SU ANTECEDENTE: LA POLÍTICA DEL "AISLAMIENTO" O DE "LAS DOS ESFERAS"

El movimiento revolucionario de las trece colonias inglesas de la

América del Norte, que culminó en su independencia, ofrece un sello

especial: no fué obra de la pasión exaltada ni de un mero

sentimentalismo; fué el producto de una voluntad reflexiva y consciente,

inspirada en el más sincero y juicioso patriotismo. En la generalidad de

las revoluciones ocurre cosa bien distinta: las huellas más marcadas las

traza la pasión desordenada, o un sentimiento mal inspirado y peor

dirigido.

En la revolución de los Estados Unidos, los Washington, los Hamilton,

los Madison, los Franklin, el grupo de hombres que de tan sabia manera

supo guiar los destinos de aquel gran pueblo, tuvo una intención

deliberada: constituir un gobierno adecuado y estable, y acarició al

propio tiempo el ideal de que su patria llegara a ser poderosa y grande.

Pero los "Padres de la República" se dieron cuenta de que para que la

"Unión" perdurase no bastaba con levantar el edificio de la

confederación en condiciones de estabilidad, sino que era necesario

además, por su misma conveniencia y seguridad, mantener a la nueva

nacionalidad completamente separada, ajena a las luchas y problemas de

Europa. Pensando en esa finalidad, trazaron idealmente, en mitad del

Océano Atlántico, una línea divisoria entre el Nuevo y el Viejo

Continente.

Esa idea, ese presentimiento, hizo nacer en la mente de estadistas y

patriotas la política del "aislamiento" (_isolation_) o de las "dos

esferas" (_two spheres_), y tuvo dicha política su mayor arraigo y

fuerza en la creencia popular, más generalizada entonces que ahora, de

que los dos continentes, en todos los órdenes, eran cosa absoluta y

totalmente distinta.

Se puede decir que esa política fué concebida desde años antes de que se

reuniera la Convención de Filadelfia.

En noviembre de 1782 conversaban en París John Adams y Mr. Oswald,

Comisionado para tratar de la paz por el Gobierno Británico, y el

primero le decía al segundo:

No dude usted que las naciones de Europa se esforzarán en atraernos

dentro de su sistema político, pero nuestro interés está en

mantenernos alejados de todo eso.

En 1788, por la época en que se discutía la actual Constitución,

Washington le escribía a Sir Edward Newenham y se expresaba así:

Confío en que los Estados Unidos se sabrán mantener alejados del

intrincado laberinto de las guerras de Europa y de su política, y

que antes de poco, y merced a la adopción de un buen gobierno, nos

haremos respetables ante los ojos del mundo, hasta tal punto, que

las naciones que tienen posesiones en este Continente no podrán por

menos que tratarnos con todo género de consideraciones.

En 1793, el Secretario de Estado, Thomas Jefferson, temía que la

posesión de Louisiana y de la Florida hiciera a estos territorios teatro

de las luchas entre Inglaterra, Francia y España, y le escribe al

Ministro en Madrid que no éntre en ningún pacto o alianza que envuelva a

los Estados Unidos en esa discordia.

Al estallar la guerra entre Francia e Inglaterra, Jorge Washington, por

su declaración de 5 de junio de 1794, ordenó a sus conciudadanos que

observaran la más absoluta neutralidad.

Dos años más tarde, al abandonar el poder, tuvo ocasión de exponer los

principios de la política del aislamiento en su famoso discurso de

despedida de 17 de septiembre de 1796, en los términos siguientes:

Seamos sinceros y justos en nuestras relaciones con todas las

naciones. La religión y la moralidad nos aconsejan esta línea de

conducta, que es inmejorable. Dentro de poco tiempo podremos

ofrecerle a la humanidad el ejemplo de un pueblo guiado por

sentimientos de justicia y de bondad.

Aconsejo a mis conciudadanos que se prevengan contra las

influencias extrañas, que estén alerta, pues el mayor enemigo de un

gobierno republicano es esa influencia extranjera. Nuestra línea de

conducta debe ser la de estrechar nuestras relaciones comerciales

con las otras naciones, pero apartarnos, al propio tiempo, de toda

conexión política con ellas.

Europa tiene un conjunto de intereses que son motivo de frecuentes

controversias y con los cuales sostenemos muy remotas relaciones.

En tales circunstancias sería una imprudencia ligarnos por lazos

artificiales a alianzas o combinaciones amigas o enemigas.

La distancia, más que nada, nos aconseja seguir por otro rumbo.

