LA ADQUISICION DE TERRITORIOS DISTANTES

(A)

(1867) ALASKA.

En 15 de julio de 1741 el navegante ruso Capitán Fschirikow descubrió

las tierras del Alaska, las que desde entonces, por razón de dicho

descubrimiento, quedaron agregadas a la corona de los Czares. A fines

del siglo XVIII radicaban en Alaska unas sesenta compañías rusas

dedicadas al comercio de pieles, que se refundieron en 1799 en una sola:

la "Compañía Ruso-Americana", que, política y comercialmente, llegó a

ser muy poderosa. Era la que ejercía las funciones de gobierno en dicho

territorio; incluso nombraba a los jueces; y en su afán de dominación

pretendía que las posesiones de Rusia se extendieran hacia el Sur,

ocupando, según vimos en el capítulo precedente, todo el Oregon y que el

Océano Pacífico, en su parte septentrional, fuera un mar cerrado al

comercio de otras naciones.

Así las cosas, en septiembre del año 1821 el Czar lanza su famoso úkase

declarando que el dominio de Rusia se extendía por toda la costa del

Pacífico, hacia el norte del paralelo 51°, y prohibiendo a los

extranjeros que comerciaran en aquella región y fué, esta disposición,

la que motivó la célebre nota de Adams, de julio de 1823, negándole a

Rusia el derecho de fundar nuevos establecimientos en este continente, y

la que constituye el antecedente de una de las dos declaraciones que

encierra la doctrina consignada por el Presidente Monroe en su Mensaje

de 2 de diciembre de ese año.

Ante la resuelta actitud de los Estados Unidos, el Gobierno de Rusia se

apresuró a suscribir el tratado de 17 de abril de 1824, a que nos

referimos en el capítulo precedente. Por este tratado se reconocía la

dominación de los Estados Unidos sobre los territorios situados al Sur

del paralelo 54° 40', así como el derecho de navegar libremente por

aquellos mares.

Con la libertad de navegación, reconocida a los Estados Unidos, cesó el

monopolio que ejercía la "Compañía Ruso-Americana", cuyos negocios

habían venido a menos hacía años, desde que sus directores convirtieron

a Silka, población de la Alaska en que radicaba el centro de las

operaciones de aquélla, en una pequeña corte que competía en esplendor y

derroche con la de San Petersburgo. Al decaer la "Compañía

Ruso-Americana", tuvo que decaer también la importancia de los intereses

rusos en dicha región. Nada ocurrió, sin embargo, por el momento. Pero

algunos años después habría de acaecer otro hecho que hizo nacer en el

Gobierno de San Petersburgo el propósito de abandonar la Alaska. Ese

suceso no fué otro que el Tratado de 1846, por el cual la Gran Bretaña y

los Estados Unidos se dividieron el territorio de Oregon. Pudo

convenirle a Rusia mantener aquella posición mientras fué la única gran

potencia que dominó en el Pacífico, pero desde el momento que la Gran

Bretaña, por razón de su nueva posesión, estaba en condiciones de

discutirle ese predominio, conveníale, más que ir a mantener esa

disputa, reforzarse en sus posiciones del Asia.

A Rusia le convenía, pues, deshacerse de la Alaska, y no había mejor

comprador que los Estados Unidos; por la posición de éstos y porque de

acuerdo con la doctrina de Monroe, no habrían de tolerar que dicho

territorio fuese enagenado en favor de otra potencia europea.

En 1854, durante la guerra de Crimea, necesitando dinero el Gobierno de

Rusia, le propuso al de los Estados Unidos, por medio de su Ministro

acreditado en Washington, la venta de la Alaska; pero la propuesta no

encontró un ambiente preparado y ni siquiera fué tomada en

consideración. Cuatro años más tarde algunas personas influyentes del

Gobierno de los Estados Unidos hacen saber al Ministro ruso que dicho

gobierno pagaría hasta $5,000.000 por la Alaska y éste contesta, después

de consultar con el gobierno imperial, que dicha suma resultaba muy

pequeña. Y no se mueve más el asunto, hasta que en enero de 1866,

durante la presidencia de Johnson, la legislatura del territorio de

Washington acuerda pedir a los poderes nacionales que gestionen la

adquisición del territorio que nos ocupa, como conveniente y necesario a

la nación. Esta idea fué recogida en las esferas del Gobierno por

William Henry Seward, que desempeñaba la Secretaría de Estado, y de

cuyas ideas favorables a la expansión territorial de la Nación tenemos

muchos ejemplos.

Inició Seward las gestiones con el barón de Stoeckl, y tras pocos

esfuerzos redactaron ambos el tratado por el cual los Estados Unidos

compraron en precio de $7,200.000.00 el territorio que durante 126 años

había pertenecido a la corona de los Czares y que ocupa un área de

quinientas setenta y siete mil trescientas noventa millas cuadradas. En

9 de abril de 1867 el Senado aprobó el Tratado y en 20 de junio fueron

canjeadas las ratificaciones en Washington.

Este Tratado encierra una novedad con respecto a los anteriores, es

decir, aquellos por los cuales los Estados Unidos realizaron las

adquisiciones territoriales de que precedentemente nos hemos ocupado, y

es, la de que no le ofrecieron a la parte vendedora que el territorio

enagenado en ninguna oportunidad habría de ser admitido en la Unión. No

se ha previsto la posibilidad de que algún día la Constitución sea

aplicada a Alaska: parece que su destino es el de ser siempre una

colonia. Hasta 1844 estuvo gobernada como un Distrito militar, y a

partir de este año se estableció un gobierno civil nombrado por el

Presidente, pero sin la representación popular concedida siempre por la

Unión a sus territorios. No tiene, pues, esta región, para los Estados

Unidos, otro carácter que el de una mera dependencia.

(B)

(1898) HAWAY.

En la Polinesia, en pleno Océano Pacífico podríamos decir, encuéntrase

el grupo de islas Sandwich, aisladas de todo sistema continental o

insular. Más próximas a la América que al Asia, distan sin embargo de

San Francisco de California unas 2.100 millas. Ocho de ellas son

habitables y tienen un área de 6.800 millas cuadradas, de la que

corresponde las dos terceras partes a Haway, que es la más importante de

todas y con cuyo nombre generalmente se conoce el grupo. Descubriólas en

1535 el piloto Juan Gaetano, italiano de nacimiento, puesto al servicio

del Rey de España, pero ni dicho navegante ni el explorador Cook, que

las visitó en 1778, tomaron de ellas posesión. En 1784 desembarcó

Vancouver, pretendiendo ocuparla para la Corona Británica, pero ésta no

se dió por enterada de semejante ocupación y los nativos continuaron,

como hasta entonces, sometidos al reyezuelo que los gobernaba.

Al estudiar la forma en que surgieron en las Islas Sandwich los

intereses norteamericanos, otra vez nos encontramos con que es la

iniciativa individual, la actividad privada, el factor primordial a que

se hace forzoso acudir. Con efecto: apenas suscrito con la Gran Bretaña

el Tratado de 1783, que puso término a la guerra de independencia,

iniciaron los comerciantes de Boston el tráfico de mercancías con China.

En 1784 llegó a Cantón el primer barco; dos años después llegaban cinco,

y al siguiente nada menos que quince. Iban los barcos cargados de pieles

y regresaban con te, sedas y otros productos chinos. Varias causas, de

diversa índole, contribuían a dar importancia a este comercio, y de

ellas era la más importante la de que por estar empeñadas por aquel

entonces las naciones de Europa en las guerras que duraron desde fines

del siglo XVIII hasta principios del siguiente, no pudieron dedicar sus

actividades a las empresas mercantiles.

