La insurrección de las colonias españolas del Continente americano
encontró en los norteamericanos franca simpatía. Este es un hecho de
evidencia innegable y de fácil explicación. Los norteamericanos habían
hecho surgir su nacionalidad al calor de su amor al republicanismo, y
por fuerza tenían que sentirse identificados con aquellos pueblos que
moraban en el mismo Continente, que como ellos tenían su origen en la
colonización europea, y que sobre todo aspiraban a la independencia
inspirados y alentados por su ejemplo.
Que los hombres que por aquella época ejercían los poderes públicos en
los Estados Unidos participaban de ese estado de opinión, está
demostrado por muchos antecedentes que figuran en documentos oficiales.
Véase la resolución del Presidente de la República enviando un cónsul a
Caracas, a mediados del año 1810, como respuesta a la solicitud de la
"Junta" de dicha ciudad reclamando el envío de ese funcionario, después
de decretada la libertad de comercio; las frases que se emplean en la
comunicación de 19 de diciembre de 1811, por la que el Secretario de
Estado, a nombre del Presidente, avisa el recibo de la notificación que
se le hace de la declaración de Independencia de las "Provincias Unidas
de Venezuela", así como el dictamen de un Comité especial, a que fué
deferida dicha "Declaración", en la Cámara de Representantes, y por el
que se recomendaba se incitase a los revolucionarios para que
perseveraran en sus esfuerzos; los términos del Mensaje Presidencial de
2 de diciembre de 1817, en que por el primer magistrado se le expone al
Congreso que en la lucha entre España y sus colonias había puesto todo
su empeño en tratar bajo el mismo pie a los dos bandos contendientes,
manteniéndose neutral y permitiendo a unos y a otros abastecerse en los
puertos de la nación; léanse esos y otros documentos de aquella época,
relativos a la misma materia, y se comprobará la exactitud de nuestra
afirmación.
Pero nada de esto es comparable al paso que dió la Cancillería Americana
en pro de la Independencia de aquellas colonias, el año 1818, esto es,
cuando aún no había reconocido dicha Independencia y cuando todavía el
poder de España combatía la rebelión. Inmediatamente nos vamos a referir
a él.
La "Santa Alianza", la liga sombría y funesta que para acabar con todas
las libertades, como medio de afirmarse en sus tronos, idearon los
soberanos de Europa, se había constituído en 1815, y en 1818 debía
celebrar sus sesiones en Aix-La-Chapelle. Entre los asuntos que iban a
ser materia de discusión ocupaba lugar la manera de mantener el poder de
España en sus colonias.
El Gobierno de Washington se enteró de que por algunos de los de Europa
se pretendía recabar el apoyo de los Estados Unidos en aquella empresa,
y en 31 de julio del año a que nos referimos, Richard Rush, en aquel
entonces Ministro en Londres, procediendo de acuerdo con instrucciones
de la Secretaría de Estado, le hizo saber a Lord Castlereagh, Ministro
de asuntos exteriores, que el Gobierno de los Estados Unidos, tras
detenida deliberación, había resuelto no tomar parte, bajo ningún
concepto, en ningún plan de pacificación que tuviera otra finalidad que
no fuera la de la independencia de las colonias. Análoga manifestación
hicieron a los Gobiernos de Francia y Rusia los Enviados de los Estados
Unidos ante los mismos.
Al enterarse el Gobierno Inglés de la resuelta actitud de los Estados
Unidos, le retiró todo su apoyo al proyecto de la Santa Alianza de
someter las revueltas colonias.
La Gran Bretaña se colocaba en una situación eminentemente práctica. Por
arriesgarse en una empresa cuyas consecuencias desconocía, no se iba a
atraer el odio de los pueblos de la América del Sur y a perder el
magnífico comercio que con los mismos había emprendido y que hasta
entonces estuvo monopolizado por España. Ni siquiera podía seducirla la
adquisición de nuevos territorios, pues la India, Australia y el Africa
del Sur ofrecían ancho campo a su actividad exterior.
