En el momento en que va a empezar la acción de esta verdadera historia,
Juana tendría unos cuarenta años muy cumplidos, si bien conservaba aún
restos de su antigua belleza, que había sido notable cuando ella tenía
veinte años; pero como entonces era muy pobre y no había descubierto ni
mostrado sus grandes habilidades, no encontró, a pesar de su mérito,
novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera.
A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballería que vino por aquellos
lugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapísimo y muy
gracioso y divertido, se enamoró de Juana y logró enamorarla. No se sabe
si le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que el
bueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que ardía en las
Provincias Vascongadas, y allí le mató una bala carlista, que le
agujereó el cráneo y se le entró en los sesos.
Juana quedó, pues, semiviuda. Póstuma o no póstuma, tuvo una niña
preciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a su
madre. El vulgo añadió después al nombre el mismo epíteto, por donde
esta niña, que será la principal heroína de nuestra historia, vino a ser
apellidada Juanita la Larga.
Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin recatarse y sin disimular
que ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo se
sabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió, pues, a sus pechos a
Juanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empezó a hablar,
llamaba a Juana madre a boca llena.
Esto era considerado como una gran desvergüenza entre las personas
severas del lugar, que clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; pero
poco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos años
nada parecía más natural ni más justo sino que Juanita fuese hija de
Juana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, ya
fervorosos, que alababan el cariño y la devoción maternal de la madre a
la hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar a
Juana con otras que pasaban por honradísimas y que hasta tenían la
insolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con más o
menos fundamento, que habían tenido también fruto, y no de bendición,
del cual se habían desprendido o enviándole a la Inclusa o sabe Dios o
el diablo de qué otra manera.
El epíteto de Larga dado a Juanita no era sólo por herencia; sino que
era también por conquista.
Juanita, a los diecisiete años, había espigado tanto, que era la moza
más alta y más esbelta que había en el lugar. Algo de la sangre belicosa
del oficial de Caballería se había infundido en ella, y la crianza libre
y hombruna que había recibido había desarrollado su agilidad y sus
bríos. Cuando andaba tenía un aire marcial, al par que gracioso; corría
como un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, y
de un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado o del
potro más cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consentía su
decoro y su estética natural e inconsciente, sino sentada, lo cual es
más difícil; hacía trotar y galopar a la bestia, espoleándola con los
talones o azotándola con el extremo del ronzal o de la jáquima, cuando
la tenía y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase.
Los primeros años de la mocedad de Juanita habían sido dificultosos,
porque su madre no había alcanzado aún la extraordinaria reputación de
que después gozaba, no tenía el bienestar y la riqueza de que ya hemos
hablado.
Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le enseñó a coser y a
bordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tomó mucho
cariño, la enseñó a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio.
Desde que tuvo nueve años, Juanita fue de grande auxilio a su madre, que
hasta mucho más tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.
Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunos
cuartos y la fachada de la casa, que era la más limpia de la población,
y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del
ejido, cuyo caño vertía un chorro tan grueso como el brazo de un hombre
robusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regaban
muchísimas huertas y se hacían frondosos, amenos y deleitables los
alrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villa
mereciese este nombre.
El agua, además, era exquisita por su transparencia y pureza, como
filtrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tenía muy grato sabor
y muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribuía, por
último, algunas prodigiosas cualidades, calificándola de muy _vinagreta_
y de muy _triguera_. Quería significar con esto que el arriero que
compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo común muy fuerte, llenaba
sólo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenar
por la mañana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando y
suavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del líquido,
y ganándose así, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunque
vendiese el vinagre al mismo precio en que lo había comprado.
Era también _triguera_ el agua de la fuente, porque sus raras cualidades
consentían, aunque era difícil operación y que debía hacerse con gran
sigilo, que valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase con ella
el trigo que se iba a vender, dejándolo expuesto al sol para que se
secase. Así el trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera quedaba
seco, guardaba por dentro algo del líquido, y se esponjaba y crecía en
peso y en volumen.
Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba otro notable servicio,
porque, además de un gran pilar en que iban a beber y bebían todas las
bestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y además de
otro pilar bajo, que solía ser abrevadero del ganado lanar y de cerda,
llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercón cercado de muros
que lo ocultaban a la vista de los transeúntes, adonde iban las mujeres
a lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en el
agua hasta la rodilla, como por allí es uso, aun en el rigor del
invierno. Frondosos y gigantescos álamos negros y pinos y mimbreras
circundan la fuente y hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al pie de
los mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos de
losas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las señoras que
salen de paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y grata
conversación, siendo los más constantes el escribano, el boticario,
nuestro don Paco y el señor cura, quien al toque de oraciones recita el
_Angelus Domini_, al que responden todos quitándose el sombrero y
santiguándose y persignándose.
En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual con
su cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros
Eliezeres acuden allí para que beban, si no sus camellos, sus muías y
sus borricos. También al lado y dentro del albercón, y a poca distancia
de él, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados y
madreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto se
pone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertulia
democrática y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos,
pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden por
allí atraídos por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo.
V
Juana la Larga, según queda indicado, gracias a su constante actividad,
buen orden y economía, en todo lo cual su hija la ayudaba con
inteligencia y celo, había mejorado de posición y de fortuna. Tenía una
criada muy trabajadora, que barría y fregaba, y bajo la dirección de las
señoras guisaba también, dejando a estas el tiempo libre para ejercer
sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser y
bordar, para lo cual había desplegado aptitud superior a la de su madre.
Juanita no tenía que emplearse en más bajas ocupaciones. Sin embargo,
ora fuese por candorosa coquetería, o sea por deseo de lucir la
gallardía de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porque
Juanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar la
energía de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete
años, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanándose a veces,
a pesar de la desahogada posición de su madre y de ella, a ir al
albercón a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía ella, o
aparentaba temer, que manos más rudas que las suyas la estropeasen.
La verdad era que esto de ir al albercón y a la fuente, más que fatiga
era recreo y solaz para Juanita, la cual divertía a las otras muchachas
con sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacía reír a casquillo
quitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.
Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensión de la palabra. Las
faenas caseras no habían estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y
ni el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña. Su pelo negro,
con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No ponía en él ni
aceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino agua
sola con alguna infusión de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lo
llevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atada
luego, formaba un moño en figura de dos triángulos equiláteros, que se
tocaban en uno de los vértices.
Como Juanita decía que «cabeza loca no quiere toca», casi siempre iba a
la fuente sin pañuelo en la cabeza, luciendo así el primor y la
pulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba la
cabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado por algunos ricillos
menudos que se sustraían a la cautividad en que tenía el moño los más
largos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersa
frente, recta y chiquita, y sobre las sienes tenía grandes rizos
sostenidos con horquillas que llaman por allí _caracoles_, por debajo de
los cuales había una suave patillita, que no fijaba contra la cara con
zaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino que
dejaba flotar libremente en vagas sortijas o más bien alcayatas donde
colgar corazones.
La misma libertad en que se había criado, y el constante ejercicio
corporal, ya en útiles faenas, ya en juegos más de muchacho que de niña,
habían hecho que Juanita, aunque no tenía la santa ignorancia ni había
vivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madres
celosas, no hubiese pensado todavía en cosas de amor. Era buscada,
requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, sabía
despedir huéspedes, imponer respeto y tener a raya a los más atrevidos.
Sólo se le conocía una inclinación que desde la niñez persistía en ella
con constancia; pero esta inclinación, al menos por su parte, más que de
afecto amoroso tenía trazas de fraternal cariño. Quien lo inspiraba,
compartiéndolo sin duda por menos inocente estilo, era Antoñuelo, el
hijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tenía en el lugar
muy humilde parentela.
Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy simpático, aunque de
cortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar a
Juanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda su
voluntad como por virtud de fascinación o de hechizos.