Los navegantes norteamericanos, desde que se iniciaron los primeros

viajes, deteníanse en Haway, que les quedaba en la ruta, y donde había

elementos para reparar las averías y para aprovisionarse. Añádase a esto

que los nativos, que fueron siempre de superior condición a los de las

otras islas del Pacífico, acogían hospitalariamente a los viajeros, y se

comprenderá fácilmente que Haway, por estas y otras razones, había de

resultar una "estación" de inmejorables condiciones.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que Haway fuese para los

norteamericanos algo más que una simple estación para el avituallamiento

de los barcos, para secar las pieles que habían de ser vendidas en

Oriente, o para resguardarse de las tempestades en los meses de

invierno. Muy pronto llegó a ser el centro de una importante actividad

comercial. Descubriéronse en las islas espléndidos bosques de sándalo, y

los norteamericanos se dedicaron a extraer dicha madera en grandes

cantidades, que vendían a precios muy remuneradores. La pesca de la

ballena en el Pacífico llegó a constituir también un negocio muy

lucrativo; y Haway, como lugar de depósito, resultaba de excepcional

interés. Júzguese cuál no sería su auge que en una ocasión, en 1822, se

llegaron a contar en Honolulu hasta veintidós barcos pescadores de

dichos cetáceos.

Pero al mismo tiempo que los intereses comerciales de los

norteamericanos en el Archipiélago iban tomando cada vez mayor

incremento, los hijos de la poderosa República dejaban sentir su

influencia bajo otros aspectos. A los ciudadanos que iban en busca de

negocios, de ganancias, siguió un buen golpe de misioneros protestantes,

guiados por el deseo de convertir a los nativos al cristianismo,

logrando su empeño gracias a las buenas relaciones que se mantuvieron

entre indígenas y americanos desde que llegaron los primeros de éstos, a

fines del siglo XVIII.

Vióse en todo el influjo de la mano civilizadora de los norteamericanos:

en las escuelas que se levantaron, los caminos que se trazaron, la forma

de cultivar la tierra y sobre todo en la adopción de leyes y de un

sistema constitucional de gobierno. No tardaron en establecerse

relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Haway. En 1820 se

envió un Cónsul al Archipiélago, y en 1828 se celebró entre los dos

países un Tratado de "comercio, amistad y navegación", que aunque no

llegó a ser ratificado por el Senado de los Estados Unidos, el Gobierno

de Haway, le concedió una completa eficacia. Al año siguiente, por

último, dicho gobierno recibió un Mensaje del Presidente de los Estados

Unidos, reconociendo con toda formalidad la independencia de Haway.

No tardó la codicia de las naciones europeas en fijarse en Haway. En

1836 la Gran Bretaña obtiene casi a viva fuerza, enfilando sobre

Honolulu los cañones de sus barcos de guerra, la celebración de un

tratado análogo al que fué estipulado con los Estados Unidos, y en 1839

Francia obtiene otro, recurriendo a iguales medios, y como se susurrara

que no habían de quedar en eso dichas ambiciones, al menos las de

Inglaterra, en marzo de 1842, Legare, Secretario de Estado, le dirigió

una carta a Everet, Ministro de los Estados Unidos ante el gobierno de

Londres--y que no fué otra cosa que la aplicación de la doctrina de

Monroe a un territorio no americano--significándole le hiciera saber a

dicho gobierno que aquella nación no habría de consentir que Haway

cayera en manos de una potencia europea y que si para evitarlo era

necesario acudir a la fuerza, a ella se apelaría.

Diéronse cuenta los habitantes de Haway de que ante el peligro de las

amenazas europeas y para preservar la independencia, no había más camino

que el de estrechar las relaciones de las islas con los Estados Unidos,

y, convencidos de ello, pusieron sus empeños al logro de ese propósito.

A fines del propio año de 1842, el Gobierno de Haway envió al de

Washington dos comisionados, Timoteo Haalillo, indígena, y William

Richards, sacerdote de origen norteamericano, que debían recabar de este

gobierno el compromiso de que gestionase de los europeos un

reconocimiento tan formal y eficaz que pusiera a salvo al país de

futuros temores y acechanzas. Dichos comisionados iniciaron sus

gestiones en la Secretaría de Estado, y en verdad que su resultado no

pudo ser más satisfactorio. En el mes de diciembre del referido año de

1842, obtuvieron de Daniel Webster, que desempeñaba aquel Departamento,

la siguiente declaración, que colmaba sus deseos:

Los Estados Unidos consideran que el Gobierno que rige las islas

Sandwich ha emanado del pueblo, y en tal virtud entiende el

Presidente que está en el interés de todas las naciones que

sostienen relaciones comerciales con dichas islas que ese gobierno,

lejos de ser amenazado, sea respetado en el exterior. Es sabido que

la mayoría de los barcos que visitan las islas pertenecen a los

Estados Unidos, lo que indica que esta nación ha de estar más

interesada en el destino de las islas que ninguna otra. Por este

motivo el Presidente no tiene inconveniente en declarar,

interpretando los sentimientos del gobierno, que el de las islas

Sandwich debe ser respetado; que ninguna nación puede tomar

posesión de dichas islas para fines de conquista o de colonización,

ni podrá tampoco controlar dicho gobierno para recabar ventajas

comerciales ni para ningún otro propósito.

Estos principios fueron ratificados por el Presidente Tyler en su

Mensaje al Congreso de 30 de diciembre del tan citado año. El párrafo

más importante de dicho mensaje decía así:

A pesar de las estrechas relaciones que los Estados Unidos

mantienen con dichas islas, no es el propósito de nuestro gobierno

recabar ninguna ventaja de nuestra posición; nos basta con que el

gobierno de Haway mantenga, mediante su independencia, su seguridad

y prosperidad; y si alguna nación pretendiera atentar contra dicha

independencia, la importancia de aquellas relaciones sería

suficiente para justificar que nos colocáramos frente a semejante

actitud.

No obstante el tono claro y terminante de estas declaraciones, la Gran

Bretaña y Francia pretendieron desconocerlas; pero apenas puesta en

evidencia esa disposición o esa actitud, el Gobierno de los Estados

Unidos supo y pudo exigir que la política que había enunciado con

respecto a las islas Sandwich fuera respetada. En febrero de 1843 se

presentó en la bahía de Honolulu un barco de guerra inglés, enviándole

su comandante Lord George Paulet, al Rey, un despacho en que formulaba

una serie de reclamaciones por supuestos daños y ofensas inferidas a

súbditos de Su Majestad Británica, bajo la amenaza de que si dichas

reclamaciones no eran satisfechas dentro de veinticuatro horas, habría

de bombardear la población. Pareciéronle al rey de Haway muy exageradas

las reclamaciones, y como por otra parte pensó que no le convenía entrar

en negociaciones con quienes en forma tan violenta se producían, adoptó

el partido de poner el gobierno en manos de los reclamantes. Apenas dada

a conocer al Comandante del crucero inglés la actitud del Rey, exigióle

aquél la entrega del gobierno, izándose en los edificios públicos la

bandera inglesa.

Acto seguido el Rey apeló al Gobierno de Washington; la Secretaría de

Estado protestó, por medio de su ministro en Londres, invocando las

declaraciones a que precedentemente nos hemos referido, de las que

constaba la actitud de los Estados Unidos con respecto a Haway, y el

gobierno británico resolvió desautorizar la conducta de Lord George

Paulet y que se devolviera a los nativos su independencia.