¿Para qué perder las ventajas de nuestra situación? ¿Para qué

abandonar nuestro terreno y nuestra situación? ¿Para qué abandonar

nuestros destinos y mezclarnos en las luchas, rivalidades y

ambiciones de las naciones de Europa? La prudencia aconseja que no

nos alejemos de la política que consiste en no entrar en ninguna

alianza con las naciones extranjeras.

John Adams, sucesor de Washington en la Presidencia de la República,

perseveró en la misma política. En mensaje especial de 16 de mayo de

1797, dijo:

Bajo ningún concepto debemos envolvernos en el sistema político de

Europa. Debemos estar prevenidos para no vernos atraídos al lado de

ninguno de los grupos de naciones que forman la balanza de los

poderes; así lo aconseja nuestro interés.

Jefferson, a su vez, sucedió a Adams y mantuvo la misma política. En su

mensaje de 18 de octubre de 1803, expuso los mismos principios ya

enunciados por Washington y por Adams.

Pero la política del "aislamiento" o de las "dos esferas", no se redujo

a mantener a los Estados Unidos completamente apartados de toda

ingerencia en los asuntos y problemas del Viejo Continente. A juicio de

los estadistas norteamericanos, había que prevenirse también contra la

posibilidad de que los territorios vecinos cayeran en manos de alguna

gran potencia, toda vez que esto, al par que los obligaría a adoptar

grandes precauciones militares, impediría la tan anhelada separación

entre los asuntos europeos y los norteamericanos.

Algunos de los territorios inmediatos a los Estados Unidos estaban en

poder de España, pero eso no preocupaba al Gobierno de los Estados

Unidos. Aquella nación, aniquilada, empobrecida, en aquel entonces ni en

el futuro podía ser un peligro para la naciente República. El peligro

estaba en la posibilidad de que alguna de esas posesiones se

desprendiera del poder de España y entrara a formar parte del dominio de

potencias tan fuertes como Inglaterra o Francia. Contra ese peligro

siempre estuvo prevenida la cancillería norteamericana.

A fines del año 1800, King, Ministro de los Estados Unidos en

Inglaterra, en una conversación con el Primer Ministro, Lord Hawkesburg,

le hizo presente que su gobierno estaba tranquilo con que las Floridas

permanecieran en poder de España, y que de ser transferidas, sólo podían

serlo a la nueva República.

En abril de 1803, el propio embajador le hace análoga manifestación al

Gobierno inglés con respecto a la Louisiana y obtiene seguridades, por

parte de éste, de que no se hará nada que perjudique a los intereses de

los Estados Unidos.

En 1808, el Presidente Jefferson le escribe al Gobernador Claiborne, de

Louisiana, en estos términos:

Estamos satisfechos con que Cuba y Méjico continúen en su actual

situación; y veríamos con verdadero desagrado que, política o

comercialmente, pasaran a ser una dependencia de Inglaterra o

Francia. El interés de aquellos pueblos y el nuestro está muy

ligado y es el mismo: excluir de este hemisferio toda influencia

europea.

Tres años más tarde, y a solicitud del Presidente James Madison, esta

política mereció la sanción del Congreso, en la forma que se va a ver. A

principios del año 1811 había fundados temores de que Inglaterra ocupase

parte de la Florida, entonces en poder de España; y como Madison le

recomendara al Congreso, por medio de un mensaje, que hiciera a nombre

de la nación alguna declaración protestando contra esa probable

ocupación, el 15 de enero de ese año el Poder Legislativo, reunido en

sesión secreta, acordó la siguiente resolución:

Teniendo en cuenta la situación anormal por que atraviesan España y

sus provincias americanas, y teniendo en consideración la

importancia que para la seguridad, tranquilidad y comercio de los

Estados Unidos ha de tener la suerte de los territorios limítrofes,

situados al Sur, se resuelve: que los Estados Unidos, bajo las

críticas circunstancias imperantes, no pueden ver sin inquietud que

parte de los referidos territorios pasen a manos de otra potencia;

y a ese efecto, y velando por su propia seguridad, habrán de

ocuparlos, si las circunstancias así lo demandaren.

Con lo expuesto quedan referidos cuáles fueron los primeros actos de los

estadistas norteamericanos que dieron vida a la política del

"aislamiento" o de las "dos esferas". La seguridad y la conveniencia de

los Estados Unidos la hicieron nacer; pero hemos de ver después que de

aquella política se derivó la doctrina de Monroe y en fecha reciente la

acción de predominio en el mar Caribe; sostenidas, en parte por aquellas

ideas de seguridad y en parte por otros sentimientos y aspiraciones.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 34 / 76 题