Si algún temor hubo de quedar con respecto a la actitud que en lo futuro
pudiera adoptar Inglaterra, quedó desvanecido poco tiempo después, el
año 1822, cuando, con ocasión de reunirse la Santa Alianza en Verona,
protestó aquella nación, por boca del Duque de Wellington, en términos
tan enérgicos contra el acuerdo de que Francia pudiera intervenir en
España con objeto de restablecer el orden, y contra aquel otro por el
que se eliminaba la representación popular y se suprimía la libertad de
imprenta, que de hecho quedó separada de la Santa Alianza; y sin su
cooperación parecía aventurado que las otras naciones se arriesgaran en
la empresa de someter a las colonias.
* * * * *
El mes de abril del propio año en que se reunió el Congreso de Verona y
cuando todavía combatía España en suelo americano, por no perder su
soberanía, el gobierno de Washington reconoció la independencia de las
nuevas nacionalidades.
Este hecho, revelador de la actitud de los Estados Unidos--francamente
favorable a los nuevos Estados--, unido al de la desviación de
Inglaterra del proyecto de la Santa Alianza, de someter a las colonias,
parecía alejar todo peligro de que España recuperase sus perdidos
dominios. Pero no era así: hemos de ver inmediatamente cómo al año
siguiente la funesta Santa Alianza se ofreció más amenazadora que nunca.
* * * * *
En el verano del año 1823, después que las huestes francesas invadieron
con éxito la península española, se aseguraba como cosa corriente, en
todas las cancillerías, que el próximo paso que daría Francia,
respaldada por la Santa Alianza, sería el de ayudar a España a mantener,
recobrar, mejor dicho, su dominación en las colonias.
A Inglaterra le infundía serios temores la probabilidad de que tal
empresa se realizara, no ciertamente por la suerte que pudieran correr
los nuevos Estados, pues no había reconocido su independencia, como ya
lo habían hecho los Estados Unidos, sino porque, según antes se había
dicho, iba a perder su cada vez más próspero comercio con las antiguas
colonias, dado que en aquella época sólo la Metrópoli podía comerciar
con sus posesiones, y, además, porque iba corriendo el peligro de que
Francia obtuviera compensaciones territoriales y fuera a convertirse, de
esa manera, en fuerte rival suyo como potencia colonial.
El Gobierno Inglés pensó en prevenirse contra ese peligro, y como
conocía ya la opinión del pueblo norteamericano, hacia éste volvió la
vista. Véase cómo procuró un acercamiento con el gobierno de Washington,
para evitar la posible acción de la Santa Alianza en Hispano-América.
En 16 de agosto de 1823, George Canning, Ministro de Relaciones
Exteriores en el Gabinete Británico, sostuvo una conversación con el
Ministro de los Estados Unidos, Richard Rush, y después de exponerle el
hecho de que hacía pocas semanas le había significado al gobierno de
París, por medio de una "nota", que Inglaterra estaba confiada en que
Francia no se prevalería de su posición para obtener concesiones
territoriales en las posesiones españolas, hubo de manifestarle que, a
su juicio, los Estados Unidos pensaban de la misma manera; y que el
hecho solo de que las naciones de Europa vieran a éstos y a su nación
abundando en la misma opinión, sería suficiente para evitar la
proyectada acción militar.
Cuatro días después, o sea el 20 de agosto, quiso Canning ser más
preciso y hubo de librarle una comunicación al diplomático
norteamericano proponiéndole que los dos se unieran, a nombre de sus
respectivos gobiernos, para formular estas declaraciones:
1º--Consideramos imposible la reconquista de las colonias por España.
2º--Consideramos la cuestión de su reconocimiento como Estados
independientes, sujeta al tiempo y a las circunstancias.
3º--No estamos, sin embargo, dispuestos a poner obstáculos para un
arreglo entre ellas y la madre patria, por medio de negociaciones
amistosas.
4º--No pretendemos apropiarnos ninguna porción de esas colonias.