Hubo más: no sólo en abril del propio año reconoció la Gran Bretaña con

toda formalidad la independencia de las islas, sino que temerosa de que

Francia abrigara algún propósito con respecto a las mismas, en

noviembre, por iniciativa suya, puestos de acuerdo los dos gobiernos, se

comprometieron a respetar dicha independencia y a no ocupar las islas en

ningún caso, ni como protectorado ni en ninguna otra forma.

No tardó el Gobierno de Francia en olvidarse de ese compromiso. En 1849,

so pretexto de que el Gobierno de Haway había violado un tratado de

comercio que con el mismo tenía celebrado, comenzó a realizar

determinados actos que constituían verdaderos atentados contra la

soberanía de las islas. Unas veces se ocupaba un edificio público; otras

se desembarcaban fuerzas y ya cansado el gobierno de Haway, en 1851,

previo acuerdo de las dos Cámaras, apeló al de los Estados Unidos,

poniendo todos sus derechos de Estado soberano bajo la protección de

éstos y confiándoles, al propio tiempo, la solución de las cuestiones

pendientes con Francia. No fué necesario llegar a esto. Daniel Webster,

que desempeñaba de nuevo la Secretaría de Estado, inició ciertas

gestiones con el gobierno de Luis Napoleón y por consecuencia de las

mismas éste retiró sus demandas e hizo protestas de que habría de

respetar la soberanía de las islas.

Con motivo de estos sucesos hubo de declarar una vez más el Gobierno de

Washington, por boca de John M. Clayton--que durante la ocurrencia de

los mismos desempeñó también la Secretaría de Estado--que aquél no

habría de consentir que las islas Sandwich pasaran a manos de una

potencia europea; sin que esto quisiera decir que los Estados Unidos

tuvieran el propósito de controlarlas, pues sólo aspiraban a que

mantuvieran su independencia.

Pocos años después cambiaba radicalmente la actitud del gobierno de los

Estados Unidos con respecto a la soberanía de Haway. Hasta ahora lo

hemos visto decidido a que las islas mantengan su independencia, pero a

fines del año 1853 William L. Marcy, Secretario de Estado, dirige una

carta al Ministro en París reveladora de que el gobierno acariciaba el

proyecto de anexarlas a la República.

Parece cosa indudable, decía, que las islas han de caer

definitivamente bajo el control de los Estados Unidos, y a eso de

seguro que no se habrán de oponer la Gran Bretaña ni Francia,

siempre que tal cosa ocurra por medios justos.

Obedecía semejante cambio en la actitud del Gobierno de Washington a que

con posterioridad a la adquisición de California se había iniciado un

intenso comercio entre San Francisco y el Asia, y con tal motivo para

los Estados Unidos ofrecía más interés que nunca la posesión de

Honolulu, por la necesidad de dar garantías a aquel comercio y por el

peligro de que las islas fueran ocupadas por la Gran Bretaña o por

Francia.

Contaba Marcy, para realizar su proyecto de anexión, con algo más que

con el estímulo de los intereses americanos vinculados en Haway: contaba

con la cooperación del gobierno de las islas. Con efecto, a principios

del año 1854, el Rey de éstas y el Representante de los Estados Unidos

concertaron la anexión por medio de un tratado. Pero contenía éste una

cláusula que fué causa de que el Presidente se decidiera a abandonarlo,

a no presentarlo al Senado, ante la seguridad de que este cuerpo lo

habría de rechazar: la relativa a que Haway ingresaría en la Unión como

un Estado. Por muy grande que fuera el interés de los Estados Unidos en

adquirirlo, ese interés no era suficiente para establecer el precedente

de que un territorio, que no era continental y que estaba poblado por

otra raza, ingresase como un Estado.

Algunos años después, al terminar la guerra de secesión, decayó el

comercio americano en el Pacífico, y en consecuencia decayó también el

interés de Haway para los Estados Unidos. Obedeció esto a varias causas.

En primer lugar, porque ante el temor a los buques de guerra de los

confederados, casi todos los mercantes de bandera americana se habían

ausentado de aquellos mares, y después, porque la pesca de la ballena

había decaído notablemente, en parte debido a que el número de estos

cetáceos había disminuído y en parte a que su aceite fué sustituído,

para muchos usos, por el aceite mineral. Todo esto fué causa de que los

norteamericanos, que estaban interesados en negocios en Haway,

demandaran protección. Particularmente la industria azucarera necesitaba

que se le ofrecieran algunas ventajas, y como ninguna resultaba más

adecuada que la que podía reportar el tratado de reciprocidad, el

gobierno de Washington, atento a esos clamores, en mayo de 1867 hubo de

concertar semejante tratado, a la sazón en que Johnson ocupada la

Presidencia y Seward la Secretaría de Estado. La legislatura de Haway

inmediatamente lo ratificó, pero no le cupo la misma suerte en el Senado

de los Estados Unidos, que hubo de rechazarlo debido, más que nada, al

espíritu de oposición de que estaba animado a cuanto emanara del

Presidente Johnson.

No desmayaron los defensores de aquellos intereses. El proyecto de

anexión parecía abandonado, pero el deseo de concertar un tratado de

reciprocidad que mejorase las condiciones económicas de las islas era

cada vez más sentido. Al fin, en 1876, se concertó dicho tratado y, por

consecuencia del mismo, la exportación de azúcar a San Francisco tomó un

incremento muy grande.

En 1881, el gobierno de la Gran Bretaña pretendió celebrar un tratado

análogo con el gobierno de Haway, pero los Estados Unidos se opusieron.

El ilustre James G. Blaine, que desempeñaba en aquel entonces la

Secretaría de Estado, se opuso franca y abiertamente al concierto de ese

tratado. A su juicio, el tratamiento que le daba Haway a los Estados

Unidos, de ser "la nación más favorecida", no se podía aplicar al mismo

tiempo a otro país. E hizo más dicho funcionario: aprovechó la ocasión

para declarar no solamente que los Estados Unidos, en ningún caso,

permitirían que dichas islas pasaran al dominio de una potencia europea,

sino que por no formar parte del "sistema asiático", en el caso de que

obtuvieran la independencia, se asimilarían al "sistema americano", por

exigirlo así las leyes naturales y las necesidades de la política.

En 1887 el gobierno de Haway alquiló la Bahía Perla, para una estación,

a los Estados Unidos. Resultaba dicho lugar un punto estratégico

excelente para una base de operaciones. Comprendió el Gobierno de

Washington que era necesario dar ese paso, no sólo porque había que

brindar garantías a los capitales norteamericanos invertidos en las

islas, sino para ganar consideración e importancia, para infundir

respeto al Gobierno Británico, que habría de temer, en caso de una

guerra, los perjuicios que a su comercio podía causarle la armada de los

Estados Unidos. Fué por esto, sin duda, por lo que la Gran Bretaña

protestó de la cesión; pero semejante protesta no fué tomada en

consideración.

Pocos años después se iniciaron en las islas los acontecimientos que

habían de dar al traste con su independencia.

