IV

En el momento en que va a empezar la acción de esta verdadera historia,

Juana tendría unos cuarenta años muy cumplidos, si bien conservaba aún

restos de su antigua belleza, que había sido notable cuando ella tenía

veinte años; pero como entonces era muy pobre y no había descubierto ni

mostrado sus grandes habilidades, no encontró, a pesar de su mérito,

novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera.

A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballería que vino por aquellos

lugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapísimo y muy

gracioso y divertido, se enamoró de Juana y logró enamorarla. No se sabe

si le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que el

bueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que ardía en las

Provincias Vascongadas, y allí le mató una bala carlista, que le

agujereó el cráneo y se le entró en los sesos.

Juana quedó, pues, semiviuda. Póstuma o no póstuma, tuvo una niña

preciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a su

madre. El vulgo añadió después al nombre el mismo epíteto, por donde

esta niña, que será la principal heroína de nuestra historia, vino a ser

apellidada Juanita la Larga.

Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin recatarse y sin disimular

que ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo se

sabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió, pues, a sus pechos a

Juanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empezó a hablar,

llamaba a Juana madre a boca llena.

Esto era considerado como una gran desvergüenza entre las personas

severas del lugar, que clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; pero

poco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos años

nada parecía más natural ni más justo sino que Juanita fuese hija de

Juana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, ya

fervorosos, que alababan el cariño y la devoción maternal de la madre a

la hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar a

Juana con otras que pasaban por honradísimas y que hasta tenían la

insolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con más o

menos fundamento, que habían tenido también fruto, y no de bendición,

del cual se habían desprendido o enviándole a la Inclusa o sabe Dios o

el diablo de qué otra manera.

El epíteto de Larga dado a Juanita no era sólo por herencia; sino que

era también por conquista.

Juanita, a los diecisiete años, había espigado tanto, que era la moza

más alta y más esbelta que había en el lugar. Algo de la sangre belicosa

del oficial de Caballería se había infundido en ella, y la crianza libre

y hombruna que había recibido había desarrollado su agilidad y sus

bríos. Cuando andaba tenía un aire marcial, al par que gracioso; corría

como un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, y

de un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado o del

potro más cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consentía su

decoro y su estética natural e inconsciente, sino sentada, lo cual es

más difícil; hacía trotar y galopar a la bestia, espoleándola con los

talones o azotándola con el extremo del ronzal o de la jáquima, cuando

la tenía y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase.

Los primeros años de la mocedad de Juanita habían sido dificultosos,

porque su madre no había alcanzado aún la extraordinaria reputación de

que después gozaba, no tenía el bienestar y la riqueza de que ya hemos

hablado.

Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le enseñó a coser y a

bordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tomó mucho

cariño, la enseñó a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio.

Desde que tuvo nueve años, Juanita fue de grande auxilio a su madre, que

hasta mucho más tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.

Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunos

cuartos y la fachada de la casa, que era la más limpia de la población,

y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del

ejido, cuyo caño vertía un chorro tan grueso como el brazo de un hombre

robusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regaban

muchísimas huertas y se hacían frondosos, amenos y deleitables los

alrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villa

mereciese este nombre.

El agua, además, era exquisita por su transparencia y pureza, como

filtrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tenía muy grato sabor

y muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribuía, por

último, algunas prodigiosas cualidades, calificándola de muy _vinagreta_

y de muy _triguera_. Quería significar con esto que el arriero que

compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo común muy fuerte, llenaba

sólo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenar

por la mañana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando y

suavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del líquido,

y ganándose así, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunque

vendiese el vinagre al mismo precio en que lo había comprado.

Era también _triguera_ el agua de la fuente, porque sus raras cualidades

consentían, aunque era difícil operación y que debía hacerse con gran

sigilo, que valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase con ella

el trigo que se iba a vender, dejándolo expuesto al sol para que se

secase. Así el trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera quedaba

seco, guardaba por dentro algo del líquido, y se esponjaba y crecía en

peso y en volumen.

Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba otro notable servicio,

porque, además de un gran pilar en que iban a beber y bebían todas las

bestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y además de

otro pilar bajo, que solía ser abrevadero del ganado lanar y de cerda,

llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercón cercado de muros

que lo ocultaban a la vista de los transeúntes, adonde iban las mujeres

a lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en el

agua hasta la rodilla, como por allí es uso, aun en el rigor del

invierno. Frondosos y gigantescos álamos negros y pinos y mimbreras

circundan la fuente y hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al pie de

los mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos de

losas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las señoras que

salen de paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y grata

conversación, siendo los más constantes el escribano, el boticario,

nuestro don Paco y el señor cura, quien al toque de oraciones recita el

_Angelus Domini_, al que responden todos quitándose el sombrero y

santiguándose y persignándose.

En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual con

su cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros

Eliezeres acuden allí para que beban, si no sus camellos, sus muías y

sus borricos. También al lado y dentro del albercón, y a poca distancia

de él, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados y

madreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto se

pone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertulia

democrática y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos,

pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden por

allí atraídos por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo.

V

Juana la Larga, según queda indicado, gracias a su constante actividad,

buen orden y economía, en todo lo cual su hija la ayudaba con

inteligencia y celo, había mejorado de posición y de fortuna. Tenía una

criada muy trabajadora, que barría y fregaba, y bajo la dirección de las

señoras guisaba también, dejando a estas el tiempo libre para ejercer

sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser y

bordar, para lo cual había desplegado aptitud superior a la de su madre.

Juanita no tenía que emplearse en más bajas ocupaciones. Sin embargo,

ora fuese por candorosa coquetería, o sea por deseo de lucir la

gallardía de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porque

Juanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar la

energía de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete

años, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanándose a veces,

a pesar de la desahogada posición de su madre y de ella, a ir al

albercón a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía ella, o

aparentaba temer, que manos más rudas que las suyas la estropeasen.

La verdad era que esto de ir al albercón y a la fuente, más que fatiga

era recreo y solaz para Juanita, la cual divertía a las otras muchachas

con sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacía reír a casquillo

quitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.

Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensión de la palabra. Las

faenas caseras no habían estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y

ni el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña. Su pelo negro,

con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No ponía en él ni

aceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino agua

sola con alguna infusión de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lo

llevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atada

luego, formaba un moño en figura de dos triángulos equiláteros, que se

tocaban en uno de los vértices.

Como Juanita decía que «cabeza loca no quiere toca», casi siempre iba a

la fuente sin pañuelo en la cabeza, luciendo así el primor y la

pulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba la

cabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado por algunos ricillos

menudos que se sustraían a la cautividad en que tenía el moño los más

largos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersa

frente, recta y chiquita, y sobre las sienes tenía grandes rizos

sostenidos con horquillas que llaman por allí _caracoles_, por debajo de

los cuales había una suave patillita, que no fijaba contra la cara con

zaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino que

dejaba flotar libremente en vagas sortijas o más bien alcayatas donde

colgar corazones.

La misma libertad en que se había criado, y el constante ejercicio

corporal, ya en útiles faenas, ya en juegos más de muchacho que de niña,

habían hecho que Juanita, aunque no tenía la santa ignorancia ni había

vivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madres

celosas, no hubiese pensado todavía en cosas de amor. Era buscada,

requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, sabía

despedir huéspedes, imponer respeto y tener a raya a los más atrevidos.

Sólo se le conocía una inclinación que desde la niñez persistía en ella

con constancia; pero esta inclinación, al menos por su parte, más que de

afecto amoroso tenía trazas de fraternal cariño. Quien lo inspiraba,

compartiéndolo sin duda por menos inocente estilo, era Antoñuelo, el

hijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tenía en el lugar

muy humilde parentela.

Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy simpático, aunque de

cortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar a

Juanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda su

voluntad como por virtud de fascinación o de hechizos.

Juanita La Larga · 第 9 / 50 题