5º--No veríamos con indiferencia que una porción de ellas pasase al
dominio de otra potencia.
En 23 de agosto Rush le acusó recibo a Canning de su proposición, en
términos admirables. Le expuso que tenía la seguridad de que el Gobierno
de Washington abundaba en el mismo parecer que el de Londres, y que en
ese sentido no tendría inconveniente en formular las cinco declaraciones
en cuestión, pero que la forma de hacer dichas declaraciones es lo que
él no podía decidir sin antes recibir instrucciones; y aprovechó la
ocasión para hacer resaltar, por cierto que con mucha delicadeza, el
hecho singular de que Inglaterra, que tanto se preocupaba al parecer de
la suerte de las colonias, no hubiera reconocido aún su independencia.
Expresóse en estos términos:
Los Estados Unidos ya han reconocido la independencia de las
provincias españolas de la América y lo único que desean es ver
mantenida dicha independencia en condiciones de estabilidad, para
ventura y provecho de las mismas y del resto del mundo. Para el
mejor éxito de esta finalidad nada sería más conveniente que el
hecho de que las naciones de Europa, muy especialmente la Gran
Bretaña, recibieran a las referidas provincias en la familia de las
naciones.
¿Por qué el diplomático norteamericano, al consignar que aunque tenía la
seguridad de que su Gobierno participaba del pensamiento encerrado en
las cinco declaraciones, aseveraba que desconocía la forma en que podría
formularlas?
La explicación la revelan los términos de la comunicación que el propio
día 23 de agosto le dirigió Richard Rush al Secretario de Estado al
remitirle la proposición del Ministro inglés. Le llamaba la atención a
su Gobierno con respecto al peligro que podría encerrar tomar una medida
que los envolviera en el sistema político europeo, y que por otra parte
podría acarrearles la enemistad de Francia, que por sí sola, a su
juicio, no podía emprender tan magna empresa.
Se ve, pues, que Rush no creía conveniente que los Estados Unidos
dieran paso alguno que implicara una negación del principio de "las dos
esferas".
El día 31 del propio mes de agosto, Canning hubo de dirigirle otra
comunicación a Rush, que éste, a su vez, remitió a Washington, donde
llegó el 5 de noviembre, exponiéndole que las proposiciones que le había
hecho eran meramente confidenciales, desprovistas de todo carácter
oficial; pero, en cambio, en 18 y 26 de septiembre, le consultó si, caso
de reconocer la Gran Bretaña la independencia de las provincias
españolas, los Estados Unidos suscribirían las declaraciones propuestas,
a lo que contestó el diplomático norteamericano que nada resolvería
mientras no tuviera instrucciones.
Rush, en una comunicación fechada en 10 de octubre y que llegó al
Departamento de Estado el 19 de noviembre, reveló estar al cabo de
cuáles eran los móviles que guiaban a la Gran Bretaña en este asunto:
No la guía--decía--ninguna buena disposición hacia la Independencia
de los nuevos estados... No se inspira más que en su interés y en
su ambición, y hasta no me extrañaría que en el fondo estuviera de
acuerdo con el propósito de la Santa Alianza de suprimir en Europa
las reformas populares.
En 22 de octubre Rush vuelve a escribir para decir que Canning guardaba
completo silencio en el negocio en cuestión, que nada le había vuelto a
decir sobre el particular.
En 24 de noviembre Canning y Rush celebran una conferencia, en la que el
primero le da cuenta al segundo de la que a su vez había celebrado el
día 9 de octubre con el Embajador francés Príncipe de Polignac.
Le expuso que en esas conferencias él había declarado que la Gran
Bretaña permanecería neutral en la disputa entre España y sus colonias,
a menos que promediara en dicha lucha alguna potencia extranjera; que no
aspiraba a ventajas territoriales, sino a sostener relaciones de amistad
y comercio con las referidas colonias, y que reconocería la
independencia de éstas caso de que alguna nación interviniera en el
referido conflicto, ya por la fuerza, ya por medio de la amenaza.