El año 1891, por muerte de la reina Kalakaua, ocupó el trono su hermana

Liliuokalani, la que apenas inició su gobierno reveló estar poseída de

instintos reaccionarios y tiránicos. El sistema liberal de Gobierno la

estorbaba y como no quería que se le opusiera inconveniente a cuanto se

le antojaba, no tardó en verse en conflicto con las Cámaras. Quería

derogar la Constitución vigente y promulgar otra en su lugar, dentro de

la cual cuadraban mejor sus medidas arbitrarias y en la que no se

reconociera más autoridad que la suya, y como entendiera que no podía

dar este paso sin contar con la voluntad del Congreso, para ganárselo

trató de corromperlo, repartiendo entre sus miembros los productos de

una lotería que estableció, al estilo de la de Louisiana, y los del

monopolio del opio, que también implantó. A principios del año 1893 dió

la reina el golpe de estado, derogando por medio de un Decreto la

Constitución vigente y promulgando en su lugar otra redactada a su

antojo, en la que de hecho quedaba suprimido el gobierno representativo

y en la que los blancos quedaban privados de los beneficios de la

ciudadanía, excepto aquellos que se casasen con las indígenas.

Apenas dado el golpe de estado, el elemento blanco y numerosos

ciudadanos nativos de las islas se aprestaron a combatir el nuevo

régimen, iniciando en todo el país un movimiento de protesta tan

vigoroso, que la reina, temerosa de la suerte que le pudiera caber, se

rodeó de numerosas fuerzas del ejército. Entre una y otros, entre la

reina y los protestantes, decidióse el país por estos últimos, y como

aquélla se diera cuenta de toda la gravedad de la situación, abandonó el

poder antes de que los sucesos, tomando para ella un sesgo más

desagradable, hicieran peligrar su vida. En lugar de la autoridad

monárquica, hízose cargo del gobierno, con carácter provisional, un

Comité que se denominó de salvación pública. La rapidez con que actuó

este Comité y la eficacia de las medidas que adoptó, no fueron

suficientes para impedir que los elementos refractarios al orden, ávidos

siempre de saciar sus malsanos apetitos, hicieran de las suyas,

dedicándose, principalmente, al saqueo de la propiedad privada. Para

conjurar el conflicto, el Comité apeló al Ministro de los Estados

Unidos, pidiéndole que dispusiera el desembarco de la marinería del

crucero "Boston" que acababa de arribar a Honolulu. El Ministro atendió

la solicitud y como desembarcaron varios pelotones, no tardó en

restablecerse la normalidad. A esta medida siguió otra de mayor

trascendencia: la deposición de la reina, por ser incompatible su

gobierno con la existencia de las libertades públicas. Casi al mismo

tiempo el ejército se sometió al Gobierno Provisional, acto que vino a

consagrar y a afianzar la autoridad de éste, y por su parte los

representantes de todas las Naciones extranjeras acreditados en Haway no

tardaron también en reconocer la nueva situación.

No sin protesta resignó la reina su autoridad. Apenas abandonó el poder

redactó una proclama en la que hizo constar que de no ser por la

cooperación que brindó el Ministro de los Estados Unidos a los elementos

que la combatían, cooperación que se tradujo en el desembarco de las

fuerzas del crucero "Boston", probablemente no hubiera perdido su trono.

Al propio tiempo designó la reina una Comisión que se había de dirigir a

Washington para protestar contra lo que se había hecho y a pedir que se

la restableciera en su trono, mediante la protección del Gobierno de

los Estados Unidos.

Mientras tanto el Gobierno provisional inclinaba la suerte de las islas

del lado de los Estados Unidos. Primero pidió al Ministro Stevens que

proclamara el protectorado de su nación sobre las islas, y dicho

funcionario no sólo lo hizo así, sino que sustituyó la bandera de Haway

por la de los Estados Unidos. Después designó dicho gobierno una

Comisión que debía negociar en Washington la celebración de un tratado

de anexión. Integraban dicha Comisión, Lorrin A. Thurston, W. C. Wilder,

William R. Castle, Charles L. Carter y Joseph Marsden, todos nacidos en

Haway pero de origen norteamericano. El día tres de febrero del año 1893

llegaron a Washington los comisionados. Dentro de breves días debía

cesar en su cargo el Presidente Harrison. En aquella fecha, Grover

Cleveland, que cuatro años antes había abandonado el propio cargo, ya

estaba elegido. Se iba a efectuar algo más que un cambio de personas:

iba a ocurrir un cambio de política: Harrison era republicano y su

ilustre sucesor pertenecía al Partido Demócrata.

Harrison era partidario de la anexión, y a instancias suyas, por haber

dispuesto que se activase la negociación del Tratado, dentro de breves

días quedó éste suscrito. El día quince del propio mes en que arribaron

a Washington los comisionados, envió el Presidente el Tratado al Senado

para su ratificación. He aquí los términos en que defendía la solución

anexionista.

Nuestra administración ha hecho algo más que respetar la existencia

del Gobierno independiente en las islas Haway: ha favorecido esa

independencia; pero es claro que ese respeto sólo debe mantenerse

en tanto que dicho gobierno sea capaz de proteger las vidas y

haciendas y en tanto en cuanto no dé lugar a la ocupación de las

islas por un poder extraño. Se había podido observar, en nuestras

amistosas relaciones diplomáticas con Haway y en nuestra cortesía

para con sus gobernantes, que a éstos les habíamos brindado siempre

nuestro apoyo moral. No hemos sido nosotros los culpables de la

caída de la monarquía; la única responsable ha sido la reina

Liliuokalani por su política reaccionaria al par que

revolucionaria, que ha puesto en peligro los intereses de los

Estados Unidos y los de todos los extranjeros en las islas,

haciendo imposible la paz de éstas, e impidiendo al propio tiempo

la posibilidad de que se mantenga una administración civil que sea

decente. Era imposible que se mantuviera la monarquía en esas

condiciones; el gobierno de la reina resultaba muy débil, aparte de

que sólo la rodeaban personas desacreditadas y sin escrúpulos. La

restauración de la reina no es deseable; resulta imposible, y si

tal restauración se obtuviera--que sólo se podría conseguir merced

a la acción de los Estados Unidos--la misma sería seguida de

desastres incontables, de la desorganización de todos los negocios.

La influencia e intereses de los Estados Unidos en las islas,

debemos tratar de que vayan en aumento, no de que disminuyan.

Estamos hoy frente a dos caminos: el protectorado de los Estados

Unidos o una anexión total y completa. Esta última solución es la

que se ha adoptado en el tratado, y es, sin duda alguna, la que ha

de promover mejor los intereses del pueblo de Haway y la que ha de

brindar mejores garantías a los de los Estados Unidos. Estos

intereses hoy no están seguros: necesitan la garantía de que las

islas no serán ocupadas en el futuro por ninguna otra gran

potencia. Nuestros derechos resultan tan indiscutibles, tan clara

resulta nuestra posición, que ningún gobierno ha protestado contra

la anexión. Todos los representantes extranjeros acreditados en

Honolulu, han reconocido al gobierno provisional y es unánime la

opinión de que la reina no debe ser restaurada.

Nada pudo hacer el Senado en aquella legislatura. Otros asuntos, tan

importantes como éste, entretenían su atención y fué así que en 4 de

marzo, al ocupar la presidencia Grover Cleveland, aquel alto cuerpo aún

no había sometido el tratado a discusión.

