si puede ser mi abuelo?
Y como don Paco seguía plantado delante atajándole el camino, Juanita
continuó:
--Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. ¿Qué diría la
gente si le ve y le oye hablar aquí y requebrar en la oscuridad a una
mocita? Capaz será de decir que ha perdido usted la chaveta y que no
sirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrés.
Don Paco se apartó entonces y dejó pasar a Juanita; pero en vez de
dirigirse hacia la fuente, se volvió, siguiéndola, hacia el lugar.
--¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va a su tertulia? Todavía están en
los poyetes el señor cura, el boticario y el escribano. Váyase usted a
hablar con ellos.
--Ya es tarde, pronto se volverá y desisto de ir hasta allí. Prefiero
volver charlando contigo.
--¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no sé decir sino tonterías. No
he leído los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de los
guisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no sé de qué
hablar a su merced.
--Hablame de lo que hablas a Antoñuelo cuando estás con él de palique.
--Yo no sé lo que es palique, ni sé si estoy o no estoy a veces de
palique con Antoñuelo. Lo que sé es que yo no puedo decir a su merced
las cosas que a él le digo.
--¿Y qué le dices?
--¡Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es mi
confesor, pregunta tanto.
--Algo de muy interesante y misterioso tendrá lo que dices a Antoñuelo,
cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas.
--No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se lo
confesaría. Y no se lo cuento tampoco, porque a él no le importa nada, y
a usted debe importarle menos que a él.
A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, habían ya
subido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar,
donde están la iglesia parroquial y las primeras casas.
--Déjeme su merced ahora--dijo Juanita--y no venga, con perjuicio de su
autoridad, acompañando a una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues no se
enojaría poco la señora doña Inés, que tiene tantos humos, si viese a su
señor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino a
una pobrecita trabajadora!
--¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba encomendando algún
trabajo.
--No es ésta hora ni ocasión para eso, y, por otra parte, no es a mí,
sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella si
algo quiere encargar.
Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo,
marcándole la calle por donde debía irse y ella se fue por otra que
formaba ángulo recto con la que don Paco debía seguir.