Al salir el sol me hice á la vela, con viento por el SSE bonancible, y
al remo, por no ser posible romper las corrientes, á menos que no sea
una tormenta. Refrescó bastante el viento, y navegué este dia siempre
arrimado á la barranca del S al O corregido, 11½ millas de distancia.
A las 7 de la mañana, llegamos á unas barrancas de extraordinaria
altura en la costa del S, que distan cerca de media legua de la orilla
del rio: entre estas y dicha orilla hay otras coloradas, compuestas
de una especie de polvo de este color, y chinos ó piedras menudas.
El compuesto de estas y de las antecedentes no tiene liga alguna, ni
jugo para poder ligarse ó juntarse, y es cierto que forma una vista
maravillosa.
Por la parte del rio son estas barrancas inaccesibles: parecen
castillos muy altos, particularmente las blancas, con sus cornizas ó
molduras. No producen sus cumbres ni sus faldas ninguna especie de
yerba, solo si algunas muy pocas, y chicas matas de maleza espinosa;
pero tan raras y ruines, que jamas llegó á mi imaginacion que en todo
el globo de la tierra pudiese haber alguna tan infeliz como esta: no se
ven rastros ni animales, pero ni tampoco pájaros.
Es infelicísima la tierra de una y otra banda, despues que se embarcó
el cacique Roman hasta aquí: pero ninguna hallé como la de hoy;
horroriza su esterilidad, y los precipicios de sus barrancas.