Uno de los primeros actos realizados por Cleveland al inaugurar su

gobierno fué el de pedir al Senado que le devolviese dicho tratado, "con

el propósito de reexaminarlo". Esa petición fué correspondida. Deseaba

el Presidente examinar detalladamente todos los antecedentes

relacionados con los sucesos acaecidos en Haway, pues era su propósito

que las cosas volvieran al estado que tenían cuando fué destronada la

reina, si se comprobaba el cargo, hecho por ésta, de que su deposición

había sido el resultado de las maquinaciones ilegítimas del

representante de los Estados Unidos en las islas. Había, pues, a juicio

de Cleveland, que investigar la verdad de lo que había ocurrido y para

emprender ese trabajo designó a James H. Blount, prominente

personalidad, que había sido Presidente de la Comisión de Relaciones

Exteriores de la Cámara, y quien para llenar su misión debía trasladarse

a Haway en concepto de representante personal del Presidente. Fué esta

la primera vez que se hacía semejante nombramiento. Después, en otras

ocasiones ha sido hecho, cuando el Presidente ha tenido necesidad de

realizar ciertas gestiones en otro país. Dicho nombramiento no fué

sometido al Senado. Blount iba dotado de plenas facultades, en todo lo

que se refiriese a las relaciones de los Estados Unidos con las islas.

En 29 de marzo llegó Blount a Honolulu, y a los dos días ya había

dispuesto que se arriara de los edificios públicos la bandera americana;

que se izara en su lugar la de Haway y que se embarcaran las tropas de

los Estados Unidos que cuidaban del orden. Durante varias semanas estuvo

entregado a la tarea de investigar los hechos. Celebró infinidad de

entrevistas; habiéndosele formulado, por cierto, el cargo de que esas

entrevistas se celebraban casi exclusivamente con los amigos de la ex

reina. Como resultado de estas investigaciones, rindió un informe al

Presidente, exponiéndole que la caída de la reina había obedecido a

determinados actos, carentes de toda justificación, realizados por el

Ministro de los Estados Unidos, y el apoyo que las fuerzas de éstos

habían prestado a los insurrectos.

El Presidente, en su Mensaje anual de diciembre de 1893, informó al

Congreso que aquél era el resultado de la investigación de Blount, y

expuso además que abrigaba el propósito de que se restaurase a la reina,

restableciéndose el orden de cosas anteriores; reservándose para después

suministrar al Congreso, por medio de un Mensaje especial, todos los

antecedentes del asunto, a fin de que lo conociera en todos sus

detalles.

Ese Mensaje fué el de 19 de diciembre de 1893. Comenzaba Cleveland en

dicho documento por hacer la historia, con verdadero lujo de detalles,

de cuanto había ocurrido en Haway, y después de discurrir acerca de que

la moral internacional debía ser una sola y no una para las naciones

fuertes y otra para las débiles, y de explicar que por lo mismo que el

Derecho Internacional carecía de un Tribunal que lo hiciera cumplir y

respetar, resultaba más punible la infracción de sus cánones, terminaba

refiriendo que le había dado instrucciones al Ministro de los Estados

Unidos para que, poniéndose de acuerdo con la reina, trabajase para que

ésta fuera repuesta en el trono, siempre que de antemano se

comprometiera a conceder una amplia amnistía a todos los que habían

tomado participación en los sucesos que produjeron su caída.

Desde el mes de octubre de 1893 ocupaba Albert S. Willis el cargo de

Ministro en Honolulu, acreditado ante el Gobierno provisional que

presidía Stanford B. Dole; pues Stevens había renunciado desde que

públicamente fué desautorizada su conducta por el Presidente. Nada más

difícil, dice Fletcher Johnson, que la posición de Willis: estaba

acreditado ante el gobierno provisional y recibía órdenes de laborar por

que ese gobierno fuera sustituído por otro. Sin pérdida de tiempo

dedicóse el Ministro a la ardua tarea que se le había encomendado; se

trataba de órdenes que no podía discutir, aun cuando éstas lo colocaran

en una situación reñida con la lógica. Al principio la reina se negó a

aceptar la condición que le imponía el gobierno de los Estados Unidos

para ayudarla. No quería prometer amnistía alguna; antes al contrario,

hablaba de que los que habían sido sus contrarios habrían de responder

de su conducta con sus vidas y de que expatriaría a todos los blancos,

menos los casados con las indígenas; pero ante la actitud sostenida del

Ministro, ofreció al fin la amnistía.

Una vez dado ese paso, se dirigió Willis al gobierno provisional

pidiéndole resignara su autoridad en favor de la reina, pero aquí surgió

el obstáculo insuperable: dicho gobierno, en forma terminante, negóse a

ello. Stanford B. Dole, que lo presidía, armado de toda razón, respondió

al Ministro que el asunto relativo a la restauración de la reina era

puramente nacional, ajeno por completo a todo poder extraño; que sólo

era lícita la intervención del gobierno de los Estados Unidos, en el

caso de que los dos bandos lo hubieran llamado como árbitro y que si en

los sucesos anteriores se habían mezclado oficiales del Ejército

norteamericano, éste era un problema que interesaba sólo a dicho

gobierno, pero no al que provisionalmente regía en Haway. Comunicada

dicha respuesta al Presidente Cleveland, no le quedaba otro medio, para

hacer cumplir sus órdenes, que el de acudir a la fuerza; pero no pensó

en ello. Prefirió dar cuenta del asunto al Congreso, y éste por su parte

nada hizo.

Mientras tanto, el día 4 de julio de 1894 se proclama la República en

Haway, estableciéndose un gobierno constitucional bajo la presidencia de

Dole. Surgió el nuevo régimen en las mejores condiciones de viabilidad,

las que pocos meses después se vieron acrecentadas cuando con motivo de

una intentona de revolución por parte de los realistas, sofocada apenas

surgió, la reina, después de ser arrestada, hubo de renunciar al trono

con toda formalidad.

Poco tiempo después de establecida la República, ocurrió un suceso que

de hecho constituyó un reconocimiento por parte de los Estados Unidos,

para aquélla. El Gobierno de la Gran Bretaña se dirigió al de Haway,

pidiéndole autorización para establecer en una de las islas del grupo

una estación para un cable submarino.

El gobierno fué propicio a conceder el permiso, pero como de acuerdo con

un tratado celebrado el año 1850 entre los Estados Unidos y Haway, no se

podía otorgar una concesión a un gobierno extranjero sin el

consentimiento del de Washington, a éste se acudió en demanda de dicha

autorización. El Presidente Cleveland trasmitió el asunto al Congreso,

recomendando favorablemente la concesión, pero aquél la desestimó por no

considerarla compatible con los intereses de la Unión.

Nada más se volvió a tratar con respecto a Haway, durante el término de

la presidencia de Cleveland; pero en 1897, apenas lo sustituyó William

Mc-Kinley, renovaron sus esfuerzos los partidarios de la anexión,

logrando su propósito, pues se suscribió en 16 de junio un Tratado en el

cual el gobierno de las islas hacía cesión de éstas al de los Estados

Unidos. Dicho Tratado estaba concebido en los mismos términos que el

redactado en 1893; sólo diferían en que en aquella oportunidad se le

otorgaba una pensión a la reina, mientras que ahora no. Al conocerse el

Tratado en el Senado, se levantó contra el mismo una viva oposición. Los

demócratas, especialmente los amigos del expresidente Cleveland, eran

opuestos al Tratado, mientras que los republicanos lo defendían. Pasaron

algunos meses, y como no se viera la posibilidad de obtener las dos

terceras partes que se necesitaban para conseguir la ratificación, ante

el peligro de la derrota, que fué el mismo que se corrió cuando la

anexión de Texas, se apeló al propio remedio a que entonces se recurrió:

el de salvar la dificultad por medio de una "resolución conjunta", ya

que ésta, para ser aprobada, sólo requería la mayoría ordinaria. A

principios del año 1898 se presentaron en el Senado y en la Cámara,

simultáneamente, sendos proyectos de "resolución conjunta", y de acuerdo

con los reglamentos de dichos cuerpos debía quedar detenida la discusión

del Tratado hasta tanto que no fueran votados dichos proyectos. En

éstos, con toda habilidad, se introdujo una modificación con respecto a

algo muy importante que se establecía en el Tratado. Se había consignado

en éste que Haway habría de ser en el futuro un Estado de la Unión, y

como fuera éste, precisamente, el blanco a que se dirigían los tiros de

los opositores, se excluyó tal promesa de los citados proyectos de

"resoluciones conjuntas", limitándose éstas a consignar, que los Estados

Unidos admitían a Haway como parte de su territorio.