Asimismo le dió a conocer a Rush que el Príncipe de Polignac, por su
parte, había declarado que Francia no se aprovecharía de las ventajas de
su situación en España para realizar adquisiciones territoriales en
América, y que no emprendería contra las colonias acción alguna por
medio de las armas.
Ahora Rush se lo explicaba todo. Canning fué a buscar alianzas con los
Estados Unidos cuando temió que Francia aprovechara su situación para
conseguir buenas posiciones en la América, y desistió de ese empeño
cuando esta nación le dió la seguridad de que no iba a emprender ese
camino.
Veamos ahora qué acogida se había dispensado en Washington, mientras
tanto, a las proposiciones de Canning.
El Presidente de la República, James Monroe, quiso oir la opinión del ex
Presidente Jefferson, y éste la expuso por medio de una carta fechada en
22 de octubre.
Dijo Jefferson, en esa carta, que tanto la América del Norte como la del
Sur tenían un sistema distinto al de Europa, razón por la cual debían
mantenerse alejadas de las cuestiones y disputas de ésta; que la única
nación europea de quien se podía temer algo, por su potencia, era la
Gran Bretaña, y que si ésta se desprendía del bando enemigo para
engrosar el de los gobiernos libres, la suerte de éstos estaba decidida.
En ese sentido mostrábase partidario de la alianza con la Gran Bretaña.
En parecidos términos se expresó el ex Presidente Madison, a quien
Monroe también pidió consejo.
A principios de noviembre del año 1823, a que nos venimos refiriendo, el
Presidente Monroe dió cuenta con este asunto de las proposiciones de
Canning a su Gabinete. En un principio pareció inclinado a que los
Estados Unidos hicieran conjuntamente con la Gran Bretaña las
declaraciones propuestas por Canning; pero alguien que había en ese
Gabinete, y que, tanto por el temple moral de su carácter como por su
patriotismo y talento, figura entre los primeros ejemplares de la gran
democracia americana, hizo ver a todos la verdadera situación. Nos
referimos a John Quincy Adams, a la sazón Secretario de Estado. Hizo ver
a todos, con su extraordinaria sagacidad, que lo que buscaba hábilmente
la Gran Bretaña al procurar esa liga con los Estados Unidos era, más
bien que oponer una barrera a las pretensiones de la Santa Alianza,
impedir a éstos excederse de los linderos de su territorio en lo futuro.
Siguiendo esta opinión el Presidente, abandonó la que le indicaba
Calhoun, otro de sus Secretarios, que se mostraba partidario de darle un
voto de confianza a Rush. En definitiva, nada se acordó sobre las
proposiciones de Canning.
* * * * *
Hemos narrado punto por punto todos los detalles relacionados con las
proposiciones de Canning, con toda intención. Por muchos se consideran
las gestiones de Canning en este asunto como causa de la enunciación de
la famosa doctrina de Monroe, a que después nos referiremos, cuando no
es así.
Toda la significación y trascendencia de las proposiciones de Canning
queda señalada. No produjeron otras consecuencias que las que dejamos
dichas. El verdadero origen de la doctrina de Monroe hay que buscarla en
una causa mediata: el deseo del Gobierno de Washington de evitar que la
Santa Alianza trajera a América sus principios reaccionarios, y en otra
inmediata: la actitud adoptada por la Cancillería Americana con ocasión
de determinadas situaciones que sobrevinieron en las relaciones
diplomáticas con Rusia, y a que a renglón seguido nos vamos a contraer.
* * * * *
En 16 de septiembre del año 1821 el Emperador de Rusia expidió un úkase
prohibiéndole a los extranjeros comerciar y navegar dentro de una zona
de cien millas italianas, situada entre la costa noroeste de América, el
estrecho de Behring y el paralelo número 51 de latitud norte.
La Gran Bretaña y los Estados Unidos se creían con derecho a esa zona, y
sus respectivos gobiernos protestaron contra aquella disposición.
