Viudo hacía ya más de veinte años, tenía una hija de veintiocho, que
había sido la más real moza de todo el lugar, y que era entonces la
señora más elegante, empingorotada y guapa que en él había, culminando y
resplandeciendo por su edad, por su belleza y por su aristocrática
posición, como el sol en el meridiano. Hacía ya diez años que ella había
logrado cautivar la voluntad del más ilustre caballero del pueblo, del
mayorazgo don Alvaro Roldán, con quien se había casado y de quien había
tenido la friolera de siete robustos y florecientes vástagos entre hijos
e hijas.
El tal don Alvaro vivía aún con todo el aparato y la pompa que suelen
desplegar los nobles lugareños. Su casa era la mejor que había en
Villalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, de
magníficas columnas de piedra berroqueña, estriadas y con capiteles
corintios. Sobre la puerta estaba el escudo de armas, de piedra también,
donde figuraban leones y perros, calderas, barcos y castillos y multitud
de monstruos y de otros objetos simbólicos que para los versados en la
utilísima ciencia del blasón daban claro testimonio de su antigüedad y
sublimidad de su prosapia.
Decían las malas lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Alvaro
estaba atrasado, que tenía hipotecadas algunas de sus mejores fincas y
que debía bastante dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas,
porque él vivía como si nada debiese. Le servían muchos criados,
constantes unos y entrantes y salientes otros; y como era aficionadísimo
a la caza, no le faltaban una jauría de galgos, podencos y pachones, y
dos hábiles cazadores o escopetas negras, que solían acompañarle.
En la casa había jardín, y además un desmesurado corralón, donde, para
mayor recreo y gala, no se encerraban sólo gallinas y pavos, sino, en
apartados recintos, venados y corzos traídos vivos de Sierra Morena, y
por último, amarrado a fuerte cadena de hierro, por temor a sus
travesuras y ferocidades, un enorme mono que había enviado de Marruecos
un capitán de Infantería, primo del señor.
Doña Inés, que así se llamaba la hija de don Paco, venerada esposa de
don Alvaro Roldán, tenía también muchos costosos caprichos de varios
géneros. Se vestía con lujo y elegancia no comunes en los lugares;
sustentaba canarios, loros y cotorras; era golosísima y delicada de
paladar, y los mejores platos de carne y los almíbares más apetitosos se
comían en su mesa. El chocolate, que se elaboraba en su casa dos veces al
año, gozaba de nombradía en toda la comarca.
Como don Alvaro Roldán estaba ausente más de la mitad del tiempo, ya
cazando conejos, perdices y liebres, ya en distantes monterías, ya en
las ferias más concurridas de los cuatro reinos andaluces, doña Inés se
quedaba sola, pero tenía para distraerse varios recursos, además de la
lectura de libros serios.
Su criada favorita, llamada Serafina, era una verdadera joya, lo que se
llama un estuche. Sabía tocar la guitarra rasgueando y de punteo;
cantaba como una calandria, tanto las melancólicas playeras como el
regocijado fandango. Su memoria era rico arsenal o archivo de coplas,
tiernas o picantes, en que la casta musa popular no siempre merecía el
mencionado calificativo con que algunos la designaban.
No se entienda por esto que doña Inés gustase de conversaciones libres y
escabrosas. Cuanto no era lícito y puro en el pensamiento y en la
palabra ofendía sus oídos de austera matrona; pero en un lugar hay que
sufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propio
don Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran las
personas que le rodeaban. Valga para ejemplo cierto mozo, de unos quince
años de edad, hijo del aperador y favorito de don Alvaro, que este tenía
siempre en casa para que entretuviese a los niños. Como el aperador era
Calvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lo
mucho que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de doña Inés, he de
citar un caso que de Calvete me han referido.