Por estos mismos días ocurrían otros sucesos, de tanta importancia que

hicieron decaer el interés del asunto de Haway: nos referimos a la

tirantez de relaciones con España con motivo de la cuestión cubana y que

culminó en la declaración de guerra que hizo el Congreso en 21 de abril.

Mas, por singular coincidencia, los sucesos de esta misma guerra

pusieron de manifiesto la conveniencia de adquirir a Haway. El ejército

que debía pelear en Filipinas no podía emprender su largo viaje sin

contar con hacer alguna escala, y ningún lugar más a propósito que la

bahía de Honolulu. El Gobierno de Haway hizo el ofrecimiento, y éste fué

aceptado y cuando la expedición llegó a las islas, el pueblo la acogió

con muestras de entusiasmo. No tardó, pues, en agitarse de nuevo en el

Congreso el asunto de la anexión de Haway, iniciándose el debate en la

Cámara. Se adujeron por los opositores algunos de los argumentos

esgrimidos cuando se trató de la compra de la Louisiana. Otra vez se

dijo que con la anexión se infringían los principios políticos

contenidos en la declaración de independencia y que no se podía

considerar como una posible consecuencia de la facultad de hacer

tratados la adquisición del territorio extranjero. También se dijo que

con la adquisición de Haway se infringía la doctrina de Monroe, supuesto

que si los Estados Unidos no admitían en su continente la ingerencia de

un poder extraño, tampoco ellos, por su parte, debían adquirir

territorio en otro continente, y que el resultado de la anexión habría

de ser el de convertir a la nación en potencia colonial, lo que

implicaba un aumento considerable del Ejército y la Marina de guerra.

Casi toda la oposición, especialmente la que se hizo en el Senado,

estuvo inspirada en los intereses de los azucareros de los Estados

Unidos, los que veían un perjuicio en la competencia que habría de

hacerles el azúcar de Haway; pero a pesar de ella, en 15 de junio aprobó

la Cámara el proyecto de anexión, y el Senado lo hizo en 6 del mes

siguiente.

El día 12 de agosto del propio año tuvo efecto en las islas el acto de

su ocupación por el Gobierno de los Estados Unidos, y en abril de 1900

aprobó el Congreso la Ley por la cual se rigen. Está inspirada dicha ley

en las que anteriormente habían sido redactadas para gobernar los

territorios contiguos a la Unión. La Constitución fué aplicada a Haway,

gozando sus hijos de la ciudadanía de los Estados Unidos y en cuanto al

gobierno, constituyóse éste con un gobernador, nombrado por el

Presidente, y una Cámara de origen popular, la que tiene el derecho de

enviar a Washington un delegado ante la Cámara de Representantes, con

voz, pero sin voto.

(C)

(1898) PUERTO RICO, LAS FILIPINAS Y GUAM.

Apenas iniciada la revolución cubana que estalló el año de 1895, púsose

de manifiesto la simpatía del pueblo norteamericano por la causa de los

revolucionarios. El Gobierno se había mantenido impasible ante el

conflicto, no obstante las excitaciones que le dirigía una buena parte

de la opinión para que actuase, de alguna manera, en favor de los

cubanos. Resistió cuanto pudo, pero llegó un momento en que tuvo que

ceder a la opinión. Fué entonces, cuando la Secretaría de Estado le

dirigió al Gobierno de Madrid la famosa nota de 23 de septiembre de 1897

requiriéndolo para que el mes siguiente dejara pacificada la isla.

España en 25 de noviembre le concedió a Cuba la autonomía; pero ya era

tarde: los revolucionarios no quisieron aceptarla y continuó por parte

del pueblo norteamericano el sentimiento de hostilidad hacia la

dominación de aquella nación en la isla. Después, la explosión del

acorazado _Maine_ en el puerto de la Habana, en la noche del día 15 de

febrero del año siguiente, producida, según informó la comisión

americana nombrada al efecto, por una mina submarina, precipitó los

acontecimientos y decidió la suerte de Cuba. En 18 de abril ambas

Cámaras, aprobaron la siguiente "Resolución Conjunta" que dos días

después sancionó el Presidente:

Considerando que el aborrecible estado de cosas que ha existido en

Cuba, durante los tres últimos años, en Isla tan próxima a nuestro

territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estados

Unidos, ha sido un desdoro para la civilización cristiana y ha

llegado a su período crítico con la destrucción de un barco de

guerra norteamericano y con la muerte de 266 de sus oficiales y

tripulantes, cuando el buque visitaba amistosamente el puerto de la

Habana;

Considerando que tal estado de cosas no puede ser tolerado por más

tiempo, según manifestó ya el Presidente de los Estados Unidos, en

Mensaje que envió el 11 de abril al Congreso, invitando a éste a

que adopte resoluciones:

El Senado y la Cámara de Representantes, reunidos en Congreso

acuerdan:

"Primero: Que el pueblo de Cuba es y debe ser libre e

independiente.

"Segundo: Que es deber de los Estados Unidos exigir y por la

presente su Gobierno exige, que el Gobierno español renuncie

inmediatamente a su autoridad y gobierno en Cuba y retire sus

fuerzas, terrestres y navales, de las tierras y mares de la Isla.

"Tercero: Que se autoriza al Presidente de los Estados Unidos y se

le encarga y ordena que utilice todas las fuerzas militares y

navales de los Estados Unidos y llame al servicio activo las

milicias de los distintos Estados de la Unión, en el número que sea

necesario para llevar a efecto estos acuerdos.

"Y cuarto: Que los Estados Unidos, por la presente, niegan que

tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni

soberanía, ni de intervenir en el Gobierno de Cuba, si no es para

su pacificación y afirman su propósito de dejar el dominio y

gobierno de la Isla al pueblo de ésta, una vez realizada dicha

pacificación."

El Gobierno de Madrid estimó que la negación de la soberanía de España

en Cuba y la amenaza de una intervención armada equivalía a una

declaración de guerra e inmediatamente retiró su representación

diplomática de los Estados Unidos, quedando rotas las hostilidades.

Realmente, la acción de los Estados Unidos se encaminaba a obtener la

independencia de Cuba; pero eso no significaba que las operaciones

militares habrían de tener por único escenario a dicha isla. Las

necesidades de la guerra exigían que las actividades militares se

desenvolvieran en las diversas posesiones españolas y así se hizo, según

inmediatamente hemos de ver.

Cuatro días después de votada la Resolución Conjunta, el Comodoro Dewey,

al mando de la escuadra americana del Pacífico, estacionada en aguas

chinas, se dirigió en busca de la española, mandada por el Almirante

Montejo y que se encontraba en la bahía de Manila, frente al puerto de

Cavite. La noche del día 30, la escuadra americana, aprovechando la

obscuridad, inesperadamente, con gran sorpresa para las autoridades

españolas, penetró en la bahía y al amanecer del día siguiente, apenas

había aclarado, se inició la batalla, quedando hundidos o apresados

todos los barcos españoles, poco después del mediodía.