En 17 de julio de 1823 el Secretario de Estado J. Q. Adams se encontraba
tratando de este asunto con el Barón de Tuyl, Ministro ruso, y hubo de
hacerle esta arrogante declaración que resumía su manera de pensar en el
asunto y que era una expresión del estado general de la opinión ante las
amenazas de Europa:
Le negamos a Rusia derecho a ningún establecimiento territorial en
este Continente, y desde ahora proclamamos el principio de que los
Continentes americanos, en lo futuro, no serán objeto de nuevas
colonizaciones por parte de Europa.
Cinco días después, Adams le enviaba instrucciones a Middleton, Ministro
en Rusia, con respecto a este asunto, y le decía:
Ninguna ocasión más a propósito que ésta para expresarle al
Gobierno de Rusia, con toda franqueza, que el mantenimiento de la
paz y el interés mismo de Rusia son incompatibles con el
establecimiento, por esta nación, de nuevas posesiones en el
Continente Americano. Con excepción de las colonias británicas
situadas al Norte de los Estados Unidos, el resto de los dos
Continentes no debe ser gobernado más que por manos americanas...
Negamos, pues, el derecho de Rusia a establecer colonias en este
Continente... Las nuevas repúblicas americanas sentiríanse
intranquilas si vieran a Rusia de vecina con los Estados Unidos;
esto aparte de que las pretensiones rusas en esta materia resultan
incompatibles con las de la Gran Bretaña.
Obsérvese que esta declaración de Adams está perfectamente inspirada en
la doctrina de "las dos esferas". Lo propio aconteció con otra
declaración que formuló también por aquella época, con motivo de
determinadas gestiones del propio Ministro ruso, según vamos a ver.
En 16 de octubre del año 1823, el Ministro ruso, Barón de Tuyl, visitó a
Adams en la Secretaría de Estado y le expuso, siguiendo instrucciones de
su Gobierno, que al conocimiento de éste había llegado que la República
de Colombia había designado como Ministro en aquel Imperio al General
Devereaux, y que se había resuelto no recibirlo y adoptar análoga
determinación con todos los diplomáticos que enviaran los nuevos
gobiernos de Hispano-América.
Adams hubo de contestarle que por encontrarse ausente en Virginia el
Presidente de la República, no podía darle una contestación oficial;
pero que podía hacerle presente que la declaración de los Estados
Unidos, al reconocer la independencia de los Estados americanos, de
continuar en la neutralidad hasta entonces observada respecto a España y
sus colonias emancipadas, había tenido por base la observancia de igual
neutralidad por todas las potencias de Europa con respecto a dicha
lucha; que mientras aquel estado de cosas continuara sin modificación,
podía asegurarle que los Estados Unidos no se apartarían de la
neutralidad declarada; pero que si uno o más Estados europeos se
separaban de este camino, el cambio de circunstancias necesitaría
consideraciones de parte del gobierno americano, cuyo resultado le era
imposible predecir.
El día 5 de noviembre, de regreso el Presidente, Adams le dió cuenta de
la entrevista y de las manifestaciones que había hecho, y aquél no sólo
las aprobó, sino que le expuso que así se lo hiciera saber al
diplomático ruso; cumpliéndose esto en una entrevista que tuvo efecto
tres días después.
Pero no terminó con eso este asunto. Se continuó tratando del mismo en
el Gabinete, y el 25 del propio mes se redactó una declaración, dos días
después leída por Adams a Tuyl, concebida así:
Los Estados Unidos ni su Gobierno pueden ver con indiferencia que
ninguna nación europea, no siendo la propia España, trate de
restablecer, ya el dominio de ésta sobre sus colonias emancipadas,
ya de fundar monarquías en dichas colonias, ya de adquirir alguna
de las que aún se encuentran bajo el dominio de España.
Bueno es hacer constar, para la mejor inteligencia de esta declaración,
que uno de los proyectos que acariciaba la Santa Alianza era el de
establecer monarquías en América.