Antes que cumpliese dos años el primogénito de los Roldanes, logró
Calvete enseñarle a pronunciar con la mayor perfección cierto vocablo de
tres sílabas en que hay una aspiración muy fuerte. Encantado con su
triunfo pedagógico, corrió por toda la casa gritando como un loco:
--¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El señorito lo dice claro!
Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro quedó más encantado que
Calvete y le dio en albricias un doblón de a cuatro duros, después que
el niño dijo delante de él la palabreja y él admiró el aprovechamiento y
la precocidad del discípulo y la virtud didáctica del maestro.
Amigas tenía pocas doña Inés, porque casi todas las hidalguillas y
labradoras de la población estaban muy por bajo de ella en
entendimiento, ilustración, finura y riqueza.
Quien más acompañaba, por consiguiente, en su soledad a la señora doña
Inés era el cacique don Andrés Rubio, embobado con el afable trato de
ella y cautivo de su discreción y de su hermosura. Daba esto ocasión a
que los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardías. Pero ¿quién en
este mundo está libre de una mala lengua y de un testigo falso? ¿Cómo la
gente grosera de un lugar ha de comprender la amistad refinada y
platónica de dos espíritus selectos? El señor cura párroco era de los
pocos que verdaderamente la comprendían, y así encontraba muy bien
aquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porque
redundaba en bien de los pobres y de la iglesia, a quien doña Inés y
don Andrés, puestos de acuerdo, hacían muchos presentes y limosnas.
Era el cura párroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severo
en su moral, muy religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y del
respeto a la jerarquía social. Casi siempre en sus pláticas, en sus
conversaciones particulares y en los sermones, que predicaba con
frecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra la
falta de religión y contra la impiedad que va cundiendo por todas
partes, con lo cual los ricos pierden la caridad y los pobres la
resignación y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentan
los vicios, las malas pasiones y las peores costumbres.
El padre Anselmo, que así se llamaba el cura párroco, admiraba de buena
fe a la señora doña Inés como a un modelo de profunda fe religiosa y de
distinción aristocrática. Era el tipo ideal realizado de la gran señora,
tal como él se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doña Inés
ocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo para
no dar escándalos, de la santa conformidad con la voluntad de Dios y de
la longanimidad benigna para perdonar las ofensas. Bien sabía toda la
gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldán solía andar
metido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta al
cañé; y lo que es peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casi
siempre perdía. Para consolarse apelaba a un lastimoso recurso: gustaba
de empinar el codo, y aunque tenía un vino regocijado y manso, siempre
era grandísimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su lado
y como compañero a un borracho.
Por último, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tenía tan egregia y
bella esposa, se dejaba llevar a menudo de las más villanas
inclinaciones, y en una o en otra de sus dos magníficas caserías alojaba
con mal disimulado recato a alguna daifa, por lo común forastera, que
había conocido y con quien había simpatizado, ya en esta feria, ya en la
otra.
Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfección. El
padre Anselmo no ignoraba sus extravíos, contribuyendo esto a hacer más
respetable a sus ojos a la prudente y sufrida señora.
Era tal la distinción aristocrática de doña Inés, que, sin poder
remediarlo, hasta en su padre encontraba cierta vulgar ordinariez que la
afligía no poco; pero como doña Inés tenía muy presentes los
mandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa,
nunca dejaba de honrar a su padre como debía, si bien procuraba honrarle
desde lejos y no verle con frecuencia, a fin de no perder las ilusiones.
En suma, don Andrés el cacique era la única persona que por naturaleza
estaba a la altura de doña Inés y era capaz de comprenderla y admirarla.
Y digo por naturaleza, porque el padre Anselmo, aunque por naturaleza
era entendido, estaba, además, tan ayudado y tan ilustrado con la gracia
de Dios, que comprendía como nadie el valor y las excelencias de doña
Inés, y era muy digno de su trato familiar, teniendo con ella
piadosísimos coloquios, en los cuales se desataba contra la abominable
corrupción de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad que
prevalece en el día y que se va apoderando de todos los espíritus.