El Comodoro Dewey no disponía de tropas de desembarco y debido a esto,

no pudo atacar a Manila, permaneciendo la escuadra, en espera de

refuerzos. A los tres meses llegaron éstos, e iniciado el ataque se

rindió la ciudad el día 13 de agosto.

La otra batalla naval de esta guerra tuvo por teatro a Santiago de Cuba.

La escuadra española, que estaba anclada en dicha bahía, desde el 19 de

mayo, recibió órdenes de salir. El Almirante Cervera sabía que iba al

sacrificio, pero obedeció. Así sucedió: en la mañana del día 3 de julio

la escuadra se hizo a la mar y apenas había abandonado el puerto, a

corta distancia de éste, la escuadra americana que lo bloqueaba fué

destruyendo uno a uno los barcos que la formaban.

Al mismo tiempo, el ejército americano que había desembarcado y que en

1º de dicho mes había sostenido los combates del _Caney_ y _San Juan_,

ponía sitio a la ciudad, la que se rindió el día 16 de ese mes.

A fines de este mismo mes, otro ejército desembarcaba en Puerto Rico y

se hacía dueño de las poblaciones más importantes sin encontrar

resistencia.

Ante situación tan difícil para España, su Gobierno juzgó oportuno pedir

la paz y así lo hizo, dándole instrucciones al efecto a Cambon,

Embajador de Francia en Washington. España pretendió, en esas

negociaciones, salvar del desastre la posesión de sus colonias con

excepción de Cuba. No era justo, se decía, considerar como una conquista

definitiva a todas las colonias por el simple hecho de que en una de

ellas la suerte de las armas haya sonreído al soldado americano; y con

respecto a Cuba, temerosa de "los peligros de una independencia

prematura" y "en interés de las personas y de los bienes de los

españoles, de los extranjeros y aun de los americanos que allí residen",

era preferible cederla a los Estados Unidos.

Varios días duraron estas negociaciones y al fin el 12 de agosto firmóse

el protocolo preliminar. Se estipulaba en este documento, que España

renunciaría su soberanía sobre Cuba; que cedería a los Estados Unidos la

isla de Puerto Rico y las demás de las Indias Occidentales, así como una

del grupo de las Ladronas y que con respecto a las Filipinas, el Tratado

de Paz determinaría lo concerniente a su intervención, disposición y

gobierno y que cada nación nombraría cinco comisionados que se reunirían

en París el día 1º de octubre, lo más tarde, para negociar la paz y que

mientras tanto se suspenderían las hostilidades.

En la expresada fecha se reunieron en París, en uno de los salones del

Ministerio de Negocios Extranjeros, los comisionados de la paz. El Rey

de España estaba representado por Eugenio Montero Ríos, Buenaventura de

Abarzuza, José de Garnica, Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia y Rafael

Cerero y representaban al Presidente de los Estados Unidos, William R.

Day, Cushman K. Davis, William P. Frye, George Gray y Witelaw Reid.

El primer asunto de que se trató en las conferencias, fué el relativo a

Cuba. Pretendieron los comisionados españoles que se estipulara en el

Tratado que los Estados Unidos asumirían la soberanía de la isla; pero

los americanos negáronse a semejante pretensión, como no podían por

menos, dado que en la Resolución Conjunta que provocó la guerra, había

declarado el Congreso que el pueblo cubano debía ser libre e

independiente. Cuando se convencieron los comisionados españoles de que

esa pretensión era inaceptable, plantearon otra, la de que la isla se

hiciera cargo de la llamada deuda cubana, que sumaba unos $350,000.000.

Igualmente se opusieron los comisionados americanos a dicha pretensión,

por estimar que la referida deuda no había sido contraída en beneficio

de Cuba. Lo que en definitiva se convino con respecto a esta isla, fué

objeto del artículo 1º del Tratado, cuyo tenor es el siguiente:

España renuncia todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba.

En atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España, va a

ser ocupada por los Estados Unidos, los Estados Unidos mientras

dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones

que por el hecho de ocuparlas, les impone el Derecho internacional,

para la protección de vidas y haciendas.

Pocos inconvenientes pusieron los españoles a la cesión a los Estados

Unidos de la isla de Puerto Rico y de las demás islas que poseía España

en las Indias Occidentales, así como a la de Guam, en el Archipiélago de

las Marianas o Ladronas. Donde surgieron las dificultades, fué al tratar

de las Filipinas. El protocolo preliminar no contenía una solución

definitiva y el presidente de los Estados Unidos, por su parte, no le

había dado instrucciones concretas a los comisionados. Estos estaban

divididos en sus opiniones. Day y Gray entendían que dichas islas debían

quedar en poder de España; Davis y Frye eran partidarios de que los

Estados Unidos adquirieran una de las islas, la de Luzón, para

destinarla a estación naval y por su parte Reid entendía que los

Estados Unidos se debían anexar todo el Archipiélago. Esta última fué la

opinión que prevaleció, en definitiva, entre los comisionados.

Contribuyó a que la misma imperase, un informe que le pidieron los

comisionados al General Merrit, recién llegado a París, de las

Filipinas. Dijo el General Merrit, que el pueblo filipino no estaba en

condiciones de establecer un gobierno independiente y eficaz y que la

parte más ilustrada de la población era partidaria de que las islas se

sometieran a la soberanía de los Estados Unidos. Realmente, esta

solución era la más adecuada. Dejar el destino de las islas, en aquellos

momentos, en manos de los filipinos, era entregar el país a la anarquía;

y por otro lado, tampoco era justo que quedaran sometidas a España, pues

como entonces se dijo por los que defendían la anexión, si la guerra se

había hecho para terminar con el desgobierno de una colonia ¿por qué se

había de permitir que otra colonia quedara sumida en ese mismo desorden?

Los comisionados españoles resistieron cuanto pudieron a la cesión,

alegando que la toma y ocupación de Manila no equivalía a la conquista

de las islas y que el Embajador Cambon había sido instruído, cuando

negoció el protocolo preliminar, a nombre de España, de que ésta se

reservaba su soberanía sobre las Filipinas. No negaron los americanos

que el Embajador Cambon hubiera pretendido hacer esa declaración, pero a

su vez adujeron que el Gobierno de Washington, frente a la misma, había

sostenido que la situación de Filipinas habría de ser resuelta en el

Tratado de Paz, criterio que en definitiva se había consignado en el

Protocolo y como insistieran en exigir semejante condición, los

comisionados españoles al fin accedieron a ella, en la siguiente forma:

España cedía las islas a los Estados Unidos y recibía $20,000.000.00,

como indemnización, no como venta.

Tales fueron las estipulaciones del Tratado de Paz, en lo referente a la

cesión de las islas de Puerto Rico, Guam y las Filipinas. Fué suscrito

en 10 de diciembre y ratificado por el Senado de los Estados Unidos en 6

de febrero del año siguiente.

Puerto Rico y Filipinas se gobiernan hoy, respectivamente, por un

Gobernador nombrado por el Presidente de los Estados Unidos y dos

cámaras legislativas; una baja de origen popular y otra alta formada por

funcionarios de cierta categoría y por un corto número de prominentes

ciudadanos designados por el Gobernador. La organización del gobierno de

estas posesiones, se asemeja mucho a la de las colonias británicas. En

cambio la isla de Guam, se gobierna, como la de Tutuila, por un oficial

de la marina investido de plenas facultades. La escasez y poca cultura

de la población de esta isla ha sido sin duda el motivo de que el

Gobierno de Washington no haya establecido en la misma, cual lo ha hecho

en Puerto Rico y las Filipinas, el principio de la representación

popular.