Se ve, pues, por lo expuesto, que desde el mes de julio del año 1823 la
Cancillería norteamericana había levantado, frente a las ambiciones de
Europa, el principio de la "no colonización", y que en noviembre de ese
mismo año había levantado, también frente a la ingerencia que pudieran
adoptar las naciones del Viejo Continente en los asuntos americanos, el
principio de la "no intervención".
Estos principios, que no son otra cosa que una enunciación de la
doctrina de "las dos esferas", fueron repetidos por el Presidente Monroe
en su Mensaje al Congreso, de 2 de diciembre del citado año. Desde
entonces se conocen las ideas expuestas en ese documento, con el nombre
de "Doctrina de Monroe".
El principio de la "no colonización" está expuesto así:
En las discusiones a que han dado origen estos intereses, y en los
arreglos que deben terminarlas, he creído llegada la ocasión de
afirmar, como un principio en que están envueltos los derechos e
intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos,
por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen,
no deberán considerarse en lo adelante sujetos a futuras
colonizaciones por las potencias europeas (_are henseforth not to
be considered as subjects of future colonization by any European
powers_).
Y a su vez se refirió al principio de la "no intervención" en los
términos siguientes:
Respecto de los acontecimientos en esa parte del Globo, con que
tenemos tantas relaciones y de donde derivamos nuestro origen,
hemos sido siempre interesados y ansiosos espectadores. Los
ciudadanos de los Estados Unidos alimentan los sentimientos más
amigables en favor de la libertad y felicidad de sus prójimos en
aquella parte del Atlántico. Jamás hemos tomado parte en las
guerras de las potencias europeas, sobre los asuntos que a ellas
tocan: ni nuestra política permite hacerlo. Unicamente cuando
nuestros derechos son invadidos o seriamente amenazados, nos
resentimos por la injuria o nos preparamos a la defensa.
Estamos, por necesidad, más inmediatamente relacionados con los
movimientos en este hemisferio, por causas fáciles de comprender a
todas las personas ilustradas y a los observadores imparciales. El
sistema político de las potencias aliadas es esencialmente
distinto, en este respecto, del de América. La diferencia procede
de la que existe entre los respectivos gobiernos. Nuestra nación
está interesada y decidida a defender el propio hogar, que ha sido
construído a expensas de tanto tesoro y de tanta sangre y
acrecentado por la sabiduría de los más inteligentes ciudadanos, y
en el cual hemos disfrutado de una felicidad envidiable.
Cumple por consiguiente a la ingenuidad y a las amigables
relaciones existentes entre los Estados Unidos y aquellas
potencias, el deber de declarar: que consideraríamos cualquier
tentativa por su parte, de extender su sistema a cualquier porción
de este hemisferio, como peligrosa para nuestra paz y seguridad.
Nosotros no hemos intervenido ni intervendremos en las colonias o
dependencias existentes de ninguna potencia europea. Pero respecto
de los gobiernos que han declarado y mantenido su independencia,
que hemos reconocido, apoyados en grandes consideraciones y justos
principios, veríamos cualquier intervención con el propósito de
oprimirlas o disponer en cualquiera otra forma de sus destinos, por
cualquier potencia europea, como la señal de una no amigable
(_unfriendly_) disposición hacia los Estados Unidos.
En la guerra entre aquellos nuevos gobiernos y España declaramos
nuestra neutralidad al tiempo de su reconocimiento, que hemos
observado y observaremos, con tal que no ocurra cambio alguno que,
a juicio de competentes autoridades o de este Gobierno, amerite,
por parte de los Estados Unidos, un cambio correspondiente a
indispensable a su seguridad.
Los últimos acontecimientos en España y Portugal demuestran que la
Europa está todavía perturbada (_unsettled_). La mejor prueba que
puede producirse respecto de ese importante hecho, es que las
potencias aliadas han creído conveniente y satisfactorio para ellas
la intervención por la fuerza en los asuntos interiores de España.