(D)

(1899) TUTUILA.

El grupo de islas Samoa o de los Navegantes, se encuentra en la

Polinesia, Oceanía. Sus tierras ocupan un área de 2,787 kilómetros.

Hasta ya entrado el siglo XIX no fueron bien conocidas estas islas.

Fueron los norteamericanos los primeros que sostuvieron relaciones

comerciales con ellas. En la segunda mitad de dicho siglo, se estableció

en el archipiélago, la "Polynesian Land Company" que llegó a adquirir

gran importancia y a ejercer una verdadera influencia en sus destinos.

Los alemanes no tardaron en seguir a los norteamericanos; establecieron

a su vez la casa de comercio de Goddeffroy, cuyos negocios tuvieron

verdadera importancia. Unos y otros pretendieron siempre mezclarse en

los asuntos políticos interiores, a fin de ponerlos al servicio de sus

respectivos intereses, hasta tal punto, que la historia de Samoa, en la

segunda mitad del siglo pasado, no es más que la historia de la

rivalidad entre dos familias, la de los Malietoa y la de los Tubua,

alentadas y mantenidas en sus aspiraciones por americanos y alemanes.

El año 1875 los Malietoa, apoyados por el Cónsul de los Estados Unidos,

Coronel Steinberger, lograron elegir Rey a uno de sus miembros; pero los

Tubua, apoyados por los alemanes, promovieron una revolución que les

arrebató el gobierno y una vez que consiguieron el poder, concertaron,

en julio de 1877, un tratado con Alemania por el que le dieron el

tratamiento de nación más favorecida. No se conformaron los intereses

norteamericanos vinculados en las islas, con el predominio de Alemania;

agitáronse y obtuvieron a su vez del gobierno de las mismas, en enero

del año siguiente, la cesión a los Estados Unidos de la espléndida

bahía de Pago-Pago. El gobierno alemán protestó de dicha cesión y

deseoso de aumentar su influencia en Samoa, en enero de 1879 celebró un

nuevo tratado, que casi equivalía a la cesión del archipiélago en su

favor y que produjo el resultado de poner el comercio, en su casi

totalidad, en manos alemanas.

La lucha entre los dos bandos que se disputaban el poder, no

desapareció: se mantuvo en las mismas condiciones, avivada siempre por

los elementos extranjeros, alemanes y norteamericanos, al que se agregó

uno más, deseoso también de ejercer influencia en las islas: el inglés.

El año de 1889, Bismarck convoca a una conferencia en Berlín a la Gran

Bretaña y a los Estados Unidos a fin de tomar una orientación definitiva

y como resultado de esa conferencia, se suscribió una convención, cuyas

estipulaciones más importantes fueron éstas: se mantendría la soberanía

e independencia de las islas, pero las tres naciones controlarían el

poder judicial y las aduanas, sin que ninguna de ellas pudiera tener

mayor autoridad y mayores privilegios que las otras; los Estados Unidos

conservarían el puerto de Pago-Pago y a su vez Alemania podría

establecer una estación carbonera en Apia.

Durante diez años se mantuvo esa convención, pero como en 1898 se

reprodujeron los disturbios en las islas, Alemania propuso darla por

terminada; suprimir su soberanía y repartirse el territorio. Así se

acordó por el tratado concertado entre la Gran Bretaña, Alemania y los

Estados Unidos, en 2 de diciembre de 1899. De acuerdo con esta

convención, los Estados Unidos se quedaron con una de las islas, la de

Tutuila y Alemania con las de Upolu y Sawaii y por su parte la Gran

Bretaña recibió de este Imperio, determinadas compensaciones en Africa.

Los Estados Unidos gobiernan la isla de Tutuila por medio de un oficial

de marina, investido de plenos poderes.

(E)

(1916) LAS ANTILLAS DANESAS.

A unas cincuenta millas al Este de Puerto Rico, se encuentra el grupo de

islas conocidas con el nombre de antillas danesas. Son tres: San

Thomas, San Juan y Santa Cruz. La primera de éstas es la más importante,

teniendo su costa sur la ciudad de Carlota Amalia, con un magnífico

puerto. Entre las tres ocupan un área de unas 140 millas cuadradas y se

calcula la población en más de 30,000 habitantes.

A principios del año 1865, a la sazón en que Lincoln ocupaba la

Presidencia y Seward la Secretaría de Estado, el Gobierno inició

negociaciones con el de Dinamarca para la compra de las islas. Por

consecuencia de dichas negociaciones, en 24 de octubre de 1867 se

celebró un Tratado en Copenhague. Según sus estipulaciones, Dinamarca

cedía a los Estados Unidos, en precio de $7,500.000.00, dos de las

islas, la de San Thomas y la de San Juan, previo un plebiscito de los

habitantes de las mismas y bajo la condición de que éstos fueran

admitidos, como ciudadanos de la Unión, una vez realizada la anexión.

El pueblo de las islas, casi unánimemente se decidió por la anexión;

pero ésta no se pudo realizar porque el Senado de los Estados Unidos,

después de haber demorado por mucho tiempo la aprobación del Tratado, en

definitiva lo rechazó.

En 24 de enero de 1902, ocupando Roosevelt la presidencia y Hay la

Secretaría de Estado, se celebró en Washington otro Tratado, por el cual

se anexaban las islas a los Estados Unidos, pagando éstos, en precio de

las mismas, la suma de $5,000.000.00. Esta vez el Senado de los Estados

Unidos aprobó el Tratado. También lo aprobó el "Rigsdag" o cámara baja

en Dinamarca, pero no corrió la misma suerte en el "Landsthing" o cámara

alta; pues este cuerpo, en 21 de octubre de dicho año, obedeciendo según

se dijo, a poderosas influencias alemanas que se pusieron en juego, hubo

de rechazarlo.

En 1916, ya iniciada la guerra europea, el Gobierno de Washington, por

medio del Secretario de Estado Robert E. Lansing, inició negociaciones

con Constantino Brun, Ministro de Dinamarca en aquella capital, para la

compra de las islas. El éxito coronó esta vez los esfuerzos de ambas

partes. En 4 de agosto del citado año se celebró el Tratado y

debidamente aprobado éste, en 17 de enero del siguiente año, se

canjearon en Washington las ratificaciones. Los Estados Unidos pagaron

por las islas $25,000.000.

La opinión pública en los Estados Unidos consideró la compra de estas

islas como una necesidad, no tanto por su importancia como por su

posición. Se temía que Alemania en el futuro, en cualquier momento,

utilizara su influencia sobre Dinamarca para obtener que se las cediera

y era evidente que semejante cesión habría de significar un serio

peligro y una constante amenaza para la defensa del canal de Panamá. En

cambio la posesión de las islas por los Estados Unidos, habría de

constituir un punto avanzado de defensa del canal; algo así como lo que

representa para la Gran Bretaña, la posesión de la isla de Malta: un

centinela del canal de Suez.

Pero no era solamente el interés de la defensa del canal lo que

aconsejaba la anexión de las islas. Es que éstas en manos de Alemania o

de cualquier otra gran potencia militar, significaba algo más: la

amenaza constante de los intereses norteamericanos en el Caribe. Por

otra parte, para el comercio también era de positivo valor la

adquisición de las islas, pues los dos puertos existentes en las mismas

hacen de ellas una estación de inapreciable valor, en la ruta de los

barcos que se dirigen a la América Meridional.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 29 / 76 题