Hasta qué punto pueda llevarse tal intervención, bajo los mismos
principios, es cuestión en que están interesadas todas las naciones
independientes cuyos gobiernos difieran de los suyos, incluso las
más remotas, y de seguro ninguna con mayor motivo que los Estados
Unidos.
Nuestra política respecto de Europa, adoptada desde el comienzo de
las guerras que han agitado por largo tiempo aquella parte del
Globo, permaneció siempre igual en el hecho de no intervenir en los
asuntos interiores de aquellos Estados; considerar el gobierno de
facto como legítimo; cultivar con él relaciones amigables y
conservarlas con franca, firme y varonil política; aceptar siempre
las justas reclamaciones de todas las potencias; y no someternos a
las injurias de ninguna de ellas.
Pero respecto de estos continentes, las circunstancias son
enteramente distintas. Es imposible que las potencias aliadas
puedan extender su sistema político a cualquiera porción de este
hemisferio, sin peligro para nuestra paz y felicidad, ni nadie
puede creer que nuestros hermanos del Sud, si se les dejase solos,
lo consintiesen de buen grado. Es igualmente imposible, por lo
tanto, que nosotros mirásemos con indiferencia tal intervención, en
cualquier forma que ocurriese.
Si comparamos las fuerzas y los recursos de España con los de
aquellos gobiernos, y la distancia que los separa, es claro que la
primera nunca podrá subyugar a los segundos.
Es también política de los Estados Unidos la de dejar las partes
entenderse entre sí, en la esperanza de que las otras potencias
adopten el mismo principio.
Repetimos lo que antes dijimos. No se expuso en el Mensaje ninguna idea
nueva. Eran las mismas consignadas con ocasión de los dos incidentes con
el Gobierno de Rusia.
Está fuera de discusión que el verdadero autor de la doctrina en
cuestión fué Adams, no sólo porque fué concebida por el criterio de
éste, sino porque fué él quien redactó los párrafos que se acaban de
transcribir.
Cuando en Europa se conoció el Mensaje de Monroe, produjo un efecto
sorprendente. A todos causó verdadero asombro que una nación que había
surgido hacía poco, que no contaba más que con diez millones de
habitantes, se atreviera a encararse, por así decirlo, de una manera tan
atrevida, con las viejas monarquías europeas. Las declaraciones
formuladas con este motivo por el Príncipe de Metternich, por Von Gent,
por Chateaubriand, por los más insignes estadistas europeos, denotan que
el Mensaje les había producido la sorpresa que ocasiona un acto de
arrojo y de valor.
El periódico francés _L'Etoile_ se expresaba así:
Mr. Monroe no es más, después de todo, que el Presidente temporal
de una República situada en la costa oriental de la América del
Norte. Esa República está situada entre unas posesiones del Rey de
España y otras del Rey de Inglaterra, y no hace más que cuarenta
años que fué reconocida su independencia. ¿Con qué derecho coloca
ahora bajo su control a las dos Américas, desde la bahía de Hudson
hasta el Cabo de Hornos?
Al mismo Canning no le agradaron los términos del Mensaje.
Probablemente--le decía a Rush en 2 de enero de 1824--la Gran
Bretaña se verá en el caso de tener que combatir el principio de la
no colonización.
Pero, a pesar de todos esos comentarios, el Mensaje produjo el efecto
que se buscaba; pues aunque Francia le había dado la seguridad a la Gran
Bretaña de que no ayudaría a España en la Empresa de someter a las
colonias, la actitud de la Santa Alianza, a ese respecto, lejos de ser
franca, era aun para inspirar desconfianza en América.
La mejor prueba de que el Mensaje tuvo eficacia, la revela el hecho de
que todos los sudamericanos lo recibieron con marcadas señales de
regocijo.
Y por lo pronto, Rusia, antes tan amenazadora, transiguió sus
diferencias con los Estados Unidos, en cuanto al comercio y la
navegación de la zona situada al noroeste del Continente, por un tratado
que se apresuró a suscribir en la primavera del año 1824.